TIC TAC

TIC TAC que se pasa el tiempo, corren las horas, se diluyen los minutos y esfuman los segundos.

TIC TAC que quiero ir pero no puedo. Estoy con mucho trabajo en la oficina.

TIC TAC que me quedaría un rato más en la cama pero el malparido del despertador me avisa que tengo que levantarme YA.

TIC TAC que el reloj biológico y que a tu edad tenés que terminar de resolver varios temas: el éxito profesional, la casa, la pareja y la mar en coche.

TIC TAC que hace un año que tenés la misma vidriera y que es seguro que por eso los clientes no entran.

TIC TAC que son las 2:30 y qué linda que está la charla. Pero mejor la dejamos por acá porque mañana nos levantamos temprano, hay que trabajar.

En todo eso piensa Candela, todos los días cuando abre la relojería. Desde chica “pierde el tiempo” pensando teorías que siempre quedan en eso.

Ese vaivén mental la llevó a pensar en lo injusto que somos con el tiempo y cómo lo malgastamos Así, llegó a la conclusión de que es hora que sea tomado tan en serio como el amor, como la justicia o como la honestidad.

Esa misma tarde decidió cerrar para siempre la relojería. No quería seguir esclavizando gente con horas, minutos y segundos.

Antes de hacerlo, atendió a su última clienta. Una adolescente de 15 años que con toda ilusión quería comprar su primer reloj.

No se lo vendió. Prefirió abrir el cajón y sacar una de las tantas copias de “Preámbulo de instrucciones para dar cuerda un reloj” de Cortázar que guardaba y le dijo:

  • Antes de comparte un reloj te recomiendo que leas esto.

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