Un pensamiento para ser feliz

“…Un simple pensamiento puede tener el poder de transformar nuestro mundo. ¿Podría, por ejemplo, ponerme fren­te a un tren en movimiento y, como si fuera Superman, detenerlo con la fuerza de mi pensamiento? ¿Podría usar el pensamiento dirigido y borrar a los médicos y a los curanderos de mi agenda, dado que ahora soy capaz de curarme mediante el pensamiento? ¿Podría usarlo para ayudar a mis hijos a aprobar sus exámenes de matemáticas? Si el tiempo lineal y el espacio tridimensional no existen realmente, como sabemos gracias a la mecánica cuántica, ¿sería capaz de retroceder en el tiempo y borrar todos esos momentos de mi vida de los cuales me arrepiento profundamente? ¿Fun­cionará el pensamiento en cualquier momento o será necesario que se sincronicen al unísono el sujeto, el objetivo y el propio universo? ¿Qué sucede cuando varias personas conciben el mismo pensa­miento al mismo tiempo? ¿Tiene esto un efecto mayor que los pen­samientos generados individualmente? Yo creo que todas estas preguntas se responden con un SÍ, por supuesto que sí. Ahora, la pregunta para ustedes es: ¿Para qué las emociones, si en el pensamiento está todo?…El hombre del futuro dominará totalmente su pensamiento, las emociones nos retraen a la prehistoria y no serán necesarias, gracias.”
Así terminó Ralph Stevenson, un afamado profesor de la Universidad de Toronto. El auditorio en pleno se paró y lo aplaudió un largo rato. Acababa de ofrecer una conferencia magistral.

Entre la enorme audiencia se encontraba Marian, su esposa. Lo miraba pensativa, admiraba su inteligencia.

Al terminar fueron a cenar a un viejo restaurant que solían frecuentar cuando eran estudiantes. Ralph tenía predilección por los lugares conocidos y evitaba cosas nuevas. Marian se sentía contenta, hoy cumplían seis años de matrimonio y esperaba ansiosa un gesto de su esposo.

La cena transcurrió como de costumbre. El pidió lo mismo de siempre y, esta vez, ella se animó a tomar una copa de vino italiano para saborear algo diferente en un día especial. Luego de los postres, Marian ya no aguantó más y, sin mucho disimulo, preguntó:

-¿Recordas que día es hoy?

-Martes creo, dijo Ralph

-No amor. Me refiero si la fecha te recuerda algo.

-10 de octubre….umm nada especial. ¿Qué pasó?

-Por supuesto, me lo tendría que haber imaginado. Hoy hace seis años que estamos juntos. No puedo creer que no te acuerdes.

-Bueno no. No me acordé. En realidad es una fecha como cualquier otra, lo importante es que estamos juntos. Cuanto hace es cuestión de perspectiva. Si nos llevásemos mal podríamos tener la idea que hace treinta años… ¿Seis años? ¿Es mucho o poco?

-Es… es… inaudito, no puedo creer lo que me decís. Esperaba un beso, una flor, un regalo aunque sea un chocolate, un “feliz aniversario”… nada… solo se te ocurre especular con el tiempo.

-Es que no me acordé, tuve que preparar la conferencia y estuve muy ocupado. No tiene importancia. A propósito, no me dijiste que te pareció mi exposición.

– Ni te lo voy a decir. Estoy harta Ralph. Siempre igual, nunca una demostración de cariño, nada que salga de tu frio corazón.

-No creo que sea buen momento discutir aquí. Hay mucha gente que nos está mirando.

-¡Me importa un carajo! -levantó la voz Marian.

-Te pido que pienses un poco Marian esto no nos conduce a nada.

-Y yo te pido que sientas un poco porque este matrimonio tampoco nos conduce a nada.

-No tengo idea de lo que me hablas, si fueras tan amable me gustaría que me explicaras calmadamente con argumentos que pueda debatir. Así podríamos ponernos de acuerdo.

-Mi argumento es que estoy podrida, aburrida, ya ni hacemos el amor, ni siquiera me besas o abrazas. Quiero terminar esto de una vez por todas.

-Shhh baja la voz que escuchan todo. ¿De dónde sacaste esas ideas? No podés decir eso.

-¡Que no! Ni idea tenes quien soy, solo te preocupa lo que vos queres. Nunca te importó lo que yo necesito.

Se levantó y se fue dandole un golpe a la puerta.

Todos en el restaurant quedaron en silencio mirando a Ralph.

Nunca estuvo tan incómodo. Su cuerpo experimentaba calor, dolor estomacal, confusión, su mente buscaba entender qué le pasaba. Sus piernas le temblaban, la mandíbula se le tensaba y el cuello comenzaba a dolerle. ¿Será la comida?, pensó.

Pidió un café. Debe ser que está cerca del período, siempre se pone de mal humor. Pero esta vez se sobrepasó. Tendría que decirle de buena manera que esa no era forma de tratarlo. Después de todo gracias a él podían vivir muy bien. Qué poco agradecida, pensó.

Al llegar a su casa ella no estaba, se había ido.

Esto era nuevo para él. ¿Qué hago? Necesito pensar tranquilo. Fue hasta su dormitorio y en la cama había un sobre. Era una carta de Marian.

“No aguanto más tu indiferencia, tu desamor. Sos un hombre maravilloso, pero todo lo que tenés de inteligente te falta en inteligencia emocional. No hay nada vivo en tu corazón. Y yo necesito a alguien que vibre, que sienta la vida, que pueda mostrarme que me ama, alguien que no lo paralice el miedo de vivir. Sé que leerás esta carta y buscarás la culpa de todo en mí. Ni siquiera podes ver el daño que te estás haciendo a vos mismo. Tu ego es más grande que tu corazón. Y eso, Ralph, tarde o temprano irá en tu contra. Te amo pero me es imposible seguir contigo… te deseo que te encuentres, solo así serás feliz de verdad“

Ralph sentado en su cama lloró por primera vez. Lloró desconsoladamente. Nadie creería que en ese cuerpo vivían juntos una mente brillante y un niño que se veía abandonado.

Ese día, Ralph aprendió que no basta un pensamiento para ser feliz.

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