Soy…

Andariego sin rumbo.

Buscando el destino perdido.

Quiero…

Navegar sin puerto.

Para no anclar en una isla solitaria.

Seré…

Rayo sin luz.

Para guiarme en la oscuridad sin quemarme.

Sería…

Ave sin vuelo.

Por si me hieren antes de alzarme.

Quisiera que…

Cuando despierte de este desierto árido que me mata…

Ser la única flor sembrada en tu tierra,

… el aire perfumado que aspiras,

… la cálida lluvia de verano,

… y la brasa que funda nuestros cuerpos.

La leyenda del camino

Dos días después de haber partido hacia la ciudad, el joven seguía caminando, imaginando el destino que le esperaría. Al anochecer, llegó a un desvío que salían dos caminos. Se detuvo y aprovechó para descansar. Tenía que decidir qué camino tomar. Fue entonces que vio llegar a un hombre a caballo. Lo saludó y le preguntó cuál de los caminos conducía a la ciudad. El hombre se detuvo y, sin bajarse del caballo, comenzó a hablarle: “Este camino, por el que vengo te llevará a la ciudad. El otro va en círculos y vuelve al mismo sitio”. Dicho esto, se acomodó el sombrero y siguió su paso, sin siquiera saludar. El joven retomó su viaje, por el camino que venía el hombre, para llegar a la ciudad.

Al día siguiente, paró en una casa humilde, a pedir un poco de agua y algo para comer. Lo atendió una anciana, quien le pidió a cambio que la ayudara a arreglar el techo de su choza. El joven se quedó allí varios días, terminando de reparar la vivienda. Cuando estaba listo para seguir su viaje, llegó a la casa la nieta de la anciana. Una joven hermosa que de inmediato cautivó su atención. Venía pastoreando ovejas y le pidió si podía ayudarla a reparar el corral, que estaba dañado. Dos o tres días fueron suficientes para que naciera el amor entre ellos. Juntos se ocuparon de las ovejas, ampliaron la casa y plantaron una huerta. Dieciocho meses después, el joven no solo seguía allí, sino que nació su primer hijo. Atrás había quedado su idea de ir a la ciudad a buscar un futuro.

Varios años después, se cruzó con el hombre que le había indicado el camino. Antes de que pudiera hablarle, el hombre comenzó a reír. “¿Cómo te fue en la ciudad? ¿Nunca llegaste verdad? Jajaja. El camino que llevaba a la ciudad era el otro”. El joven pensó un momento, se sonrió y le dijo: “Gracias. ¡Tu mentira me ha hecho el hombre más feliz del planeta!”.

 

Atardeceres

El mar es mi calma. En él me inspiro, hacia él va mi mirada cada día, buscando, siempre buscando. A veces me responde con calma otras con furia y aun así siempre es mi soslayo, mi paz. Lo miro y sé que estoy bien a su lado, en el lugar correcto. No le temo, no me teme.

Cuando el Sol acaricia sus aguas es una fiesta de colores que cada tarde se deja llevar en ese remanso del horizonte y allí esconden silenciosamente un romance que solo yo conozco. Los descubrí una calurosa tarde de verano cuando el aire me trajo el rumor que ahora compartimos como compinches. Un romance perfecto, porque el agua y el fuego nunca se han llevado bien y nadie sospecharía. Pero ya sabes, cuando hablamos de amor, todo es posible. Y disfruto de cada atardecer porque es el momento de entrega, de soltar mis locuras del día, las de la vida y hacerme uno con esa magia de colores, de luz, de calidez y de sensualidad. A veces me pregunto si no estoy aquí solo para esos momentos- Y es cuando siento que la tierra me reclama, que tarde o temprano se quedará con mis huesos en esa húmeda y fangosa realidad donde acabaremos y será el agua, vieja compañera, que me lleve al mar y a las nubes movidas por el aire mañanero para que el fuego de la existencia una vez más me acobije con su calor, con su magia transformadora y me nazca en la tierra eterna para que vuelva una vez más y me maraville con nuevos atardeceres.

Mientras hago el pan

Ingredientes

– 1 kg de harina

¡Toño! ¡Toño!   Te fuiste de golpe…. Cuando salí a recoger la ropa de la cuerda te vi tirado, ahí nomas, ….a la entrada de la casa… el balde para el ordeñe, caído a un costado… ni tiempo tuviste de llegar hasta el establo… Luna quedó esperándoterumiando entre la paja vieja.

– 1/2 litro de agua tibia

¡La pucha! ¿Qué voy a hacer ahora?

– 100 gramos de manteca

¿Y los gurises?

– 1 cucharada de sal

Pan… nunca les va a faltar… ¡Dios no permita! Pero…”no solo de pan vive el hombre”…precisan túnicas, cuadernos, lápices… para la escuela…

– 2 cucharaditas de levadura

Siempre hay gente buena que da una mano, Toño… las vecinas me ofrecieron que les lave la ropa… no es mucha la paga… pero… ¿sabés? sirve para ir remediando…

– 1/2 cucharadita de azúcar

Y bueno… mi querido… si me veo muy apretada…tendré que aceptar la propuesta del Dr. Arévalos…

Procedimiento: En una fuente echar la harina, levadura, azúcar. Revolver en seco. Luego agregar agua y manteca.

¡Toño!… ¿sabés? desde que me ofreció el trabajo… no pego un ojo de noche… no he parado de darle vueltas en mi cabeza.

Unir todo, amasar hasta que esté suave y bien integrados sus ingredientes.

El doctor precisa una mucama a tiempo completo para la casa que tiene en la capital.

¿Te das cuenta? ¡Tendría que mudarme para la ciudad! ¡Y poner de pupilos a los gurises!

Dejar descansar 10 minutos la masa tapada y luego formar bollos, aplastar y pinchar con el tenedor.

¡El doctor me ha ayudado mucho! Hasta habló con unas monjitas que podrían ubicar a los niños… pero… por separado: al Gonchi y al Rulo, los mandarían a un colegio de curas y la Jime, la Sandra y la Peti, se quedarían con ellas.

Llevar al horno pre-calentado por unos 7 minutos por lado, a temperatura media o hasta que se vean tostados.

¡Ay Toño! ¡Te extraño mucho! Lloro a escondidas para que los niños no me vean… y converso contigo como lo estoy haciendo ahora mientras hago el pan. Necesito tus consejos, ¿qué harías en mi lugar?

– ¡Niños dejen de pelearse! ¡Se van a lavar las manos ya! ¡El pan está casi pronto!

 

 

La vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir.   Gabriel García Márquez

El cóctel abrumador

Tragó el primer sorbo del brebaje acre y pegajoso que resbaló por su garganta como un reptil ponzoñoso y artero. No le habían dicho que la cabeza comenzaría a darle vueltas, mareada por los efectos de la sustancia ni que comenzaría a tener extrañas visiones que lo hacían dudar de su propia cordura.

Buscando la verdad sobre su propia historia, había aceptado la ayuda de un clan de curanderos que a través de la ingestión de una pócima, lograban estados alterados de conciencia.

Solo le habían informado, como un dato cotidiano, habitual, sin importancia, que a los pocos minutos de beber el líquido, su memoria individual y aquella colectiva, la guardada en el inconsciente de su árbol genealógico, se iban a avivar cual fuego alimentado por los leños.

Se sintió transportado a un campo de batalla más de cien años atrás. Allí, vio morir a su bisabuelo por una herida en el pecho que sangraba copiosamente. Lo vio partir dejando los despojos de su cuerpo en los campos de Masoller pero con la conciencia satisfecha por haber acompañado en su viaje al más allá a su admirado caudillo Aparicio Saravia. Sus últimos recuerdos fueron precisamente para él, a quien le debía tantos favores y sacrificios. Siempre había soñado con que el General pudiera apadrinar a su primer hijo, pero murió en aquella batalla sin siquiera sospechar que su mujer, quien rogaba día a día a la Virgen del Verdún para que lo devolviera con vida, estaba encinta de unos pocos meses.

El hombre en la tienda pudo sentir la rabia y el resentimiento de la esposa hacia su marido. Este, deslumbrado por las ideas revolucionarias y el carisma del caudillo había perdido la vida y la había dejado sola con un pequeño hijo que venía en camino. El vástago aún diminuto movía sus pequeñas extremidades mientras sorbía indefenso la secreción amarga que atravesaba el cordón umbilical con la hiel de los sentimientos experimentados por la madre.

El hombre se removía inquieto en la penumbra de la carpa, acuciado por la visión del sufrimiento de su abuelo cuando era un nonato. Bebió dos tragos más del mejunje con la esperanza de anestesiar esas imágenes que tanto lo exaltaban, buscando un sopor parecido a la embriaguez.

Obtuvo el efecto contrario. Se sucedían aún más, raudas, presurosas, flashes de la vida de su abuelo, hitos perfectamente ordenados en el tiempo quien sabe por qué Inteligencia Suprema, cuya voz comenzaba a oír por encima de su cabeza.

Tu abuelo…un escolar de quinto año, indisciplinado y bravucón… Siempre metido en problemas.

A sus veinte años… internado en la Escuela de Artes y Oficios. La guía de su destacado mentor Pedro Figari…la pasión por la pinturaaplacan en parte el desconsuelo de su vida.

Cuarenta y cinco años… cansado de tanta soledad y bohemia decide casarse. A ella la conoce en la tertulia de un café. Por fin…cree encontrar a una mujer que no lo decepcione.

Ella da a luz en el invierno del 50… Nace Obdulio, tu padre…un bebe regordete y vivaz que lo obliga a reconciliarse con la vida.

¡Basta! ¡Basta! Gritó el hombre tirando con violencia el cuenco que contenía el brebaje. Sabía que las visiones que vendrían a continuación serían portadoras de una verdad. El descubría en ese instante, que no estaba dispuesto a conocerla.

No hay vuelta atrás-dijo la voz-aunque salgas corriendo de la tienda…ellas te perseguirán…hasta que no tengas más remedio que mirarlas…la pócima continuará haciendo su efecto…nadie puede huir de su pasado…enfréntalo…

Tu padre…un joven universitario…se agacha sobre el suelo…el fusil del militar apunta su nuca…

En su casa, espera ilusionada una muchacha….acaricia con ternura su vientre apenas abultado…desea fervientemente que llegue pronto para darle la noticia…

Corre el año 1975….año de tu nacimiento.

Había intuido que estaba habitado por memorias ajenas, pero solo al beber la pócima, lo comprobó.

A su entierro no fui

Ahora que ya estoy viejo, no tengo mucho para hacer. Salvo mirar por la ventana. Me encanta mirar para la calle. Paso las horas sentado en mi sillón blando, cómodo, confortable junto al ventanal de mi casa donde tengo una amplia vista de lo que sucede allí afuera.

Mi casa está situada frente a las salas velatorias de la empresa fúnebre “El Progreso”.

Por eso, en mis ratos libres, que ocupan casi todos mis días, gasto el tiempo mirando hacia la vereda de enfrente, estudiando y observando a la gente que pasa por allí para saber quién murió.

En la pared de El Progreso hay como un escaparate, una vidriera chica iluminada, donde se arman con pequeñas letras individuales los nombres de las personas fallecidas. La gente en auto, en bicicleta en moto o a pie, pasa, se detiene, lee los nombres publicados y sigue su camino. Bueno, en realidad debo decir que la mayoría sigue su camino, porque una vez pude presenciar algo que me sorprendió y es lo que ahora quiero relatar.

Todas las mañanas temprano, entre las dos luces del amanecer, venía por aquí Don Ramón, el panadero, que hasta hace poco repartía pan puerta a puerta por las casas movilizándose en su carro tirado por un caballo. Él venía todas las madrugadas y yo, a esa hora, ya estaba sentado junto a la ventana. Aparecía en el carro, con el paso cansino del caballo y se detenía frente al escaparate para saber quién había muerto. Bajaba despacio, se ponía los lentes y miraba uno por uno los nombres con atención, porque tenía dificultad para ver. Luego guardaba los lentes, volvía a su carro, subía, sacudía las riendas apenas un poco y el caballo retomaba su paso. Esto sucedía siempre, desde que me recuerdo aquí junto a mi ventana.

Lo más impresionante ocurrió hace unos pocos días de madrugada. Yo ya estaba levantado con la estufa a cuarzo en los pies porque hacía mucho frío, mirando, cuando apareció el panadero en su carro. Paró como siempre, bajó, se colocó los lentes y se puso a leer. Pero, esta vez, me llamó la atención porque demoraba más que de costumbre en retomar su marcha. Leía y leía y, por lo visto, había algo que no le convencía, que no podía creer. Entonces fue ahí que sucedió esto que les quería contar y no estoy mintiendo porque yo mismo lo vi.

Don Ramón estuvo mucho rato frente a la cartelera, a pesar del frío, parecía que no se podía mover. Yo me sorprendí y recuerdo que me incorporé y limpié un poco el vidrio empañado de mi ventana para poder ver mejor. Por fin, el panadero pareció recuperarse, caminó hacia el zaguán de la funeraria y se puso a golpear con fuerza. Golpeaba con fuerza y con bronca. Hasta con las dos manos se puso a golpear y recuerdo que llegó incluso a gritar en forma desesperada. Hasta que la puerta de El Progreso finalmente se abrió.

Fue la última vez que vi a Don Ramón, el panadero del pueblo. Yo sólo lo conocía de vista; no era su amigo. Es por eso que a su entierro no fui.

La distancia

Cuando más lejos estás…

… más cerca te siento de mí.

Porque tu ausencia está

llena de la presencia de ti.

Cuando más cerca estás…

… más distante te siento.

Dime:

cómo le digo al tiempo

que detenga la marcha…

y que te deje

solo unos minutitos

ser, únicamente, mío.