A su entierro no fui

Ahora que ya estoy viejo, no tengo mucho para hacer. Salvo mirar por la ventana. Me encanta mirar para la calle. Paso las horas sentado en mi sillón blando, cómodo, confortable junto al ventanal de mi casa donde tengo una amplia vista de lo que sucede allí afuera.

Mi casa está situada frente a las salas velatorias de la empresa fúnebre “El Progreso”.

Por eso, en mis ratos libres, que ocupan casi todos mis días, gasto el tiempo mirando hacia la vereda de enfrente, estudiando y observando a la gente que pasa por allí para saber quién murió.

En la pared de El Progreso hay como un escaparate, una vidriera chica iluminada, donde se arman con pequeñas letras individuales los nombres de las personas fallecidas. La gente en auto, en bicicleta en moto o a pie, pasa, se detiene, lee los nombres publicados y sigue su camino. Bueno, en realidad debo decir que la mayoría sigue su camino, porque una vez pude presenciar algo que me sorprendió y es lo que ahora quiero relatar.

Todas las mañanas temprano, entre las dos luces del amanecer, venía por aquí Don Ramón, el panadero, que hasta hace poco repartía pan puerta a puerta por las casas movilizándose en su carro tirado por un caballo. Él venía todas las madrugadas y yo, a esa hora, ya estaba sentado junto a la ventana. Aparecía en el carro, con el paso cansino del caballo y se detenía frente al escaparate para saber quién había muerto. Bajaba despacio, se ponía los lentes y miraba uno por uno los nombres con atención, porque tenía dificultad para ver. Luego guardaba los lentes, volvía a su carro, subía, sacudía las riendas apenas un poco y el caballo retomaba su paso. Esto sucedía siempre, desde que me recuerdo aquí junto a mi ventana.

Lo más impresionante ocurrió hace unos pocos días de madrugada. Yo ya estaba levantado con la estufa a cuarzo en los pies porque hacía mucho frío, mirando, cuando apareció el panadero en su carro. Paró como siempre, bajó, se colocó los lentes y se puso a leer. Pero, esta vez, me llamó la atención porque demoraba más que de costumbre en retomar su marcha. Leía y leía y, por lo visto, había algo que no le convencía, que no podía creer. Entonces fue ahí que sucedió esto que les quería contar y no estoy mintiendo porque yo mismo lo vi.

Don Ramón estuvo mucho rato frente a la cartelera, a pesar del frío, parecía que no se podía mover. Yo me sorprendí y recuerdo que me incorporé y limpié un poco el vidrio empañado de mi ventana para poder ver mejor. Por fin, el panadero pareció recuperarse, caminó hacia el zaguán de la funeraria y se puso a golpear con fuerza. Golpeaba con fuerza y con bronca. Hasta con las dos manos se puso a golpear y recuerdo que llegó incluso a gritar en forma desesperada. Hasta que la puerta de El Progreso finalmente se abrió.

Fue la última vez que vi a Don Ramón, el panadero del pueblo. Yo sólo lo conocía de vista; no era su amigo. Es por eso que a su entierro no fui.

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