El cóctel abrumador

Tragó el primer sorbo del brebaje acre y pegajoso que resbaló por su garganta como un reptil ponzoñoso y artero. No le habían dicho que la cabeza comenzaría a darle vueltas, mareada por los efectos de la sustancia ni que comenzaría a tener extrañas visiones que lo hacían dudar de su propia cordura.

Buscando la verdad sobre su propia historia, había aceptado la ayuda de un clan de curanderos que a través de la ingestión de una pócima, lograban estados alterados de conciencia.

Solo le habían informado, como un dato cotidiano, habitual, sin importancia, que a los pocos minutos de beber el líquido, su memoria individual y aquella colectiva, la guardada en el inconsciente de su árbol genealógico, se iban a avivar cual fuego alimentado por los leños.

Se sintió transportado a un campo de batalla más de cien años atrás. Allí, vio morir a su bisabuelo por una herida en el pecho que sangraba copiosamente. Lo vio partir dejando los despojos de su cuerpo en los campos de Masoller pero con la conciencia satisfecha por haber acompañado en su viaje al más allá a su admirado caudillo Aparicio Saravia. Sus últimos recuerdos fueron precisamente para él, a quien le debía tantos favores y sacrificios. Siempre había soñado con que el General pudiera apadrinar a su primer hijo, pero murió en aquella batalla sin siquiera sospechar que su mujer, quien rogaba día a día a la Virgen del Verdún para que lo devolviera con vida, estaba encinta de unos pocos meses.

El hombre en la tienda pudo sentir la rabia y el resentimiento de la esposa hacia su marido. Este, deslumbrado por las ideas revolucionarias y el carisma del caudillo había perdido la vida y la había dejado sola con un pequeño hijo que venía en camino. El vástago aún diminuto movía sus pequeñas extremidades mientras sorbía indefenso la secreción amarga que atravesaba el cordón umbilical con la hiel de los sentimientos experimentados por la madre.

El hombre se removía inquieto en la penumbra de la carpa, acuciado por la visión del sufrimiento de su abuelo cuando era un nonato. Bebió dos tragos más del mejunje con la esperanza de anestesiar esas imágenes que tanto lo exaltaban, buscando un sopor parecido a la embriaguez.

Obtuvo el efecto contrario. Se sucedían aún más, raudas, presurosas, flashes de la vida de su abuelo, hitos perfectamente ordenados en el tiempo quien sabe por qué Inteligencia Suprema, cuya voz comenzaba a oír por encima de su cabeza.

Tu abuelo…un escolar de quinto año, indisciplinado y bravucón… Siempre metido en problemas.

A sus veinte años… internado en la Escuela de Artes y Oficios. La guía de su destacado mentor Pedro Figari…la pasión por la pinturaaplacan en parte el desconsuelo de su vida.

Cuarenta y cinco años… cansado de tanta soledad y bohemia decide casarse. A ella la conoce en la tertulia de un café. Por fin…cree encontrar a una mujer que no lo decepcione.

Ella da a luz en el invierno del 50… Nace Obdulio, tu padre…un bebe regordete y vivaz que lo obliga a reconciliarse con la vida.

¡Basta! ¡Basta! Gritó el hombre tirando con violencia el cuenco que contenía el brebaje. Sabía que las visiones que vendrían a continuación serían portadoras de una verdad. El descubría en ese instante, que no estaba dispuesto a conocerla.

No hay vuelta atrás-dijo la voz-aunque salgas corriendo de la tienda…ellas te perseguirán…hasta que no tengas más remedio que mirarlas…la pócima continuará haciendo su efecto…nadie puede huir de su pasado…enfréntalo…

Tu padre…un joven universitario…se agacha sobre el suelo…el fusil del militar apunta su nuca…

En su casa, espera ilusionada una muchacha….acaricia con ternura su vientre apenas abultado…desea fervientemente que llegue pronto para darle la noticia…

Corre el año 1975….año de tu nacimiento.

Había intuido que estaba habitado por memorias ajenas, pero solo al beber la pócima, lo comprobó.

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