Atardeceres

El mar es mi calma. En él me inspiro, hacia él va mi mirada cada día, buscando, siempre buscando. A veces me responde con calma otras con furia y aun así siempre es mi soslayo, mi paz. Lo miro y sé que estoy bien a su lado, en el lugar correcto. No le temo, no me teme.

Cuando el Sol acaricia sus aguas es una fiesta de colores que cada tarde se deja llevar en ese remanso del horizonte y allí esconden silenciosamente un romance que solo yo conozco. Los descubrí una calurosa tarde de verano cuando el aire me trajo el rumor que ahora compartimos como compinches. Un romance perfecto, porque el agua y el fuego nunca se han llevado bien y nadie sospecharía. Pero ya sabes, cuando hablamos de amor, todo es posible. Y disfruto de cada atardecer porque es el momento de entrega, de soltar mis locuras del día, las de la vida y hacerme uno con esa magia de colores, de luz, de calidez y de sensualidad. A veces me pregunto si no estoy aquí solo para esos momentos- Y es cuando siento que la tierra me reclama, que tarde o temprano se quedará con mis huesos en esa húmeda y fangosa realidad donde acabaremos y será el agua, vieja compañera, que me lleve al mar y a las nubes movidas por el aire mañanero para que el fuego de la existencia una vez más me acobije con su calor, con su magia transformadora y me nazca en la tierra eterna para que vuelva una vez más y me maraville con nuevos atardeceres.

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