Marrón

Personaje gris, quizás le vaya mejor el marrón, o un indefinido entre los dos colores.
Así era la vida de Juan, la casa de Juan, la mujer de Juan, los hijos de Juan, la madre de Juan. Nada tenía color. Tampoco lo buscaba
Entregado a la miseria y a la desidia; conseguía alguna changa de vez en cuando, con lo que iba tirando. Se dejaba llevar así… por la mediocridad y el mal trato que recibía de los que lo rodeaban.
La madre y la mujer con aquel: “No servís para nada” “Hace algo, yo no puedo con todo, friego en casa, friego afuera de casa y vos ahí tirado, fumando, tomando mate, mirando el techo, ¡hace algooo!” o “M ‘ hijo siempre estás esperando que te vengan a buscar para ir a trabajar. Es uno el que tiene que encontrar”, le decía la vieja ya harta de tanta haraganería mientras ella, a pesar de sus años, apechugaba en gran medida ayudando a la familia.
Juan siempre soñaba. Sus pensamientos se iban más lejos cuanto más lo cargaban de responsabilidades. Él quería hacer algo grande.
Ellas hablaban y él soñaba, deliraba, gozaba, imaginaba. No las escuchaba, por suerte.
El martes subió al ómnibus, volvía de una changa a las 9 de la noche desde la Ciudad Vieja. Ya no había tanta gente, diez o quince pasajeros.
Él vio clarito cuando se subió el chorro, conocía bien el elemento.
El tipo a cara descubierta, sin pudor – ¿para qué?-, levantó a una chica en vilo, la sujetó violentamente y le puso una sevillana en el cuello, todo en segundos.
Gritó nervioso, con movimientos bruscos, “se sacan todo, plata celulares, anillos, todoooooo o esta la queda”. Al conductor le avisó que ni se le ocurriera parar porque el final sería sangriento.
“Vos, vos, tarado”, le dijo a Juan, “junta todo, junta todo, rapidito”.
Otro más que ni me conoce y me trata de tarado pensó Juan, ya, como siempre, entregado.
Juan recogió todo lo que la gente le iba dando, con cuidado se dirigió al frente del ómnibus en movimiento y así fue, en una curva, aprovechó a tirarse a los pies de la chica, lo que desestabilizó al chorro, haciéndolo caer.
Juan forcejeó con el tipo hasta que el conductor frenó de golpe y la sevillana se le clavó en la espalda al delincuente y entre más de uno pudieron con él.
Se llevó las palmadas y el reconocimiento como un héroe.
Héroe en su imaginación, en su mundo onírico, en algún lado… por favor.
Estaba tan cansado que se durmió.

Nada es lo que parece

Yo era de ese tipo de persona que se lo creía todo. Sí, ¡todo!
Incrédula, apasionada, en una palabra, sin malicia ninguna. Una verdadera servil de Dios. Amor por donde se me viera. Me brotaba en los poros ese amor. Iba desde mi rostro hasta el contorno de todo mi cuerpo. Era puro amor.
El mundo perfecto estaba dentro y fuera de mí.
¡Hasta que lo vi! Y ese día cambié brusca y radicalmente mi forma de pensar, de ver y de sentir.
Yo era como una cinta que andaba bien por el carril hasta que sentí que me descarrilaba. Entonces, puse stop y retrocedí.
Fue cuando empecé a ver la película que nunca había visto, a pesar de que era una de las protagonistas.
Pude ver que hacía tiempo que estaba zozobrando mi barco y yo nadaba como sirena, sin ver las aguas peligrosas que me rodeaban.
Vi arenas movedizas, señales de que se me advertía pero yo seguía adelante airosa.
Ya le había advertido y había cambiado su actitud.
¡Me mintió! ¡Y me lo creí!
¡Supo engañarme! ¡Supo ser astuto!
Dejó de hacer lo que me molestaba.
Además, desde el día que lo rezongué, me pareció que había entendido.
¡Pero, no! ¡No bastó!
¡No le dejo entrar más a la casa!
¡Qué duerma en la cucha!

Secretos de familia

“La pizarra, de Losacio
de Sanabria las maderas,
la piedra de Sobradillo
y el barro de Pereruela”

Joaquin del Barco Historia
Zambra en Cantares

Desde muy joven doña Trinidad había aprendido el oficio. Desde muy joven, al igual que su madre y su abuela, el barro en sus manos era manipulado con maestría innata. Don Elías, su esposo, dedicaba las pocas horas que le quedaban del día en hornear las cazuelas y crisoles.
En la provincia de Zamora, en el pueblo de Pereruela, las mujeres eran las únicas alfareras. Los hombres eran los responsables del horneado y la venta de las piezas de barro original y sin barnizar como un amanecer sin sol. L
a vieja alfarera llegaba a una edad en que el trabajo se le hacía dificultoso y decidió poner a su única hija a aprender. La muchacha, de apenas 15 años, nada quería saber de ese oficio y se negó rotundamente. Don Elías al regresar de su jornada laboriosa en el campo la reprendió por su desobediencia. Su castigo fue encerrarla en una vieja habitación al fondo de la casa en donde no vería la luz del sol. Solamente recibiría una taza de leche y una hogaza de pan al día hasta doblegar su carácter y decidiera colaborar.
Durante varias noches, don Elías llevaba el magro alimento a su hija y regresaba con la misma respuesta negativa. Era una alma dura de quebrantar mientras la salud de su mujer se debilitaba. Las rodillas hinchadas, enfermas acusando largas jornadas apoyadas en el piso frente a la pieza y sus brazos cansinos de millones de vueltas a la rueda en forma manual.
Doña Trinidad pedía a su esposo que sacara del encierro a la muchacha alegando que ya era suficiente el castigo. Sin embargo, el castigo fue recrudeciendo y los alimentos comenzaron a ser llevados en tiempos cada vez más espaciados.
Una mañana de otoño, un desgarrador grito despertó a don Elías. El grito venía desde el fondo. Aceleró el paso mientras su cabeza trataba de hacer memoria. Trató de abrir la puerta rápidamente. Estupefacto con la imagen que la habitación le devolvía.
Trinidad despertó sintiendo un sollozo al otro lado de la puerta. Para cuando se pudo poner de pie y acercarse; don Elías secaba las lágrimas de la hija con su viejo pañuelo mientras acariciaba el vientre prominente de ella.

¿En serio o en broma?

La fiesta de cumpleaños número cuarenta de la hermana de Raúl estaba en su apogeo.
Los asistentes, luego de los saludos de bienvenida, se habían sentado en largas mesas vestidas con manteles de lino color marfil y candelabros decorados con flores en tono damasco.
Bandejas de canapés hacían las delicias de los comensales quienes degustaban los bocados acompañados de un buen whisky escocés, un bourbon o un Don Perignon.
Raúl seguía con interés las conversaciones de sus compañeros de mesa que abordaban temas de actualidad tan disímiles como la política internacional, el fútbol, la suba de combustibles o los últimos videos subidos a youtube.
Como consecuencia de la ingesta alcohólica, el clima se tornó más distendido lo que animó a algunos a contar chistes.
– Ey, Raúl -le dijo su primo palmeándole la espalda- ¿Cuántos economistas hacen falta para cambiar una bombita?… Ninguno. Si se necesita cambiar la bombita, el mercado ya se habrá encargado de ello.
– Mmmm -respondió el aludido- Esbozando una forzada sonrisa y pinchando con violencia un entremés para disimular la incomodidad. Cagón…Estúpido… Le tenés miedo al gordito del barrio.
-Pero che…-se sorprendió el primo- ¡Qué poco sentido del humor que tenés!
-Ja,ja,ja ¡Tengo otro! -gritó el cuñado de Raúl- ¿Cómo hacen el amor los economistas?… Lo hacen con interés. Ja, ja, ja ¿No está buenísimo? ¡Dale!, Raúl… No pongas esa cara de muerto…
Mariquita…Gil No sabés tratar a las minas…
– ¡Miraaaaa loco! ¡Escuchá este! -volvió a intervenir el primo- ¿Por qué Dios creó a los economistas?… Para que los pronósticos del tiempo nos pareciesen buenos… Ja, ja, ja
-¿Qué te pasa Raúl que te aflojás la corbata? ¿Ya se te subió el Chivas a la cabeza?.
Burro…no hacés bien los deberes
– ¡Viva! ¡Buenísimooooo! -proclamó la homenajeada cuyos reflejos se habían enlentecido por el champagne y recién había entendido el chiste-.
-Pero…yo sé otro… Oigan… -habló arrastrando las palabras debido al mareo.
¿A que no saben lo que dice la mujer de un economista?… Estoy pensando en dejar a mi marido. Todo lo que hace es sentarse en la cama y decirme lo buenas que se van a poner las cosas. Juaaaaa ¿No está buenísimo? ¡Por favor, hermanito! ¿Qué te pasa? ¡Tenés una cara! Ustedes los economistas…siempre tan formales… ¿No podés aguantar una broma?
Abombado…no metés un solo gol.
Hic… hic… disculpen… me retiro…voy a la otra mesa a sacarme unas fotos.
Raúl hizo unas señas al mozo para que volviera a llenar su copa. Estaba muy molesto.
Toda su vida había sentido las bromas como misiles disparados por otros para destruir su precaria autoestima. No toleraba las jugarretas o novatadas tan comunes entre los hombres de su edad. Se protegía bajo la muralla de su profesión. El acreditado licenciado en que se había convertido, lo ayudaba a hacer frente a una sociedad despiadada y competitiva.
Durante toda su niñez y juventud, el estudio había constituido para él un refugio frente al trato humillante por parte de su padre. Este, se mofaba de él, con la perversa convicción de que dicha estrategia educativa podría obligarlo a cumplir con ciertas conductas que según su progenitor eran propias de su género.
Su padre daba grandes risotadas al ver la cara compungida de su hijo que lo miraba con ojos llorosos, bajo la presencia indefensa de su madre, incapaz de frenar dichos atropellos.
En la Universidad, Raúl se destacó como el alumno más sobresaliente de su generación, mérito que le valió al egresar, un puesto de directivo del sector financiero de una reconocida empresa agro-industrial.
Entre, números, gráficas, datos e indicadores se hallaba muy a gusto, pero en cuanto a las relaciones humanas, en lo que tienen de impredecibles y feroces, se sentía paralizado y no sabía cómo actuar.
Por tanto, allí sentado a la mesa, frente a tantas bocas risueñas que se divertían a costa de él, sintió subir la indignación hasta su garganta. Percibió la presión de la rabia impactar contra sus amígdalas y el galope de su corazón. Respiró muy hondo, dio dos o tres sorbos de su copa y se desató totalmente la corbata. Tomó el pequeño cuchillo de untar el caviar y comenzó a golpearlo en el borde de la copa para atraer el interés de todos.
-¡Atención quisiera tener unas palabras! -dijo subiendo el tono de la voz.
Varios pares de ojos lo miraron, esperando un discurso en honor a la anfitriona.
-¡Es importante! ¡Quiero hacer unos anuncios! –aclaró. Mi estimado primo Roberto, ejecutivo de una reconocida multinacional farmacéutica, pagó una importante coima en una licitación. Mi cuñado y su amante estarían implicados en un fraude con tarjetas de crédito. Querido suegro como responsable de un proyecto dentro de la compañía “desviaste” parte de los fondos, ¿no? … así te hiciste la casa que tenés en José Ignacio. Juan, amigo, sos el responsable de emitir facturas falsas a proveedores y tu mujer reveló información confidencial a la competencia… ¿Qué me dicen ahora? ¿Se quedaron mudos? ¿No pueden creer lo que escuchan? ¡Cambien esas caras de pánico! Ja,ja,ja ¡Todo es una broma!…¿O… será en serio?

No soy gallina

Manuel era un gran amigo. Ávido tomador de whisky, compañero fiel de futbol 5, a pesar de los años y los kilos que le impedían tener un gran desempeño, y, sin dudas, el mejor asador de la barra. Era el infaltable bromista, al que no se le escapa nada, el solterón, el intransigente, el prejuicioso.

Motivado quizás por sus propias inseguridades, Manuel estaba siempre riéndose de los demás, y como siempre hay más de uno dispuesto a reírse de los infortunios de los demás con tal de olvidarse de las propias, solía ser el alma de la fiesta.

Pero el rencor mudo que nace al ser objeto constante de burlas no se muere. Se almacena en algún lugar secreto donde yace esperando pacientemente la venganza. Es por eso que cuando Jorge contó su idea para la broma en ausencia de Manuel, no hubo nadie que objetara.

?Se muere ? había dicho Oscar entre risas imaginándose la cara de Manuel al descubrirlo.

?O ¡lo mata! ? exclamó Alfredo. Las carcajadas de sus amigos llevaban ya el peso de la madrugada y el alcohol. La broma había sido el tema de la noche, sin dudas era perfecta para Manuel.

Al día siguiente, al terminar el partido, Jorge le comentó a Manuel que tenía una chica para presentarle. Entre miradas cómplices de sus compañeros lo apretaron para que la llamara y la invitara a una cita a ciegas. A Manuel lo puso nervioso la situación, pero más miedo le daba que sus amigos lo tildaran de gallina por lo que accedió.

El miércoles en que se concretaría la cita los amigos esperaban ansiosos la llamada enfurecida de Manuel, pero las horas pasaron y no había novedades.

?¿Y? ?le preguntó Jorge con tono demasiado ansioso cuando se vieron al día siguiente en la cancha.

?Pah. No sabés. ¡Una divina! Te iba a llamar para agradecerte. Estuvimos toda la noche charlando como si nos conociéramos de siempre. ¡Tan bien! Como si fuéramos amigos. Estoy copado. ¿Sabías que corría en moto cuando era adolescente?

Las miradas risueñas de sus amigos se convirtieron en desconcierto.

?Pero… ?Jorge no se animó a terminar la frase. Qué raro. Qué incómodo.

?No sé… Nunca me había pasado. Hoy nos vemos de nuevo.

La confusión de sus amigos se convirtió en silencio. No lograban entenderlo. Esa noche luego de que Manuel se retiró lo hablaban con preocupación. ¿Sería un chiste de Manuel? ¿Estaría continuando la broma? Pero su alegría parecía auténtica, ese tipo de emoción es muy difícil de fingir. Y en tal caso ¿Cómo no se había dado cuenta? Lo presionaron a Jorge para que les dijera qué tan evidente era. ¿No tenía fotos? Jorge no sabía que contestar. Él no se había dado cuenta solo, se lo habían tenido que decir, esa era la gracia de la broma. Pero él solo había estado unos minutos, nunca pensó que en una noche entera Manuel no lo iba a notar.

Los días pasaron. El tema estaba en la mente de todos cada vez que lo veían a Manuel, que aparecía con un nuevo cuento de enamorado cada vez que lo veían. Sus amigos estaban horrorizados, no podían escucharlo más hablando así, era una vergüenza, ¡tenían que advertirle! Pero no sabían cómo hacerlo, era un tema perturbador. Decidieron que era mejor no hablar.

La relación semi-platónica de Manuel progresaba. Daba pasos agigantados hacia convertirse en relación carnal y, ante el avance inevitable, al final, fue ella que le tuvo que decir la verdad. Se lo dijo con la esperanza de que lo entendiera, pidiéndole que se concentrara en lo que sentía, que se liberara de los códigos binarios que la sociedad le había impuesto. Salió llorando de la casa de Manuel. Mezcla de dolor, furia y decepción.

A los pocos días, a Manuel lo encontraron muerto.

Era más digno matarse que admitir que había amado otro ser humano.

Ring raje

El Boulevard era el típico barrio de una ciudad del interior donde todos los niños se juntaban en la calle a jugar cada tarde. En la misma cuadra convivían casas de dos pisos con aquellas más modestas que algunos de sus cuartos en vez de separarse por puertas lo hacían por floridas cortinas.

Los niños jugaban sin parar desde que salían de la escuela hasta la tardecita. Armaban mundiales de fútbol, juraban amistades eternas y paseaban con orgullo sus rodillas descascaradas producto de carreras ganadas en bicicleta

Juan era “El Nuevo” no solo porque recién había llegado al barrio, sino también al pueblo. Niño de capital, criado en apartamento, no estaba acostumbrado a tanto juego callejero. Por eso era el primero en ser descubierto en la escondida, no sabía cómo hacer una onda con ramitas, se negaba a jugar a la guerra de bosta y ni que hablar que siempre quedaba último en el Ring-Raje.

Ese domingo era como otros tantos de verano. El asfalto quemaba los pies. Los árboles eran el resguardo de algún perro callejero y el insistente cantar de las chicharras era lo único que se oía.

Después de una corta siesta, la barra de amigos se encontró para jugar. La paz que reinaba, ese silencio, tenía que ser interrumpido. Los niños sabían bien que muchos adultos seguían durmiendo, si hay algo que les gustaba a los grandes era dormir esa odiosa siesta.

¿Y qué más divertido que despertarlos?

Es así que de pronto se escuchó:

  • ¿Y si jugamos al Ring Raje?

La mayoría estuvo de acuerdo. La minoría acotó. Los juegos de esquina son las primeras experiencias democráticas de los niños.

Enseguida con toda la adrenalina de quien se va a enfrentar a lo prohibido empezaron el juego. Entre ellos había un pacto nunca dicho: jamás se tocaba en la casa de los participantes.

La primera casa fue la de la profesora de piano jubilada. Con mucha fuerza tocaron el timbre y salieron corriendo despavoridos. Desde la esquina rieron a carcajadas al ver que la anciana profesora miraba desconcertada, a pesar que eso ocurría casi todos los domingos y siempre a la misma hora.

La casa de la familia González fue la segunda. La mayoría de los chiquilines eran compañeros de clase de Josefina, la más chica y no la querían mucho. A pesar que el timbre no estaba a su alcance, haciéndole piecito a Matías, el más alto de todos, lograron su objetivo. Otra vez a esperar a escondidas para ver quién “atendía”. Vaya decepción, la puerta no se abrió. Los González seguramente habían ido de paseo.

Y así fueron tocando en las distintas casas del barrio, riendo ante cada cara de confusión, insultos tirados al aire y portazos que hacían temblar a más de una piedra.

Para lo último dejaron la casa de Walter, El Viudo, quien era quien más se enojaba, siendo el cierre perfecto para tan divertida aventura. Tocaron el timbre lo más rápido posible y salieron corriendo como cuete. Sabían que en esa casa no podían fallar. Llegaron a la esquina, esperando ver a El Viudo rezongar.

Pero esta vez fueron testigos de algo distinto. Abrieron los ojos bien grandes para ver como las manos de El Viudo agarraban la oreja izquierda de Juan y con toda la fuerza tironeaba una y otra vez; sin piedad ni pausa, como para que quede bien claro quién era la autoridad.

Fueron unos segundos pero parecieron años. Al terminar inclinó su cara y mirándolo a los ojos le dijo con una firmeza que estremecía:

-La próxima no va a ser con la mano, te voy a esperar con el cuchillo.

Juan, mirando para abajo y con los ojos llenos de lágrimas, se fue caminando rapidito para su casa.

Al otro domingo, sus amigos lo esperaron pero nunca llegó a la esquina, así pasaron varios. Poco a poco se fueron acostumbrando a que él los domingos no jugara.

Pasaron los años y Juan tuvo su propia casa. Lo primero que hizo fue desactivar el timbre. No quería reaccionar como El Viudo y arruinarle para siempre los domingos a un niño. De por sí ya eran bastante amargos.

Una broma pesada

Las manos frías aferradas al Santo Rosario volvían más tétrica la imagen del cuerpo de la tía Pocha sobre el sofá. Ojos bien abiertos, duros como si fueran de hielo y enfrente, a muy poca distancia, el televisor encendido.

– ¡Cállensé por favor que no dejan oír nada!

-Hay Pocha no es para tanto… No sé para qué mirás eso si nunca vas a sacar nada.

– ¡Cállense que esta vez sí! Siento que Dios tiene preparado algo para mí, esta vez sí…

Era la escena de todos los miércoles y domingos a la noche. Casi una cuestión de fe. Una fe de setenta y cinco años, sólida, estoica, defendida a ultranza de aflojes y tentaciones. Una fe esperanzada de que al final del camino Dios le otorgaría el premio que tanto merecía, por su vida sacrificada, obsecuente y recta.

-¡Ya va a empezar, por favor déjenme escuchar!

En la pantalla el conductor del programa mostraba cómo giraba el bolillero mientras repasaba los cinco números ganadores del sorteo anterior. El cuerpo de Pocha estaba tieso, con toda su musculatura en estado de máxima tensión y con la respiración tan intensa, tan agitada que cualquiera que no la conociera, podría pensar que se encontraba al borde de un ataque.

Cecilia, la cuñada, no se preocupaba y la dejaba nomás. Es que este ritual se venía repitiendo una y otra vez desde que Pocha, la hermana de José, su esposo, se fue a vivir con ellos hacía más de veinte años. En ese entonces, Cecilia y José tenían tres hijas chicas y, por la diferencia de edad, la tía Pocha fue como la abuela de la familia ya que era quince años mayor que José.

-¡Sí! ¡Sí! Les dije, les dije, les dije que esta vez sí. A ver Dios mío, Virgen Santísima ayúdenme que faltan dos nomás, dos nomás y es mío, ¡el cinco de oro es mío!…

 “Y los últimos números son el catorce y el treinta y tres…” se escuchó decir por el parlante de la tele.

– ¡No! no puede ser, qué desgracia la mía otra vez acerté tres números nada más.

– ¡Ah! Pocha, pero esperá un poco… ¿esos no son los números que juega José?

– A ver… ¡tenés razón Cecilia! ¡Son los números de José!

 “Y en este sorteo hay un solo ganador y es de la ciudad…” agregó el conductor del programa que con esa afirmación se despidió hasta el sorteo siguiente.

-¿Escuchaste eso Cecilia? ¡Salió acá en el pueblo! ¡En el pueblo dijo! ¡Debe ser José, debe ser él!

– ¿Será? No, no creo. Más que casualidad…

– Sí fue él, estoy segura que fue él, son sus números. ¿Dónde está? ¿Dónde anda tu marido ahora?

– No sé, me dijo que iba al club.

– Llamálo, vamos a llamarlo…

– No, Pocha, pará, no te enloquezcas. Hay miles que juegan al cinco de oro, no creo que haya sido José. Además no sabemos ni siquiera si hoy jugó…

– ¡Dále, Cecilia! Vamos a llamarlo. Yo sé que fue él, tengo un presentimiento que fue él. ¡Vamos a llamarlo te digo! Si vos no lo llamás lo llamo yo…

Pocha estaba en un estado de agitación que jamás había experimentado. Aún sin haber consultado al hermano, ya estaba segura que por fin el cielo se había acordado de ella, de todo lo que había dejado de lado para entregarse por completo a la familia de su hermano como si fueran sus propios hijos que jamás tuvo. Y por eso Dios había elegido esa vía para recompensarla, el premio mayor finalmente llegó no en forma directa a sus manos, sino a través de aquél al que ella había dedicado su vida, a través de su hermano José.

Entonces, Pocha no se aguantó más y llamó a José al teléfono celular.

– Pero ¿quién será ahora?

– No sé, Pepito… vení acá que estás muy lindo hoy, abrazáme, vení.

– Pará, pará, aguantá un poco que capaz que es de mi casa…

– No importa, José, vení conmigo que me dio frío…

– ¡Pah! Ando sin los lentes y no veo nada, vení gordi, por favor, fijáte quién es…

– Dáme mi amor, a ver… es tu hermana Pocha…

– ¿Qué quiere ahora? ¡Holaaa! Sí, Pocha soy yo…

-¡José, hermano querido ya vi los números ¡Sacaste el cinco de oro! ¡Lo logramos José! ¡Al fin querido hermano!

-¿Lo qué? ¡Ah! Sí, claro, Pocha, lo saqué. ¡Saqué el cinco de oro, sí!

– ¡Hay Dios mío, gracias al cielo! ¡Lo merecemos José, lo merecemos todos Dios mío!

– ¡En un rato estoy en casa, ya voy!

José dejó el teléfono al costado de la cama y siguió un rato más con sus asuntos. Él era así. Tomaba la vida siempre en broma, sin darle mayor importancia a las cosas. No es que fuera irresponsable. Más bien era un tipo alegre que se reía de todo.

– ¿Qué le dijiste a tu hermana?

– Está cada vez más loca. Le dije que sí nomás. Que había sacado el cinco de oro. ¡Ja! Me imagino la cara…

– Bueno, Pepito, vení conmigo, que lindo estás hoy…

En la casa de José, la tía Pocha estaba fuera de control. Tanta era su alegría que terminó contagiando con su felicidad al resto y hasta Cecilia y los vecinos que fueron llegando al sentir el alboroto, terminaron convencidos que efectivamente había sido José el afortunado ganador y nuevo millonarios del pueblo.

– ¡Somos ricos! ¡Somos ricos!

Pocha no paraba de gritar, bailar y festejar. Parecía que había rejuvenecido quince años. Y se abrazaba a su cuñada y a sus sobrinas y a todo el que la quisiera abrazar.

– ¡Lo merecíamos, nuestra familia, lo merecíamos! ¡Gracias, gracias!

La fiesta improvisada fue en aumento. A esa altura, todo el barrio se había conglomerado en la casa, algunos para celebrar y otros por simple curiosidad.

En eso llega José, alegre, despreocupado como siempre y sin el más mínimo remordimiento. Al ver la algarabía, se detuvo en la puerta de su casa. Y, desde allí, donde todos podían verlo, con una sonrisa que ocupaba la mitad de su cara y llevándose las manos a la boca a modo de megáfono les gritó:

– ¡Ja! Así que se la creyeron ¿Eh?

El silencio abrupto fue total, como si la vida se detuviera por un instante y todo, absolutamente todo, quedara paralizado.

La única que atinó a decir algo fue la tía Pocha:

– ¿Qué decís, José?

Pocha conocía de memoria a su hermano y sabía reconocer en él la cara de burla. Y se dio cuenta. Supo de inmediato que había sido otra de las bromas pesadas de José. Pero esta vez no podía, no quería aceptarlo. Por eso, volvió a preguntar:

– ¿Qué dijiste José?

– ¡Dije que cayeron todos! Se la creyeron. ¡Ja! ¡Toditos se la creyeron! Si yo no jugué a ningún número hoy…

La tía Pocha tuvo una reacción extraña, difícil de definir, desconcierto o desilusión. Palideció de golpe, miró a su hermano en un profundo silencio, dio media vuelta y volvió a su sillón.

Las manos frías aferradas al Santo Rosario volvían más tétrica la imagen del cuerpo de la tía Pocha sobre el sofá. Ojos bien abiertos, duros como si fueran de hielo y enfrente, a muy poca distancia, el televisor encendido.