Ring raje

El Boulevard era el típico barrio de una ciudad del interior donde todos los niños se juntaban en la calle a jugar cada tarde. En la misma cuadra convivían casas de dos pisos con aquellas más modestas que algunos de sus cuartos en vez de separarse por puertas lo hacían por floridas cortinas.

Los niños jugaban sin parar desde que salían de la escuela hasta la tardecita. Armaban mundiales de fútbol, juraban amistades eternas y paseaban con orgullo sus rodillas descascaradas producto de carreras ganadas en bicicleta

Juan era “El Nuevo” no solo porque recién había llegado al barrio, sino también al pueblo. Niño de capital, criado en apartamento, no estaba acostumbrado a tanto juego callejero. Por eso era el primero en ser descubierto en la escondida, no sabía cómo hacer una onda con ramitas, se negaba a jugar a la guerra de bosta y ni que hablar que siempre quedaba último en el Ring-Raje.

Ese domingo era como otros tantos de verano. El asfalto quemaba los pies. Los árboles eran el resguardo de algún perro callejero y el insistente cantar de las chicharras era lo único que se oía.

Después de una corta siesta, la barra de amigos se encontró para jugar. La paz que reinaba, ese silencio, tenía que ser interrumpido. Los niños sabían bien que muchos adultos seguían durmiendo, si hay algo que les gustaba a los grandes era dormir esa odiosa siesta.

¿Y qué más divertido que despertarlos?

Es así que de pronto se escuchó:

  • ¿Y si jugamos al Ring Raje?

La mayoría estuvo de acuerdo. La minoría acotó. Los juegos de esquina son las primeras experiencias democráticas de los niños.

Enseguida con toda la adrenalina de quien se va a enfrentar a lo prohibido empezaron el juego. Entre ellos había un pacto nunca dicho: jamás se tocaba en la casa de los participantes.

La primera casa fue la de la profesora de piano jubilada. Con mucha fuerza tocaron el timbre y salieron corriendo despavoridos. Desde la esquina rieron a carcajadas al ver que la anciana profesora miraba desconcertada, a pesar que eso ocurría casi todos los domingos y siempre a la misma hora.

La casa de la familia González fue la segunda. La mayoría de los chiquilines eran compañeros de clase de Josefina, la más chica y no la querían mucho. A pesar que el timbre no estaba a su alcance, haciéndole piecito a Matías, el más alto de todos, lograron su objetivo. Otra vez a esperar a escondidas para ver quién “atendía”. Vaya decepción, la puerta no se abrió. Los González seguramente habían ido de paseo.

Y así fueron tocando en las distintas casas del barrio, riendo ante cada cara de confusión, insultos tirados al aire y portazos que hacían temblar a más de una piedra.

Para lo último dejaron la casa de Walter, El Viudo, quien era quien más se enojaba, siendo el cierre perfecto para tan divertida aventura. Tocaron el timbre lo más rápido posible y salieron corriendo como cuete. Sabían que en esa casa no podían fallar. Llegaron a la esquina, esperando ver a El Viudo rezongar.

Pero esta vez fueron testigos de algo distinto. Abrieron los ojos bien grandes para ver como las manos de El Viudo agarraban la oreja izquierda de Juan y con toda la fuerza tironeaba una y otra vez; sin piedad ni pausa, como para que quede bien claro quién era la autoridad.

Fueron unos segundos pero parecieron años. Al terminar inclinó su cara y mirándolo a los ojos le dijo con una firmeza que estremecía:

-La próxima no va a ser con la mano, te voy a esperar con el cuchillo.

Juan, mirando para abajo y con los ojos llenos de lágrimas, se fue caminando rapidito para su casa.

Al otro domingo, sus amigos lo esperaron pero nunca llegó a la esquina, así pasaron varios. Poco a poco se fueron acostumbrando a que él los domingos no jugara.

Pasaron los años y Juan tuvo su propia casa. Lo primero que hizo fue desactivar el timbre. No quería reaccionar como El Viudo y arruinarle para siempre los domingos a un niño. De por sí ya eran bastante amargos.

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