Una broma pesada

Las manos frías aferradas al Santo Rosario volvían más tétrica la imagen del cuerpo de la tía Pocha sobre el sofá. Ojos bien abiertos, duros como si fueran de hielo y enfrente, a muy poca distancia, el televisor encendido.

– ¡Cállensé por favor que no dejan oír nada!

-Hay Pocha no es para tanto… No sé para qué mirás eso si nunca vas a sacar nada.

– ¡Cállense que esta vez sí! Siento que Dios tiene preparado algo para mí, esta vez sí…

Era la escena de todos los miércoles y domingos a la noche. Casi una cuestión de fe. Una fe de setenta y cinco años, sólida, estoica, defendida a ultranza de aflojes y tentaciones. Una fe esperanzada de que al final del camino Dios le otorgaría el premio que tanto merecía, por su vida sacrificada, obsecuente y recta.

-¡Ya va a empezar, por favor déjenme escuchar!

En la pantalla el conductor del programa mostraba cómo giraba el bolillero mientras repasaba los cinco números ganadores del sorteo anterior. El cuerpo de Pocha estaba tieso, con toda su musculatura en estado de máxima tensión y con la respiración tan intensa, tan agitada que cualquiera que no la conociera, podría pensar que se encontraba al borde de un ataque.

Cecilia, la cuñada, no se preocupaba y la dejaba nomás. Es que este ritual se venía repitiendo una y otra vez desde que Pocha, la hermana de José, su esposo, se fue a vivir con ellos hacía más de veinte años. En ese entonces, Cecilia y José tenían tres hijas chicas y, por la diferencia de edad, la tía Pocha fue como la abuela de la familia ya que era quince años mayor que José.

-¡Sí! ¡Sí! Les dije, les dije, les dije que esta vez sí. A ver Dios mío, Virgen Santísima ayúdenme que faltan dos nomás, dos nomás y es mío, ¡el cinco de oro es mío!…

 “Y los últimos números son el catorce y el treinta y tres…” se escuchó decir por el parlante de la tele.

– ¡No! no puede ser, qué desgracia la mía otra vez acerté tres números nada más.

– ¡Ah! Pocha, pero esperá un poco… ¿esos no son los números que juega José?

– A ver… ¡tenés razón Cecilia! ¡Son los números de José!

 “Y en este sorteo hay un solo ganador y es de la ciudad…” agregó el conductor del programa que con esa afirmación se despidió hasta el sorteo siguiente.

-¿Escuchaste eso Cecilia? ¡Salió acá en el pueblo! ¡En el pueblo dijo! ¡Debe ser José, debe ser él!

– ¿Será? No, no creo. Más que casualidad…

– Sí fue él, estoy segura que fue él, son sus números. ¿Dónde está? ¿Dónde anda tu marido ahora?

– No sé, me dijo que iba al club.

– Llamálo, vamos a llamarlo…

– No, Pocha, pará, no te enloquezcas. Hay miles que juegan al cinco de oro, no creo que haya sido José. Además no sabemos ni siquiera si hoy jugó…

– ¡Dále, Cecilia! Vamos a llamarlo. Yo sé que fue él, tengo un presentimiento que fue él. ¡Vamos a llamarlo te digo! Si vos no lo llamás lo llamo yo…

Pocha estaba en un estado de agitación que jamás había experimentado. Aún sin haber consultado al hermano, ya estaba segura que por fin el cielo se había acordado de ella, de todo lo que había dejado de lado para entregarse por completo a la familia de su hermano como si fueran sus propios hijos que jamás tuvo. Y por eso Dios había elegido esa vía para recompensarla, el premio mayor finalmente llegó no en forma directa a sus manos, sino a través de aquél al que ella había dedicado su vida, a través de su hermano José.

Entonces, Pocha no se aguantó más y llamó a José al teléfono celular.

– Pero ¿quién será ahora?

– No sé, Pepito… vení acá que estás muy lindo hoy, abrazáme, vení.

– Pará, pará, aguantá un poco que capaz que es de mi casa…

– No importa, José, vení conmigo que me dio frío…

– ¡Pah! Ando sin los lentes y no veo nada, vení gordi, por favor, fijáte quién es…

– Dáme mi amor, a ver… es tu hermana Pocha…

– ¿Qué quiere ahora? ¡Holaaa! Sí, Pocha soy yo…

-¡José, hermano querido ya vi los números ¡Sacaste el cinco de oro! ¡Lo logramos José! ¡Al fin querido hermano!

-¿Lo qué? ¡Ah! Sí, claro, Pocha, lo saqué. ¡Saqué el cinco de oro, sí!

– ¡Hay Dios mío, gracias al cielo! ¡Lo merecemos José, lo merecemos todos Dios mío!

– ¡En un rato estoy en casa, ya voy!

José dejó el teléfono al costado de la cama y siguió un rato más con sus asuntos. Él era así. Tomaba la vida siempre en broma, sin darle mayor importancia a las cosas. No es que fuera irresponsable. Más bien era un tipo alegre que se reía de todo.

– ¿Qué le dijiste a tu hermana?

– Está cada vez más loca. Le dije que sí nomás. Que había sacado el cinco de oro. ¡Ja! Me imagino la cara…

– Bueno, Pepito, vení conmigo, que lindo estás hoy…

En la casa de José, la tía Pocha estaba fuera de control. Tanta era su alegría que terminó contagiando con su felicidad al resto y hasta Cecilia y los vecinos que fueron llegando al sentir el alboroto, terminaron convencidos que efectivamente había sido José el afortunado ganador y nuevo millonarios del pueblo.

– ¡Somos ricos! ¡Somos ricos!

Pocha no paraba de gritar, bailar y festejar. Parecía que había rejuvenecido quince años. Y se abrazaba a su cuñada y a sus sobrinas y a todo el que la quisiera abrazar.

– ¡Lo merecíamos, nuestra familia, lo merecíamos! ¡Gracias, gracias!

La fiesta improvisada fue en aumento. A esa altura, todo el barrio se había conglomerado en la casa, algunos para celebrar y otros por simple curiosidad.

En eso llega José, alegre, despreocupado como siempre y sin el más mínimo remordimiento. Al ver la algarabía, se detuvo en la puerta de su casa. Y, desde allí, donde todos podían verlo, con una sonrisa que ocupaba la mitad de su cara y llevándose las manos a la boca a modo de megáfono les gritó:

– ¡Ja! Así que se la creyeron ¿Eh?

El silencio abrupto fue total, como si la vida se detuviera por un instante y todo, absolutamente todo, quedara paralizado.

La única que atinó a decir algo fue la tía Pocha:

– ¿Qué decís, José?

Pocha conocía de memoria a su hermano y sabía reconocer en él la cara de burla. Y se dio cuenta. Supo de inmediato que había sido otra de las bromas pesadas de José. Pero esta vez no podía, no quería aceptarlo. Por eso, volvió a preguntar:

– ¿Qué dijiste José?

– ¡Dije que cayeron todos! Se la creyeron. ¡Ja! ¡Toditos se la creyeron! Si yo no jugué a ningún número hoy…

La tía Pocha tuvo una reacción extraña, difícil de definir, desconcierto o desilusión. Palideció de golpe, miró a su hermano en un profundo silencio, dio media vuelta y volvió a su sillón.

Las manos frías aferradas al Santo Rosario volvían más tétrica la imagen del cuerpo de la tía Pocha sobre el sofá. Ojos bien abiertos, duros como si fueran de hielo y enfrente, a muy poca distancia, el televisor encendido.

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