Karma en Brooklyn

Un anuncio llamó su atención, bueno en realidad de ese pasquín amarillista todos los anuncios llamaban la atención. Este en particular le dio curiosidad.
“Viajes en el tiempo.
Completa confidencialidad y seguridad.
Usted elige adonde ir, lo llevamos y lo traemos”
Alex recortó el aviso, terminó de tomar su café negro, se levantó y se fue a trabajar, ni siquiera saludó a Margaret. Esta ni levantó la mirada. La relación estaba como elástico gastado de un viejo catre, en cualquier momento los dejaba en el piso.
Estaba deliciosamente harto de su esposa. Haría cualquier cosa con tal de deshacerse de ella, bueno cualquier cosa que se animara a hacer. Pusilánime, sabía que lo era.
Anhelaba en agonía el sonido de una piel más alegre y cálida, tanto tiempo buscó las huellas de esa alma, tanto tiempo sucumbió ante esperanzas falsas, tanto tiempo escuchó promesas de destinos de colores que fueron grises realidades que ya estaba fóbico de aburrimiento.
Esa tarde llamó al número del anuncio.
Lo atendió una voz fuerte y penetrante, como rugido de león.
-Hola.
-Hola, sí… este… llamo por el aviso.
-¿Qué aviso?
-Umm… el del viaje en el tiempo.
-¿Qué desea saber?
-Bueno, no sé… me gustaría saber más, me interesa.
– Puede pasar por nuestras oficinas y le daremos los detalles que necesite.
-Sí, bien… puedo ir mañana en la tarde.
Esa noche en la cama sorpresivamente le preguntó a su esposa: ¿cómo era tu padre?
– ¿Qué? ¿A qué viene eso?
-No sé, curiosidad.
-Sabes bien que no lo conocí, ¿qué bicho te picó ahora? No cargas veinte primaveras.
-Sólo preguntaba, me hubiese gustado conocerlo.
– ¿Para qué querrías conocerlo? Mamá siempre decía que era muy celoso y violento.
– Para saber cómo hizo para aguantar a tu madre. Así a lo mejor aprendo a aguantarte mejor a vos.
Terminaron discutiendo y peleando, como era la norma entre ellos.
Al otro día, Alex llegó al edificio de la Calle Z, entre X e Y en Brooklyn. Era una tarde lluviosa, el agua caía dando penas y estaba frío, tan frío que hasta el cielo tiritaba, típico de los furiosos inviernos neoyorquinos.
Un hombre bajo, regordete e impresionante lo invitó a pasar. Era el mismo que lo había atendido por teléfono.
-Pase, por favor, póngase cómodo. Si no le incomoda voy a grabar en vídeo esta conversación por un tema de seguridad.
-Creo que está bien, dijo inseguro Alex.
-Nosotros –mi socia Alice y yo? organizamos viajes en el tiempo. Lo podemos llevar adonde usted quiera, con un error máximo de 2000 metros o 1 día. Usted elige dónde, cuándo y qué precisión quiere así como el tiempo que desea quedarse. Viaja solo, sin ningún arma y previo chequeo médico. No queremos ningún problema, estos viajes son secretos. El gobierno no sabe nada y así queremos que siga. Así que debe guardar total confidencialidad y es muy importante que no haga ningún cambio ni se traiga nada de donde vaya. ¿Queda claro? Y se lo repetiré un millón de veces más a ver si entiende. No se le ocurra, no haga, no provoque el mínimo cambio porque las consecuencias pueden ser fatales. Tampoco traiga nada, ni una piedra, ni una hormiga, nada de nada de nada. ¿Entiende? ¿Soy claro?
-Sí entiendo no se preocupe. Pero ¿cómo es que manejan el viaje en el tiempo sin que el gobierno lo sepa?
-Ese es nuestro asunto, no su problema.
– Perdón… disculpe. Y si tengo problemas cuando llegue, ¿qué hago?
-Le vamos a dar un dispositivo que no puede perder, es la salvaguarda ante cualquier eventualidad.
-Bien, creo que entiendo todo, podemos empezar.
-Necesita llenar unos formularios y algunos requisitos que debe traer para que no tengamos ningún problema. Luego de eso, habrá otra reunión donde nos dirá a qué lugar y fecha quiere ir. Ahí, decidimos y, eventualmente, comenzamos.
Pasaron unos días y Alex había presentado todo lo que le pidieron y volvía a reunirse con Thomas. Esta vez también estaba Alice.
-Quiero ir a Brooklyn, el día 16 de junio de 1966.
-¿Por qué esa fecha y lugar? ?preguntó Alice.
-Quiero conocer a mi suegro, una semana antes que nazca mi esposa. Murió unos días después de nacer Margaret y no pudimos conocerlo.
Thomas y Alice se miraron desconfiados.
-Es extraña su elección. ¿Se puede saber por qué?
-Eso señor es asunto mío, no su problema.
-Tiene razón -dijo Thomas. Bien, cuando quiera comenzamos.
Alex entró en una habitación pequeña que tenía en el centro una máquina con tubos enormes de vidrio que se cerraron una vez dentro.
Unos segundos más tarde estaba en 1966, en la ciudad de Brooklyn en el lado Este. La casa de los padres de Margaret quedaba cerca y hacia allí se dirigió.
Golpeó la puerta y Robert, el padre de su futura pareja, le abrió.
– ¿Qué desea?
Robert usted no me conoce pero yo sé mucho de Ud., he venido desde muy lejos a arreglar un asunto que envenena tiernamente mi vida.
– ¿A qué se refiere? ¿De dónde me conoce?
– He venido a desenmascarar a su esposa.
– ¿Está loco? ¿De qué habla?
– Su hija va a ser una arpía con todas las letras y títulos. Su mujer es la culpable.
-Retírese por favor o llamo a la policía. Y le cerró la puerta en la cara.
Alex estaba preparado para eso, sabía que así sucedería. Intuyó muy bien la reacción que tendría Robert. También se imaginaba que debía haberse quedado pensando.
– ¿Quién era? -preguntó Susan.
– Un loco. Hay gente que no tiene nada que hacer.
Alex volvió al otro día.
-Escúcheme atentamente por favor, sólo le diré que la hija que espera su mujer no se parecerá en nada a usted.
– ¿Quién es Usted? ¿Qué quiere de mí? Váyase o le saldrá muy cara su broma.
-Sólo vengo a decirle la verdad. El padre de su hija es Walter, su vecino. Y le alcanzó una vieja y ajada foto. Margaret la guardaba como la única que le quedaba de su madre. Posaba junto a un vecino muy amigo de la familia que cariñosamente le acariciaba la panza a pocos días de parir.
– ¿Quién le dio esto? ¿Quién es Usted? Está loco Zocker, ¡el vecino! No puede ser.
Lo miró fijo, le hizo una guiñada cómplice y sin decir una sola palabra se dio vuelta y se fue. Robert le gritó y reclamó pero Alex siguió caminando y al doblar la esquina una sonrisa amplia dibujaba su rostro. Había plantado la semilla. Era hora de volver.
Apretó el dispositivo que traía y, en una abrir y cerrar de ojos, estaba de vuelta en su tiempo.
Thomas lo miró y se preguntó acerca de esa extraña sonrisa.
-Parece que está feliz amigo, está claro que le fue bien.
– Conocí a mi suegro, Brooklyn hace cuatro décadas , feliz que todo haya salido bien.
Estaba ansioso de llegar a su casa. Se paró frente a la puerta con cierto temor, abrió. Nadie. No había nadie. Margaret no estaba, nada de ella.
Fue a la biblioteca de la ciudad y buscó nervioso los periódicos de junio de 1966. Ahí estaba, un Robert cegado por los celos había matado a su esposa, Susan, y, obviamente, a su futura hija. Luego quiso matar a su vecino pero la policía, que había llegado alertada por los gritos, lo acribilló.
Los investigadores no pudieron explicar de dónde había salido la foto descolorida que tenía Robert, ya que al revelar el rollo que encontraron entre las cosas de Susan una semana después del crimen encontraron la misma foto.
Historia concluida, Margaret nunca nació. Era libre y tenía la vida por delante.
Sonriendo feliz salió a la calle, ahora una nueva vida lo esperaba. Tan feliz estaba que solamente pensaba en lo que podía hacer. Caminó las cuatro cuadras que lo separaban de la casa de los padres de Margaret para comprobar qué cambios había.
Al cruzar un auto lo atropelló y murió instantáneamente. El conductor, un tal Walter Zocker murió de un paro cardíaco producto de la impresión que se llevó.

Misión cumplida

Durante 1938 en Europa se vivía con inquietud los movimientos bélicos del régimen nazi. Ya en los primeros meses de ese año, Hitler había invadido Austria y la había anexado a Alemania y, a fines del mismo año, hizo lo propio con Checoslovaquia. Ambas anexiones fueron jugadas políticas pero quedaba claro que pronto empezaría la invasión a otros países y la eventual guerra.
La invasión de Polonia fue una acción iniciada en setiembre de 1939. Fue la primera de las agresiones militares que la Alemania de Hitler emprendería y el detonante de la Segunda Guerra Mundial en Europa.
Tres décadas atrás, un joven austríaco con inclinaciones artísticas viajó a Viena para inscribirse en una de las escuelas de arte más prestigiosas del circuito europeo, la Academia de Bellas Artes de la ciudad donde esperaba perfeccionar eso que creía un talento suyo. El joven de 18 años sufrió el rechazo de la institución, que por dos ocasiones (en 1907 y 1908) le negó la entrada por la simple razón de que adolecía de “ineptitud para la pintura”. Ese joven era Hitler quien, desde entonces, sintió un enorme resentimiento contra las bellas artes y, a la vez, una admiración mezclada con envidia que signó la política de usurpación cultural del “Tercer Reich”.
La amenaza de la inminente guerra preocupó a las autoridades de la cultura francesa y de otros países. La Dirección de los Museos Nacionales Franceses diseñó un plan para poner a salvo los tesoros artísticos antes de que cayeran en manos del ejército alemán. Cuando se supo del saqueo de obras de arte en Viena y Cracovia se decidió la evacuación a gran escala de las colecciones existentes en los museos públicos franceses. Los lugares de almacenamiento elegidos para las obras de arte fueron castillos del centro y sur del país, lugares tranquilos en el corazón de la campiña francesa y lejos de objetivos estratégicos.
Jacques Jaujard, director de Museos Nacionales, ordenó evacuar primero a La Gioconda. El día 28 de agosto de 1939, el cuadro de Da Vinci abandonó su lugar en el Louvre en un operativo secreto. Fue cuidadosamente empaquetado para su protección, se montó encima de una camilla de ambulancia y fue colocado en la parte trasera de un camión durante la noche. La caja del camión iba sellada herméticamente con el objeto de preservar una atmósfera lo más neutra posible para evitar dañar la pintura. Esta no viajaba sola, iba acompañada por el Sr. Pascal Decaux, su fiel curador, cuya misión era la de velar porque la tela sufriera lo menos posible durante el viaje. Decaux estaba enamorado de la Gioconda desde hacía veinte años, cuando había ingresado al Louvre y por ser de absoluta confianza se le había encargado la honrosa tarea de escoltarla día y noche.
Una semana después, cuando ya se había declarado la guerra, se tomó la decisión de garantizar que todas las más preciosas obras serían sacadas de las instalaciones del Louvre incluyendo colosales esculturas como la Victoria de Samotracia y la Venus de Milo. Viajando como polizontes en varios cientos de cajas, muchas esculturas, objetos decorativos y 3690 pinturas se pusieron en camino. El viaje fue una hazaña logística de embalaje y carga de camiones sin precedentes. Las carreteras de Francia pronto se vieron atestadas con treinta y siete convoyes que se unieron a las multitudes que ya abandonaban la ciudad.
El viaje de Pascal con su amada Gioconda fue tenso pero fascinante. Durante tres días viajaron por caminos precarios, atravesaron bosques, montañas, peligrosos puentes. El curador sabía de la importancia de su tarea y disfrutaba del peligro y la aventura. Lo que no había previsto el jefe Jacques Jaujard era que la atmósfera cerrada seguramente protegería al cuadro pero podía afectar a Pascal.
Finalmente llegaron al espectacular castillo de Chambord, en la región del Loira. El arribo del vehículo fue saludado con algarabía por el numeroso personal de museos que esperaba el cuadro por el que sentía una orgullosa admiración.
En malón corrieron al camión y abrieron la puerta del blindado. Con tristeza comprobaron que el Sr. Pascal había muerto por asfixia, pero eso poco importaba. Se abalanzaron sobre la caja que contenía a la querida pintura, cuidadosamente la abrieron y se llevaron una sorpresa aterradora. La Gioconda había cambiado su enigmática sonrisa por una expresión de dolor que incluía lágrimas. Todos pensaron que había sido por la muerte de su fiel escudero. Es posible, pero a mí se me ocurre que también podría ser que, después de cuatro siglos y medio de estar secuestrada en Francia, se había hecho ilusiones de que en ese viaje al sur la estarían llevando de regreso a su querida tierra natal, la hermosa Toscana.

Todo vuelve

Andrea disfrutaba de ir a los remates, a las ferias de antigüedades y de encontrar cosas viejas, esas que otros desechaban por viejas, por necesidad de dinero o porque le traían malos recuerdos. Ella les llamaba pequeños tesoros. Buscarlos era casi que su única adicción. Es así que en su casa casi que no había lugar para más nada. Tenía millones de tacitas, muñecas de trapo, bandejas de porcelana, espejos o juguetes de niños que seguramente ya eran bisabuelos.

Sus amigas bautizaron a su casa: “Remate Andrea”. No entendían cómo podía restaurar muebles en vez de comprarlos nuevos o comer en platos donde había comido “vaya a saber quién”.
Su madre, como toda madre, también opinaba. Tampoco entendía cómo su hija se había convertido en una especie de coleccionista de antigüedades, siendo que en la casa familiar se compraban las cosas nuevas. Con un tono que mezclaba jocosidad con ironía, siempre le decía “Andreita, en tu casa hay un millón de años juntos”,
Esos comentarios tampoco le importaban, la vida le había demostraba que con su madre, en algunas cosas, tenían visiones distintas. Siempre recordaba la discusión más fuerte que habían tenido. Fue cuando le reprochó haber desechado todas las cosas de su abuela Ema, a quien nunca había conocido, pero siempre la tuvo muy presente. Tan presente que a veces, entre sueño, le hablaba.
Un jueves como cualquier otro, fue a su cita sagrada. Iba con la corazonada de que algo bueno iba a conseguir. Ni bien llegó supo qué era. Una bandeja verde y grande. Se acercó para mirarla bien y, pese a que tenía una marquita, supo que la compraría.
La puja fue dura, muchos querían la bandeja. Finalmente, lo logró, aunque pagó un poco más de lo que hubiese imaginado
Todos los ofertantes la felicitaron, había comprado una pieza única, quizás la última que quedaba en el país.
Llegó a su casa y se puso a limpiarla, casi con el mismo cuidado como cuando una madre baña a un bebé recién nacido. Le buscó un lugar destacado en la casa. No podía dejar de mirarla- Le hacía feliz.
Llegó el domingo y con el domingo el almuerzo familiar. Para su asombro, su madre la esperaba con una sorpresa: una caja con fotos familiares que había pertenecido a la abuela Ema. Andrea no podía creerlo, un poco emocionada y otro tanto ansiosa, abrió la caja. Una a una fue mirando las fotos y cada una le afirmaba lo parecidas que eran. Tenían el mismo peinado y gusto por la ropa colorida.

Al llegar a la última, quedó petrificada. En la típica foto familiar de mesa navideña, lucía en el centro de la mesa, entre canapés y fuentes de ensalada rusa, una bandeja igualita a la que ella había comprado en el remate. El shock fue mayor, cuando al mirar con detenimiento la foto, pudo identificar que la bandeja de la foto tenía la misma marquita que la suya. No dijo nada a nadie, ese sería un secreto entre ella y su abuela.

Cuando regresaba a su casa, sonriendo para adentro, pensaba que, a la larga o a la corta todo vuelve a su lugar.

El objeto de la discordia

En la casa que él ahora habitaba, los rumores de desconcierto iban y venían. Él hacía mucho tiempo que ya no los oía, bastó con haberlos oído de quién no lo esperaba. Esa fue la única y última vez, porque su vida tomó otro rumbo. Ya no se lamentaba, era conocedor de glorias que el tiempo se había encargado de resguardar en el ocaso. Él lo decidió así y, altivo, iba llevando sus días.
Su mano temblorosa y huesuda acariciaba con nostalgia el objeto que yacía en el largo descanso inerte del tiempo. Su mirada turbia miraba sin ver a través del ventanal, pues nada en el exterior cobraba más vida que aquella donde anidaban los recuerdos de su corazón.
Ella fue su fiel compañera y cómplice, nadie más sabía tanto de él. Bastaba con acercarse para que ambos emprendieran un objetivo en común. Ella lo secundaba en todo.
Él ensayaba su agudeza con gruesos trazos, con delicadeza y con finísima suavidad. Y gustaba, cómo gustaba, y qué gloriosos fueron esos años, qué feliz que había sido.
El tiempo inexorablemente fue andando y, en ese andar ya enclenque, el olvido del mundo que lo rodeaba vino para quedarse.
Solo ella permaneció a su lado, muda, esperando que él la guiara. Pero él no siguió más los designios de su pasión. Prefería la inmortalidad de su trabajo a trabajar indecorosamente.
Entonces, subsistió estoico a una fortuna que se fue yendo, así como sus años vitales. Hoy, el albergue que lo ampara ha abierto más de una vez las puertas para que vinieran por ella.
Pero él no se deja vencer, porque nadie puede arrebatarle la compañera que lo secundó en su larga trayectoria.
Su mano vuelve a acariciar con afecto la lapicera de pluma, que tantos coleccionistas añoran pero ella, insensible como él, permanece impávida en el seco tintero.

Amores extraviados

En las calles, un aire tibio. Un perfume a lilas, en el olfato de algunos que transitaban por ellas a primera hora de la mañana. Los jacintos y las prímulas, sobre el verde de los jardines. Admirable policromía que obligaba a quienes pasaban por el frente, a detenerse extasiados.
Teresa, asomada al balcón, peinaba su boscosa cabellera pensando en cruzar la calle y llegar hasta el jardín para arrancar una carnosa begonia rosa con que adornar su pelo. Así, bella, le gustaba a Pedro quien después de amarla escandalosamente frente al ventanal, con las cortinas abiertas a la luz del día, tomaba la flor que descansaba en el vaso de vidrio de la mesa de luz y la dejaba caer sobre la cabecera de la bella durmiente que posaba a su lado.
Lo extrañaba demasiado, al comienzo del invierno se había ido sin dar explicaciones. Quizás… el viento que huele a flores me lo traiga de vuelta… pensaba, sin dejar de pasar el peine por su pelo.
Paulina, sola y tan envejecida como el caserón que habitaba, tenía como único pasatiempo el cuidado de su jardín. Conocía cada planta, flor, arbusto. Sabía cuando estaban sedientos o acalorados por el sol, cuando tenían necesidad de sombra o de unas manos amables que los regaran. Sabía que Pedro, venía de tanto en tanto y robaba una flor sonrosada de una de sus plantas. Ella imaginaba que eran para su vecina Teresa pero no le importaba. Sabía que ambos estaban enamorados.
Paulina también había conocido las bondades del amor, aunque Ernesto se lo prodigaba en mínimas cuotas. Era muy reservado, escueto, poco demostrativo, pero en brazos de Paulina olvidaba la indiferencia de su esposa y el matrimonio artificioso en el que estaba atrapado.
Un día le dijo que debía partir a una misión que el alto mando militar le había encomendado. De ese hecho, habían pasado ya varios años, pero Paulina aún guardaba la esperanza de verlo retornar. Presagiaba que volvería en un corcel montaraz, cabalgando junto a la primavera.
En la misma manzana en la que estaba ubicada la casona propiedad de Paulina, estaba emplazada la modesta vivienda de Beatriz. Tenía la fachada pintada de color terracota, en la cual resaltaba el cartel de Herboristería. Beatriz era una gran conocedora de las propiedades curativas y mágicas de las plantas y tenía el don de la paciencia ya que escuchaba con atención las penas de cada uno de sus clientes.
En su primera cita con Rafael sintió una profunda atracción hacia él, una fuerza magnética que se expandía desde su plexo solar y envolvía el aura de ese hombre sentado frente a ella que la miraba con una mezcla de curiosidad y de miedo. Decidió en ese instante que no podía perderlo, que sería de ella para siempre y no escatimaría en utilizar sus métodos como hechicera para conquistarlo. Preparó una mezcla de hierbas con licor que dejó una noche bajo la luna y en la siguiente cita le dio a beber la amarga tintura. El elixir pareció resultar ya que al comienzo de la relación el amor era recíproco y apasionado. Al cabo de un tiempo, Beatriz supo que estaba embarazada.
Luego, los fantasmas del engaño comenzaron a visitar sus sueños. Haciendo caso a su voz interior, una noche, siguió a Rafael hasta el circo aposentado en el pueblo y lo vio entrar a uno de los vehículos de la caravana. El de la gitana que leía las líneas de las manos. Ya en su casa, mezcló en la olla una buena porción de borraja con pisco y lo calentó a fuego lento. Tomó durante tres días la infusión y, al cuarto día, el sangrado en su entrepierna le anunció que el hijo de aquel traidor ya había abandonado su vientre. Pasado el tiempo, Beatriz no volvió a ser la misma muchacha graciosa y habladora que ofrecía sus hierbas al público, solo conservaba unos pocos clientes de confianza; su mirada era triste y había perdido el brillo.
Cada setiembre se preguntaba si él volvería con los primeros brotes verdes. Y si fuera así… ¿podría perdonarlo?
Primavera, una más como ellas… Una más entre tantas mujeres del pueblo. Pródiga de flores, aires tibios y atardeceres plácidos.
Pródiga de recuerdos de amores que habían quedado olvidados, vencidos, tirados a un costado del camino pedregoso de la vida.
Las mujeres del pueblo, sus hermanas, la esperaban con afán. Ella llegaba anunciada por el viento. El viento traía perfume a goces, algunos tan pequeños como una gota de esencia y otros tan inmensos como una nube de incienso. Algunos tan frescos como el agua de colonia y otros tan sofisticados como el perfume francés. Primavera no olvidaba las penas, los rencores guardados, los adioses dichos y silenciados, las ausencias inesperadas o tristemente anunciadas.
Primavera sentía el deseo doloroso, el grito callado, la dulce amargura de sus hermanas que por casas, balcones y jardines deambulaban a solas. Primavera escuchaba… Primavera soñaba… ¿por qué no?… devolver los amores perdidos, acortar las distancias entre los que una vez unidos estuvieron… rememorar el sonido de la piel ante la suavidad de la caricia… llenar de palabras murmuradas al oído el vacío de la soledad…
¿Por qué no soñar con lo imposible? ¿Por qué no?…

La broma

Empecé a preparar su cumpleaños con bastante anterioridad. Pensaba en cómo sorprenderlo. Quería que tuviera un cumpleaños único e inolvidable. Teníamos un grupo de parejas amigas con las cuales solíamos salir juntos y siempre estaban invitados a nuestra vida social. Pero yo quería hacer algo íntimo, distinto. Absolutamente de a dos. Quería confirmar nuestro amor. Quería una noche de sexo y lujuria, con champagne y velas, con música romántica, sentirme en sus brazos y hacerlo sentir el hombre más feliz del mundo. Por lo tanto, no invité a nadie. Cuando Martín me preguntó sobre el tema, le contesté que no se preocupara, que tenía todo bajo control. “Estás segura de que invitaste a todos” me preguntaba. “Sí amor, estoy segura”. “Si precisás más plata para la bebida, decímelo. Acordáte de lo mucho que toman” acotaba. “No, nada, te dije que está todo bien, si necesito algo te aviso. No te preocupes y andá a trabajar tranquilo. Tengo todo bajo control. Esta noche nos vemos, pero antes, llename de besos”.
Apenas cerró la puerta transformé el apartamento. Despejé el living de muebles, arrastré el colchón del sommier doble plaza y lo puse en medio de la habitación. Luego lo cubrí con un acolchado nuevo, rojo como la sangre. En la lámpara de pie y la mesita copetinera, coloque bombitas de luz roja. Traje una bandeja de la cocina con copas de cristal rojo y una hielera de champagne, cuyos hielos pondría a última hora. Luego salí a hacer algunos mandados, compré frascos de caviar, salmón ahumado, unos deliciosos glisines de especies y algún frasco de mariscos y salsas. El champagne lo tenía en la heladera desde el día anterior junto a un mouse de chocolate francés. Él se encargaría de traer el whisky. Compré 12 rosas rojas.
Me pasé la mañana en la cocina preparando delicias y la tarde arreglando el apartamento. El rojo era el color motivo de la escenografía. Faltaba poco rato para que él llegara. Me sumergí en la bañera llena de espuma de sales aromáticas. Me puse mi ropa interior roja y me envolví en la bata roja. Me cepillé el pelo, me maquillé, eligiendo mi lápiz labial color frutilla. Apagué toda la casa, menos las luces rojas y me fui a acostar al living, no sin antes dejar la puerta sin llave, apenas recostada al marco para que él irrumpiera desde afuera sin dilación. Cuando oí el auto me paré sobre la cama,
Noté que se demoraba un poco y me estaba cansando de mi posición de Venus del Mar Rojo, parada sobre el colchón y con los brazos hacia arriba, señalando el techo, lo cual acentuaba mis buenas formas en la semi penumbra roja… cuando de pronto, el estrépito de un fogonazo y el sonido de una bala rozándome la cabeza, me sorprendió. Grité y casi me desmayo pero el vecino basquetbolista me tomó en sus recios brazos y me acarició hasta que me hube calmado. Traté de explicarle pero noté que no podía hablar. Él me decía que al ver la puerta de calle semi entornada y la luz difusa adentro, al no ver el auto de mi esposo, pensó que había ladrones. Yo intentaba decirle que había confundido el ruido de su auto. Esto nos estaba pasando, estando yo semi-desnuda, cobijada en sus brazos y en estado de shock, cuando mi esposo irrumpió en la habitación y prendió todas las luces. Con él venían sus compañeros de la oficina. Yo sólo atinaba a parpadear y a abrazarme del vecino y el vecino no se oponía y me seguía acariciando, mientras los miraba aferrado a mí, con el revólver aún en su mano.
Después, pasó de todo. Terminamos en la comisaria. Al mes, mi esposo y yo nos divorciamos. Ahora, tengo dos hijos con el basquetbolista. Él cumple años la semana que viene y a mí se me ocurrió una idea fantástica, única e inolvidable para festejarle el día.

Es verdad que siempre mentimos

Mientras que para muchos sería algo fabuloso para mi amiga es una carga enorme. Desde niña tiene esa capacidad de discernir la verdad de la mentira, ver más allá de lo que los ojos le muestran. Y ve. Ve las verdades muy claramente. Sabe la verdad todo el tiempo. Mucha gente la quiso engañar y nadie pudo. Ella mira y sabe. No hace falta que le cuenten, ella sabe.
Es duro vivir así. A veces desea escuchar una mentira y creerla. Pero su vida estaba destinada a saber siempre la verdad. Y eso mi querido lector puede llegar a ser muy difícil.
Todos queremos saber la verdad, y en teoría eso buscamos. Pero, se ha preguntado alguna vez ¿qué sucedería si realmente supiéramos todo el tiempo toda la verdad? Yo creo que enloqueceríamos. No estamos preparados culturalmente para ser tan honestos. La vida según creo es un ir y venir entre la verdad y la mentira, a veces necesitamos la verdad a veces la mentira, eso es lo que le da sabor a la existencia.
Como sea, el caso es que Josefina sufre de una cualidad única. Al principio era divertido colaborar con la policía, la justicia, y varias agencias internacionales. Pero cuando hablamos de ella misma poco a poco se fue quedando sola. Ningún amigo, yo incluido, soportábamos estar con ella, no podíamos ser tan sinceros todo el tiempo. No es humano. Su familia también la fue ladeando poco a poco. Y así quedó sola con su maldita condición. Los hombres la evitan y hasta las amigas más íntimas ya no le cuentan nada. Si va a una reunión nadie se le acerca, es como la peste.
Así aprendió a vivir sola. Paradójicamente ella que no sabe ni puede mentir es la menos deseada.
Usted coincidirá conmigo así es la vida de incomprensible. Todos deseamos saber la verdad pero no siempre ni todo el tiempo, solamente cuando nos interesa. Por eso nuestro Karma es conocer la verdad cuando ya nada o poco podemos hacer. Y buscamos amigos, amantes, parientes, compañeros, colegas que sepan disimular nuestras mentiras haciéndonos creer que nos creen.
Pero si le interesa puedo pasarle el teléfono de Josefina. Está muy sola, como está siempre la verdad.

Sueño de un cordófono de cuerda pulsada

El olor a madera me inunda: húmedo y otoñal, intenso y encerrado. Se mezcla con el frio del metal que me atraviesa. La combinación es deliciosa, dejo que me invada, la disfruto. Este aroma soy yo ahora, lo reconozco de inmediato y no puedo creer mi suerte.
Sus manos se acercan y siento el hormigueo de la excitación antes de que me toque. Reconozco los dedos duros y fuertes de un maestro, unas garras con mi forma, las uñas largas imanes que me añoran, las yemas de los dedos que no necesitan verme para encontrarme porque me sienten desde lejos, como lo hacía yo en mi otra vida, hasta el último respiro que di, con una igual a mí colgada de mi cuello, deleitando a una sala llena.
Me coloca sobre su falda. El calce es perfecto, una horma a medida. Me vuelvo una extensión de él, su voz, su corazón fuera del cuerpo.
Ardo de la expectativa. Mi madera ronronea cuando siento el calor de sus manos sobre mí, estoy a punto de desbordarme, siento que no puedo albergar tanta emoción y cuando sus dedos tocan sutilmente mi metal me derramo en un acorde grave y penetrante. Me esparzo, me multiplico y vibro por el espacio. Viajo en un cuerpo celestial invisible, acaricio las paredes con mi magia y reboto en una nota sostenida. Me convierto en infinito y luego del eco vuelvo a ser uno.
Nunca imaginé que fuera posible este éxtasis. Tantas veces desde el otro lado mis dedos tantearon las cuerdas para expresar una emoción, intuyendo que había algo más que lo audible. Tantas veces soñé que tocaba el corazón de mis oyentes. Ahora se que era cierto.
Las luces se prenden. Oigo aplausos. Me preparo para el estruendo.

Curiosa libertad

De repente no hace pie. Estira las piernas buscando la arena pero parece haber desaparecido. Solo agua. Infinita agua. Una ola lo golpea en la cara. Agua en su boca. Nada hacia la orilla. Nunca fue buen nadador. Eso pasa por aprender de grande, le había dicho la tía Antonia. Nunca nadie se había preocupado para que aprendiera a nadar. Otra ola, pero esta vez más fuerte. Agua, muchas más agua.
-¡No me mates! Por favor, quiero vivir. Necesito otro tostado amanecer, sentir el sol abrazar mis espaldas y el viento frío despertar mis sueños. Quiero besar los labios de Julia de nuevo, decirle tantas cosas. Tomar su cintura de reloj y perderme en sus brazos de seda. Quiero demostrar que no los necesito, que aunque no me hayan enseñado a nadar, aprendí solo, como tantas otras cosas en la vida. Que me las he rebuscado, y que a pesar de todo soy feliz, y quiero vivir. Te ruego, déjame vivir.
Me va a matar. Porque no hacerlo sería darme libertad, dejarme elegir, y eso no lo permitirá. Es demasiado insegura, no va a bajar la guardia. Ella decide y yo obedezco. Su temor a perder el control de las situaciones, a delegar, el miedo a admitir que estoy a su nivel, que este personaje que ella creó piensa y puede superarla, me vuelven su prisionero. ¿Y si me escondo? Tal vez en el lóbulo parietal se distrae con los estímulos y se olvida de mí. No pienso hacer ni un solo ruido, no me muevo, apenas respiro. Que ganas de vivir, por favor, que se olvide de mí. Que se busque otro donde implantar su dictadura intachable.
Me llama. Oigo su encantadora voz que me ordena volver. Me encontró, y yo solo puedo obedecer. Daría todo por dejar estar esclavitud. Si yo fuera autor dejaría libre a mis personajes, y me limitaría a observarlos bailar al son de su propia música, sin ataduras, embriagados de tanta autonomía.
¿Y si la confundo? ¿Caerá en la trampa? No tengo nada que perder, de seguro me mata sino.
-¿Sabés qué? Matame. Mejor que vivir en este mundo monocromático que vos creaste para mí, es morir. Desde chico me condenaste a un padre que me odio, que nunca me buscó y lo obligó a casarse con mi madre. Sí, ella era buena y me quería, pero depresiva la tuviste que convertir. Me pusiste una tía que se pasó la vida repitiéndome todo lo que hice mal. A Julia la amo, lo sabés, pero de seguro me la vas a quitar, o vas a hacer que me engañe, y voy a sufrir como un condenado. Así que matame. Dejame tomar solo esta decisión. No quiero tus amaneceres que a cuenta gotas me das, no quiero seguir rogando por migajas de soles, solo quiero morir. Te quedo claro, ahogame.

Recordó el odio de su padre, su mirada de desprecio tatuada en su cara. Las palabras de Antonia de reproche lo ensordecían. Pero la sonrisa de luna de su madre lo impulsaba. Nadó, cada brazada era un cachetazo a su padre, y un pinchazo para su tía. Hasta las olas parecían haber tomado su bando, arrastrándolo hacia la orilla. Una orilla cada vez más cerca, más finita, más real. Y lo logró, contra todas las apuestas llegó.
Entre lágrimas, quién sabe si de tristeza o de felicidad, sonreía.

Víctima del periodismo reaccionario

El taxi atravesaba la ciudad de punta a punta. Noche tarde, frío del lado de afuera y los vidrios algo empañados, como tristes, resignados a ese ir y venir.

Ahora soy esto, poca cosa. Pero mi vida fue muy distinta. ¡Oh! Sí señor, muy distinta. A mí me escuchaban, mucha gente me escuchaba. Es difícil describir lo que se siente cuando cientos, miles de ojos, oídos y cabezas están allí escuchando lo que uno les va a decir. Es emocionante. Es salir de la oscuridad. Es ser alguien por un rato, lo que dure el discurso. Me cuesta controlar la emoción aún en el recuerdo. Se me pone la piel de gallina al recordarme allí, en el estrado, hablando, haciendo uso de la palabra, levantando los brazos y mi voz. Y al final la ovación, los aplausos, embriaguez, felicidad absoluta, es estar cerca del cielo y casi tocarlo. Yo había seguido todos los pasos, casi como una carrera, metódica, disciplinada. Una bandera fue lo primero. Yo me alineé tras esa bandera. Toda organización necesita sus símbolos, eso lo aprendí muy bien. Yo tomé esa bandera y la hice mía, parte de mí. Llegué a dibujar su color en mi rostro y todos lo vieron, todos me vieron. Y luego vestí la bandera. Porque teníamos una camiseta y yo me la puse. Siempre conmigo a todos lados. Dos tenía, cuando lavaba una me ponía la otra. Con orgullo la llevaba y yo veía que me miraban y yo más la mostraba. Fue un cambio importante en mi vida. Ya les dije que ahí supe lo que era existir. Gracias a la organización yo pude ser alguien. A nadie le interesaba mi vida antes. Nadie me escuchaba. Y yo tenía mucho para decir, siempre tuve mucho para decir, solamente me faltaba encontrar el sitio adecuado para expresarme, para poder ser yo. Y la organización me dio esa posibilidad. No fue fácil, tuve que aprender y pagar derecho de piso. Pero después, llegué. Al fin llegué. Y si de algo estaba seguro es de que ese lugar, ese sitio conquistado, lo iba a defender con uñas y dientes. Había hecho todo. Acompañé, siempre que me lo pidieron. Aplaudí a los otros. Apoyé. Jamás dudé y eso nadie me lo va a reprochar. Porque respeté siempre y supe ser buen soldado. Pero ahora el que había llegado era yo y no me podían cuestionar, me habían elegido. Estar arriba es otra cosa. Cambia la perspectiva, los colores se ven diferentes, con más luz. Es muy bueno y necesario. La responsabilidad pesa mucho y no es para cualquiera. Es preciso estar tranquilo y bien preparado para sostenerla. Cargo y responsabilidad, había trabajado mucho por eso y luego de haber llegado no podía fallar. Los que me habían elegido me necesitaban, a mí y a mi consejo. Y yo a ellos. Tenía que estar mentalmente muy claro. Expresarme bien y comunicarme mejor. Una palabra bien dicha vale más que cien golpes o cien caricias muchas veces. Y eso aprendí a manejarlo. Aprendí a hablar diferente. Palabras especiales como: reivindicaciones populares, compromiso con el futuro. Había una frase que no fallaba jamás: no claudicaremos en la lucha por la conquista de las reivindicaciones populares. Mire lo que le digo, la repito ahora y me erizo todo, mire. Es que por algo algunas palabras tocan la fibra más íntima de las personas y esas no fallan. También tuve que aprender a manejar mejor mis manos, mis gestos y mi voz. Es que cuando uno está al frente, es fundamental transmitir convicción y seguridad. Ellos esperaban la palabra, la orden, el aliento de esperanza. Todo uno, con su cara, su pelo, su cuerpo tenía la obligación de transmitir eso. Ellos lo necesitaban para seguir y nosotros los líderes teníamos la enorme responsabilidad de guiarlos porque nosotros los necesitábamos para persistir. Porque mientras ellos estuvieran, nosotros íbamos a estar. Ya sin importar si uno tenía o no razón. Eso era lo de menos. Lo que menos importa es la verdad o la razón. Lo fundamental es la fe. Sin fe no se va a ninguna parte. Es lo único imprescindible. Fe es creer, fe es sentir, fe es ver aún donde no se ve. Y esa era nuestra misión, mi misión de guía y conductor. Llevar luz aún a donde no la había. Así como había frases que no fallaban, también había gestos que siempre daban resultado. El dedo índice parado, apuntando hacia el cielo, era mi ademán preferido. Cargado de simbolismo y lo suficiente ambiguo como para no dejar dudas de que el otro estaba viendo lo que quería ver. Cielo, arriba, un solo camino, una esperanza, una decisión. Eso era fundamental una decisión, acertada o no, pero una. Porque atrás venía la fuerza de la masa que se impone, que arrasa, que empuja hasta a la misma razón. Es increíble cómo después de tanto tiempo aprendí a manejar esas claves y esas herramientas que me sostuvieron allí, en mi nueva vida. Y sí, lo mejor, lo más gratificante era la ovación, el aplauso cuando estaban todos juntos, el abrazo del grito aprobador, del eco envolvente, de la vibración calurosa, afectiva, de ellos que me querían. Yo no los veía, la luz no me dejaba, porque en los escenarios siempre hay luz de frente a los ojos. Y la luz encandila. Pero podía oírlos y eso me gustaba, me hacía sentir bien. Rejuvenecía mis ansias y mi fe cada vez que daba un discurso. Y la fe de ellos, la más importante, la que nos daba fuerza y sostén. Pero yo fui una víctima, ¿sabe? Una víctima del periodismo reaccionario, que me tenía miedo y envidia. Y qué lástima que no me di cuenta a tiempo. Todavía me arrepiento de haber llamado a la radio aquella mañana. Un veterano ex dirigente me lo había advertido y me pareció que exageraba. Dijo que lo más importante no era hablar sino saber escuchar. Yo no lo entendí porque si escuchaba no podía hablar y a mí los discursos me salían bien. Un día me escuché en la radio y me encantó lo que yo decía. Entonces llamé para decir que eso que había dicho yo era un eslabón más de la cadena y que “no claudicaremos en la lucha por la conquista de las reivindicaciones populares”. Eso siempre me había dado resultado. Y esa llamada fue mi peor error. Por lo visto, el periodista sabía quién era yo. No sólo quién era yo en ese momento. Sino quién había sido yo antes. Hizo un gran silencio y luego me salió con que mi comentario no era más que una frase hecha, parte de un discurso vacío. Lo hizo para provocarme y yo entré. Me enojé mucho y le contesté que él era un títere con micrófono manejado por el explotador de su patrón. Pero estábamos al aire. Y me salió preguntando cosas de mi pasado. Y la verdad que yo había tenido un pasado difícil en la otra ciudad donde me había criado. Me salió preguntando qué había sentido aquella vez que me echaron del instituto por copiar en el examen final. Y si me acordaba de cuando me habían despedido de aquel trabajo por unas cosas que me llevaba en el bolso. Y yo le contesté que eso había sido una trampa, claro ejemplo de persecución. Y luego me volvió a atacar, recordándome al aire, mientras lo escuchaba toda la audiencia, del otro trabajo en que me denunciaron por acoso sexual a dos compañeras. Y yo le dije que eso había sido una farsa orquestada por la patronal, que era un típico caso de bulling. E insistió diciéndome que si no me parecía que para andar predicando justicia y derechos era importante dar el ejemplo. Y ahí le corté el teléfono luego de contestarle que él no era más que un vil servil de las corporaciones y del capitalismo reaccionario. Y me quedé temblando. Es increíble cómo el periodismo puede manipular el pasado de uno. Y eso me afectó. Reconozco que me afectó y no pude seguir igual. A la tarde tuve que dar otro discurso en la asamblea pero yo ya no era el mismo, la voz se me quebraba, el dedo índice me temblaba y no hubo aplausos. No hubo vivas ni ovación, solo una especie de murmullo bajo pero ensordecedor. Entonces antes que fuera demasiado tarde recordé aquella propuesta. Levanté el teléfono y la acepté. Me tuve que volver a mudar y empezar de nuevo. Ahora extraño aquellos tiempos, ¿sabe? Los recuerdo y se me eriza la piel. La vida fue injusta conmigo y todo por culpa del periodismo reaccionario. ¿Lo dejo en esta esquina señor o quiere que pare a la vuelta?