Amores extraviados

En las calles, un aire tibio. Un perfume a lilas, en el olfato de algunos que transitaban por ellas a primera hora de la mañana. Los jacintos y las prímulas, sobre el verde de los jardines. Admirable policromía que obligaba a quienes pasaban por el frente, a detenerse extasiados.
Teresa, asomada al balcón, peinaba su boscosa cabellera pensando en cruzar la calle y llegar hasta el jardín para arrancar una carnosa begonia rosa con que adornar su pelo. Así, bella, le gustaba a Pedro quien después de amarla escandalosamente frente al ventanal, con las cortinas abiertas a la luz del día, tomaba la flor que descansaba en el vaso de vidrio de la mesa de luz y la dejaba caer sobre la cabecera de la bella durmiente que posaba a su lado.
Lo extrañaba demasiado, al comienzo del invierno se había ido sin dar explicaciones. Quizás… el viento que huele a flores me lo traiga de vuelta… pensaba, sin dejar de pasar el peine por su pelo.
Paulina, sola y tan envejecida como el caserón que habitaba, tenía como único pasatiempo el cuidado de su jardín. Conocía cada planta, flor, arbusto. Sabía cuando estaban sedientos o acalorados por el sol, cuando tenían necesidad de sombra o de unas manos amables que los regaran. Sabía que Pedro, venía de tanto en tanto y robaba una flor sonrosada de una de sus plantas. Ella imaginaba que eran para su vecina Teresa pero no le importaba. Sabía que ambos estaban enamorados.
Paulina también había conocido las bondades del amor, aunque Ernesto se lo prodigaba en mínimas cuotas. Era muy reservado, escueto, poco demostrativo, pero en brazos de Paulina olvidaba la indiferencia de su esposa y el matrimonio artificioso en el que estaba atrapado.
Un día le dijo que debía partir a una misión que el alto mando militar le había encomendado. De ese hecho, habían pasado ya varios años, pero Paulina aún guardaba la esperanza de verlo retornar. Presagiaba que volvería en un corcel montaraz, cabalgando junto a la primavera.
En la misma manzana en la que estaba ubicada la casona propiedad de Paulina, estaba emplazada la modesta vivienda de Beatriz. Tenía la fachada pintada de color terracota, en la cual resaltaba el cartel de Herboristería. Beatriz era una gran conocedora de las propiedades curativas y mágicas de las plantas y tenía el don de la paciencia ya que escuchaba con atención las penas de cada uno de sus clientes.
En su primera cita con Rafael sintió una profunda atracción hacia él, una fuerza magnética que se expandía desde su plexo solar y envolvía el aura de ese hombre sentado frente a ella que la miraba con una mezcla de curiosidad y de miedo. Decidió en ese instante que no podía perderlo, que sería de ella para siempre y no escatimaría en utilizar sus métodos como hechicera para conquistarlo. Preparó una mezcla de hierbas con licor que dejó una noche bajo la luna y en la siguiente cita le dio a beber la amarga tintura. El elixir pareció resultar ya que al comienzo de la relación el amor era recíproco y apasionado. Al cabo de un tiempo, Beatriz supo que estaba embarazada.
Luego, los fantasmas del engaño comenzaron a visitar sus sueños. Haciendo caso a su voz interior, una noche, siguió a Rafael hasta el circo aposentado en el pueblo y lo vio entrar a uno de los vehículos de la caravana. El de la gitana que leía las líneas de las manos. Ya en su casa, mezcló en la olla una buena porción de borraja con pisco y lo calentó a fuego lento. Tomó durante tres días la infusión y, al cuarto día, el sangrado en su entrepierna le anunció que el hijo de aquel traidor ya había abandonado su vientre. Pasado el tiempo, Beatriz no volvió a ser la misma muchacha graciosa y habladora que ofrecía sus hierbas al público, solo conservaba unos pocos clientes de confianza; su mirada era triste y había perdido el brillo.
Cada setiembre se preguntaba si él volvería con los primeros brotes verdes. Y si fuera así… ¿podría perdonarlo?
Primavera, una más como ellas… Una más entre tantas mujeres del pueblo. Pródiga de flores, aires tibios y atardeceres plácidos.
Pródiga de recuerdos de amores que habían quedado olvidados, vencidos, tirados a un costado del camino pedregoso de la vida.
Las mujeres del pueblo, sus hermanas, la esperaban con afán. Ella llegaba anunciada por el viento. El viento traía perfume a goces, algunos tan pequeños como una gota de esencia y otros tan inmensos como una nube de incienso. Algunos tan frescos como el agua de colonia y otros tan sofisticados como el perfume francés. Primavera no olvidaba las penas, los rencores guardados, los adioses dichos y silenciados, las ausencias inesperadas o tristemente anunciadas.
Primavera sentía el deseo doloroso, el grito callado, la dulce amargura de sus hermanas que por casas, balcones y jardines deambulaban a solas. Primavera escuchaba… Primavera soñaba… ¿por qué no?… devolver los amores perdidos, acortar las distancias entre los que una vez unidos estuvieron… rememorar el sonido de la piel ante la suavidad de la caricia… llenar de palabras murmuradas al oído el vacío de la soledad…
¿Por qué no soñar con lo imposible? ¿Por qué no?…

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