Karma en Brooklyn

Un anuncio llamó su atención, bueno en realidad de ese pasquín amarillista todos los anuncios llamaban la atención. Este en particular le dio curiosidad.
“Viajes en el tiempo.
Completa confidencialidad y seguridad.
Usted elige adonde ir, lo llevamos y lo traemos”
Alex recortó el aviso, terminó de tomar su café negro, se levantó y se fue a trabajar, ni siquiera saludó a Margaret. Esta ni levantó la mirada. La relación estaba como elástico gastado de un viejo catre, en cualquier momento los dejaba en el piso.
Estaba deliciosamente harto de su esposa. Haría cualquier cosa con tal de deshacerse de ella, bueno cualquier cosa que se animara a hacer. Pusilánime, sabía que lo era.
Anhelaba en agonía el sonido de una piel más alegre y cálida, tanto tiempo buscó las huellas de esa alma, tanto tiempo sucumbió ante esperanzas falsas, tanto tiempo escuchó promesas de destinos de colores que fueron grises realidades que ya estaba fóbico de aburrimiento.
Esa tarde llamó al número del anuncio.
Lo atendió una voz fuerte y penetrante, como rugido de león.
-Hola.
-Hola, sí… este… llamo por el aviso.
-¿Qué aviso?
-Umm… el del viaje en el tiempo.
-¿Qué desea saber?
-Bueno, no sé… me gustaría saber más, me interesa.
– Puede pasar por nuestras oficinas y le daremos los detalles que necesite.
-Sí, bien… puedo ir mañana en la tarde.
Esa noche en la cama sorpresivamente le preguntó a su esposa: ¿cómo era tu padre?
– ¿Qué? ¿A qué viene eso?
-No sé, curiosidad.
-Sabes bien que no lo conocí, ¿qué bicho te picó ahora? No cargas veinte primaveras.
-Sólo preguntaba, me hubiese gustado conocerlo.
– ¿Para qué querrías conocerlo? Mamá siempre decía que era muy celoso y violento.
– Para saber cómo hizo para aguantar a tu madre. Así a lo mejor aprendo a aguantarte mejor a vos.
Terminaron discutiendo y peleando, como era la norma entre ellos.
Al otro día, Alex llegó al edificio de la Calle Z, entre X e Y en Brooklyn. Era una tarde lluviosa, el agua caía dando penas y estaba frío, tan frío que hasta el cielo tiritaba, típico de los furiosos inviernos neoyorquinos.
Un hombre bajo, regordete e impresionante lo invitó a pasar. Era el mismo que lo había atendido por teléfono.
-Pase, por favor, póngase cómodo. Si no le incomoda voy a grabar en vídeo esta conversación por un tema de seguridad.
-Creo que está bien, dijo inseguro Alex.
-Nosotros –mi socia Alice y yo? organizamos viajes en el tiempo. Lo podemos llevar adonde usted quiera, con un error máximo de 2000 metros o 1 día. Usted elige dónde, cuándo y qué precisión quiere así como el tiempo que desea quedarse. Viaja solo, sin ningún arma y previo chequeo médico. No queremos ningún problema, estos viajes son secretos. El gobierno no sabe nada y así queremos que siga. Así que debe guardar total confidencialidad y es muy importante que no haga ningún cambio ni se traiga nada de donde vaya. ¿Queda claro? Y se lo repetiré un millón de veces más a ver si entiende. No se le ocurra, no haga, no provoque el mínimo cambio porque las consecuencias pueden ser fatales. Tampoco traiga nada, ni una piedra, ni una hormiga, nada de nada de nada. ¿Entiende? ¿Soy claro?
-Sí entiendo no se preocupe. Pero ¿cómo es que manejan el viaje en el tiempo sin que el gobierno lo sepa?
-Ese es nuestro asunto, no su problema.
– Perdón… disculpe. Y si tengo problemas cuando llegue, ¿qué hago?
-Le vamos a dar un dispositivo que no puede perder, es la salvaguarda ante cualquier eventualidad.
-Bien, creo que entiendo todo, podemos empezar.
-Necesita llenar unos formularios y algunos requisitos que debe traer para que no tengamos ningún problema. Luego de eso, habrá otra reunión donde nos dirá a qué lugar y fecha quiere ir. Ahí, decidimos y, eventualmente, comenzamos.
Pasaron unos días y Alex había presentado todo lo que le pidieron y volvía a reunirse con Thomas. Esta vez también estaba Alice.
-Quiero ir a Brooklyn, el día 16 de junio de 1966.
-¿Por qué esa fecha y lugar? ?preguntó Alice.
-Quiero conocer a mi suegro, una semana antes que nazca mi esposa. Murió unos días después de nacer Margaret y no pudimos conocerlo.
Thomas y Alice se miraron desconfiados.
-Es extraña su elección. ¿Se puede saber por qué?
-Eso señor es asunto mío, no su problema.
-Tiene razón -dijo Thomas. Bien, cuando quiera comenzamos.
Alex entró en una habitación pequeña que tenía en el centro una máquina con tubos enormes de vidrio que se cerraron una vez dentro.
Unos segundos más tarde estaba en 1966, en la ciudad de Brooklyn en el lado Este. La casa de los padres de Margaret quedaba cerca y hacia allí se dirigió.
Golpeó la puerta y Robert, el padre de su futura pareja, le abrió.
– ¿Qué desea?
Robert usted no me conoce pero yo sé mucho de Ud., he venido desde muy lejos a arreglar un asunto que envenena tiernamente mi vida.
– ¿A qué se refiere? ¿De dónde me conoce?
– He venido a desenmascarar a su esposa.
– ¿Está loco? ¿De qué habla?
– Su hija va a ser una arpía con todas las letras y títulos. Su mujer es la culpable.
-Retírese por favor o llamo a la policía. Y le cerró la puerta en la cara.
Alex estaba preparado para eso, sabía que así sucedería. Intuyó muy bien la reacción que tendría Robert. También se imaginaba que debía haberse quedado pensando.
– ¿Quién era? -preguntó Susan.
– Un loco. Hay gente que no tiene nada que hacer.
Alex volvió al otro día.
-Escúcheme atentamente por favor, sólo le diré que la hija que espera su mujer no se parecerá en nada a usted.
– ¿Quién es Usted? ¿Qué quiere de mí? Váyase o le saldrá muy cara su broma.
-Sólo vengo a decirle la verdad. El padre de su hija es Walter, su vecino. Y le alcanzó una vieja y ajada foto. Margaret la guardaba como la única que le quedaba de su madre. Posaba junto a un vecino muy amigo de la familia que cariñosamente le acariciaba la panza a pocos días de parir.
– ¿Quién le dio esto? ¿Quién es Usted? Está loco Zocker, ¡el vecino! No puede ser.
Lo miró fijo, le hizo una guiñada cómplice y sin decir una sola palabra se dio vuelta y se fue. Robert le gritó y reclamó pero Alex siguió caminando y al doblar la esquina una sonrisa amplia dibujaba su rostro. Había plantado la semilla. Era hora de volver.
Apretó el dispositivo que traía y, en una abrir y cerrar de ojos, estaba de vuelta en su tiempo.
Thomas lo miró y se preguntó acerca de esa extraña sonrisa.
-Parece que está feliz amigo, está claro que le fue bien.
– Conocí a mi suegro, Brooklyn hace cuatro décadas , feliz que todo haya salido bien.
Estaba ansioso de llegar a su casa. Se paró frente a la puerta con cierto temor, abrió. Nadie. No había nadie. Margaret no estaba, nada de ella.
Fue a la biblioteca de la ciudad y buscó nervioso los periódicos de junio de 1966. Ahí estaba, un Robert cegado por los celos había matado a su esposa, Susan, y, obviamente, a su futura hija. Luego quiso matar a su vecino pero la policía, que había llegado alertada por los gritos, lo acribilló.
Los investigadores no pudieron explicar de dónde había salido la foto descolorida que tenía Robert, ya que al revelar el rollo que encontraron entre las cosas de Susan una semana después del crimen encontraron la misma foto.
Historia concluida, Margaret nunca nació. Era libre y tenía la vida por delante.
Sonriendo feliz salió a la calle, ahora una nueva vida lo esperaba. Tan feliz estaba que solamente pensaba en lo que podía hacer. Caminó las cuatro cuadras que lo separaban de la casa de los padres de Margaret para comprobar qué cambios había.
Al cruzar un auto lo atropelló y murió instantáneamente. El conductor, un tal Walter Zocker murió de un paro cardíaco producto de la impresión que se llevó.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.