Misión cumplida

Durante 1938 en Europa se vivía con inquietud los movimientos bélicos del régimen nazi. Ya en los primeros meses de ese año, Hitler había invadido Austria y la había anexado a Alemania y, a fines del mismo año, hizo lo propio con Checoslovaquia. Ambas anexiones fueron jugadas políticas pero quedaba claro que pronto empezaría la invasión a otros países y la eventual guerra.
La invasión de Polonia fue una acción iniciada en setiembre de 1939. Fue la primera de las agresiones militares que la Alemania de Hitler emprendería y el detonante de la Segunda Guerra Mundial en Europa.
Tres décadas atrás, un joven austríaco con inclinaciones artísticas viajó a Viena para inscribirse en una de las escuelas de arte más prestigiosas del circuito europeo, la Academia de Bellas Artes de la ciudad donde esperaba perfeccionar eso que creía un talento suyo. El joven de 18 años sufrió el rechazo de la institución, que por dos ocasiones (en 1907 y 1908) le negó la entrada por la simple razón de que adolecía de “ineptitud para la pintura”. Ese joven era Hitler quien, desde entonces, sintió un enorme resentimiento contra las bellas artes y, a la vez, una admiración mezclada con envidia que signó la política de usurpación cultural del “Tercer Reich”.
La amenaza de la inminente guerra preocupó a las autoridades de la cultura francesa y de otros países. La Dirección de los Museos Nacionales Franceses diseñó un plan para poner a salvo los tesoros artísticos antes de que cayeran en manos del ejército alemán. Cuando se supo del saqueo de obras de arte en Viena y Cracovia se decidió la evacuación a gran escala de las colecciones existentes en los museos públicos franceses. Los lugares de almacenamiento elegidos para las obras de arte fueron castillos del centro y sur del país, lugares tranquilos en el corazón de la campiña francesa y lejos de objetivos estratégicos.
Jacques Jaujard, director de Museos Nacionales, ordenó evacuar primero a La Gioconda. El día 28 de agosto de 1939, el cuadro de Da Vinci abandonó su lugar en el Louvre en un operativo secreto. Fue cuidadosamente empaquetado para su protección, se montó encima de una camilla de ambulancia y fue colocado en la parte trasera de un camión durante la noche. La caja del camión iba sellada herméticamente con el objeto de preservar una atmósfera lo más neutra posible para evitar dañar la pintura. Esta no viajaba sola, iba acompañada por el Sr. Pascal Decaux, su fiel curador, cuya misión era la de velar porque la tela sufriera lo menos posible durante el viaje. Decaux estaba enamorado de la Gioconda desde hacía veinte años, cuando había ingresado al Louvre y por ser de absoluta confianza se le había encargado la honrosa tarea de escoltarla día y noche.
Una semana después, cuando ya se había declarado la guerra, se tomó la decisión de garantizar que todas las más preciosas obras serían sacadas de las instalaciones del Louvre incluyendo colosales esculturas como la Victoria de Samotracia y la Venus de Milo. Viajando como polizontes en varios cientos de cajas, muchas esculturas, objetos decorativos y 3690 pinturas se pusieron en camino. El viaje fue una hazaña logística de embalaje y carga de camiones sin precedentes. Las carreteras de Francia pronto se vieron atestadas con treinta y siete convoyes que se unieron a las multitudes que ya abandonaban la ciudad.
El viaje de Pascal con su amada Gioconda fue tenso pero fascinante. Durante tres días viajaron por caminos precarios, atravesaron bosques, montañas, peligrosos puentes. El curador sabía de la importancia de su tarea y disfrutaba del peligro y la aventura. Lo que no había previsto el jefe Jacques Jaujard era que la atmósfera cerrada seguramente protegería al cuadro pero podía afectar a Pascal.
Finalmente llegaron al espectacular castillo de Chambord, en la región del Loira. El arribo del vehículo fue saludado con algarabía por el numeroso personal de museos que esperaba el cuadro por el que sentía una orgullosa admiración.
En malón corrieron al camión y abrieron la puerta del blindado. Con tristeza comprobaron que el Sr. Pascal había muerto por asfixia, pero eso poco importaba. Se abalanzaron sobre la caja que contenía a la querida pintura, cuidadosamente la abrieron y se llevaron una sorpresa aterradora. La Gioconda había cambiado su enigmática sonrisa por una expresión de dolor que incluía lágrimas. Todos pensaron que había sido por la muerte de su fiel escudero. Es posible, pero a mí se me ocurre que también podría ser que, después de cuatro siglos y medio de estar secuestrada en Francia, se había hecho ilusiones de que en ese viaje al sur la estarían llevando de regreso a su querida tierra natal, la hermosa Toscana.

One thought on “Misión cumplida

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.