Todo vuelve

Andrea disfrutaba de ir a los remates, a las ferias de antigüedades y de encontrar cosas viejas, esas que otros desechaban por viejas, por necesidad de dinero o porque le traían malos recuerdos. Ella les llamaba pequeños tesoros. Buscarlos era casi que su única adicción. Es así que en su casa casi que no había lugar para más nada. Tenía millones de tacitas, muñecas de trapo, bandejas de porcelana, espejos o juguetes de niños que seguramente ya eran bisabuelos.

Sus amigas bautizaron a su casa: “Remate Andrea”. No entendían cómo podía restaurar muebles en vez de comprarlos nuevos o comer en platos donde había comido “vaya a saber quién”.
Su madre, como toda madre, también opinaba. Tampoco entendía cómo su hija se había convertido en una especie de coleccionista de antigüedades, siendo que en la casa familiar se compraban las cosas nuevas. Con un tono que mezclaba jocosidad con ironía, siempre le decía “Andreita, en tu casa hay un millón de años juntos”,
Esos comentarios tampoco le importaban, la vida le había demostraba que con su madre, en algunas cosas, tenían visiones distintas. Siempre recordaba la discusión más fuerte que habían tenido. Fue cuando le reprochó haber desechado todas las cosas de su abuela Ema, a quien nunca había conocido, pero siempre la tuvo muy presente. Tan presente que a veces, entre sueño, le hablaba.
Un jueves como cualquier otro, fue a su cita sagrada. Iba con la corazonada de que algo bueno iba a conseguir. Ni bien llegó supo qué era. Una bandeja verde y grande. Se acercó para mirarla bien y, pese a que tenía una marquita, supo que la compraría.
La puja fue dura, muchos querían la bandeja. Finalmente, lo logró, aunque pagó un poco más de lo que hubiese imaginado
Todos los ofertantes la felicitaron, había comprado una pieza única, quizás la última que quedaba en el país.
Llegó a su casa y se puso a limpiarla, casi con el mismo cuidado como cuando una madre baña a un bebé recién nacido. Le buscó un lugar destacado en la casa. No podía dejar de mirarla- Le hacía feliz.
Llegó el domingo y con el domingo el almuerzo familiar. Para su asombro, su madre la esperaba con una sorpresa: una caja con fotos familiares que había pertenecido a la abuela Ema. Andrea no podía creerlo, un poco emocionada y otro tanto ansiosa, abrió la caja. Una a una fue mirando las fotos y cada una le afirmaba lo parecidas que eran. Tenían el mismo peinado y gusto por la ropa colorida.

Al llegar a la última, quedó petrificada. En la típica foto familiar de mesa navideña, lucía en el centro de la mesa, entre canapés y fuentes de ensalada rusa, una bandeja igualita a la que ella había comprado en el remate. El shock fue mayor, cuando al mirar con detenimiento la foto, pudo identificar que la bandeja de la foto tenía la misma marquita que la suya. No dijo nada a nadie, ese sería un secreto entre ella y su abuela.

Cuando regresaba a su casa, sonriendo para adentro, pensaba que, a la larga o a la corta todo vuelve a su lugar.

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