La casa de la memoria

La casa era como un gran álbum de fotografías cuyas páginas, las habitaciones, guardaban imágenes dispuestas a abordarlo cada vez que él cerraba tras de sí una puerta.

Se fue dando cuenta que la vivienda tenía esa cualidad una vez que se despertó temprano y, mientras preparaba el café, vio a su madre sentada a la mesa de la cocina desenvainando habichuelas y hablando para sí misma, como tantas veces recordaba  haberla visto.  Ella ni levantó los ojos para mirarlo, tan ensimismada estaba en sus propios pensamientos. Prefirió dejarla ocupada en sus murmuraciones y no le dirigió la palabra.

Sintió el pitido chirriante de la caldera y la imagen se desvaneció en el aire. Calentó la taza con el agua hirviendo para transmitir un poco de calor a sus manos cuando bebiera el café y se sentó en el butacón del living a saborearlo mientras el televisor transmitía el informativo mañanero.

En el sillón de enfrente, su padre, con un vaso con whisky en una mano y el teléfono en la otra, conversaba en tono reservado, casi enigmático y ni siquiera suspendió el  diálogo para saludarlo.

A él no le importó, después de todo desde que era chico lo había visto prepararse el escocés a media mañana y sabía que, hasta bien entrado en la vejez, su padre aún conservaba la amante que ocultaba ante la vista anodina de su madre.

Tomó el control del televisor y subió el volumen alertado por la noticia de un hecho policial: una muerte dudosa en una residencia de su barrio, pero enseguida se distrajo. La visión del sillón sobre el cual estaba sentado su padre, ahora vacío y polvoriento, lo indujo a pensar que en la casa, antigua propiedad familiar que él y Cynthia habían restaurado antes de casarse, estaban sucediendo cosas extrañas.

Volvió al  dormitorio aún en bata para luego pasar al baño a afeitarse. Desde la cama, Cynthia le sonreía, sin ropa y con los largos  cabellos apenas rozando sus senos tersos y turgentes. Se la  veía igual que en los primeros tiempos de matrimonio, cuando aún la enfermedad  no había echado raíces en su cuerpo. Se le estrujó el corazón al recordarla, todavía no lograba   acostumbrarse a la soledad del día a día.  En su fuero interno, le reprendía su partida, ese abandono que lo había sumido en la costumbre doliente de sobrevivir.

El baño, ese lugar íntimo y pulcro, era el único espacio que no lo sorprendía con ninguna imagen capturada por la  memoria. Parecía vacío de voces, insípido, con aquellos  objetos cotidianos perfectamente alineados sobre la mesada: el cepillo de dientes, la loción para el rostro, la jabonera, el adorno de flores secas que tanto le gustaba a Cynthia, el vaso para hacer buches.

Levantó el asiento del wáter para orinar y sonrió para sus adentros. Uno de esos hábitos que había aprendido por los rezongos de su mujer y,  como tantas otras cosas, se convierten en prácticas por la necesidad de la convivencia. Vio el canasto de la ropa sucia entre la bañera y el lavarropas y, allí, dejó caer  su bata. Se sonrió otra vez. Otro hábito que había tenido que adoptar. Esa frase: “siempre dejás todo tirado”, la recordaba con ternura.  En calzoncillos y  ya frente al espejo, se dispuso a  afeitarse. Mientras lo hacía, miraba de reojo la imagen reflejada de la bañera… Un buen rato inmerso en el agua tibia era lo que necesitaba para acortar la monotonía de una mañana que transcurría lenta e invariablemente igual a tantas otras.

Cuando pasó por el jardín, ubicado al frente de la casa, para dirigirse al contenedor a tirar la basura, tarea que Cynthia siempre había delegado  en él, vio a su abuela agachada sobre el cantero de peonías amarillas. Estas flores eran el deleite de la anciana y ella las cuidaba con ahínco.  A un lado del cantero, estaba echado Napoleón el gato barcino con el que jugaba siendo niño cuando  venía  a visitar a sus abuelos. Ni la anciana ni el animal parecieron percatarse de su presencia, absorbidos como estaban: una por el cuidado de sus flores y el otro por tenderse al sol panza arriba.

Él, mientras abría el portón del frente, se seguía preguntando por qué el baño era el único lugar deshabitado de aquellas presencias evocadoras que parecían fluir libremente por las distintas habitaciones.

Al salir a la calle, vio un coche patrullero estacionado en la puerta. Salieron dos policías que se dirigieron hasta el portón de su casa. No notaron su presencia. Él, con la bolsa de basura aún en la mano, los interceptó y les gritó a ambos en la cara.”¿Qué pasa oficiales?” Ellos parecieron no oírle y miraban a alguien más allá de su espalda. Giró hacia atrás y vio a su propio hermano que, con total osadía,  hacía entrar a los policías a la vivienda. ¡A “su vivienda”! Gritó y gritó hasta quedar afónico. Su hermano, impávido ante sus reclamos, con su habitual traje de oficina y celular en mano, guiaba a los oficiales que iban detrás en el recorrido por la casa.

Ofendido, indignado y, a la vez, incrédulo por la actitud de su hermano de conducirse como si fuera el dueño de casa, caminaba mascullando la bronca detrás de la fila de los tres hombres. Llegaron al baño.  Allí, toda su rabia se decantó en pena. Todo su dolor en verdad. Descubrió las memorias allí encerradas. Siempre habían estado, solo que no había logrado verlas.

Su hermano corrió la cortina de la ducha y ahí estaba él. Su cuerpo tendido a todo lo largo de la bañera. La sangre de las muñecas salpicando el blanco del mármol y mezclándose con el agua tibia que aún echaba el grifo por su boca.

Escuchó decir a los oficiales que no se debía tocar el  cuerpo y los oyó dar la dirección de su casa al perito forense que concurriría a la brevedad.

Su hermano agregó: “Hace poco había enviudado… estaba bastante deprimido…”. No quiso oír más, ya era suficiente.

Volvió al frente, atravesó el jardín, recogió la bolsa de basura que había dejado junto al portón y salió a la calle a tirarla en el contendor de la esquina.

Hay rutinas que nunca nos abandonan, se dijo mientras pensaba que, a esa hora de la tarde, le vendría bien tomar otro buen café.

Se dirigió a la cocina y puso a calentar agua en la caldera.

 

Ojos en flor

Paró el auto para comprar unas flores para su esposa. Esa mañana habían discutido hasta pelearse. No quería seguir mal así que al ver el puesto le pareció buena idea llevarle un ramo en son de paz.

El hombre que atendía era humilde y más simpático de lo que parecía a simple vista.

—Buenas tardes, le dijo. Necesito un lindo ramo para mi esposa. Se le notaba aún molesto.

—Buenas tardes señor, si la pelea fue de las buenas le recomiendo rosas rosadas y blancas, si fue un desacuerdo negociable puede llevarle estos hermosos crisantemos rojos.

— ¡Deme las rosas!, y se rieron a carcajadas por el énfasis que puso al decirlo.

 

Miró sus manos. Le entregaba las flores envueltas de una manera única y hermosa.

Manos agrietadas, de trabajo, de tierra y espinas, manos que hablan de dedicación, de respeto por la vida que le ha tocado.

Levantó su mirada y se encontró con sus ojos cansados pero llenos de luz y compasión.

Vio el reflejo de una jornada larga y agotadora. Removiendo la tierra, cortando flores, preparando atados. Vio su casa, su mujer y sus hijos pequeños. Su perro y el horizonte largo y majestuoso. Vio una vida de sacrificio pero de entrega y amor, mucho amor.

Y yo enojado por una nimiedad, se dijo avergonzado.

Desvió su mirada hacia el cielo rosado, orgía de nubes grises y negras que presagiaban muy mal tiempo, largas estelas y mandalas que el viento construía en rojos y marrones como un camino para que la furia llegara placenteramente. Sintió las primeras gotas que le entraban por el cuello quemando su piel ardiente. Buscó refugio debajo de la carpa de flores.

Se miraron. Él asustado por ese extraño desmejoramiento y el hombre alegremente tranquilo. Este hombre es feliz, se dijo. Está en paz con la vida y nada le debe. Su sonrisa y amabilidad lo confirmaban.

No le estaba vendiendo flores, le estaba regalando una lección de vida.

 

Al llegar a casa se ofreció a Diana.

La tempestad aullaba fuerte, movía la casa como quien agita una bandera, se sentía la firmeza del viento sur, peleando, tirando, arrancando ramas, hojas y polvo, empujando las nubes contra un muro diáfano y fresco de azul intenso. Las gotas caían suicidándose contra las ventanas, una tras otra. Estallaban en lágrimas largas y lentas que buscaban en la tierra su eterna morada. El infierno estaba vivo.

 

Ella lo tomó de las manos. Se miraron un largo rato sin hablar… los ojos se empaparon de perdón. Un aire intrépido y salvaje se metía por rendijas y cuánto agujero o abertura encontrara derritiéndolos en un abrazo y enlazándolos con rachas y brisas para que no se separaran más.

La tormenta huía, el rugido del viento parecía un perro que la perseguía tratando de morderla.

Poco a poco la calma se fue metiendo en los intersticios de sus corazones.

Él se abrazó a través de ella. Ella a través de él.

Casi no hizo falta que le diera las rosas.

El ayudador

Al viejo no volví a verlo más.  El cartel y aquella puerta, tampoco. Varias veces regresé a esa calle pero jamás pude volver a encontrarlos, ni al viejo, ni a la puerta ni al cartel.

 

“El Ayudador”, decía el cartel sobre la pared que daba a la calle, al costado de aquella puerta grande y antigua.

 

Como casi todo el último medio año, yo había tenido otro día de perros. En mi trabajo, todo mal. Recién había cobrado el sueldo y ya sabía que la plata no me iba a alcanzar para nada. El auto se me había roto hace días, así que andaba a pie. Y, a mi casa, no quería llegar. Desde que mi mujer se había ido hace seis meses, trataba de regresar lo más tarde posible. Y, si podía, con algún trago encima derecho a dormir. Es horrible pensar la soledad.

 

Aquella tarde, yo andaba por esa calle haciendo tiempo y, cuando vi ese cartel, me comencé a reír. Es que, a pesar de mi pésimo estado de ánimo, me dio mucha gracia. Sinceramente, me pareció ridículo: “El Ayudador”. ¿Ayudador de qué? ¿De cualquier cosa? ¿De lo que venga? ¿La ayuda que uno necesite, cualquiera sea?

 

La verdad que el cartel además de risa, me despertó curiosidad. Hacía tiempo que no me reía. Y creo que lo que me predispuso a probar, fue ese breve estado de placer que se siente cuando uno ríe aunque sea por un breve instante. De mi parte no tenía nada que perder, peor de lo que estaba no podía estar. Por eso, me animé a llamar a la puerta.

 

Ni bien golpeé, sonó una especie de chicharra y la puerta se abrió automáticamente.

Era una antesala sobria, muy limpia, con un aroma difícil de identificar pero sumamente agradable, como a frescura, como a paz. Fue rarísimo porque, ni bien me vi envuelto en esa fragancia, los ojos se me llenaron de lágrimas y, si no fuera porque apreté la garganta, casi me pongo a llorar. Eso me sorprendió porque, si bien hacía tiempo que no me reía, hacía mucho más tiempo que no podía llorar.

 

De repente sentí una carcajada. No era una risa burlona sino alegre, cálida.

 

—¡Buenas tardes! —me dijo jovialmente — ¡Por fin, un cliente!

— Buenas tardes  —respondí un poco desconcertado —perdone pero no sé si debí entrar…

—Eso depende —me contestó siempre con la misma sonrisa. Dios aprieta pero no ahorca…

—No entiendo —le contesté sorprendido, seguro que había cometido un error y que ahora estaba frente a un viejo loco.

 

Giré apenas la cabeza para no perder de vista la puerta de entrada y comencé a prepararme para salir corriendo en cualquier momento.

 

—Es natural que sienta miedo o inseguridad –me volvió a decir –pero tranquilícese, acá estará bien, yo estoy para ayudarle tal como lo indica el cartel que coloqué afuera y, si usted vino aquí, es porque necesita ayuda.

 

El viejo tenía razón y, además, si bien mi estado mental era de desconcierto porque no entendía qué era ese lugar, espiritualmente me sentía en paz. Sí, un estado extraño, agradable, como si flotara en el aire, sin conciencia del peso de mi cuerpo y todavía con algo de ganas de llorar, pero no de tristeza, sino más bien de emoción.

 

El viejo dio dos pasos, se arrimó hacia donde yo estaba parado y me tendió su mano.

 

—Soy el ayudador, mucho gusto  —me dijo  —no tiene nada que explicarme. Sé muy bien porqué está acá.

 

Yo nunca lo había visto, y estaba seguro que él no me conocía. En cambio, mi estado ahora era de paz total, de absoluta armonía con el universo, como si el contacto con su mano me hubiera instalado definitivamente en esta dimensión extraña en la que me sentía tan bien.

 

Entonces, fue cuando él me dijo:

 

—Usted sólo tiene que elegir por cuál de esas puertas desea pasar…

 

Giró su pequeño cuerpo y me señaló tres puertas pequeñas de colores que yo no había visto al momento de entrar, aunque no estaba en condiciones de asegurar si estaban o no. El hecho es que me señaló esas puertitas que no tenían más de un metro de altura y me pidió que decidiera por cuál de ellas quería pasar, si por la verde que tenía un pequeño letrero que decía esperanza, por la azul que decía libertad o por la roja, que tenía otro cartelito que decía pasión.

 

Yo miré las tres puertas ya sin miedo, tranquilo, con plena confianza en este viejo afable que se hacía llamar “El Ayudador”.  Él había logrado que me sintiera así, confiado y seguro, como si lo conociera de toda la vida.

 

Me costó un poco tomar la decisión, porque en ese momento fui consciente que en realidad las tres cosas hacían falta en mi vida.

 

A modo de despedida, el viejo volvió a estrechar mi mano y me dijo:

 

—¡Adelante! Le deseo mucha suerte en su nueva vida…

 

Yo sin decir palabras lo miré y volví a sentir ganas de llorar. No sé por qué, pero era eso lo que sentía, una gran ternura que me provocaba ganas de llorar. Me dirigí hacia las puertitas, me agaché, me puse con las rodillas y las manos sobre el piso para pasar gateando y atravesé una de ellas.

 

Todo lo demás fue caer por un vacío negro y oscuro donde no veía nada delante de mis ojos. Solo recuerdos vertiginosos que fluían uno tras otro en mi mente. No podía oír ni siquiera mis propios gritos desesperados. En ese tiempo, que me pareció eterno, sentí que la vida se me iba y experimenté un dolor desgarrador del alma despegándose de mi cuerpo. ¿Así se sentiría la muerte?

 

El viejo tenía razón, mi existencia desde ese día cambió.

 

No cambió mi casa, ni mi trabajo, ni siquiera la escasez de dinero que me acompaña desde hace tiempo. El cambio fue adentro mío. Ahora vivo disfrutando todo al máximo, lo bueno y lo malo. Vuelvo a casa tranquilo y he llenado mi vida de gente y cosas nuevas. Aprovecho cada instante con absoluta intensidad deseando que el tiempo no pase nunca para poder saborearlo, para poder vivirlo a pleno, intenso, tan intenso como el rojo de la pequeña puerta que atravesé aquella tarde, en la casa de aquel viejo extraño, “El Ayudador.”

 

Suena en la radio

“Siendo las 7 de la mañana, empezamos nuestro programa “De cerca”.  La mañana está fría, el sol brilla un poco tímido, pero aquí estamos para contarles qué está pasando no solo en Uruguay, ¡también en el mundo!

Como todas las mañanas, la radio sonaba en mi cocina.  Nada me gustaba más que levantarme, hacerme un café negro con dos tostadas con manteca y escuchar la radio. Siempre lo había hecho, es una tradición familiar, en mi casa la radio sonaba a cada hora.

Escucho siempre el mismo programa, el de Rafael. Su voz y  su manera de ver las cosas me encantan. Creo que lo que más me gusta es su manera de interpretar el mundo y eso no es algo que me pase muy a menudo.

Esa mañana, estaba tomando mi café cuando, de pronto, el piso se empezó a mover. De repente, un viento furioso entró a la cocina y los papeles que tenía sobre la mesa se empezaron a volar. Todo así, de un segundo para otro y como por arte de magia.

De pronto, sentí como un golpe fuerte en el piso. Como si alguien saltara desde el  lugar más lejos del planeta.

Sin entender mucho, abrí y cerré los ojos, me los froté, me los lavé con agua. No lo podía creer, Rafael estaba ahí parado en mi cocina, mirándome con una linda sonrisa. Cómo llegó ahí es algo que no entiendo, lo único que sé es que, por la puerta, no fue.

Incrédula, le pregunté

— ¿Vos sos Rafael?

—Sí, y todas las mañanas veo como tomás tu café negro. Siempre quise venir a tomarlo contigo

Para mí era rarísimo, ya no sonaba en la radio, ahora estaba en mi cocina. Y claro… tomamos café negro. Era como si nos conociéramos de toda la vida. Y claro… confirmé lo que más me gustaba de él, su manera de ver las cosas. Es tan especial como único, y también peligroso.

Ese día no fui al trabajo, tomamos muchos pero muchos cafés negros.

Nos despertamos a las 7, prendimos la radio:

“…desde ayer no sabemos nada de él. Despareció de un instante para el otro cuando se levantó del estudio para ir al baño. Nadie lo vio salir. Por favor, si alguien lo vio que llame a la producción. O, vos, Rafa, si estás escuchando, queremos saber de vos…”

En ese mismo instante, nos miramos y reímos.  Apagó la radio y se puso a hacer café negro.

La imagen en el espejo

¡Me encantaría volver a ser joven!

Se miró en el espejo y este le devolvió un rostro con piel cansada. Sus rasgos están acentuados por los  años de duras batallas, algunas ganadas y otras perdidas. Presionó con sus dedos la piel de los pómulos para sentirse algunos años más joven. Y así, inmóvil, permaneció unos segundos.

¿Por qué? ¡Por qué!

¿Vendería su alma por volver el tiempo atrás? El pelo amarillento y pajoso se peleaba con el cepillo de carey tratando de desenredar los matetes. Había sido un obsequio de su abuela cuando cumplió sus 15 años. ¡Demasiado tiempo atrás!

¡Uf!

Se puso cremas. Las más caras. Puso varias capas de diferentes crema y se volvió a mirar.

¡Estas porquerías no sirven para nada!

Gritó y arrojó los potes contra la pared. La indefensa pared. Inmaculada. Ahora, víctima de su enojo. Lloró un largo rato. Apoyó sus brazos en el espejo y ahogó su rostro contra el vidrio en una especie de convulsiones y sollozos. Se volvió a mirar en el espejo. Veía nublado por las lágrimas.

Ahora si me veo joven, no veo las arrugas.

Comenzó a maquillarse. Una sombra celeste en sus párpados, pestañas postizas, color rojo en sus labios y colorete anaranjado. Del alhajero, sacó el collar de perlas de cultivo y, suavemente, lo colocó alrededor de su cuello. Ahora, sin arrugas. Con una mano desempañó el espejo y este le devolvió una cara de caricatura que, para su sorpresa, le comenzó a hablar.

— ¡Volvamos a ser jóvenes!

— ¡Es lo que más quisiera en el mundo!

— ¿Estás dispuesta a cualquier cosa?

— A cualquier cosa –respondió entre risas y llanto

— ¡Vení! Acercate, pegate a mí y ¡cerrá los ojos!

Ella pegó su rostro al espejo lo más que pudo con los ojos apretados. Así se quedó durante un buen rato. Sintió frío, un frío helado. Abrió sus ojos. Sus manos más heladas que su rostro. Podía ver su dormitorio. Escuchaba una carcajada lejana y vio una joven silueta que se alejaba entornando la puerta del cuarto.

Gritó desesperada. Nadie parecía escucharla.

Lo real es invisible a los ojos

¡Booom! El estruendo de la explosión le quema los ojos. Las llamas anaranjadas se comen los edificios y el humo espeso y negro le limita la visión.  Se levanta. Sigue hacia adelante. Corre a máxima velocidad.  Mira para los costados. Nadie.

¡Boom! Otra explosión. Otra vez en el piso. De nada le sirvió esta vez la AK47 que tanto le costó comprar ayer. ¿Para qué si no ve a nadie más? No puede gastar las balas hasta que no tenga un objetivo claro. La ansiedad lo consume. Está cansado. Esta misión parece no terminarse más. Hace rato que siente que le está quedando poca energía. Se levanta otra vez. Corre por la calle vacía. Por encima de los sonidos de alarmas y metralletas del fondo, escucha sus pasos sobre el cemento gris oscuro, como un reloj que le marca los segundos que se le consumen.

Frena. ¿Qué fue eso? Algo se movió al costado del edificio. Enfoca la vista. Ya le arden los ojos. Ahí está de nuevo, una sombra mal dibujada.  Es definitivamente alguien. Se prepara, llegó el momento.  Sabe que no le puede errar. Es el último de su equipo, están todos contando con su destreza.

¡Wow! La mujer que aparece lo despierta de repente. Morocha y con el pelo suelto bailando en el viento, ojos verdes de gato que le ocupan la mitad de la cara y labios gruesos entreabiertos que casi le suplican un beso. Los senos firmes y redondos como dos pelotas de basketball embutidos violentamente en su maya strapless de neopreno. Sus nalgas perfectas y sus piernas imposiblemente largas y musculosas, el cuchillo encanutado en sus botas de taco aguja. No puede dejar de mirarla, de imaginarse tocando ese cuerpo con sus manos, su lengua mojando esos labios. ¿Qué es eso en su mano?

¡Boom! La mujer con la cara tirada para atrás, la carcajada resonando en el cuarto vacío. El humo de la metralleta expandiéndose a los confines de la pantalla.

“¡La concha de la madre!” grita. Las teclas crujiendo bajo el golpe de su puño cerrado. Patea la pantalla que titila con el “you’re dead” rojo vergonzoso.

Hirviendo de rabia decide irse a acostar. Prende la luz del cuarto y ve a su mujer durmiendo. ¿Cuándo llegó?  No la había escuchado. Quizás ya estaba en la casa cuando él volvió y fue directo a la computadora.

Otro día más sin hablarle piensa, pero no se detiene en el análisis.  Tiene una hora antes de levantarse para irse a trabajar.

Virtualmente tuya

Lunes, 9 AM, Montevideo. El humo le empaña los lentes. Por la ventana se ve una Santa Rita en flor. Aparta el café hacia el otro costado de su computadora y toma un paño. Limpia los lentes en cámara lenta. Su mirada se posa nuevamente en lo que ve por la ventana. En ese momento, llega el primer mensaje. Ahora la atención la tiene en la pequeña ventana del chat, en la que Luisa conversa con las personas que visitan el sitio web de la empresa para la que trabaja.

Es una tal Maggie que le escribe desde España preguntando si el precio del envío está incluido.

Luisa responde y bebe su café. Está más gorda que el año pasado, cuando trabajaba en atención al cliente de Nike por WhatsApp. En realidad, su nombre es Deborah, pero en el trabajo se hace llamar Luisa porque es más fácil para la gente con la que trata. Tampoco usa su foto real. Bueno, es ella, sí, pero con quince años menos y con bastante Photoshop. Hoy, luce bastante relajada: de short, pantuflas y un salto de cama. Termina una conversación y comienza otra. Así, hasta el mediodía, que cambia su estado en el chat y se toma cuarenta minutos, donde aprovecha para ducharse, vestirse y comer algo. Trabaja para esta compañía holandesa desde hace cinco meses, atendiendo a clientes de habla hispana, tanto de España como de Estados Unidos y Latinoamérica. Como es lunes, solo tiene que cumplir horario hasta las tres de la tarde. Luego, irá a la rambla a pasear a su perro.

Nuevo mensaje. Esta vez de Richard. Quiere confirmar si puede recibir una mesa para armar en Montevideo. Deborah se lo confirma y le cuenta que ella también vive en la ciudad y que ha recibido envíos similares en un par de oportunidades. La charla se fue prolongando hasta que ella hizo un esfuerzo por terminarla porque pueden monitorear las conversaciones y no quería que la amonestaran por hacer mal su trabajo.  Richard antes de terminar le envió su teléfono, para seguirla por WhatsApp.

Deborah le tiene un poco de alergia al WhatsApp. Es que luego de trabajar por casi dos años respondiendo reclamos utilizando esa herramienta, cualquier mensaje de su familia o amigos la hace sobresaltar y sentirse irritada.

Son las cuatro de la tarde. Finalizado su horario de trabajo, Luisa camina con su perro marca perro. La playa hermosa, de fondo. Dos o tres personas corren enfundadas en sus auriculares. Una brisa suave mueve las nubes y el pelo de Luisa. Justo ahí, siente la vibración en el bolsillo. Se sienta en un banco y mira el teléfono, ve que el mensaje es de Richard.

Las letras suben rápido en la pantalla. Abajo a la izquierda dice que el capítulo cinco de la temporada dos, comenzará en diez segundos.

 

Cierro Netflix. Me quito el almohadón de la espalda. Pongo el despertador en mi teléfono y me acuesto a dormir.

El nacimiento

El viaje se había preparado cuidadosamente. El gobierno había destinado todo lo necesario y cuidaba muy bien el secreto de la partida del Obispo y su grupo de investigadores y científicos, entre los más calificados del mundo.

La Iglesia, dueña total del poder político mundial, quería documentar el día del nacimiento de Jesús, estudiar in situ y filmar un vídeo de una ocasión magnífica para la enorme mayoría de ciudadanos del planeta.

Todo se había preparado en el más absoluto secreto, no querían sorpresas de ningún tipo y tampoco estaban seguros de lo que irían a encontrar.

El grupo se preparó durante meses y diseñaron un mecanismo ingenioso para mantenerse en contacto día a día. La comunicación se haría por medio de transmisor de fotones encriptados de altísima refinación que los conectaría al año 2045. Igualmente, la respuesta les llegaría casi de inmediato, aprovechándose del desdoblamiento del tiempo y la inmaterialidad del mismo.

 

El día de la partida llegó. El mismo Papa como máxima autoridad política mundial fue a despedirlos y desearles un gran viaje.

  • Queridos hermanos, desde la gran aniquilación del mundo musulmán hace ya quince años, el planeta confía en la Iglesia Católica como nunca antes en su historia. La ciencia y la religión han sido unidas al fin y, ahora. la Fe gobierna la Tierra. Pero todos sabemos la importancia de este viaje. Poder ver y traer pruebas de la vida y obra de Nuestro Señor Jesucristo es vital para consolidar la fe cristiana cuestionada y agredida hoy por los insurrectos que, aunque sean una minoría, es indudable que aún tienen el poder de sembrar duda. Nuestra Iglesia siempre ha promulgado la verdad de la Fe así que traer la imagen del nacimiento de Jesús-el Hijo de Dios- a nuestro tiempo hará un gran favor a la humanidad.

Les deseo la mejor de las protecciones y que el Señor los guíe.

 

Bendijo a cada uno de los integrantes de la misión, todos hombres de confianza y acérrimos católicos.

  • El gobierno negará cualquier vínculo en caso de que la prensa descubra algún indicio de lo que comenzamos hoy, les recordó finalmente.

Todos se miraron y asintieron.

 

En unos instantes estaban los hombres en el comienzo de la historia. Sabían perfectamente qué hacer, lo habían practicado hasta el mínimo detalle.

Cuando llegaron a la pequeña aldea de Nazaret donde nacería Jesús, buscaron rápidamente la casa-establo donde según la Biblia pasarían la noche María y José. Horas previas al alumbramiento, todos esperaban el nacimiento del Salvador. Era una cálida noche de marzo y todo estaba sucediendo tal como esperaban. Se mezclaron entre los pastores y gente del lugar filmando con disimulo todo lo que podían desde ángulos diferentes.

Los hechos se sucedieron rápidamente. El parto fue sin dolor y María envolvió en trapos y acostó en un pesebre a su bebé, porque era lo único que había en el katályma.

 

Casi enseguida llega el mensaje del pasado. Lo recibe el Presidente del Governatorato, Su Eminencia Cardenal Alberti e, inmediatamente, se lo lleva al Papa.

Pedro II bajó el mensaje en su Fotónencriptrans Apple personal, miró al Cardenal y dijo “Envíen ya a la guardia especial. Maten al bebé.”

 

Al día siguiente el prelado, recién llegado del pasado, se presentó frente al Papa.

  • Su santidad el trabajo está hecho. La guardia mató a la niña negra y la cambió por el androide varón. Todo transcurrió con rapidez y se restableció el debido orden. Dejamos el mejor soldado de la guardia para asegurarnos que se siguiera el curso como fue diseñado.

 

Éste se hizo conocido como Judas Iscariote, apóstol de Jesús de Nazaret.

Ya no lo dejaron volver al futuro.

Con los siglos, salió a la luz el “Evangelio Apócrifo de Judas” que sería la base del movimiento insurgente contra la Iglesia.

 

 

El auto

Todo comenzó cuando Gustavo cumplió diez y ocho años y su padre le regaló su primer auto. Aquel Chevete fue el comienzo de tan larga obsesión. Lo cuidaba más que a su madre. Siempre estaba pendiente del más mínimo detalle. Después de varios años de cuidado, tenía que cambiarlo por uno mejor. En una automotora que estaba cerca de su negocio, consigue entregarlo y comprar un Peugeot que había tenido un único dueño y que además el dueño se parecía a él, cuidaba el auto más que a sí mismo.

Después de un tiempo, como su negocio iba viento en popa, decide comprarse un auto moderno que fuera cero quilómetro. Después de estudiar varias marcas, se decide por un Toyota que, de los autos más caros, no era el más costoso.

Después de varios años de novios, Adriana y él deciden casarse. Durante este tiempo, habían tenido varios altercados por el auto. Como por ejemplo, si salían los días de lluvia había que lavarlo y secarlo cuando volvían o, en el verano, había que cambiarse el traje de baño antes de subir, sacudirse los pies y limpiar las ojotas que no tuvieran arena, etc.

Después de dos años de matrimonio, se produce la hecatombe cuando a Adriana se le ocurre sacar la libreta de conducir para poder manejar el auto.

─Pero… ¿para qué querés manejar si yo te llevo a todos lados?

─Pero, cuando tú estás en el negocio, yo puedo hacer los mandados para el negocio, ir de compras, visitar a mis amiga…

─Pero… me llamas y yo voy enseguida a buscarte.

Estos diálogos se repitieron infinitas veces. Las discusiones se tornaron interminables y cada vez más fuerte. La relación terminó en divorcio.

Gustavo volvió a su tranquilidad solo con su auto.

Un día había ido de paseo a una muestra de autos antiguos con un amigo y allí conoce a Carla una joven menor que él que le gustaban los autos.

Después de varios meses de salir, deciden ir a vivir juntos.

Un día lluvioso, Carla se levanta para ir al gimnasio. Su auto no arranca pero, como estaba el auto de Gustavo que no lo había llevado porque llovía y no quería ensuciarlo, lo toma prestado. Ellos vivían en el parque Rodo y el gimnasio quedaba en Punta Carretas. Como era tarde para su clase, decide tomar por la rambla y, a la altura del teatro de verano, entra en la curva a gran velocidad, patina por el agua dando dos vueltas y quedar parado en las cuatro ruedas.

Después del terrible susto, ella sale del auto. Varios automovilistas la socorren.

─ ¿Le pasó algo señora?

─No, estoy bien. ¡Tengo que llamar a mi compañero! Gustavo, vení se me quedó tu auto en el teatro del parque Rodo. No me arrancó el mío y tomé el tuyo.

─ ¿Qué pasó?

─ ¡Vení, por favor! ¡Estoy muy nerviosa!

Gustavo toma un taxi y, cuando está llegando, ve una ambulancia y un patrullero. En medio de ese tumulto, ve su auto casi destruido.

Una fuerza interior subió desde su estómago, llegó a su garganta y salió en forma de grito. Un grito casi ensordecedor. En solo un segundo pasó por su mente la historia de su querido auto. Desde que lo compró hasta esa misma mañana cuando lo iba a sacar y la lluvia lo hizo pensar y decidió dejarlo. Prefería mojarse él.  Pero también reflexionó sobre su pareja, volver a estar solo, perder a Carla.

Bajó del taxi. Corrió hacia Carla y la abrazó muy fuerte.

─ ¿Estás bien?─le preguntó asustado.

─Sí, estoy bien pero… tu auto…

─No te preocupes por el auto. El seguro paga todo.

Precio

Todas las mañanas me despierto con un llanto. Es como si fuera la alarma del despertador pero, en este caso, el sonido está en mi cabeza.  Inmediatamente, me baño para apagarlo. Es como si el masaje de shampoo de arándanos en mi pelo actuara como un silenciador instantáneo.

Solo una amiga lo sabe. Yo creo que si se enteran la mayoría de los que me conocen me dejarían de hablar. Pensarían que soy la peor persona del mundo. Nadie intentaría ponerse en mis zapatos, solo me juzgarían y sacarían esa bandera de que todas las mujeres tenemos ese instinto.

Ni Andrés lo sabe. Andrés, qué linda relación tuvimos. Éramos libres, juntos. Ninguno quería un domingo de diarios y pantuflas, o quizás fui yo la que no quise. Por eso, cuando me dijo de irme con él a España le dije que no. No era por mi trabajo, ni por mi familia, ni por mis amigos, fue por mi libertad.

También fue por mi libertad que hice lo que hice.

Cuando me di cuenta, ya era tarde, no podía tomar otro camino. Pensé en decirle a Andrés, tenía derecho, pero pensé que tampoco lo aceptaría y, como ya no estaba acá, era más fácil callar.

Así que desaparecí por un tiempo. Para todos menos para mi amiga, me había ido de viaje.

Viví todo el proceso sola, desde las náuseas, los cambios en mi cuerpo, sus movimientos, todo. Hay veces que dudaba, que me imaginaba con ella.  Esa duda se iba cuando sabía que el resto de mi vida iba a quedar atada a alguien.

Esa mañana helada llegué sola al hospital. Pese a las palabras de la enfermera, estaba tan segura que lo hice sin pensarlo.

Ese momento fue de mucho dolor, de mucha fuerza, mucho de todo. Cerré los ojos, solo sentí su llanto, ese llanto que hasta hoy me despierta. Pedí no verla.

Pasaron diez años y, cuando camino por la calle y veo nenas de esa edad, me pregunto si alguna será ella. Esa duda la vivo todos los días.

El llanto de las mañanas y esas niñas que me miran son el precio que tengo que pagar por mi libertad. A veces duele, pero no estoy arrepentida.