¡Apurate, Mauricio!

— Buen día, querido… ¡Mirá! qué hermoso sol, qué cielo azul —dice Esperanza mientras levanta la persiana del dormitorio. Abrí los ojos, te traje el desayuno —pone una bandeja en la enorme cama de matrimonio, sobre un acolchado blanco, tan impecable que parece una nube de algodón. Mirá estos margaritones que recién corté del jardín, hacen juego con el jugo de naranja… Pero, ¡abrí los ojos!, no te pierdas esta hermosa mañana, es sábado, vamos a disfrutar este maravilloso fin de semana que nos regala la vida… además este desayuno, vale la pena, te lo preparé con el inmenso amor que te tengo, mi amor.

Mauricio se mueve en la cama pero solo para darse vuelta y darle la espalda. Se acomoda la almohada y parece que sigue durmiendo.

— Buen día, Mauricio, amor, tienes que despertarte, es sábado, no podemos dejar pasar esta mañana que Dios nos regala, esta mañana de primavera y luz —se acerca por el lado de la cama que ha dejado la bandeja, se hinca muy cerca de él, le da un beso suave en la mejilla, luego lo sacude, tomándole del brazo que Mauricio ha dejado fuera del acolchado. ¡Mauricio! Por favor, ¡levantate! Tengo planeadas muchas cosas para hacer el sábado y también para el domingo, no podés hacerme ésto…

Mauricio entreabre un ojo, el que se le ve, el otro lo tiene apoyado sobre la almohada, intenta mirarla entre la nebulosa que es todavía su sueño y trata de emitir unas palabras que le salen como burbujas, con un leve sonido que Esperanza ya conoce.

— ¡Mauricio! por favor, levantate, despertate, ¡se te enfría el café! y además… te esperan tantas novedades en casa… Mauricio no me hagas esto, ya lo teníamos planeado. Al final, todos los sábados la misma cantaleta. Estoy harta, no me haces caso, yo siempre tengo que cargar con todo… los nenes ya se fueron al baby futbol, Silvana hace rato que mira los dibujitos en la sala y ¿tú…!

Mauricio hace un enorme esfuerzo y se incorpora un poco tirando para un costado las sábanas y acolchado que lo tapan. Logra murmurar con monosílabos:

— Ya voy, ya voy… dejame un poquito más, es que todos los días… — se oye un leve suspiro forzado – todos los días me levanto muy temprano…

— ¡Callate, Mauricio! Qué sabrás lo que es levantarse temprano, si siempre te dejo durmiendo, yo sí que sé lo que es madrugar. Vas a decirme  a mí… marco tarjeta en el Sanatorio a las 6 de la mañana, a las 12:30 ya estoy en la puerta de la escuela, a la 1 y cuarto estamos almorzando con los nenes, a las 2 y cuarto los dejo en el club, a las 3 entro en la médica, a las 7 y media paso a buscar a los nenes por lo de los abuelos, a las 8 y media estamos cenando y todavía me queda tiempo para ordenar la casa, controlar que los deberes de los chicos estén bien  y servirte un whisky cuando llegás… y eso, encima  cuando no venís “cachondo” y querés seguir el juego, también te tengo que atender, hacerte masajes, prepararte el baño y …, en fin, acostarme contigo y fingir que también disfruto…

Mauricio termina abriendo los ojos que se los refriega con las manos, se sienta en la cama y acerca la bandeja hacia su regazo intentando sonreír… Toma un sorbo de café, intenta agarrar una tostada y la muerde sin ganas.

—Mi amor, siempre son reclamos, es la vida que elegiste…

— Y tú también… o cuando éramos novios ¿no soñabas con una gran familia alrededor de la mesa?… y ahora, cuando estamos todos alrededor de la mesa, no parás, ni siquiera los domingos que apurás los ravioles para irte al estadio con tus amigos…

— Esperanza, no seas así…

Engulle la tostada que ni siquiera pudo untarla, amaga tomar el vaso del jugo.

—Mauricio, apurá el café que tenemos mucho que hacer, levantate, vestite, ponete el equipo deportivo viejo, así empezamos por el garaje y el jardín, tenemos que cortar el pasto, regar las plantas, acomodar los cachivaches que ya no sé cómo acomodarlos, deberíamos tirar todo, son todas porquerías tuyas que nunca usas y los juguetes rotos de los chicos, siempre decís que los vas a arreglar y ni siquiera intentas hacerlo, tenemos que ver qué tiramos, lavar el piso, sí, eso mismo, que vos también engrasás con la camioneta, esa cachila que tenés, no sé cómo no la cambiás, ya nos queda chica y, además, la mugre que hace, después te quejas que te hago lavar el piso todos los sábados, es que es una porquería, vive perdiendo aceite y qué sé yo cuántas cosas más y vos siempre diciendo que no nos alcanza la plata, que no podemos ahorrar, en fin, yo trabajo todo el día, tú podrías conseguirte otro trabajito por ahí, para la noche o los fines de semana o sino pelear para que te suban el sueldo, tan amigo que sos de tu jefe…

— Esperanza…

— Bueno, dale, levantate, ¡te estás poniendo los championes al revés! ¡Ay, diosito santo! ¡Qué hombre me tocó en la vida…!

— Esperanza, estoy cansado, no me desperté del todo aún, dejame un poco tranqui…

—Mauricio, ya deberías estar pintando las persianas del dormitorio de los chicos, se caen a pedazos, y todavía tengo que aguantar que la vecina de al lado me las critique, haciéndose la boba, ¡falluta, cretina! las mira, las señala y muy sonriente e irónica me dice “buen día vecina, no tendrá un tarrito de pintura para pasarles… no lucen muy bien… con lo linda que es su casa…”.  Y yo tengo que sonreírle, grrr… sonreírle para no pelearme, siento la envidia en su cara, o contarle que mi marido es un haragán que se pasa el sábado dando vueltas y nunca me hace caso en lo que le pido. Mauricio, por favor, andate al garaje y empezá por ahí, luego nos queda subir al techo y ver lo de la gotera, bañar a los perros, barrer el fondo, ¡ah! y los vidrios de la cocina, son muy altos, yo no puedo con ellos, tienen una mugre que ya no se ve para afuera… y el extractor, que me tenés a cuento, que cuando llegue la primavera, que cuando llegue el verano y así pasa el tiempo y la grasa ya chorrea por todos lados y, además, es por tu culpa porque decime ¿a quién le gusta comer churrasquitos y papas fritas dos veces por semana? seguro que no es a mí,  que siempre estoy haciendo dieta .

— Esperanza, por favor, dejame preparar el mate y sentarme un ratito con la nena…

— ¡Ni te pienses! No podemos perder tiempo, dentro de una hora tenés que ir a buscar a los gurises al futbol, yo ya me sacrifiqué madrugando para llevarlos… luego, prender el fuego, hacer el asado pero, antes, ir a comprar la carne, cuando vuelvas de la cancha pasas por la carnicería. Ah… no te dije, hoy vienen mis padres a almorzar, bastante  se sacrifican yendo a buscar a sus nietos todos los días al club y ayudándolos a hacer los deberes, además, ya sabés, mamá me trae toda la fruta, pasa por la feria… y después no me la quiere cobrar.

— Esperanza, no puedo con todo… tus padres, asadito, los chicos, mandados, murmura entre dientes aún sentado en la cama intentando atarse los championes.

En eso está, cuando Esperanza tironea de las sábanas para deshacer la cama y, a empujones, casi lo tira haciéndolo tambalear antes de pararse…

— Ahora, vas a hacer la cama y vas a poner las sábanas en la lavadora, ¡ah! y no te olvides de poner tus camisas sino luego no las tenés limpias para plancharlas mañana mientras mirás los deportes en la tele.

— Esperanza, estoy agotado, ya no quiero escucharte más —logra esbozar estas palabras intentando poner un tono dulce que no le sale.

— ¡Cómo que no podés! ¿No sos el hombre de la casa? ¡Por favor! No te hagas el vivo, me tenés cansada, cualquier día de estos, te tiro como un bulto a la calle con todos tus petates —y aprovecha a tirarle el bulto de sábanas que Mauricio ataja con desgano.

Mauricio sale y se dirige a la cocina donde está la lavadora. Debajo del brazo lleva las sábanas y, en la otra mano, lleva la bandeja del desayuno sin terminar que deja sobre la mesada. En sus hombros, cuelgan las camisas sucias, pone la ropa dentro de la lavadora, la prende y lava lo de su desayuno y, de paso, todo lo que hay en la pileta de la cocina. Se seca las manos con un repasador. En eso, llega Esperanza y le recrimina que ha usado el repasador limpio recién puesto. Él no le contesta nada.

Sale al jardín por la puerta de atrás, respira hondo y murmura fuerte:

¡No la aguanto más! ¡No la aguanto más! si no fuera por los chicos… Ahora mismo la ahorcaba…

Va hasta el garaje, en eso, uno de los perros, un enorme pastor alemán le salta casi al cuello en un gesto que parece cariñoso, él intenta sacárselo de encima.

Todavía esto.

— ¡Mauricio! ¡Mauricio! — grita Esperanza desde la puerta de la cocina —dejá de jugar con el Sultán y andá al garaje, empezá por ahí… ¡Dale!, no nos va a dar la mañana para hacer todo lo que tenemos que hacer, la casa es un desastre y, luego, mi madre siempre termina comparándome con mi hermana, o con mis primas que es peor, que ellas tienen todo impecable que no sabe cómo hacen. Siempre me dice “Esperanza, con ese marido que tenés, que no sirve para nada, que no está nunca y nunca te da una mano… no sé cómo elegiste eso…” y chacate y chacate.

Mauricio ya no la escucha, entra al garaje, revuelve cosas que parecen trastos viejos y, debajo de ellos, ubica una caja de zapatos. La abre. Allí, aparece un engranaje.  Él lo está preparando desde hace tiempo a escondidas, cuando puede, son pocos los ratos que le puede dedicar sin que lo vea, pera ya casi está pronto, entonces se dice así mismo:  

 Mañana, sí, mañana, tengo que sacar a los chicos, me los tengo que llevar, mañana, sí, mañana, en la tarde. Silvana tiene un cumpleaños de una compañerita, la dejo ahí. Después, me llevo a los gurises al futbol y convenzo a Esperanza para que me espere en casa, dejo todo preparado y a la hora marcada … ¡PUMBA!¡El barrio se va a enterar de nuestro dulce hogar! ¡Y con ella adentro…! ¡Qué placer! No verla más, no escucharla más…Vuelvo del futbol, levanto a Silvana del cumple y nos vamos a Minas a casa de mis padres. Veremos después como sigue esta película…

Mejor, en el infierno…

Marta y Alberto se casaron un día espléndido de primavera. Pasaron su luna de miel en un maravilloso lugar. Fueron siete días extravagantes en la Rivera Maya. Ya de regreso, volvieron, directamente, a vivir a la casa de la mamá de él porque era grande y espaciosa.

Llegaron a ese “PARAISO” un domingo. Mamá Cordelia los estaba esperando.

—Te preparé el cuarto de arriba, querido. El que a vos te gusta. Lleven las valijas. Disculpame, Marta pero el abrigo que dejaste sobre la silla mejor colgalo en el perchero de la entrada, yo soy muy ordenada. Ay, por favor, sáquense los zapatos para subir. Allí, les dejé un par de pantuflas para cada uno, los zapatos me rayan los pisos.

Al entrar en el dormitorio, Marta y Alberto se dan cuenta que Mamá Cordela los había acompañado.

—Compré otra cama chica y la junté con la tuya así están más cómodos, los espero en la cocina para preparar la cena.

Cuando cierra la puerta para irse, la cara de Marta se había transformado. ¡No podía creerlo!

—No siempre es así, eh —le dice Alberto un poco avergonzado.

—Espero que sea cierto.

Marta arreglaba la ropa en silencio y pensaba, No puedo creer lo que está pasando.

Cuando llegan a la cocina…

— ¡Cuánto demoraron! Espero que no crean que voy a ser su sirvienta, jajaja. Es mejor que sepan que tengo reglas en mi casa y para evitar problemas, ¿no? Es bueno que las sigan. Sé que es triste pero la luna de miel ya terminó.

Así comenzó la convivencia de la nueva pareja con la madre de Alberto.

Días de mucha tensión con la comida y la repetición permanente de frases.

“¡Hacela así!” “Es como yo se la hago a Albertito y a él le gusta”.

“No le pongas mucho jabón al lavarropas. Hay que aprender ahorrar”.

“La luz no puede quedar prendida por gusto está muy cara”.

“El ahorro es la base de la fortuna”.

Todas palabras o frases sabias de esta madre protectora de su hijo único.

Así, fueron pasando los días. Entre órdenes y consejos, siempre protegiendo a su hijito y corrigiendo a Marta quien se había transformado en una olla de presión a punto de explotar.

¡Y, sí, que explotó!

Una noche, estando en su cuarto, entra Cordelia sin golpear y le dice.

—Está pronta la cena y Martita no me ayudaste. Bajen ya que se enfría.

Marta, mirando a Alberto con ojos ensangrentados y rostro desencajado, le dice:

— ¡Nos vamos, ya!

— ¿A dónde vamos a ir un sábado de noche?

—Andá vos solo a comer y decile que mañana nos vamos.

Cuando llega a la cocina, la mamá le pregunta:

—Marta, ¿no baja?

Alberto no sabe cómo decirle a la madre y miente.

—No, no se siente bien.

—Sí, yo la veo muy debilucha.

Después de comer, sube a su cuarto. Sin decir palabra, evitando la mirada de su esposa empieza a ponerse el pijama. Cuando llega:

— ¿Le dijiste?

—No, no pude.

—Entonces, yo me voy sola. ¡No aguanto más!

—No, yo también me voy.

El domingo salieron temprano, compraron el diario y miraron los clasificados, para marcar los apartamentos y salir el lunes a verlos. El lunes encontraron, de casualidad, un traspaso. Una muchacha necesitaba mudarse a otra ciudad. El apartamento estaba perfecto y muy cerca del trabajo de Alberto. El martes, juntaron todas sus pertenencias y se mudaron a pesar de la insistencia de Cordelia de que se quedaran.

— ¿Se van? ¿Dónde van a estar mejor que aquí? —les dice la mamá a Alberto sollozando desde la puerta.

— ¡En el infierno! —se escuchó al unísono.

 

El mandato

Yo creía que no necesitaba más y estaba muy conforme con mi mismo. Hasta hoy, y sin habérmelo propuesto demasiado, es decir viviendo nomás, tenía la sensación de haber vivido un continuo crecer. No lo he hecho pero, si me hubiera detenido un instante para mirar hacia atrás, para mirar hacia atrás en sentido figurado claro, y hacer un repaso de los años posibles de recordar, estoy seguro que habría quedado satisfecho.

La calle está casi vacía. Y puedo sentir el aire helado trepidando mi interior. Es que hace mucho frío y una llovizna finita pero contundente completa el cuadro inhóspito en la ciudad gris y empapada. Eso del lado de afuera, claro, adentro no, adentro de las casas es otra cosa. Yo no puedo ver pero, a juzgar por las chimeneas, en casi todas hay una estufa encendida, fuego y calor.

Y fue eso lo que me hizo salir a la calle hoy. La estufa.

Yo estaba adentro también. A esa hora, cuando recién oscurece, siempre estoy en casa. Y en esta época, lo primero que hago cuando llego de trabajar es encender la estufa. Acomodo la leña a modo de casita, con dos palos gruesos a los costados que funcionan como si fueran las paredes  y otras maderas finas arriba, que vendría a ser el techo que tengo que quemar. Y abajo, en el hueco que me queda, coloco papel, abundante papel encendido, hasta que logro que las primeras leñas ardan. Ahí lo dejo y el resto se hace solo.

En eso estaba hace un rato, disfrutando de mi ritual solitario cuando, de repente, comprendí que las manos que acomodaban la leña no eran mis manos. Se movían solas con absoluta habilidad y destreza. Torneaban el papel para que quemara más lento, humedecían la ceniza vieja de la noche anterior con querosén y raspaban un fósforo en el mismo ladrillo de la estufa para que encendiera de una sola vez multiplicando su llama en la pira. No sé cuántos minutos estuve absorto observándolas y juro que no eran mis manos, eran las manos de mi viejo.

Yo tenía cinco o seis años aquel año que estuve varias noches parado a su lado, observándolo, hasta que solo, sin que nadie me ayudara, pude prender el fuego. Y, desde esa noche, fui el encargado de hacerlo por mucho tiempo. Me sentía orgulloso y, luego, me pasaba hasta una hora sentado frente a la llama, mirándola nomás.

Siempre pensé que, de todos mis hermanos, yo era el que menos tenía algo de mi padre. De mi madre en cambio no, yo era igual a ella. O, por lo menos, así siempre lo vi yo. Me identificaba con ella a cada instante, en su forma de ver las cosas, en su manera de encarar las dificultades, hasta en su risa me encontraba parecido a ella. Y a mí me gustaba, me hacía sentir muy bien. Pero de mi viejo, aunque buscaba, no me encontraba nada. Nunca me gustó el fútbol, ni pescar y, mucho menos, la política que a él le encantaba.

Por eso, le tiré un balde de agua al fuego. Lo apagué. Y salí a la calle a caminar por el frío. En mis manos había visto a mi padre y yo no quería ser como él. Además,  él siempre prefirió a mis hermanos que lo acompañaban en todo. A mí no me gustaba que fuera tan débil, tan llorón. Por fuera era muy duro, grande y rezongaba. Pero, por dentro, se quebraba con facilidad. Mi madre era la que siempre lo levantaba. Y, cada vez que se sentía confundido o irritado, salía a la calle a caminar. Si hacía frío mejor. El decía que el viento fresco enfriaba el alma y aclaraba las ideas. Luego, volvía calmado y mi vieja siempre lo esperaba para cenar. Yo también esperaba que él llegara, si no, no me podía dormir.

Eso sí, era un hombre bueno, de una sola pieza. Tenía palabra y la cumplía. Para él no existían los matices, su razonamiento era binario. Cero o uno. Blanco o negro. La que lo hacía entrar en razón era mi madre.

Pero yo nunca quise parecerme a él. Siempre pensé que la vida moderna necesitaba personas flexibles, que supieran perdonar y adaptarse a las circunstancias. Es mejor acomodar el cuerpo y permanecer dentro, que endurecerse y quedar afuera.

Hoy de mañana, me pasó lo mismo, creí ver a mi viejo, pero pensé que había sido solo casualidad. Cuando en el comedor del trabajo saqué mi vianda y Urioste me tomó el pelo porque llevaba cuatro huevos duros como único almuerzo. Yo me enojé. Y si no fuera porque Benítez nos separó, todavía le estaba pegando al idiota, que siempre se está riendo de alguien. Y cuando lo tenía ahí agarrado de las solapas, me acordé de la anécdota que siempre contaba mi padre. Esa vez que en el trabajo se peleó con el capataz del ferrocarril porque se rió de la comida que llevaba. Estuvo a punto que lo echaran, pero se sentía orgulloso de haberse hecho respetar. Nunca más nadie se metió con él.

Yo también me sentí orgulloso hoy. A ese imbécil hace tiempo que le tengo ganas. Y mis compañeros me dieron la razón.

Y la semana pasada el lío que tuve en el ómnibus, cuando aquel tipo que se creía canchero se metió con Elisa, mi compañera de trabajo. Yo lo quería hacer bajar a pelear. Pero el tipo echó para atrás y se quedó quietito en su asiento. Es increíble cómo se dan las cosas. Mi viejo siempre contaba que a él le pasó algo igual, pero se habían metido con mi madre que era su novia.

Mi padre no se culpaba, decía que cada uno es como es y responde a su mandato. Él siempre hablaba de eso, decía que es imposible escapar de la sangre. Que tarde o temprano siempre nos llega.

Hace frío y ahora me siento mejor. Estoy empapado, pero no me importa.

Me siento más relajado, tranquilo. Creo que es hora de volver a casa a encender la estufa.

A veces vuelven

El ranchito era pequeño. Desde que habían decidido tomar las riendas de sus vidas, Manuel y Clara vivían en la ladera de la serranía minuana ubicado en un pueblo en las afueras a kilómetros de su departamento natal. Lejos de todo lo conocido. Techo de paja y paredes de madera y barro, apenas un camastro, una cocina a lumbre, una mesa chica y dos taburetes.  Era un lujo contar con tanto para los jóvenes recién casados. El terreno fértil, capaz de soportar una exigua plantación de maíz. Y la vaca lechera, obsequio de su padre, prometía un próspero futuro. Manuel y Clara se levantaban a la madrugada para cultivar la tierra con la única azada que poseían. Manuel carpía y Clara recogía la maleza dejando limpio el terreno.

Una mañana, al comenzar su labor, escucharon un extraño ruido que los interrumpió. Levantaron sus torsos para mirar a lo lejos. Pero no vieron nada. Sólo el viento silbando entre las hojas de los árboles y el gris plomizo del cielo. Nuevamente ése ruido. Se asemejaba a pasos de una multitud quebrando las ramas secas a su paso. Volvieron a la tarea tratando de no darle importancia. De pronto, una niebla espesa cubrió el entorno. Aquellos pasos lejanos, ahora, se sentían más nítidos y cercanos. Pero, al volver a mirar, no lograron ver a nadie. Una rara sensación invadió a los jóvenes que no interrumpían su trabajo. Ahora, más asustados. Comenzaron a sentirse observados. Al crepúsculo la visibilidad era prácticamente imposible. Y decidieron dar por terminada la labor por ese día. La vaca, ajena a todo, pastaba mansamente. Clara la arreó hasta el pequeño establo mientras Manuel recogía algunas ramas y traía leña para abrigar la casa y encender la cocina. Cenaron sin hablar. A través de la ventana no se veía absolutamente nada. La noche nublada y oscura predecía una tormenta. Cada tanto un relámpago lo iluminaba todo. La inquietud se transmutó en miedo cuando uno de los relámpagos perfiló las siluetas de un grupo de personas paradas frente a su casa. Vestían ropa oscura, de otra época. Sus  rostros eran indefinidos. Sus cuerpos casi etéreos. Podían verse los árboles a través de ellos. Ahora, el miedo transmutó en terror. En cada nuevo destello estas figuras se acercaban más. La lluvia se descolgó torrencialmente y, en ese instante, aquellas sombras extrañas se diluyeron junto con cada gota que caía. Ésa noche no durmieron. Cuando amaneció ellos permanecían en la misma posición, abrazados,  inmóviles, atentos. Salieron sin saber con lo que se irían a encontrar. Perplejas sus miradas observaron largo rato las huellas que habían dejado. Supuestamente, la lluvia las debería haber borrado. Pero no, ahí estaban. Única prueba que confirmaba lo vivido la noche anterior. No había sido una pesadilla. La vaca había desparecido del establo, Clara comenzó a buscarla en los alrededores, pero no la encontró. Los días se fueron sucediendo uno tras otro y, con ellos, la desaparición extraña de sus pocas pertenencias. No podían seguir así. Con mucha pesadumbre, decidieron volver a al pueblo.

Una mañana, Clara se encontraba en el almacén y vio entrar a una anciana vestida de forma extraña. “Es una gitana, llegó hace poco tiempo” le dijo el almacenero. Clara cargó su compra y se dispuso a salir del lugar. La gitana  la tomó del brazo y al oído le susurró. “Ellos a veces vuelven”.

No matarás

Corrí escapando de las turbas que me perseguían. Doblé en una calle y salí a una avenida atestada de gente desesperada huyendo hacia todos lados. Una muchedumbre vestida de blanco me seguía para matarme. Llevaban hachas, puñales y cuchillos. Tomé una calle con intención de refugiarme pero para mi desgracia me había metido en un callejón sin salida, los que me perseguían me rodearon. Uno tras otro me acuchillaron, clavaron sus puñales y hacharon mi cuerpo deshaciéndolo en miles de pedazos. Mi sangre corrió como un río hacia las alcantarillas.

Me desperté sobresaltado. El sueño había sido tan vívido que tuve que mirarme y palparme varias veces para darme cuenta que había sido una pesadilla. Transpiraba mucho y la respiración era agitada y fuerte. Había sentido la muerte, una muerte violenta y cruel. Sentía aún la agitación y exaltación de los asesinos. Recordaba sus gritos victoriosos, la felicidad que sentían al matarme.

Miré por la ventana hacia la calle. El día parecía hermoso, la gente se movía por la ciudad como siempre. Todo parecía normal. Me levanté preocupado, el sueño aún me asustaba, me duché, desayuné algo ligero y emprendí el camino al trabajo.

Tomé una bocanada de aire fresco. Comencé a caminar. Notaba algo extraño en el ambiente. La gente miraba con desconfianza, como con temor. Con cada uno que me cruce sentí esa energía de espanto. Tal vez era el efecto del temor que me causó la pesadilla. Ya en la empresa, me pareció que los empleados tenían una actitud defensiva y miraban con recelo.

Mi socia estaba sentada en el escritorio de la oficina que compartíamos y ni se molestó en devolverme el saludo.

— ¿Qué pasa Susana? ¿Te sentís mal?

—Ya te habrás dado cuenta que algo sucedió. Parece ser que todo el mundo ha enloquecido.

—Sí, noté algo. No sé muy bien qué es, siento como un miedo en el aire. Yo tuve una pesadilla anoche y no he dormido bien, tal vez es eso.

—No. Algo pasa. ¿Qué soñaste?

—Que me seguía una turba de gente vestida…

—…de blanco y con puñales, hachas y cuchillos.

—Sí… ¿Cómo lo sabés?

—Tuve el mismo sueño, y también me mataron.

— ¿Cómo? ¿Qué significa eso?

—Ya estuve hablando con Jaime, el portero, y con Julia y Rosa, las secretarias, todos tuvimos el mismo sueño.

— ¡No puede ser!

—Y diría que todos en la ciudad tuvimos el mismo sueño.

—Es un disparate, ¿qué dice la televisión?

—Nadie sabe. Yo creo que es un mensaje. Una autorización.

— ¿Para qué? ¿De qué hablas?

—Para matar. Creo que se acaba el mundo y nos han dado un mensaje que solo sobrevivirán algunos… nos están autorizando a matar.

— ¡Estás loca! ¿Cómo Dios va a querer que nos matemos unos a otros?

— ¿Dios?  No creo que Dios esté enterado. Son los que gobiernan el mundo los que nos inducen a eso. ¿No matarías para sobrevivir?

—Susana, amiga, ¿qué te pasa? ¿Cómo se te puede ocurrir asesinar a alguien?

— ¿Y si tu vida depende de eso? ¿No lo harías? ¿No matarías para salvar a tu familia, a tus seres queridos, para salvarte?

— ¿Pero por qué tiene que morir alguien? ¿Por qué no podemos salvarnos todos?

—Somos demasiados y las riquezas del planeta se terminan. Hay que sacrificar humanos, bajar la población, así pueden seguir controlándonos sin riesgos y siguen siendo los dueños del mundo.

—Si es cierto lo que dices unos asesinos heredarán el planeta. ¿Eso buscan? ¿Qué clase de solución estúpida es esa? ¿Y los valores? ¿Las religiones? ¿Todo lo que soñamos y creamos?

—Todo es una gran mentira amigo. Somos ganado prescindible y sacrificar unos cuantos no significa nada. Los que sobrevivan se perdonarán unos a otros. Borrón y cuenta nueva. Ya ha pasado varias veces en la historia del planeta, claro que no a esta escala. Lo han practicado durante siglos para que esta vez funcione tal como quieren.

—Nos uniremos contra el gobierno, alguien debe estar preparando algo. Habrá una revolución.

—Eso es una tontería. A la hora de los bifes todos somos criminales.

—No, Susana. Somos muchos quienes tenemos valores y los defendemos.

— ¿Y qué tienen que ver aquí los valores? ¿Quién te ha dicho que matar es malo? A ver, dime. ¿Dónde está decidido eso?

—Lo dice la Biblia. Es un mandato moral de la humanidad. Va contra los principios del derecho. Es… Es un atentado a Dios.

—Pero ¿De qué hablas? ¿Moral, religión, justicia? Nada de eso fue puesto al escrutinio de la gente, nos han obligado a creer que es malo y no debemos hacerlo o nos castigarán. Quiero hacerte ver que la moral es impuesta por unos pocos, por intereses y que todos acatamos sin quejarnos. Ni que hablar de la mierda de la religión y la justicia injusta que apaña a los poderosos.

—Lo que dices es pura blasfemia.

—Pero tengo razón, te guste o no.

— ¿Cómo sería el mundo si estuviese permitido asesinar?

— ¿Acaso el hambre, la pobreza, acaso la marginación, la esclavitud, no son formas de asesinar el alma humana? El asesinato es desde siempre una herramienta de los gobiernos de turno, aquí y en todo el mundo. Te asesinan el espíritu, ya ni se molestan por el cuerpo. ¿Acaso las penurias económicas, las guerras, las enfermedades, el racismo y las mentiras no son herramientas de un asesino? ¿Acaso la comida artificial y el agua contaminada que bebemos no es una forma de asesinarnos? No, amigo, el mundo permite el asesinato hace mucho tiempo, y la gran mayoría acomodada mira a un costado sin importarle cuánta gente muere a diario por estas y otras barbaridades con tal que no les pase a ellos. Si matas una persona es un crimen pero si matan miles es un asunto político.

Un griterío espantoso los interrumpió. Miraron por la ventana hacia la calle, una muchedumbre envilecida participaba en su propia matanza, a cuchillazos, a tiros, a patadas, con lo que fuera, en una embestida desesperada para seguir viviendo.

Abrieron la puerta de la oficina y todos los que allí trabajaban se estaban matando unos a otros. El exterminio había comenzado. El miedo y el instinto de supervivencia hacían su trabajo.

Ambos se miraron perplejos.

Él dio un grito de furia. De un salto, clavó un puñal en el corazón de Susana. Ella cayó muerta instantáneamente

Dios mío, Dios mío perdóname, Dios mío… Lloró arrodillado frente al cadáver de su amiga.

 

“Obra de tal modo que la máxima de tu voluntad

siempre pueda valer al mismo tiempo como principio de una legislación universal»

Immanuel Kant, Crítica de la razón práctica

Rara faciem

Una mañana se levantó y, como de costumbre, se dirigió al baño, con un rastro de sueño pegado a la cara.

Abrió el grifo y se mojó los ojos para espabilarse. Sus mejillas no se lo agradecieron.  Al sentir el contacto con el agua, rechazaron su frialdad.  Buscó la toalla y las acarició suavemente para que el contacto con la tela les devolviera su tibieza.

Puso la toalla en su sitio y levantó la vista hacia el espejo.

No se reconoció.

La imagen era de otra.

Ella tenía cabello largo hasta los hombros, rubio, casi albino. La otra era morocha y lucía una melena corta con cerquillo.

Se tocó las mejillas, la nariz, se restregó los ojos. Los abrió y los cerró. Abrió la boca dejando escapar un grito y sintió que se le erizaba toda la piel de su cuerpo. La otra imitaba sus movimientos, pero, indudablemente, no era ella. Se trataba de otra.

Pensó que el espejo pudiera tener un defecto y corrió, presa aún del pánico, de vuelta hacia el dormitorio. Abrió precipitadamente la puerta del placar. Desde el espejo allí colgado, la otra abría desmesuradamente sus ojos, al igual que ella. Efectivamente, era la otra: con su melena morocha y su cerquillo. No tenía puesta una bata, como ella, sino un vestido de lana con cuello rompe-viento.

Ella sintió que le faltaba el aire. Su respiración jadeante: el corazón pulsando en sus sienes.

Como pudo, llegó hasta el espejo de tres cuerpos del living. Y allí, nuevamente, se encontró con la otra. Tenía la piel muy pálida, como ella, pero, sin lugar a dudas, era otra. Ella no dudó, ahí estaba…con su melena morocha con cerquillo y usando un vestido de lana con cuello rompe-viento.

 

Una sensación de irrealidad y extrañeza amenazaba su sano juicio. Debía encontrar inmediatamente en la imagen, un detalle por más mínimo que fuera, de familiaridad.

Una prenda de vestir, una alhaja, un gesto. Cualquier cosa que pudiera rescatarla del miedo a perder la razón.

Recorrió, afanosamente, con su mirada el cuerpo de la extraña en el espejo. Cuando sus ojos llegaron hasta los pies, sintió abrirse la Tierra bajo los suyos.  La otra no calzaba pantuflas, sino unas altas botas bucaneras.

Todo a su alrededor comenzó a girar. Tuvo que sostenerse en los muebles que encontraba a su paso al emprender el camino hacia el altillo.

Allí estaba el espejo francés de pie que había adquirido en un remate aguardando que ella eligiera un lugar apropiado donde colocarlo.

Subió a los tumbos la escalerilla a punto de perder el equilibrio y con una sensación de angustia en la garganta.

Cuando abrió la puerta, una fatal certidumbre se concretó frente a sus ojos.

No fue necesario revolver entre los trastos para encontrar el espejo. Este se hallaba recostado contra la pared frontal y en él, delimitada por el marco de nogal tallado, ella descubrió a la otra que la miraba en forma rara. Con sus ojos empañados de turbulencia.

Con su melena morocha.

El peculiar cerquillo

El vestido de lana con cuello rompe-viento.

Las altas botas bucaneras…

Y su mano derecha empuñando un martillo.

Ella temió por su vida. La otra no iba a dudar en atacarla. Era el momento de actuar.

Sostuvo con fuerza el mango de acero del martillo que tenía en su mano izquierda.

Y lo levantó hasta la altura de la cabeza de su contrincante.

La golpeó tanta veces hasta ver su rostro desfigurado en añicos.

Por fin, había desalojado a la intrusa.

Cayó extenuada en el suelo del altillo, entre el espejo fracturado, los muebles viejos y el olor a humedad.

Soñó con su verdadera imagen que, por fin, encontraba un lugar en el cristal de todos los espejos.

Y desde el sueño la saludaba a ella…

Sacudiendo su melena morocha.

Levantando en gesto risueño las cejas hasta tocar el cerquillo.

Dando unos pasos de baile para lucir el vestido de lana con cuello rompe-viento.

Para, luego, despedirse con un leve taconeo de sus nuevas botas bucaneras.

 

 

“No debemos olvidar que lo que el espejo nos ofrece no es otra cosa que la imagen más fiel, Y al mismo tiempo más extraña de nuestra propia realidad”   Ana María Matute