Lucha interior

Salís del estudio notarial con la tez muy pálida. Transfigurado. No podés creer lo que oíste hace un rato de boca del escribano.

Tu tía Felipa, anciana muy rica, muerta a sus ochenta años, sin hijos, te lega toda su fortuna. Recordás que entre la lista de bienes se cuentan tres propiedades: dos en la capital y una en Angra do Reis, dos autos, una casa rodante, un velero, los ahorros de una profusa cuenta bancaria y, a Tim, su gato de raza bengalí.

Sólo hay una condición para poder usufructuar la herencia. Debés vivir como un mendigo en las calles durante el invierno, de lo contrario, el patrimonio pasa a manos de la Fundación “Hogar Abierto”, para personas sin techo. Con sólo pensar en el escribano, un flaco miope y con cara de estreñido, te duele el hígado de la rabia. Él se va a encargar que vos cumplas con lo estipulado.  Va a sellar la puerta de tu casa al comienzo del invierno para abrirla con los primeros calores de la primavera, momento en que vos regresarás para disfrutar de la herencia. Eso, siempre y cuando, cumplas a rajatabla con la exigencia que la anciana lunática te impuso. El escribano, ese sujeto rastrero y servil, te permite armar un pequeño equipaje: un sobre de dormir, una frazada, una mochila con ropa, una barra de jabón, una toalla y una navaja. Sin que él se dé cuenta, sacás todo el dinero del cajón de la mesa de luz y lo guardás en el bolsillo.

El escribano ausculta tu cara de infeliz y, haciendo gala de sus nobles sentimientos, te hace una concesión especial: te permite quedarte con Tim en tu estadía a la intemperie. Las primeras noches que pasás bajo las estrellas te sentís fatal. Un miserable. Una basura. Pensás: “Soy un cobarde…tendría que haber renunciado a todo esto…no seguirle el juego a los delirios de una vieja loca…dejar la herencia para los que no tienen más remedio que vivir en la calle…”. Otras veces, la plaga de la codicia carcome tus últimos escrúpulos, especialmente cuando te bajás la botella de ron para soportar el frío y entonces decís: “¡Al diablo con los desposeídos! ¡Son vagabundos a los que no les gusta trabajar! ¡Yo sí trabajé! Desde que era pibe…ayudando a mi padre en la fábrica de pastas… hacía de mandadero, llevaba los pedidos en la bici… ¡Bien merecida tengo la herencia! ¡Y la pienso disfrutar! ¡Bastantes sacrificios estoy haciendo para ganármela! ¡Si hasta mentí en el trabajo! Tuve que hacerlo para pedir la licencia…”Tim te mira con sus ojos color ámbar. Parece que adivinara tus pensamientos Le acariciás el lomo y le arrimás la tapita con leche para que lama. Luego de alimentarse se acurruca dentro del sobre de dormir a resguardo del aire gélido, al igual que vos.  Sentís el frío intenso y te sorprendés de que el animal haya perdido sus costumbres gatunas debido a las bajas temperaturas. Debería estar rondando las azoteas pensás conquistando gatas Él es tu único amigo y compañero de infortunio. Con la gente que vive en la calle no te llevás. Huelen mal. A veces discuten a gritos o se emborrachan. Tienen mal aspecto. Vos lucís igual. Con la barba de varios días, la ropa sucia, el carácter agriado y la mirada desconfiada.  Ellos apenas hablan contigo. Refunfuñan palabras incomprensibles que no lográs entender. Para tu suerte respetan el lugar que elegiste para dormir bajo el gran alero del supermercado.  Hubo una excepción, una vez en que fuiste a un comedor público por un plato caliente, hablaste animadamente con un viejo desdentado y de respiración asmática que te cayó simpático y se mostró amable con Tim.  Cuando volviste otro día, él ya no estaba. Te dijeron que había muerto. No quisiste ir otra vez. Tuviste miedo de volver a encariñarte con alguien, y preferiste la seguridad de la soledad bajo el alero.

La plata se te está acabando así que pensaste en un plan urgente de racionamiento. Menos mal que algunas monedas siempre te dan los clientes del supermercado, y vos ya sos un experto revisando los contenedores de basura y sacando todo lo que puede ser de provecho.

Se te está curtiendo la piel de la cara, creés que te salieron sabañones en los pies.

Ya ni te acordás de cómo es tu cuerpo desnudo, cubierto por capas y capas de ropa. Las veces en que podés bañarte en un refugio, muy de vez en cuando, te restregás la piel tan fuerte hasta casi lastimarla. Querés sacarte el olor a miseria, pero es inútil, lo llevás impregnado en los poros.

En varias oportunidades caminás hasta tu barrio, pasás frente a tu casa. La puerta está tapiada, hay maleza cubriendo el césped del jardín delantero. Te da mucha tristeza y llorás. Sentís miedo de no poder aguantar, de no saber si lograrás pasar el invierno. Querés volver enseguida a tu guarida, a la superficie de vereda que es tu morada actual.

Apurás el paso, y,  de pasada, juntás varios cartones que están recostados contra el contenedor.

Pensás cambiar los que están bajo el sobre de dormir. Esos ya están muy húmedos.

Hacia el final del invierno la temperatura se atenúa. El sol tiene más fuerza en las tardes.

Tim ya no duerme en las noches; te despierta en las mañanas. A veces lo encontrás lamiéndose una herida de batalla. Él, un gato fino y de raza, ha aprendido a batirse con otros vagabundos por el amor de una gata callejera.

Y vos…ya estás en la cuenta regresiva. Lo viste en los afiches del súper. “Ofertas de primavera”.

Y ya no ves el día en que ese escribano lameculos, patético personaje encargado de espiarte, te notifique que el tiempo está cumplido.

 

Mirando este hermoso atardecer aquí en Angras, desde la cubierta de mi velero y en compañía de Tim, mi gato ascendido a contramaestre, no puedo evitar recordar el crudo invierno que pasé en la calle. Hubo momentos en que creí no soportarlo: tanto frío, tanta hambre, tanto olor a viejo y a sucio. Experimenté en mi cuerpo y con todos mis sentidos la miseria de la condición humana… y sobreviví. Elegí vivir en ese estado por una razón egoísta y utilitaria pero el precio que pagué bien, me valió, porque cambió mis creencias acerca de la vida llevándome mucho más allá de mi zona de confort y mostrándome nuevas facetas de mi persona que yo hasta el momento, desconocía.

 

Después del punto final del prólogo que estás escribiendo, cerrás la laptop y tus ojos cansados de tanto mirar la pantalla. Te imaginás entrando en  una la sala repleta de gente a presentar tu libro.  Te parece escuchar la voz de tu tía Felipa, sentenciando desde el más allá:

Ahh… este muchacho… yo bien decía que tenía pasta de escritor… sólo había que proporcionarle el material y darle un empujoncito”

 

Conciencia

Regresaba vacío de Melo ya entrada la noche un martes. Antes de llegar a Treinta y Tres, se desata un temporal de viento y lluvia. Me movía el ómnibus con fuerza. Todos mis sentidos estaban en la carretera. La visibilidad era escasa. Al entrar en una curva, un bulto negro se me cruza en el camino, lo intento esquivar pero, con la punta del paragolpes y el frente, le pego con violencia. No paro. Sigo la marcha pero mi conciencia me decía “pará”. Nadie me vio pensé en ese momento pero, por dentro, algo me empujaba a seguir.

Transcurridos unos kilómetros, mi yo interior me hizo detener. Las piernas me temblaban. Bajo del ómnibus y encuentro un abollón y salpicaduras de sangre. Me subo otra vez. No sabía qué hacer. Después de unos minutos, arranco. Esos trecientos kilómetros hasta llegar a Montevideo fueron interminables. Cuando llego  en la madrugada, me acuesto pero mi conciencia no me dejaba dormir, mi mente martillaba, “tenías que haber parado, tenía que haber parado, por qué no miré lo que había atropellado, era sangre eso, qué hice, ¿cómo pude hacer eso?

En la mañana, prendí la radio para escuchar los informativos y ninguna noticia de accidentes. Más tarde, compré el diario, tampoco había noticia alguna.

Los días siguientes, algunas noches, sentía el golpe y me despertaba sobresaltado.

Tenía que terminar con esa pesadilla. Llamé a la caminera para saber de algún accidente en la ruta 8 el martes pasado y me dijeron que no había ningún reporte ese día.

Pasó mucho tiempo de eso pero, hoy, todavía, sigo despertándome con pesadillas de aquella noche.

Desde ese día, siempre que tomo una decisión, le doy más importancia a mi conciencia. Esa es la única manera de tener una vida tranquila. Escuchar mi interior sabiendo lo que está bien y lo que está mal.

Espiral ascendente

La bisabuela esperó

a un héroe olvidado,

herido en el campo de batalla,

fantasma estancado en el lodo del patriotismo.

Manco, ciego y sordo a los quejidos de hambre de sus hijos.

Lloró en silencio su muerte, congraciándose con la  pena

quien la desveló  una noche  y le regaló el abrigo

del tupido poncho  del despecho.

Sus lágrimas mudas sobre la tumba

levantaron vuelo como semilla de cardo

que se esparció  sobre el pasto verde

donde brincaban con alegría las ilusiones

de

sus descendientes.

 

 

La abuela amó

sumisa y complaciente.

Dejó extinguir las brasas de sus propios sueños.

Cosió botones,

preparó la cena.

Esperó con paciencia

el regreso del hombre de su faena.

Engendró hijos  entre el vaho del alcohol y el tabaco.

Parió con dolor apretando los dientes

para no ofender los designios de su Dios.

Y se rindió al destino, mansamente.

 

 

 

La madre guardó las apariencias

como una máscara  estéril adherida a su piel.

Aún  maniatada  por el recato  y las buenas costumbres

sintió hervir,  en el caldero de sus instintos

su inefable naturaleza.

 

Lucha desigual

Oposición abrumadora

Loba bajo la piel de madre y esposa.

Beligerancia contenida

que estalló  en furia

cual bengala incandescente

iluminando  el pasadizo oscuro

de las tradiciones,  ante los ojos

recién abiertos de sus críos.

 

La hija  reconoció la voz de la loba.

Un suave  aullido, cada tanto,

…llegaba hasta sus

oídos

en el trajinar cotidiano.

 

 

 

La hermosa bestia

quería salir a la luz del día,

radiante  y briosa hembra…

cansada de clamar bajo la claridad lunar.

La hija honró a  esas  otras

procreadoras de su mismo linaje,

a quienes la loba había abierto sus fauces…

pero por  miedo,

por falta de coraje,

por amor malentendido

por protocolo

por supervivencia

o tantas  otras trabas impuestas, no habían tomado el propio  machete

para  internarse en  la selva inexplorada.

Se vistió con sus ropas de amazona

y siguió la dirección de la voz…

El aullido melodioso y apremiante

que la condujo  al  paraje verde, húmedo y fértil

que habita en el interior de sí misma.

A las cinco de la tarde

A las cinco de la tarde.

Eran las cinco de la tarde. (…)

El viento se llevó los algodones

a las cinco de la tarde.

Y el oxido sembró cristal y niquel

a las cinco de la tarde.

Un periodista recitaba a García Lorca  por la Radio.

La consigna corrió por todas partes, por los corredores y salones de liceos, por las facultades y los jardines, por las oficinas, por las plazas, por las fábricas, los barrios, todos lo supimos.

Avda 18 de Julio y Río Negro, a las cinco de la tarde.

Habían pasado doce días escasos del golpe de estado y la disolución de las cámaras.

El país estaba paralizado. La huelga general bullía en las fábricas, en los sindicatos, en las calles, en las familias.

A las cinco de la tarde

comenzaron los sones de bordón

a las cinco de la tarde.

Las campanas de arsénico y el humo

a las cinco de la tarde (…)

cuando la plaza se cubrió de yodo

a las cinco de la tarde.

Allí estábamos, eramos cuatro amigos, caminábamos, muy abrigados, era un nueve de julio a las cinco de la tarde. Caminábamos sin rumbo pero seguros, la gente aparecía por todas las esquinas, parecían ratas moviéndose en un basural o cucarachas que deambulan medio ciegas, cuando se enciende la luz, en un lugar húmedo y cerrado. Surgían de todas partes, de los comercios, de las galerías, de los edificios. Todos caminábamos, parecíamos, lunáticos, sin destino, pero era otra cosa, se oían murmullos, algunos miraban insistentemente su reloj pulsera.

Había mucha gente, de todas las edades, todos pensativos, preocupados, contenidos, rabiosos.

Alas cinco de a tarde

En las esquinas grupos de silencio

a las cinco de la tarde.

¡Y el toro solo corazón arriba!

A las cinco de la tarde.

Cuando el sudor de nieve fue llegando

a las cinco de la tarde.

En punto se empezó a escuchar un murmullo bajo pero persistente, de muchos, de todos, que fue subiendo por la Avenida desde la Plaza Independencia hacia la Plaza Libertad, se fue haciendo eco, se fue sumando y a las cinco en punto todos bajamos las veredas e invadimos la calle, los pocos vehículos que todavía andaban dando vueltas despistados, tuvieron que corerrse o huir.

Eran las cinco de la tarde.

Se fue escuchando el hinmo en una sola voz que eramos todos, se fue imponiendo en las voces de cada uno, una sola voz. Dimos casi al unísono,  vuelta la cara hacia la Plaza Libertad. Estábamos pegados unos a otros, sonrientes, valientes, ingenuos, descuidados, urgidos por expresarnos, seguros, arriesgados, soberbios, insolentes, irreverentes.

El toro ya mugía por su frente

a las cinco de la tarde.

El cuarto se irisaba de agonía

a las cinco de la tarde.

A lo lejos ya viene la gangrena

a las cinco de la tarde.

Y al grito de “tiranos temblad” todos fuimos uno. Sólo se veían brazos izquierdos con el puño cerrado,  levantados a la vez, a ese grito que repetimos, creyéndonos invictos, indomables, intocables, indestructibles, dispuestos a todo.

Mas no pudimos seguir adelante. El enemigo se nos vino encima, estaban asustados.

“Una terrible asonada” gritaban ellos despavoridos, sus botas golpeaban los adoquines.

Camiones, “roperos” “chanchitas”, caballos,  lanzaaguas lo invadieron todo. Salieron de debajo de las piedras y se nos vinieron encima.

Pero nosotros ya habíamos crecido y habíamos formado una masa humana compacta con la que los esperamos y enfrentamos.

Se nos vivieron encima sin piedad. Y nos aplastaron. El agua nos empapó, los gases lacrimógenos nos dejaron ciegos por un momento y también nos ahogamos, corrimos desesperadamente, llovieron los palos, las balas, los gritos.

La muerte puso huevos en la herida

a las cinco de la tarde (…)

Un ataúd con ruedas es la cama

a las cinco de la tarde

huesos y flautas suenan en su oído

a las cinco de la tarde.

El toro ya mugía por su frente

a las cinco de la tarde.

 Supieron y pudieron desarmar aquello. Supieron y pudieron ponernos la bota encima. Cada uno de nosotros se salvó o no, como pudo.

La avenida se transformó en silencio, humo y desolación. Ya nada quedaba, solo charcos de agua, pañuelos, papeles, zapatos tirados por aquí y allá, humo, dolor, mucho dolor y un silencio sepulcral de pánico y miedo.

A las pocas horas todos queríamos saber de todos. Fueron llegando las noticias como pudieron, se habló de muertos, de presos, de desaparecidos, nunca supimos en realidad el resultado concreto de todo aquello.

Las heridas quemaban como soles

a las cinco de la tarde.

A las cinco de la tarde.

¡Ay, qué terribles cinco de la tarde!

¡Eran las cinco en todos los relojes!

¡Eran las cinco en sombra de la tarde!

Pero crecimos. No volvimos a juntarnos asi por muchos años. En principio el miedo nos paralizó y aisló pero supimos vencerlos. Supimos crecer, reunirnos, compartimentarnos, resistir, resistir hasta que logramos destruirlos, que se fueran, que pagaran todas sus deudas, que no volvieran nunca  más.

“Crece desde el pie la semana

crece desde el pie

no hay revoluciones tempranas

crecen desde el pie.

 Crece desde el pueblo el futuro

crece desde el pie,

ánima del rumbo seguro

crece desde el pie.”  (Alfredo Zitarrosa)

Hoy, después de cuarenta años, ya no nos pondrán la bota encima,  hemos crecido, nuestro pueblo ha crecido, se ha formado políticamente, nuestra  conciencia y nuestra postura no  ha de permitir jamás que entre los hombres  exista el avasallamiento, el rigor, la injusticia, la falta de expresión libre de las ideas, la desigualdad, el odio entre los hombres por diferencias ideológicas.

Es inconcebible imaginar que vuelvan a pasar estas cosas.

 

El mar, mi karma

Me he sentido siempre muy atraído por el mar. Desde niño me atrajo esa sensación de grandeza, misterio y poder superior.

Siempre me he acercado con respeto, lo miro y su poder me seduce y me lleva a tiempos pasados.

Sí, seguro que fui navegante en otra vida y me introduje en sus aguas buscando más allá de lo desconocido, pero ahora trato de evitarlo, le tengo miedo.

De niño solía soñar que el mar me atrapaba. Yo entraba a bañarme y él me llevaba lejos, muy lejos, yo veía el atardecer y la playa desde el agua y no podía volver, intentaba hacer señas para que me vinieran a buscar mas todo era en vano. Se hacía la noche y yo cada vez me alejaba más de la costa, hasta que no hacía pie y me desesperaba. Intentaba llorar y las lágrimas se mezclaban con el agua salada. Mis gritos no me salían de la garganta, hacía una fuerza enorme para no hundirme. Entonces, me despertaba sentado en la cama, tranquilizado por mi madre que luchaba conmigo para despertarme. Al hacerlo me encontraba también bañado en lágrimas. Su paz y su camisón me envolvían como un manto celeste, sin fronteras. En ese momento, me sentía capaz de todo, hasta de volver a ser parte de ese mar que me atrapaba y a la vez me expulsaba. Lo quería, lo deseaba y, a su vez, le temía.

De niño me llevaban a veranear a la costa. Mi padre nos hacía historias de pescadores solitarios que se perdían en canoas pescadoras y nunca volvían a la orilla.

Hoy de grande, trabajé e hice enormes sacrificios para venirme a vivir frente al mar.

Ahora, en las noches de invierno, cuando las tormentas arrecian y las olas llegan a mi puerta, sé que algún día recobraré aquel sueño y que mi destino se ha de cumplir. Muchas veces lo he intentado pero sin animarme a pasar de la orilla.

Estoy convencido que pronto me adentraré en esa inmensidad que me llama. Siento su grito doloroso  por las noches sin luna, cuando duermo en el altillo. Al mirar por la ventana, la veo a ella, la diosa del mar que me llama, que me suplica que me vaya con ella, que la acompañe en las aventuras del horizonte incierto. Estoy seguro que el manto de su traje me envolverá y acunará para que ya no tenga miedo y mi destino se cumpla, revirtiendo finalmente el sueño angustiante de niño.

Otros mundos me esperan para transitar.

Podré entonces superar el respeto que le tenía al agua siendo el niño que acunaba mi madre.

Siendo el hombre que dejará de vivir esta vida sólo para hacerse  cargo de su karma, de su destino en el agua.

Esos mundos que me esperan, serán mis otras vidas, seguramente distintas a ésta que me ha impedido ser feliz.

De la fuente al escritor

El escritor ama escribir. Sin embargo a la hora de crear queda paralizado frente al blanco infinito de la hoja. La conducta es determinante. Toma el cuaderno, el lápiz. Todo está en su cabeza pronto para salir a plasmarse en la página. La hoja vacía lo intimida, lo asusta. Cierra bruscamente el cuaderno y arroja el lápiz al aire. Se enoja consigo mismo. El silencio del cuarto se hace cada vez más ruidoso. Puede escuchar su enojo interno. Las malas palabras brotan dentro de sus oídos.

El escritor sale a caminar por el jardín. Toma una gran bocanada de aire. La tarde está tibia. Las azucenas abrieron sus pétalos a la sombra del viejo ceibal. El perfume empalagoso de las flores invade sus cinco sentidos. Se mantiene erguido frente al viento que le sopla en la cara. Sonríe enojado. Sus canas se despeinan en ondas desenfadadas. Su mirada clavada en el rio que acuna la vasta serranía.

El escritor vuelve al cuarto determinado a escribir. Espera que el paseo haya refrescado sus ideas. Con sus brazos empuja el escritorio hacia la ventana. Quiere seguir disfrutando esa tarde de enero en su casa de campo. Busca el lápiz que arrojó al piso anteriormente. Lo encuentra en un rincón quietito. Vuelve a su mesa de trabajo. Su mano ávida comienza a maniobrar el lápiz que escribe velozmente  en las hojas, una aventura, paisajes extraordinarios y personajes estrafalarios. Una reina vestida de azucena seguida por el gran ejército ceibal, vestido todos de rojo. La reina se enamora de él, un guerrero confundido y enojado. Lo invita a caminar a orillas del río plateado. Le muestra los árboles, le hace oler  las flores. Ella le habla. Le adula sus ondas y sus canas. Le pide que le escriba un poema de amor. Las páginas se llenan una tras otra.

El escritor sonríe satisfecho. Ha terminado su obra. Mientras autografía la primera página de su novela y saluda a todos con extrema gratitud, la reina de su cuento vestida de azucena lo saluda desde la ventana.

Justicia por mano propia

Mi ansia se debatía entre el ser y el no ser. Entre lo que quería y lo que debía. Entre la civilización y la barbarie. Y, en mi interior, venía ganando esto último. La violencia. Contenida a duras penas pero violencia extrema. Deseos de gritar, de golpear…

─No podemos permitir esos exabruptos, “la distancia que existe entre los sueños y la realidad es la disciplina” y nuestra obligación es bregar por la más absoluta disciplina en la estructura…

Cuando terminó de hablar lo miré de soslayo. Como midiéndolo para darle un golpe certero. Un golpe que lo hiciera desaparecer. No lo aguantaba más.

Yo sabía que la suerte de Mario, el entrenador, estaba echada. Durante el partido del fin de semana pasado, cometió un error. Le protestó con vehemencia al árbitro ante una situación que le pareció injusta. Tenía razón en protestar, pero aún así, el juez lo expulsó de la cancha.

Mario es uno de los técnicos de baby-handball  más capaces del medio. Se destaca por el entusiasmo que genera en los niños. Es un tipo especial, talentoso y logra excelentes resultados trabajando.

Ahora, como delegado de mi club en la reunión semanal de la liga, yo estaba obligado a presenciar la perorata de quienes ostentan el poder de decisión. Por un lado dicen obrar en aras del bien común de la actividad deportiva infantil y al mismo tiempo son parte de una especie de cofradía en la que por sobre todas las cosas cuidan mutuamente sus espaldas. Tratan de mantener el “status quo” a como de lugar y evitan que cualquier individuo, como Mario en este caso, pueda destacarse por encima de ellos.

─Entonces, es como yo siempre digo. Para que un cuerpo funcione su cabeza debe estar sana. Y nuestra organización es el cuerpo y la cabeza somos nosotros, los dirigentes. Los elegidos para conducir los destinos de esta actividad y nos han puesto aquí para que tomemos las decisiones adecuadas.

¿Cómo se hace cuando nos enfrentamos al discurso hipócrita y falso? Todos los que estábamos en esa reunión sabíamos que lo que estaba diciendo era mentira. Absoluta mentira. Y también era falso lo que agregó la mujer que habló después.

─Lo que dice el compañero es muy cierto. Grande es la responsabilidad que recae sobre cada una de nuestras decisiones. No nos olvidemos que estamos aquí honorariamente, no nos pagan por esto. Nada más puro que el trabajo surgido de lo más profundo de la convicción. Y es eso lo que nos impulsa, la certeza de que estamos haciendo lo correcto para los demás…

Yo sentía retorcijones en el estómago. Verdaderos calambres que se alojaban en mi intestino y hacían con ellos a su antojo. En que no podía soportar tanta mentira delante de nuestras propias narices.  Era la tesorera y todos sabíamos lo que hacía con el manejo del dinero.

─Efectivamente tesorera – agregó el secretario – en cada paso que damos, en cada decisión que tomamos debemos tener presente que no estamos solos. Que hay familias y niños que esperan por nuestro juicio. ¡Y sueños!  ¡Esperanza! Abrigados por esas madres y padres humildes que llevan a sus hijos a nuestras instituciones con la ilusión de algún día verlos triunfar.

El secretario interrumpió su locución para tomarse un trago de whisky intentando esconder la emoción que lo había embargado al oír sus propias palabras. Se emocionaba de sí mismo. Aunque ya estaba emocionado desde temprano, antes que comenzara la reunión porque había cobrado los viáticos de la concurrencia al congreso regional realizado en la capital. Viaje, hotel y estadía durante una semana, todo pago con la recaudación de las entradas a las canchitas y con la venta de torta fritas de la comisión de padres colaboradores.

Ahí fue cuando perdí el control. Cuando vi la lágrima del secretario correr por su mejilla fofa.  Y caer sobre el formulario de penas en el que había estampado la firma. El mismo papel que anunciaba la suspensión a Mario por medio campeonato.

Entonces me paré. Interrumpí el discurso emocionado del secretario. Le saqué el vaso de whisky y lo tiré contra la pared. Y empecé a gritar. Les dije mentirosos. Falsos. Mediocres. Les recordé que apenas eran dirigentes de una liga de hándbol infantil. Que había llegado la hora que se terminaran sus privilegios. Que era vergonzoso lo que estaban haciendo. Y que yo mismo me iba a encargar de denunciarlos.

Todos ellos, presidente, secretario y delegados, se pegaron un susto de padre y señor mío. Yo les veía la cara y estaban blancos como un papel. Y esa imagen más alimentaba mi rabia. Porque además de embusteros y mentirosos eran cobardes. Y yo más me enojaba y más gritaba. Había perdido el control. Y, en eso que había tomado una silla con mis manos para destrozarla en medio de la mesa, llegó la policía.

La tesorera, hábil y calculadora, la había llamado desde su celular.

Y es por eso que estoy preso. Procesado por disturbios e intento de justicia por mano propia. “Un ejemplo lamentable para quienes participan de la actividad deportiva infantil”.

Los championes del 30

Cuenta la historia que, allá por 1930, se jugó la primera final de un campeonato mundial de fútbol. Fue en Montevideo y la ganó Uruguay. Cuenta la historia que, como parte de los festejos, los jugadores uruguayos enterraron un cofre en la misma cancha donde se ganaron la gloria para la eternidad.

Años después, muchos años después de aquel campeonato, la administración del campo de juego decidió cambiar el césped de la cancha de fútbol. Cuenta la historia que alguien recordó aquel cofre enterrado. Los jugadores, todos fallecidos, habían guardado siempre el secreto del lugar donde fue enterrado y del contenido del mismo.

Convocar a buscar el cofre en el mítico campo de juego del viejo estadio. Parecía una aventura fabulosa. Todos los condimentos estaban presentes. De paso, se ahorraban un montón de dinero al remover totalmente la tierra y, al mismo tiempo, le daban un efecto de publicidad que bien vendría a las arcas del alicaído futbol.

Toda la cancha, incluido el perímetro mismo, podía ser objeto de la búsqueda. El día elegido coincidió con la fecha de la final de 1930, un 30 de julio, más que nada para conseguir un efecto simbólico al encontrar, muchos años después, “El Cofre de los Campeones”, como así lo comenzó a llamar la prensa.

A la mañana temprano, se abrieron las puertas del Estadio. Una gran cantidad de gente esperaba ansiosa. Solo estaba permitido una pala chica de mano por persona.

Iba a ser una jornada larga e intensa.

Cuenta la historia que algunos se cansaron muy pronto, quizás porque pensaron que no valía la pena. Algunos encontraron monedas y hasta alguna cadena con medalla y se dieron por conformes; algunos se los veía trabajar duro, se notaba que disfrutaban del esfuerzo; otros se quedaban mirando el barro y se descorazonaban con facilidad. Otros abandonaban enojados la búsqueda, quizás porque no esperaban tantas dificultades; otros se reían y miraban como los demás trabajaban ansiosos. Eran mujeres, hombres y hasta niños que se mostraban como eran. Había fracasados, ansiosos, violentos, exitosos, presumidos, orgullosos, neuróticos, y otros tantos personajes del circo humano.

Las tribunas estaban repletas de gente como si se tratase de otra final. Vitoreaban a los persistentes, a los entusiastas y abucheaban a los confundidos, a los perdidos, todos tenían hinchada propia. En fin, cuenta la historia que aquel día los uruguayos pudieron mirarse a sí mismos.

Los que estaban afuera, los que no participaban, exigían el triunfo, éxito, había que encontrar el Cofre de los Campeones, no estaban permitidas excusas, ahí estaba y había que encontrarlo. Era una cuestión de orgullo nacional.

Los periodistas que cubrían el evento opinaban que era imposible, o muy difícil, o que la gente no sabía buscar, que equivocaban la estrategia, que había que haber dejado todo como estaba, que era una maniobra del gobierno para distraer la atención, que era la más brillante idea de un gobierno extraordinario, es decir lo de siempre.

Cuenta la historia que, después de horas y con la cancha llena de pozos y más parecida a un campo de batalla que a una cancha de fútbol o tal vez al revés, un hombre levantó sus brazos al cielo. Y todos llevaron su mirada hacia él. Cuentan los que estuvieron que, por un instante, el silencio fue supremo, tal vez emulando lo que sucedió ante un gol rival en aquella histórica final.

Los diarios contaron después que el afortunado se llamaba José Varela y que, luego de hacer varios boquetes en la tierra, paró, reflexionó un momento y se preguntó

 

¿Dónde dejarían aquellos eximíos jugadores el cofre? Seguramente tendría que ser el Capitán del equipo quien decidiera. José Nazassi el viejo líder de aquel glorioso equipo jugaba de defensa por la derecha, o como se decía en su época back derecho. Y allí fui a buscar, donde él se paraba y ordenaba el juego de los uruguayos. Y allí lo encontré.

 

Cuentan los diarios que el cofre contenía un par de zapatillas de marca Champion, que luego marcaría para siempre con el nombre championes a las zapatillas deportivas en Uruguay. También se encontró la camiseta que el capitán del equipo uso en la final, una fotografía del plantel con Carlos Gardel con la camiseta del clásico rival y un sobre que contenía un papel con tres palabras: Confianza – Compromiso – Coraje.

 

Así, aquellos “championes” del 30 nos legaron la base de lo que se conoció desde siempre como “la garra charrúa”.

Hoy, en el Museo del Fútbol, justamente en el mismo Estadio Centenario, se pueden ver los Championes, la Camiseta de Nazassi y el viejo cofre.

Pero no se encuentra en ningún lado ni la fotografía de los campeones con el Zorzal Criollo, ni aquel sobre con las tres palabras mágicas, quizás por que hoy la magia tiene otro marketing y otros auspiciantes.