Los tres cerditos remixado

Había una vez tres alegres cerditos. Se llamaban Pif, Paf y Puf. Un buen día, hartos de vivir con sus padres, decidieron abandonar la granja y construirse una casa para cada uno donde poder ser libres y juntarse con sus amigos cuando quisieran.
Pif, que siempre fue el más vago de los tres, no llegó a ahorrar demasiado. Con lo que había juntado, pudo terminarse una hermosa pero humilde casita de paja… Pero entre su vagancia y los gastos mensuales, rápidamente, su sueño se le cayó de un soplido, porque en breve se dio cuenta que esto de vivir solo y de fiesta en fiesta, era demasiado costoso.
Entonces, comenzó a pensar en ir a pedirle ayuda a Paf que, por haber sido más astuto y haber conseguido un par de trabajos interesantes, había llegado a construirse una cabañita de madera, bastante linda, con mucha buena onda, al estilo de las que se ven en el sur.
Pero no podía caer así nomás y pedirle hospedaje, tenía que pensar en algo que fuera más enternecedor. En alguna excusa por la que a Paf le dieran ganas de ayudarlo. Entonces, se le ocurrió la historia del lobo, que se lo quiso comer y todo eso. Esa que todos conocemos y que siempre nos pareció bastante absurda. Pero, si algo caracterizaba a Paf, era su amorosa ingenuidad, así que se lo creyó enseguida. Vivieron un tiempo juntos, pero no hicieron falta demasiados meses para que Pif con sus estúpidos negociados y sus ganas de divertirse conjugados con la ingenuidad de Paf terminaran en una autodeclaración de quiebra que los obligó a vender la cabaña de madera para pagar sus deudas.
Así fue que se quedaron en la calle y no tenían más remedio que ir a pedirle refugio a Puf. La verdad es que esto los mataba de miedo, porque Puf se había hecho entre los tres la fama de ser el más rígido, el más severo. Y no les resultaba nada fácil pensar cómo convencerlo. Temían que Puf los sacara a patadas. Pero no encontraron otra opción, pensaron durante días qué excusa usar para explicarles su situación hasta que decidieron seguir con las historia del lobo y ver cómo les resultaba, puesto que esta modalidad de robo estaba de moda por aquellos tiempos.
Así fue que, con una mano atrás y otra adelante, rumbearon para lo de Puf.

Puf, con su fama de estructurado, sí se levantaba temprano y salía a trabajar desde que, previamente, había terminado sus estudios hacía ya varios años. Por eso, logró ahorrar durante todo ese tiempo y llegó a construirse una hermosa casa de ladrillos. A pesar de las cargadas de sus hermanos, que era demasiado responsable, que nunca salía a divertirse, que siempre se la pasaba estudiando, Puf siguió adelante con sus objetivos y, ahora, estaba orgulloso de sus logros.
Cuando los otros dos le cayeron con el cuento del lobo por supuesto que Puf no se lo creyó. No crean que no tuvo ganas de echarlos a patadas por irresponsables y mentirosos. Además, sus hermanos, muchas veces, eran para él cómo un lastre, los había tenido que salvar de unas cuantas macanas y encima se burlaban de él, pero no podía evitar quererlos. Por eso, decidió dejarlos vivir allí por un tiempo, solo con la condición de que atraparan al lobo cuando este viniera a buscarlos y se lo llevaran vivo para comprobar la verosimilitud de su relato.
Pif y Paf anduvieron durante días muy afligidos y sintiéndose apenas culpables por la mentira, no demasiado avergonzados y súper ansiosos por el desafío.
No paraban de elucubrar cómo hacer para cazar un lobo sin matarlo para poder traérselo a Puf y obtener su recompensa: quedarse a vivir con él.
Puf los veía cuchichear por los rincones y se moría de risa por dentro, pero todos los días les preguntaba con tono parco y gesto austero,

─¿Y? ¿ya cumplieron el objetivo?

Pif y Paf temblaban al escucharlo y seguían pensando cómo hacer para conseguir aunque sea un lobo muerto, después se le ocurriría alguna excusa.
Finalmente, decidieron inventar una visita a sus padres y salieron a cazar. Lo más grande y peludo que consiguieron fue una liebre. Y pensaron no importa, puede servirnos. Entonces decidieron poner a calentar en la chimenea una gran cazuela con agua hirviendo y hacerle creer a Puf que el lobo, intentando entrar, se había caído dentro y que ellos lo cazaron, con gran valentía lo despellejaron y decidieron esperarlo con un riquísimo guiso de lobo para festejar la victoria.
Puf, que por supuesto tampoco les creyó en absoluto, frunció el ceño, los miró por arriba de sus anteojos y, mientras los otros no podían disimular su temblor, llevándose la cuchara a la boca exclamó,
─ ¡Mmmm… muy rico este guiso de lobo! Se parece mucha a las milanesas de carne que preparaba la abuela cuando quería que comiéramos mondongo.
Los tres se rieron a carcajadas en una bocanada de complicidad que invadió el ambiente y vivieron juntos y felices para siempre.

Último hechizo

El más reconocido y hermoso palacio del Reino brillaba bajo los primeros rayos de sol de primavera. El crudo invierno ya había pasado y el valle, paulatinamente, se iba cubriendo de flores. El poblado estaba bullicioso, el próximo sábado sería “El Gran Baile” donde el príncipe elegiría a su futura esposa entre las doncellas presentes. Familias de la más rancia alcurnia de reinos vecinos y lejanos enviarían a comitivas completas con sus más bellas damas para conseguir tan alto honor.
En la mansión de Cenicienta, la madrastra y sus poco agraciadas hijas andaban revolucionadas intentando conseguir los mejores atuendos. Se torturaban con las dietas más estrafalarias para lograr una figura grácil y esbelta en pocos días y se daban, además, prolongados baños de inmersión con cremas exóticas y perfumes refinados para suavizar y blanquear la piel.
Mientras tanto, la joven más dotada y merecedora de tan digna oportunidad estaba fregando la chimenea, cubierta de hollín de pies a cabeza. Sus amigos, los pajaritos y ratones, insistían en que debía terminar de acondicionar el único traje de su madre que había podido atesorar para, de esa manera, poder asistir a “El Gran Baile”.
Entre idas y venidas llegó el día tan esperado. Poco y nada de tiempo le habían dejado a la desdichada Cenicienta para poder prepararse, pues, su madrastra no tenía la menor intención de permitirle acudir a tan magnífico y promisorio evento.
Una vez se hubieron marchado la madre y sus hijas con todas las luces que pudieron lograr, Cenicienta corrió a lo más alto de la torre a darse maña para ir a la Fiesta. Por más que intentó mil formas posibles para embellecerse, no pudo. Que el vestido le llovía, que el cabello le caía seco y opaco… Entonces, mirándose por última vez en el espejo, desistió y se tiró a llorar en un sombrío rincón.
De pronto, algo extraño se produjo: todo se iluminó y un hada simpática y regordeta apareció flotando junto a la joven.
– Vamos Cenicienta. No pierdas tiempo que el Baile está por comenzar.
– Yo no iré. No tengo cómo ni con qué.
– Para qué estoy aquí, niña. Soy tu hada madrina.
– Si eres mi hada madrina, a buena hora has aparecido. Llevo años limpiando la mugre de esta casa y tú podrías haber hecho algo para impedirlo.
– He estado sumamente ocupada. No eres mi única ahijada: Raspunzel, la de la trenza; la otra que durmió por cien años; la de los siete enanos… -el hada iba contando con los dedos mientras miraba hacia arriba tratando de recordar.
– ¡Claro! –los ratoncitos que se habían amontonado en su regazo en un intento por consolarla, salieron volando por los aires cuando Cenicienta pegó un salto y, furiosa, se plantó delante del hada. Y en tanto yo ¿qué? ¿eh?
– Mira, pequeña –dijo en un tono conciliador su madrina– no nos alteremos y dejá que te haga un hechizo y te prepare para el Baile.
– No quiero. Lo tuyo es puro interés. Por algo has venido ahora y no antes.
Una lechuza apareció volando desde lo más oscuro de la noche y se paró en el alféizar de la ventana. Sus ojos amarillos y deslumbrantes se posaron en el hada como esperando una respuesta.
– Es cierto, no puedo engañarte –dijo bajando la vista-. Necesito de un último hechizo para jubilarme. Estoy cansada de tanta fantasía, de tanta magia efímera y …
– ¡Ya lo suponía yo! Quieres utilizarme para tu propio beneficio.
Unos cuervos que pasaban volando se acercaron a las ventanas a escuchar la discusión.
– Será solo un rato. Tú te vas preciosa como una guapa doncella… bailas con el príncipe… y a las doce en punto te pegas la vuelta y aquí no ha pasado nada…
– Claro, y con el hechizo hecho, ¡tú te vas de vacaciones!
Y así siguieron discutiendo hasta que el viejo reloj comenzó a dar sus campanadas y unos cuantos murciélagos que dormitaban colgados del techo salieron volando hacia el palacio.

Enhebrada

“No pretendas que las cosas ocurran como tú quieres. Desea, más bien, que se produzcan tal como se producen, y serás feliz…” Epicteto

Darse cuenta del pequeño enganche que hay en el borde del vestido que una ha elegido especialmente para una cita, después de dos años de estar divorciada, no es una experiencia que desee para nadie. Especialmente, si una está maquillada, perfumada, vestida con la ropa interior cuidadosamente seleccionada para la ocasión y si solo restan apenas unos minutos para salir.
Taconeando con las sandalias Stiletto a punto de estrenar, te diriges haciendo equilibrio hacia el cajón del tocador. Buscas el pequeño costurero y extraes la aguja. Entre quejas y protestas, revisas los carretes de hilo para hallar aquel de color parecido al salmón del vestido.
“Si te desesperas porque no encuentras una salida, recuerda aquellas ocasiones en que fuiste iluminada por la solución” rememoras las palabras que te decía tu abuela cuando de pequeña te enojabas. Como por arte de magia, vislumbras en el fondo del costurero el hilo color melón intenso que usaste para coser el pareo en el verano pasado. De noche, todos los gatos son pardos, éste servirá, te consuelas.
No encuentras el enhebrador y como no quieres perder tiempo, te empeñas atentamente en pasar el hilo a través de la aguja. Tarea difícil. A pesar de que no tienes problemas visuales, entrecierras los ojos para enfocar a la escurridiza punta que se niega terminantemente a pasar por la ranura.
“Cuanto más paciencia pierdas, menos habilidad tendrás” te resuena el dicho de la maestra de primer año que se paraba a tu lado para corregirte, mientras tú llenabas planas con tu letra de principiante.
Respiras hondo y cuentas mentalmente hasta diez mientras mojas con saliva la maldita punta para tensarla; tampoco da resultado. ¡La pucha! ¡No voy a llegar!
Suena tu celular y contestas acalorada por la bronca. Es tu amiga, que llama para desearte la mejor de la suerte en tu cita.
-Holaaa, Y.. ¿ya estás pronta? ¿A qué hora quedaste en encontrarte?
– ¡No puedo atenderte! ¡Se me enganchó el vestido y hace horasque estoy intentando enhebrar una porquería de aguja!
– ¡No seas boluda! ¡Llevá otro vestido! ¿No ves que llegás tarde?
Todos quieren opinar, pero nadie se pone en los zapatos del otro murmuras con resentimiento y dejas el móvil en la cómoda para continuar con la tarea.
Vuelves a mojar la punta del hilo y lo torneas para que pase mejor por el ojo de la aguja. Nada.
Apenas asoma del otro lado. Mínimamente. Intentas tironear del diminuto pedazo de hilo como lo haces con un pelito de la ceja. ¡Catástrofe! Cae la aguja al suelo, el hilo queda adherido a la lycra de tu sostén. Lo tomas con un movimiento de pinza para no perderlo, te agachas y tanteas en el piso hasta dar con la aguja. Te pinchas. Lanzas al aire otro insulto y chupas el puntito de sangre que asoma en la yema de tu dedo. Tu mente se niega a reconocer que una simple aguja y un hilo superen su pericia, entonces divaga. Visualizasen el dormitorio de tu hijo, el enorme poster de Mike Jordan que luce la frase: “puedo aceptar el fracaso, pero no puedo aceptar no tratar”. Inspirada por el espíritu del deportista, decides hacer un último intento y prendes la lámpara que está sobre la mesa de noche. Bajo su luz, observas como el hilo se doblega ante el ojo intimidante de la aguja. No te acobardas y corres a buscar la tijera para cortar la punta. Luego intentas tensar el hilo haciendo un torniquete. Nada resulta. Pinchas con furia la aguja en la almohadilla, arrojas el hilo al suelo. Abatida te sientas sobre la cama. Lloras. Te compadeces. Te lo imaginas a él sentado a la mesa del restaurante mirando con insistencia la hora. Decides llamarlo. Mientras buscas su número en la agenda, Einstein, tu gato, al verte triste, ronronea entre tus pies. Se te antoja una frase del afamado físico: “una vez aceptemos nuestras limitaciones, iremos más allá de ellas.” “Bichito lindo” le dices al minino mientras lo mimas con una mano y con la otrasostienes el celular entre tu hombro y la oreja. “Tuve un contratiempo, después te explico. En quince minutos estoy ahí…” le prometes a él y corres al espejo a retocarte el maquillaje. Tomas el vestido salmón de la percha y te lo ciñes a tu cuerpo. El enganche no salta a la vista. Mientras conduces hasta el restaurante te sientes feliz, como una chiquilina enamorada. Evocas la época de tus primeros amores, los años de estudiante en que devorabas las novelas de Françoise Sagan para luego discutir con tus amigas feministas. Te ríes para tus adentros. Si la escritora viviera, se reiría también de tu empeño por coser el vestido y te aconsejaría como una buena amiga: “Un vestido carece totalmente de sentido, salvo el de inspirar a los hombres el deseo de quitártelo.”

Swicht

El Presidente habló sólo quince minutos en el balance mensual de su gestión. No hizo falta llegar al final del discurso, la gente se abalanzó a las calles en señal de apoyo con algarabía.
Los periódicos titulaban con alientos pomposos la gestión del partido gobernante hacía ya veintidós años consecutivos. Y remarcaban la insólita cifra de 95% de apoyo en las encuestas.
Pero al Presidente le preocupaba ese cinco por ciento disconforme.
-¿Cómo puede ser que tengamos gente que discrepa con nosotros? Explíqueme ─dirigiéndose al Ministro de Bienestar Social.
– Sr. Presidente tiene que admitir que hemos reducido en un uno por ciento esa cifra desde la última encuesta hace ya un mes.
– Sí, tiene razón pero no hay justificación para esa cifra de oposición, menos aún después de los últimos ajustes al programa de convencimiento social que tanto bien nos ha hecho.

El Dispositivo de Convencimiento Social, conocido en la jerga política como el DCSo, había sido creado por el famoso Adolf Kross hacía ya unos treinta años. Preocupado por la escalada de protestas, acciones sociales y gremiales, Kross diseñó un sistema que incidía directamente en la percepción de la realidad que tiene la gente. Utilizando un spray de partículas minúsculas que se esparce por el aire, se puede enviar mensajes subliminales que se transmiten desde la nube de micro partículas hasta las mentes de los receptores interfiriendo con su pensamiento y sentir, provocando un cambio dramático y total de los mismos. Con el tiempo se fue perfeccionando el alcance, efectividad y rapidez de su acción. Así las micros partículas se conectan además a través de la red eléctrica y red wifi con cualquier medio de comunicación (TV, radio, telefonía etc), haciendo masivo el alcance.

– Debe saber señor que cuando comenzó su discurso, exactamente durante los dos primeros minutos la desaprobación llegaba al 100%. Luego, al accionar el DCSo, solo se mantuvo un cinco por ciento que es la cifra sobre la cual estamos trabajando.
– Soy consciente Patricio, sin ese dispositivo estaríamos todos ya presos o muertos por una rebelión popular. De todos modos, creo que hay que reducir drásticamente esa cifra opositora. Corremos un riesgo grande.
– Con mi respecto, Juan Manuel, no creo que unos pocos miles de inadaptados sean un problema. Basta que salgas en TV y hagamos funcionar el dispositivo para que cada vez más ciudadanos apoyen alegremente nuestro gobierno. Hemos estado haciendo esto durante veinte años sin problemas, recordarás muy bien que nos querían linchar luego de los dos primeros años y, gracias al descubrimiento de este invento, hemos conseguido permanecer durante 22 años, arrasar en las elecciones y, al mismo tiempo, hacernos millonarios sin que nadie proteste. Diría que ¡hasta es saludable para la democracia que haya opositores! ─y soltó una carcajada muy festejada también por el Presidente.

El negocio no era gobernar sino cambiar la imagen del gobierno para que todos lo aceptarán de buena gana. Más rápido y barato que gobernar bien.
No pensaban lo mismo los pocos a los cuales el DCSo no les afectaba en lo más mínimo. Nadie sabía porque razón pasaba, pero el sistema no era fiable 100%, y dejaba un remanente pequeño sin lograr interferir en sus ondas cerebrales y cambiar su percepción de la realidad.
Al principio, los inadaptados no lograban entender cómo tanta gente apoyaba un gobierno ladrón y desastroso. Tuvo que pasar un tiempo hasta que sospecharan primero y confirmaran después que el gobierno más corrupto en la historia del planeta manipulaba las mentes del pueblo con técnicas de Implementación cerebral, que lograban revertir la desaprobación en aprobación. También sospechaban que lo hacían a través del aire, donde quizás liberaban alguna sustancia hipnótica. Se imaginaron que utilizaban todos los medios para llegar al máximo de gente y trastocar la realidad. Así robaban a descaro sin ninguna oposición.
Solamente necesitaban una vez por mes activar el emisor y listo. ¡Todos felices!

Los rebeldes organizados querían terminar con la estafa monumental y recuperar el país y la democracia.
Después de meses de planificación, decidieron atacar el único punto débil que visualizaban. Necesitaban que alguien del Gobierno confesara. Pero eso iba a ser casi imposible. Pensaron en varios planes, todos terminaban con resignación. No veían cómo conseguir una confesión del brutal engaño que el Gobierno llevaba a cabo.
Hasta que alguien sugirió: “Al fin y al cabo son hombres. Y ya sabemos que la debilidad de los hombres son las mujeres. Necesitamos que una mujer se infiltre, establezca una relación con alguna autoridad y lo chantajeé”
La idea era peligrosa pero buena. Había que elegir a quién acercarse, porque mujeres dispuestas a derrocar el gobierno había muchas.
Romina logró hacer contacto con la cúpula del Ministerio de Economía. Comenzó a colaborar en pequeñas tareas hasta que logró destacarse. Poco a poco, comenzó a ganar prestigio en el ministerio hasta que el mismo Ministro de Economía se fijó en ella. No tanto por sus méritos académicos o laborales sino por su estupendo cuerpo y sensualidad. Los rebeldes sabían que eso iba a ocurrir tarde o temprano. No faltó mucho para que comenzarán a salir como amantes. Cada día que pasaba, Filiberto Pontevedra, Ministro de Economía, sucumbía a la hermosura de Romina. Ya le había comprado auto y apartamento que compartían en fogosas tardes robadas al trabajo. Romina seguía el plan al pie de la letra, hasta que llegó el momento de presionar.
– Estoy embarazada.
– No puede ser. Me dijiste que te cuidabas.
– Sí, pero aun así quedé embarazada. Estoy de tres meses, acabo de venir del médico.
– Tenés que sacártelo.
– De ninguna manera, lo voy a tener. Es la oportunidad que tenemos. Ahora es el momento de dejar a tu esposa como siempre quisiste. Casarnos y criar juntos nuestro hijo.
– ¡Estás loca! No puedo hacer eso. Soy el Ministro de Economía, esto podría afectar al país y mucho.
– Es hora que le digas a tu esposa, si no hago público todo esto.
– No me amenaces. Jamás lo hagas. Ni idea tenés quién soy y el poder que tengo.
– Solo te digo que todo el mundo sabrá de este embarazo y de tu negativa a aceptar a tu hijo.
– Nadie va a creerte. Ni te imaginas.
– Claro que lo sé. ¿Acaso me estás hablando del dispositivo para cambiar la percepción de la realidad? ¿Te crees que no lo sé?
El ministro quedó mudo.
– Tres días. O dejas a tu mujer o esto se hace público.
– ¿Qué sabes del DCSo?
– Todo. Sé que el gobierno lo usa para cambiar la percepción de la gente y así seguir manteniéndose en el poder corrupto. ¿Es cierto o no?
– ¿Cómo te enteraste?
– Es cierto, lo sabía. Han engañado al pueblo una y otra vez. Pero esta vez no habrá engaño voy a decir mi verdad.
– Sí, sí es cierto pero nadie debe saberlo, ni el embarazo tampoco.
– Y, ¿qué vas hacer para evitarlo? ¿Vas a dejar a tu mujer? ¿Le dirás del apartamento que me regalaste, del auto, de la plata que me das cada mes, de nuestro hijo?
– Esto ha llegado muy lejos, demasiado lejos.
– ¿Me vas a matar como han matado a miles de compatriotas que están en contra el Gobierno?
– Sí, vamos a seguir matando a los rebeldes, vamos a seguir haciendo plata a costa de este pueblo estúpido. Sí, vamos a seguir lavándoles la cabeza. Sí, sí, sí. Y tú serás la próxima – le dijo muy encolerizado y fuera de si el Ministro.
– Eso quería saber.
Y en ese momento un grupo de compañeros salieron de sus escondites con las cámaras y micrófonos. Habían grabado toda la conversación y confesión.
Rápidamente, la cinta llegó a la red y a la TV. Con tanto éxito que, ese mismo día, todo el gobierno corrupto estaba entre rejas. El país era libre.
El ex Secretario de la presidencia, en un arreglo con los rebeldes, confesó los horrores a los que había sido sometido todo el país sin siquiera sospecharlo. Denunció públicamente toda la trama de corrupción y dio amplia confesión sobre el DCSo.

La situación del país era calamitosa. Una exorbitante deuda externa, todo el sistema bancario en bancarrota, una inflación que superaba el doscientos por ciento anual, un desempleo mayor al 40% y mucha gente en situación desesperante. El gobierno provisorio apresuradamente designado tenía poco margen de maniobra y poco tiempo.

Pasó un año y la situación no mejoraba. El país estaba fundido, al borde de la quiebra.
Las huelgas, las manifestaciones continuas no hacían más que empeorar el clima violento que se vivía. Mucha gente se había ido del país y ya había grandes problemas para conseguir lo mínimo para subsistir. El ataque a supermercados, las bandas de delincuentes y la inoperancia de un gobierno inexperto hacían de la situación social una bomba a punto de estallar. Las amenazas de golpe de estado por parte de la cúpula militar hacían temer lo peor.
El gobierno decidió entonces calmar los ánimos. Se hizo necesario explicar la situación al pueblo en un mensaje por radio y Tv e informar la situación real del país. No más circo y más verdad. Había que tener paciencia. Paciencia que, sabían, nadie tenía.

Mientras el Presidente, que había sido el líder de la revolución ética, trataba de explicar lo inexplicable, su vicepresidente decidió encender el DCSo…”ahora sí, lo haremos honestamente” les dijo al resto de los ministros que comenzaron a sacar cuentas.

Espejitos de colores

Cómo era la palabra, cómo se decía…
Papá me tomaba de la mano, caminábamos por la avenida Santa Fe. Yo llevaba un tapadito y una gorrita de piel; veníamos del teatro, de ver una compañía rusa de baile.
Cuál era esa palabra. Un tubo… con espejitos adentro, ya casi lo tengo… debo concentrarme un poco más, vamos, vamos, un tubo, espejitos, lo levantaba hacia la luz y miraba adentro, cómo se llamaba, lo tengo en la punta de la lengua…
Papá caminaba a pasos largos y seguros; yo correteaba a su lado, feliz, mientras levantaba la cara para hablarle…
Ahora no recuerdo esa palabra, como no recuerdo otras.
La bailarina tenía una trenza muy larga y gruesa, trigueña, de utilería, que le llegaba casi hasta los pies.
Ahora sí, un tubo de cartón con espejitos y vidrios de colores que al mirar al sol veías una forma y si lo movías, girando, despacio, cambiaba…
La telaraña.
En mi cabeza tengo una telaraña de palabras que une mis recuerdos, los de ayer, los de hoy, los que estoy creando para mañana. Voy y vengo por esta trama de sinapsis buscando palabras perdidas, olvidadas en la oscuridad de mi mente. Encuentro algunas, dispersas; las deshecho y sigo buscando la del nombre olvidado.
Allá, a lo lejos, algo anda rompiendo uniones, borrando recuerdos. Allá, a lo lejos, había palabras que me decían quién fui, qué hice de mis días. Pero lo que anda por ahí las borra, las ahuyenta.
¡No! No me digas nada, no me molestes… qué hacés en mi cabeza… no te conozco…
¡No! No te acerques. Cuidado con mi telaraña, es muy sensible y frágil. Podrías destruirla… Allá, a lo lejos, la telaraña suelta los hilos mientras la oscuridad avanza.
Mi nombre desapareció en ella hace mucho tiempo.
El tubo con vidrios de colores…
Papá, no me sueltes, que esta calle es muy grande y me da miedo la gente…

Cargos vacantes

Todas las mañanas, después de terminar el trabajo voy a desayunar a McDonald para poder leer las noticias del futbol pero, en la primera plana, veo la renuncia de un psicólogo de la I.M.M. (Intendencia Montevideo) después de 20 años por no poseer título que lo acreditara,

Aparentemente, este psicólogo trucho había entrado hace veinte años en la I.M.M. división libretas de conducir.

Hacía tres meses, en la división donde trabajaba Andrés, entra Gastón, un compañero de estudios con el cual había tenido varios altercados con él por problemas políticos. Andrés tenía un tío que era director de ese departamento y lo colocó en ese cargo.

Por eso, Andrés pensó que Gastón podía vengarse sacando a la luz el secreto de la falta de su título. Además, al enterarse de la investigación al vice presidente por llamarse licenciado sin tener el título, pensó que, si seguía, lo iban a encontrar y terminaría denunciado en forma pública ante un jurado.

A un diputado del partido opositor le llamó la atención su renuncia. No tenía edad para jubilarse. ¿Por qué dejar ese buen sueldo y un trabajo como ese?

Después de hacer las averiguaciones pertinentes, se entera que era por no tener título.

Andrés Salustro había entrado a la I.M.M. siendo un estudiante de psicología. Después de varios años, sin recibirse, comenzó a ejercer de psicólogo con la ayuda de su tío. Pasaron los años y nunca terminó la carrera pero recibió el beneficioso sueldo de psicólogo.

Este diputado hizo la denuncia pública, por lo tanto, Andrés Salustro debería presentarse ante un jurado.

En la primera instancia, le piden que presente el título entes de los treinta días. A los treinta días, Andrés se presenta con un abogado.

El juez le pregunta:

─Nombre completo.

─Andrés Salustro Vergara.

─Fecha de nacimiento.

─El 4 de mayo de 1971.

─ ¿Cuándo comenzó a trabajar?

─El 11 de setiembre de 1996

─ ¿Cuándo empezó la carrera?

─El 10 de marzo de 1991

─ ¿Cuándo se recibió?

─Sr. Juez, pido se tome como testigo al profesor de la Universidad, el Dr. Ciro Amado.

─Que pase el testigo. Jura decir la verdad y nada más que la verdad.

─Sí, Sr. Juez.

─El Sr. Andrés Salustro Vergara no recibió su título de psicólogo formalmente pero dio las tres últimas materias y, por un problema interno de la Universidad, aparecen como que no las aprobó, que están pendientes pero le faltaría finalizar un breve procedimiento y podrá recibir su título

─Dr. Amado, por favor, puede contestar esta simple pregunta. ¿Recibió o no el título el Señor Andrés Salustro Vergara?

─No, señor Juez, no recibió su título.

─Muchas gracias, puede retirarse.

─Señor Vergara, ¿por qué cobraba el sueldo de psicólogo sin poseer título?

─Nunca nadie me lo pidió.

─Pero no hubiera aceptado el cargo. Doy por terminada la sesión.

En visto de los argumentos presentados, declaro la culpabilidad de acusado. Sus castigos a continuación:

El señor Andrés Salustro Vergara estará obligándolo a cumplir la pena de devolver todo el dinero cobrado que se le asignó como psicólogo. Ese dinero se lo devolverá a las arcas públicas.

Deberá cumplir una prisión domiciliaria por 6 meses.

Y, por último, nunca podrá recibir su título de psicólogo.

Esto dejó en paz a Andrés quien se dedicó, por más de veinte años, a acusar a todas los jerarcas oficiales que estaban en un puesto sin tener el título apropiado para ejercer su cargo. Hoy, muchos de esos cargos siguen vacantes.

 

Las respuestas habitan el alma

Yo sé que alguno dirá que estoy loco, loco de remate o de extravagancia porque me gusta conversar con mi alma. Pero me gusta y me hace bien.  Tanto, que cuando logro conexión, cuando soy capaz de llegar a ella y acariciarla, decirle “¡hola, aquí estoy!”, es como si desapareciera todo lo que me rodea, cielo, aire y tierra, todo. Como si se desvaneciera para dar paso a una luz que me envuelve y nada más me permite verla a ella, a mi alma que me escucha y me habla.

 

Lo aprendí de un amigo que es un tipo feliz. Y me atrevo a decir que es feliz porque toda su persona es alegre, positiva, dispuesta, buena. Cada vez que nos vemos me abraza una atmósfera de tranquilidad, como si el aura celeste que lo envuelve, también me envolviera a mí. Estar junto a él me llena de paz y serenidad. Es feliz en su presente y lo fue en su pasado. Por eso, se ha ganado mi admiración y siento que tiene la autoridad de un sabio.

 

Insistió en enseñarme porque dijo que me apreciaba y que yo tenía que aprender a vivir sin miedos. Me explicó que las respuestas a todas nuestras dudas habitan en nuestra alma. Que el alma es la reserva espiritual de cada persona. Como la fuente de energía más pura que Dios ha podido crear a semejanza del sol. Y que en realidad es el sol de cada uno de nosotros sin el que no podríamos vivir. El sitio preciso donde reside la identidad virgen, pura del individuo. Y depende de cada uno de nosotros aprender a encontrar las respuestas de nuestra existencia allí.

 

Me enseñó que el alma habla a través de los ojos. Pero, como la mayoría de los hombres, vemos sin ver. No nos damos cuenta que debemos saber escucharla no tanto con nuestros oídos, que están contaminados por el ruido, sino con el corazón. Y ser sinceros. Siempre decirle la verdad. Como en una confesión. Porque hablar con el alma es hablar con nuestro sol. Y hablar con el sol es hablar con Dios, que para eso se colocó dentro nuestro, para que cuando quisiéramos lo pudiéramos encontrar bien cerca.

 

El mejor momento para encontrarnos y poder charlar con nuestra alma es en la mañana, enseguida de levantarnos, cuando nuestra cabeza aún no ha entrado en contacto con los asuntos cotidianos que llegarán después.

 

El procedimiento consiste en pararse frente al espejo, decirse buen día y, de cerca, bien cerca, mirarse a los ojos. Mirarse en forma profunda, a fondo. Mirarse los ojos y en ellos entregarse a la verdad. Si somos capaces de reír en nuestra mirada, significa que estamos preparados. Porque encontrarse con el alma es abrazar la felicidad. Porque nada hay más hermoso que la verdad. Y en la verdad no existe el miedo, no existe la duda no existe la culpa. Porque la verdad es la verdad. Entonces, sólo resta aceptarla y entregarse a ella, a disfrutarla.

 

Si lloramos no, eso es todo lo contrario. El que llora no puede pensar, el que llora no puede hablar. El nudo que atraganta la garganta no lo deja hablar. Y tendrá que llorar mucho más todavía, porque tiene cosas que sacar, angustias de las qué deshacerse como el lastre que tira el barco al mar, cuando necesita navegar liviano hacia un puerto seguro.

 

Por eso, aquella mañana, tomé la decisión de intentarlo. Me paré frente al espejo a mirarme a los ojos. No me costó reconocerme porque el que estaba ahí enfrente era yo. Pero mi mirada se comportaba esquiva, como negándose a aceptar el propósito. Tal vez porque era muy temprano y ella hubiera preferido seguir soñando un rato más. O quizá por inquieta nomás. Apuntaba a los ojos pero se detenía en las pestañas, en mi lunar, en el párpado hinchado por la noche. Hasta en la marca de la almohada que hacía más cómica mi cara.

 

Era una tarea simple en apariencia, pero no en realidad. Mi vista saltaba de un lado al otro de mi rostro y no lograba hacer foco en mis ojos, al punto de llegar al borde del mareo que casi me empuja hacia la cama nuevamente a tranquilizarme. Pero fui perseverante, hasta que, en un momento, me di cuenta que no era posible mirar ambos al mismo tiempo y tuve que elegir a uno. Ahora, sí lo había logrado. Mi ojo derecho entonces quedó preso de mis otros dos que le apuntaban de enfrente. Yo podía verlo quietito ahí, manso como cansado de disparar, como respirando con su pequeño movimiento casi imperceptible de pequeño latido.

 

Y mientras jugaba con el iris oscuro de la pupila marrón, que se agrandaba y se achicaba según la distancia, fue allí mismo que la vi. Sonriente, alegre, hermosa. Y no pude evitarlo. Me hizo reír. No podía parar de reír. Ella estaba ahí, adentro de mi ojo. Yo la estaba viendo. Me reía y la estaba viendo. Hasta sentí como un abrazo y una caricia sobre mi cuerpo. Y escuché la manera en que me hablaba y me preguntaba con mi propia voz, como si ella me hablara hablándome yo. Y fue en ese momento que fluyó de adentro mío, de lo más profundo que jamás había podido experimentar. Suave, como el agua mansa que brota sin tapujos ni resquicios, en ese instante advertí que salía la respuesta. Le dije que la quería.

El Cacho

El Cacho, así le decían, era un tipo raro. De baja estatura, ojos rectos, labios finos y piernas flacas. Vivía en la vieja casita al final de una calle sin salida. El jardín, que en algún momento había tenido flores, ahora estaba lleno de cosas viejas, herrumbradas, latas de comida vacías y cualquier otra porquería que se puedan imaginar. Tenía un par de perros calandracos y mugrientos muertos, siempre, de hambre. Sin embargo, el Cacho vestía trajes costosos y su imagen era impecable. No salía de su casa sino hasta llegada la noche. Los vecinos lo veían salir pero nunca llegar. Bajo el brazo siempre llevaba un libraco de notas y un maletín algo extraño. Todos en el barrio querían saber qué hacía pero Cacho no daba pie a preguntas ni a conversaciones de ningún tipo. Es por eso que todos le temían, no se sabía con qué insulto les iba a salir. Hasta un día sacó corriendo a unos muchachos con un arma en la mano.

Cacho llegó como siempre a la hora que nadie sabía y todos dormían. Dentro del maletín traía guardado su secreto. Frascos llenos de un líquido verdoso que depositó cuidadosamente sobre la mesa. Acto seguido, sacó de sus bolsillos manojos de dinero arrugado, desordenado que abultaban su saco sastre azul marino. Anotó varios nombres en la libreta y, al costado, la cantidad de frascos vendidos, luego, sumó y contó el dinero. El sol comenzó a asomarse por la ventana de cortinas derruidas, arrimó el viejo aparador de madera para que no se viera nada más y se acostó a dormir. El sonido del teléfono lo despertó.

-¿Hablo con el vendedor.

-Sí. ¿Quién habla?

-Soy Mónica Ferrer, mi amiga Analía Bonacasa me dio su teléfono quiero encargarle “el preparado”.

-Dígame cuántos frascos y adónde se los llevo.

-Me gustaría probar primero ¿Podría venir, ahora?

-Las entregas las hago en la noche. ¿Algún inconveniente con eso.

-¡Ninguno! Lo espero entonces hoy a la noche.

-¡Ah!, otra cosa, cuando llegue a su casa, debe recibirme con una luz tenue y mantener la distancia, no se puede acercar a mí.

-¡Claro, claro!

Como lo acordaron, Cacho llegó a la casa de Mónica a la noche. Ella lo esperó en el lujoso living de la casa. Había hecho apagar por su empleada todas las luces, manteniendo una pequeña lámpara encendida sobre una mesita alejada del sillón. Luego de saludarse desde una prudencial distancia, Cacho depositó el frasco sobre una repisa. Ella intentó observarlo en la penumbra preparó el cheque cargado con varios ceros y, estirando la mano, se lo entregó.

Mónica tomó el frasco y, abriéndolo ágilmente, lo terminó de un solo trago. Corrió hasta el espejo más cercano y se miró largamente esperando ver su cambio. Nada. Entonces se acostó a dormir. A la mañana siguiente, al despertar, saltó de la cama sintiéndose totalmente como nueva. Sentía vitalidad, alegría, no le dolía ningún hueso de su cuerpo. Miró su rostro en el espejo, no tenía ojeras, sus ojos irradiaban vida; toda ella irradiaba lozanía.

Así, las mujeres se pasaban el dato de “el vendedor” caro pero espectacular. Ninguna se cuestionaba de dónde conseguía el hombre aquel líquido, salvo Mónica. Una de esas noches de entrega, lo persiguió a Cacho hasta su casa al fondo del callejón. Su intriga la había arrastrado al lugar inhóspito y mugriento donde él vivía. Al llegar a la casa, pudo observar desde la ventana. Mónica no podía creer lo que veía, cajas de remedios revitalizantes mezclados con jugo de limón ¡Hijo de puta! Entró de golpe y le gritó con todas sus fuerzas. En un arrebato de rabia, descargó el tambor entero de su calibre veintidós. Cacho cayó indefenso sobre la mesa llena de frascos.

Las clientas necesitaban reponer los frascos. Todas llamaban al Cacho angustiadas pero él no respondía. Se llamaban entre ellas para saber si había pasado por su casa y nada. La inquietud comenzó a transformarse en desesperación. Las mujeres empezaron a estresarse nuevamente, a no poder dormir, a llenarse de ojeras, a perder vitalidad. Excepto, Mónica que seguía tan radiante como el primer frasco que tomó. ¿Y Cacho? De Cacho, mejor ni hablar.

Zelmira “mortadela” o la vida en una quincena

Zelmira, una joven que no aparentaba más de veinticinco años, llegó a la capital hace unos meses buscando trabajo.

No tenía demasiada preparación por eso se dirigió a una Agencia de colocaciones de personal doméstico, de allí, inmediatamente la derivaron a una Empresa de limpieza que se ocupaba de hacer la higiene y mantenimiento de los hospitales públicos.

Zelmira se entusiasmó con el nuevo y primer trabajo en la capital, venía de lejos y nunca había trabajado en una gran ciudad. Cuando llegó, se alojó en una pensión muy sencilla. Debía pagar $200 diarios. Traía muy pocos ahorros.

En la empresa la pusieron a prueba.  Zelmira se presentó su primer día de trabajo a la hora convenida –muy temprano- impecablemente vestida, con suma sencillez y con una sonrisa que se le dibujaba en la cara. Estaba contenta y se le notaba.

La mandaron a un hospital cerca del puerto. Un lugar viejo, venido a menos y con falta de calidez. Ella no se achicó, aún más, quiso esmerarse y hacer las tareas lo mejor posible y así superó la prueba.

Los días fueron pasando. Zelmira cumplía rutinariamente con el horario de trabajo de nueve horas corridas y luego volvía a su pieza de pensión.

De allí, no salía hasta el día siguiente para cumplir su jornada laboral. Cuando volvía, hacía los mandados, se compraba, en el almacén de la esquina, cien gramos de mortadela, cuatro pancitos, un litro de leche (cada dos días) y dos alfajores. Nada más.

Nunca cambiaba. Esa era su rutina. El día que cobró su primera quincena, en vez de comprar mortadela, compró jamón y queso, una cajita de vino barato y los dos alfajores.

La almacenera se preguntaba si sólo con eso, esta joven, se mantenía, pero nunca se animó a preguntarle.

En la pensión la conocían como “la chica de la mortadela”. Una vecina intuyó que era eso lo que traía del almacén, el aroma lo inundaba todo. Inquieta y curiosa, lo confirmó con la misma almacenera, y le puso ese apodo. Zelmira no hablaba con nadie.

El día que cobró, pagó la pensión a la encargada y habló solamente lo imprescindible.

No tenía amigos, en su pieza no entraba nadie, tampoco la llamaban por teléfono ni nunca la vieron con alguien en ningún lado. Zelmira simplemente cumplía con su rutina.

Los domingos, su día de descanso, no salía de la pieza. Tampoco se escuchaba música ni televisión ni nada. No compraba diarios ni revistas. Nunca nadie la vio comunicarse con nadie de ninguna forma. Si le hacían alguna pregunta, contestaba correctamente lo justo y se daba vuelta, volviendo a su pieza.

En el trabajo era igual, se ocupaba de limpiar los corredores y los baños públicos del hospital, nunca nadie la vio hablar con nadie ni acercarse a nadie, ni preguntar por nada.

Simplemente, cumplía con su trabajo.

Un día, no se le vio salir de la pieza para ir a trabajar ni tampoco ir a comprar su ración de alimentos. Pasaron tres, cuatro, cinco días y nadie la veía. Comenzaron los rumores en la pensión. Todos se preguntaban por ella. Hasta que la encargada de la pensión decidió golpear en la pieza, una vez, dos, tres pero nadie contestó. Preocupada, decidió forzar la puerta.

En la pieza, no había nadie. Todo estaba prolijamente arreglado, la cama tendida, ni rastros de la joven. Tampoco restos de mortadela o de leche o papeles de alfajor.

Los vecinos preocupados realizaron sus averiguaciones.

Zelmira había desaparecido sin dejar rastros. Nunca nadie supo cómo. Nadie la vio salir, ni caminar por la calle, ni llegar a la estación ni al hospital, ni a la agencia de colocaciones.

Zelmira desapareció como había aparecido. Nadie supo ni cómo, ni por qué. Tampoco pudieron averiguar más, porque no sabían cómo, ni dónde. De la empresa no aparecieron a preguntar por ella. Zelmira, no había dejado deudas, había pagado a la encargada la estadía de esa quincena y siempre había cumplido con su labor.

No se la volvió a ver más

La encargada de la pensión, sólo por curiosidad, se acercó a la Comisaría del barrio a preguntar por ella. Como no tenía más datos que su nombre y número de documento, no pudo averiguar mucho. Tampoco sabía de qué pueblo del interior provenía. No le supieron decir nada.

Como llegó se fue. En silencio, sin dejar rastro. Nadie nunca supo quién era Zelmira “Mortadela”

Como llegó, se evaporó… Sólo por un tiempo, persistió el olor, su olor, a mortadela.

Secuestro

Trabajé como maestra muchos años, pero me jubilé en forma anticipada, por enfermedad Actualmente, me desempeño como niñera.

Me gustaron siempre los niños.  Su frescura, su inocencia, esa capacidad que tienen para confiar en los demás incondicionalmente me emociona.

Trabajé en diferentes casas de varias familias y todas dieron de mí las mejores referencias. Hasta que llegué a la casa de los Pérez.  Juliana Pérez, con sus risueños cinco años, despreocupada y traviesa, me hechizó desde el primer momento en que la vi.

Cuando estuve de novia a los veinte años, quedé embarazada pero sufrí un aborto a las pocas semanas.  Me deprimí mucho, estaba convencida que iba a tener una niña; debido a algunas complicaciones, quedé imposibilitada de procrear nuevamente. Había soñado toda mi vida con tener una hija, pero el destino me lo había truncado. Cuando conocí a Juliana en aquella casa, creí que la vida me estaba dando una nueva oportunidad.

Desde el comienzo, noté una complicidad especial entre nosotras. Llegué a pensar que el espíritu de aquella niña no nacida había vuelto a encarnar en ella.

Compartíamos muchos momentos de juego, interrumpidos solo por los berridos de su hermano menor cada vez que precisaba un cambio de pañales o cuando tenía sueño o hambre.

Juliana elogiaba mi sopa de verduras, mi forma de narrarle cuentos, de trenzarle el pelo, de vestirla y hasta la manera en que entibiaba el agua de la ducha.  Luego, comenzó a hacer comparaciones en temas más trascendentes:

“Telma nunca me grita, siempre tiene ganas de jugar, mamá no me deja hacer nada, papá no me escucha, mamá no quiere que yo elija mi ropa, papá no me compra lo que yo quiero, mi hermano siempre molesta cada vez que Tema está conmigo…” y muchos reproches más.

Yo comencé a ver a mis empleadores con otros ojos, como una pareja de ineptos que descuidaban a una niña tan encantadora.  Y así, sin ninguna mala intención, se me dio por expresarlo diariamente frente a ella:

“Tu mami ¡pobre! no entiende nada de modas de niñas, no sabe combinar tu ropa, a tu papi no le interesa llevarte al parque. Está tan cansado que solo se sienta a ver el futbol, tus padres no tienen paciencia contigo ¿viste cómo gritan? , no dejes que te griten, pediles  que te expliquen, a tu hermano no le prestes tus cosas te las va a romper, dale cualquier chiche de porquería que si se rompe no pasa nada, dejémoslo entretenido en el dormitorio, así no nos interrumpe la lectura. Era mi forma de demostrarle que ella era una niña especial, condición de la cual nadie se había percatado.

Juliana, cada día, se iba apegando más a mí y oponiéndose a sus padres. Frente a ellos se comportaba como una niña irreverente y contestataria.

La madre comenzó a advertirme que debía modificar mi actitud y respetar las pautas que ella y su marido establecían con sus hijos. No me sentía capaz de hacerlo, algo “más fuerte que yo” me impedía romper con la fascinación que sentía por la niña. Me había “apropiado” de ella y pensaba que yo era la más adecuada para educarla como se merecía.

Con el correr de los días, la paciencia de la pareja se iba agotando. Abundaban las penitencias hacia la niña, las recriminaciones y salidas de tono cuando se dirigían a mí. Hasta sacaron a relucir mi condición de empleada bajo un contrato.  Dijeron que si yo no cumplía correctamente con mi trabajo, iban a verse obligados a despedirme.

¡Qué patéticos!  Parados frente a mí, Ja, ja, ja   ¡amenazándome con mi destitución! pero… ¿qué se han creído que son? Un par de inútiles.  Ella solo tiene tiempo para pasarse la planchita en el pelo y él ¡qué desagradable! despatarrado en el sillón viendo las Eliminatorias…y levantándose la musculosa para rascarse la panza ¡Dios le da pan a quién no tiene dientes!  Por qué diablos una niña, que es como un sol, viene a caer en una familia de incompetentes.

Una mañana en que llegué a la casa, el padre me hizo pasar directamente a su escritorio. Me extendió un sobre con el dinero de la liquidación. Y a continuación me pidió que le firmara un recibo. Firmé el recibo e, inmediatamente, en silencio, recogí mis cosas de mi habitación. Escuché a Juliana que jugaba en el cuarto de al lado. Nadie podrá separarme de ella pensé.

Le dije: “Trae tu campera y tu juguete preferido, nos vamos a dar un paseo”. Tomé toda la documentación de la niña y la guardé en mi bolso. Salimos por la puerta de la cocina. Nadie nos vio.

Ya han pasado quince años.  Mi enfermedad crónica se ha agravado. Temo dejar sola a Juliana. Ella me llama mamá.  No recuerda nada de lo sucedido.  Yo escribo este relato sentada en mi cama, en el dormitorio de la casa que alquilo desde el momento en que llegamos a este país extraño que nunca pude adoptar como propio.  Cuando pase mis últimos días en el hospital, entre mis pertenencias, encontrarán un sobre con esta confesión.