¿Ah, sí? No me digas

“¿Ah, sí? No me digas”, te había dicho tu vieja esa mañana cuando la contrariaste. Luego, te colgó. No era la primera vez que lo hacía.
“¿Ah, sí? No me digas”, te dijo tu viejo cuando le contaste cómo te rebotó tu madre porque le pediste unos pesos.
“¿Ah, sí? No me digas”, te dijo tu mujer la noche anterior cuando le avisaste que el sábado vendría tu jefe con su señora a cenar.
Y yo me quedé en silencio. Esperando. Y siguieron los “¿Ah, sí? No me digas”: con el taxista cuando le explicabas que el billete de 50 pesos que te había dado de vuelto era falso; con tu secretaria cuando le comentaste que ese fin de semana no podrían pasarlo juntos; con el gerente cuando te disculpaste por no haber podido cerrar el trato con “Petrolic S.A.” entonces llamó al de Recursos Humanos y al entrar a la oficina con una amplia sonrisa te recordó lo inestable de tu estabilidad laboral con esa misma frase.
Y de tal manera siguió tu día.
“¿Ah, sí? No me digas”, te dijo el mecánico cuando le prometiste levantar el cheque sin fondos que le dieras por el arreglo del auto. Lo mismo te dijo tu hijo esa tarde cuando le aclaraste que el viernes no tendría el coche para salir y tus amigos a coro cuando les advertiste que probablemente no tendrías el auto para ir al fútbol 5.
“¿Ah, sí? No me digas”, te dijo el chorro esa noche cuando te apretó a la entrada del edificio mientras intentabas decirle que no tenías más plata para darle.
Y entonces, algo pasó. Me pudrí de esperar. Al principio, solo sentiste un pequeño hormigueo de calor. ¿Qué más querés? ¿Querés el reloj? Empezaste a respirar hondo jadeando mientras un fuego te crecía en las entrañas. ¿Querés el celular? ¿Querés los pantalones? Te quitabas cada una de las cosas y se las tirabas a la cara.
“Shhhhhh, ¡calláte loco de mierda, no bardiés!”, te decía el tipo apuntándote con el revólver y mirando a todos lados.
“¿Ah, sí? ¡No me digas!”, comenzaste a gritar hacia las casas, medio desnudo y con los brazos en alto para que todos los vecinos te escucharan.
De ventanas y balcones brotaron las luces. La gente se asomaba para averiguar qué pasaba.
“¡Parála loco, mirá el quilombo que armaste!”, te decía el delincuente intentando deshacerse del arma en un tacho de basura.
En medio de esa noche fría, vos sudabas. Te llenó la boca una espuma blanca que escupías entre bufidos. Con el brazo izquierdo, agarraste del cuello al ladrón y lo inmovilizaste…
“¿Ah, sí? ¡No me digas! ¡Vos y vos y todos ustedes!”, señalando a los mirones les gritaste con una voz chillona que no te conocías. Claro, porque era yo quien gritaba de tu adentro. “¡Y la reputa madre que los parió…!” te despachaste. Apretaste los dientes y lo miraste directamente a los ojos al infeliz que se sacudía como marioneta intentando liberarse.
En un esfuerzo sobrehumano, el maleante logró zafarse y recomponiéndose se preparó a atacarte con toda su furia y humillación. Y fue en ese momento, que todos los “¿Ah, sí? No me digas”, acumulados en tu vida, se concentraron en tu brazo derecho y en un puño a lo Hulk se cerró toda tu bronca, y la mía, y salió disparado en un uppercut directo a la mandíbula del tipo. Y ahí no más, vos y yo, juntos en uno, lo sentamos de culo.

Un sueldo mínimo

Una noche el Ministro de Economía, Juan Carlos Echegoitia conducía su Ferrari cuando, antes de llegar a su casa, encuentra un vallado. Aminora la marcha y se detiene. Uno de los funcionarios lo invita a bajar del auto.
– Por favor documento y libreta de conducir.
– ¿Sabe quién soy? ─ le dice con voz autoritaria y déspota.
– Para la autoridad no importa quién sea Ud. Documento y libreta de conducir, por favor. Bájese del auto –lo toma de un brazo y lo saca del auto.
En ese momento, aparece otro supuesto policía. Este lo encapucha y lo mete en el furgón.
Después de un rato de recorrido, se detienen en una casa, entran en el garaje, lo bajan y lo conducen al sótano. Le sacan la capucha y le expresan.
-Sr. Ministro, hace unos días, en Cadena Nacional de televisión, dirigiéndose al pueblo dijo que un jubilado podía vivir con $ 10.500 por mes. Por lo tanto, este mes, le daremos esa suma de dinero para que viva. Tiene contador de luz, de agua, nos hace el pedido de lo que quiere consumir y se lo traemos del supermercado, siempre que no supere el monto de dinero disponible. Si al finalizar el mes no le alcanza ese dinero lo dejaremos vivir aquí el resto de su vida para que sepa cómo vive un jubilado y cómo se apaga de a poco.

Vendrán lluvias suaves

La alarma del reloj ensordeció toda la habitación. Mario se sentó de golpe en la cama. Restregó sus ojos para aclarar la visión mientras sus pies buscaban las pantuflas en una suerte de gallinita ciega. Por la ventana, entraba un rayo de sol atrevido que había logrado colarse entre la cortina iluminando la hermosa piel de su esposa. La observó por un instante sintiendo que la amaba igual que el primer día que la conoció. Decidió tomar un baño mientras ella aún dormía. Los niños también dormían. Después de bañarse, desde el pasillo, comenzó a cantar: “¡Todos arriba que nos vamos de paseo todo el fin de semana!” Claudia, su esposa, aún somnolienta retiró el mechón de pelo que tapaba su cara y se levantó. Sus hijos corrían contentos escalera abajo con sus mochilas a cuestas y todavía en piyamas.
La mañana estaba linda. La brisa primaveral acariciaba las hojas de los árboles mientras el andar del coche acompañaba el vuelo de los pájaros matinales. Dentro del auto era una algarabía, los niños conversaban sin parar mientras Mario y Claudia escuchaban atentos los cuentos de las maestras, las pruebas y compañeros. Sorpresivamente, un camión se cruzó de senda embistiendo el auto de Mario a toda velocidad, haciéndolo perder el dominio total de la máquina. El estruendo fue tremendo y el vuelco escalofriante. Primero, un silencio eterno y luego el llanto de los pequeños hizo reaccionar a Mario. Él perdió el conocimiento por unos instantes pero, inmediatamente, aún sentado en el volante y con el cinturón puesto, se dio cuenta de lo que había pasado. Medio atontado, tardó en poder desabrocharse y salir del auto, sintió correr su propia sangre sobre la frente. Tocó a cada uno de sus hijos, se alivió de saber que ellos estaban bien. ¿Y Claudia? No tardó en responder su propia pregunta. La vio ahí tirada en la ruta al costado del camino. ¡Claudia, Claudia! gritaba mientras trataba de escuchar los latidos del corazón de su mujer. La sirena de la ambulancia fue el último sonido que retumbó en su cabeza mientras se la llevaban al hospital.
La mañana estaba gris, no corría una gota de viento entre los cipreses del cementerio. Las nubes enchumbadas de agua anunciaban una tormenta. El olor a tierra húmeda llenaba todos los espacios. Las tumbas se veían aún más grises que de costumbre. Mario permanecía de pie junto a la tumba de su esposa. El traje oscuro de él contrastaba con el ramo de rosas blancas que aún apretaba entre sus manos. Las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer, tibias, suaves, mojando los pétalos del ramo que ahora descansaba sobre la lápida.

La palabra más bella

La palabra más bella es aquella impregnada de un nuevo amor, de pasión, de deseo presentido.
Aquella que, como rosa roja en la aurora, se abre y despide todo el perfume estrenado en la mañana.
Y se luce deslumbrante, emanando todo el color rojo apasionado de sangre viva y nueva.
La palabra más bella es aquella que nos dijimos por primera vez al mirarnos a los ojos, cuando quisimos expresar toda el fuego que nos desbordaba los sentidos, aquel oleaje de sensaciones que nos recorrían el cuerpo y se nos agolpaban en la cara y quisimos darles salida por nuestras bocas ansiosas de aquel primer beso, que imaginábamos pero no conocíamos de antes.
La palabra más bella la dijimos aquella noche, cuando flotábamos intentando bailar aquella lenta, para justificar ese primer abrazo que nos conmovía y erizaba nuestra piel al unísono.
La palabra más bella, la expresamos entonces diciéndonos a la vez: Te quiero a vos, te quiero.

Serendipia

Cansado y malhumorado subí al taxi.
Solo quería llegar, bañarme y descansar. Necesitaba silencio.
Pero un viernes de tarde, en una ciudad atestada de autos, parecía difícil encontrar algo de paz.
– Cebollín, ajo, tomate, morrón, pimienta, sal, cerveza, limón, pasta de ají, ají verde y un poco de aceite. Le va a encantar.
Esta receta me la paso Herminio, un taxista chileno muy simpático y, a decir de él, mejor cocinero, soltero y feliz.
Un viaje que pasó a contarme de las mujeres, los encantos de la soltería, el desorden maravilloso de vivir solo, la comida con los amigos que terminan con más alcohol y, no podía faltar, filosofía. Recetas, risas y complicidad.
Desde Santa Lucía a Providencia, desde la generosidad a la amistad.
Un apretón de manos y la gratitud de saber que aún queda gente maravillosa y suelta por la vida que te alegra el día con su sola presencia.
Necesitaba un viaje tranquilo y el destino me regaló una tarde de sabiduría simple y fresca.
Pero lo extraordinario pasaría un año después. Casi en las mismas fechas vuelvo a Santiago. Misma actividad, mismo lugar, mismo cansancio. Era viernes y, antes de irme, pido un taxi. Para mi sorpresa, subo al taxi de Herminio.

Como la vida misma

En mi familia se contaba la anécdota de que la tía abuela Etelvina había muerto dentro de un radioteatro, tal como siempre había vivido.
Todas las tardes, a las 15 horas, sintonizaba Radio La Voz Latina para escuchar el nuevo episodio de la novela: “Mentiras entre rosas”.
¡Qué hubiera sido de mi tía si no hubiera existido el invento de la radio! Ella parecía no tener vida propia. Se había criado cumpliendo con devoción las expectativas de los demás. Desde niña había aprendido a obedecer y a enfrentar las dificultades con buena cara. Buena hija, buena alumna, buena modista muy atenta con todas sus clientas, buena vecina. No había tenido amores que le movieran los cimientos más profundos de su ser, tampoco había tenido hijos.
Era como un vacío cascarón que se llenaba con las vidas prestadas de los otros.
Los personajes del radioteatro eran quienes le devolvían los sentimientos que ella conservaba empantanados en la hondura de su corazón. A través de ellos, vivía el odio por la traición, el amor apasionado, los celos irracionales, la alegría del encuentro y la pena por los adioses.
Luego de levantar la mesa del almuerzo, se preparaba un té de manzanilla y prendía la radio.
Sentada en el sofá, seguía las peripecias de la novela mezclando la dulce tisana con las lágrimas derramadas por las desventuras de Aurora, la protagonista.
Esperaba con renovado entusiasmo la hora del radioteatro, único oasis de ilusión en su rutinaria existencia.
Como era un tanto sorda, levantaba el volumen para escuchar mejor. Eso alertaba a los vecinos del edificio que “doña Etelvina se encontraba enchufada a la radio”.
Una tarde, en mitad de la emisión, los timbrazos insistentes y golpes en la puerta, la hicieron saltar de su sillón. ¿Quién es? preguntó Etelvina.
Las voces continuaban sonando en la radio entretejiendo un diálogo como telón de fondo a la escena que se desarrollaba en el apartamento.

Aurora- ¡Cabrón! ¡Cómo pudiste hacerme eso! (Llanto)
Armando- Son puras habladurías de la gente Aurora, mi amor, sabes que siempre te he querido. No haría nada que pudiera herirte.
Aurora- ¡Sal de mi vista, malparido! (Recobrando la compostura) ¡No quiero verte más en mi vida! ¡Bazofia! Pimpampum (ruido de zapatos tirados al aire)
Armando- ¡Ayyy! ¡Por poco me dejas ciego con el taco de tu zapato!
Aurora- ¡Quizás sea lo mejor! ¡Hijoeputa! Así no tienes ojos para la atorranta que atiende la florería que bien sé cómo te mira y se deshace en halagos. Varios han visto cómo te coquetea

– ¿Quién es?- preguntó Etelvina.
La voz inconfundible de su sobrino, Juan Hilario, sonó con un tono de apremio.
-¡Abrame ahora! ¡Preciso hablar con usted!
Con la presencia de Juan Hilario se sintió intimidada. Hablaba bruscamente, muy alterado y exhalaba un leve vapor alcohólico.
– ¡Preciso plata, ya ahora! ¡Apúrese! ¡No tengo todo el tiempo! ¡Muévase! ¡Ya!
– Aquí tengo muy poco, tengo trabajos pendientes… ¿Sabes? las clientas me pagan cuando el vestido está terminado.
-¡Déjese de excusas, vieja ridícula! Ya veo que voy a tener que levantar el colchón para sacarle algún billete.
– ¡Es cierto! ¿No me creés?- dijo Etelvina con un amago de voz.
Juan Hilario emprendió una recorrida frenética por la vivienda, dando vuelta la cama, abriendo cajones, poniendo patas para arriba todos los muebles que encontraba a su paso.
– ¡Llévate lo que hay en el cajón de la cocina, es lo único que tengo! ¡Por favor! ¡No te estoy mintiendo! ¡Te lo suplico!¡Dejá todo como está! ¡Puedo prestarte algo el mes entrante! ¡Te lo prometo!

Armando- Son tonteras sin importancia, mi querida Aurora. Tú eres y serás mi único amor. Ven aquí, déjame abrazarte. Pareces una fierecilla.
Aurora- ¿Por quién me tomás? ¿Por una ilusa, por una mujer tonta? Estos mismos ojos que arden de desprecio te han visto salir una noche del hotel Los Olmos con esa mina… ¡A ver, cagón! Ahora ¿me lo desmientes? Los vi subir a un taxi… ¡dime algo, idiota! no me mires con esa cara de pasmado. Tengo anotada la matrícula… precisamente en la servilleta del bar La Cafeta que queda frente al hotel. (Risa histérica)
Armando- … (silencio) Y tú ¿qué hacías allí?… a esas horas, sola en el bar

– ¡Cállese, basta, vieja tacaña! Si no me trae plata en este instante juro que le cortó la garganta.
Y con la cuchilla que encontró en la cocina apuntó al palpitante cuello de Etelvina que temblaba de pavor. Su cuerpo delgado se hacía cada vez más pequeño bajo la punta fina de metal que tocaba la piel amenazando horadarla.
-Te he he dicho que no tengo nada -Etelvina le suplicaba casi sin voz

Aurora- Ja, ja, ja. Y tú ¿qué piensas? Me enteré por… (Se dice el pecado pero no el pecador) que esa noche a las ocho, iban a estar en Los Olmos. Y me instalé en una mesa del bar hasta que los vi salir.
Armando- ¡Mi cielo! Es probable que la oscuridad de la calle haya entorpecido tu visión. Creo que me has confundido con otro. Bien sabes que en las noches, a la salida del trabajo, me paso un rato por el bar del Petiso a tomar una copita y conversar con él. ¿No me crees? ¿Por qué me miras así? ¡Me asustas!

Juan Hilario deslizó la cuchilla dos veces, zas zas, por el cuello de Etelvina.
“Usted se lo buscó vieja roñosa” dijo antes de limpiar la cuchilla y guardarla en su morral para luego hacerla desaparecer. Revisó algún cajón más en busca de alhajas y solo encontró un reloj de dama con malla de cuero, dos pulseras doradas y un anillo. Guardó el menguado botín en el morral y salió por la puerta con el mayor sigilo. Mientras se dirigía al ascensor, escuchaba las voces del radioteatro que seguían sus pasos. Se rió con satisfacción, el volumen de la radio posiblemente hubiera opacado los ruidos del asalto.

Aurora- (apuntándolo con un pequeño revolver que sacó de la mesa de luz) ¡Pum! ¡Pum! ¡Cobarde! ¡No te mereces mi amor!
Voz en off del locutor explicando a los oyentes los detalles de la escena y los interrogantes del próximo episodio.

El radioteatro continuaría emitiéndose todos los días a las tres de la tarde pero para mi tía abuela, Etelvina, exánime en el piso de la ante-cocina, ése había sido el último.