Otra realidad

Josefa recibe la noticia de la junta médica que su esposo padecía un cáncer terminal.
Desde ese momento, Josefa puso su empeño, para bien o para mal, en ocultar esta noticia a Roberto.
A la mañana, desayunando, Josefa le dice a Roberto:
─Ayer tu médico me dijo que necesitabas ir a lugares altos a respirar aire puro.
Con esta mentira Josefa mataba dos pájaros de un tiro. Roberto, desde que se habían casado, siempre añoraba ir a su país natal Italia Al Piamonte.
─ ¿Te parece que sea una buena idea, ir tan lejos? Mirá si nos pasa algo ─le respondió Roberto.
─Nuestros hijos ya están grandes, siempre quisiste ir a visitar a tu familia en Italia.
Qué acertada había sido esta primera mentira. Después de dos meses visitando el norte de Italia y otros países más regresan a Montevideo. Roberto se encontrara perfecto. El cáncer había desaparecido.
Mentiras chicas para cubrir mentiras grandes. La enfermedad de Roberto había pasado desapercibida.
Al año siguiente, la realidad toca a su puerta de golpe nuevamente. Roberto entra en coma. Todas las mentiras se desploman como un telón.
Josefa ya no podía inventar excusas. La mejoría de Roberto, la diversión del viaje, su vitalidad habían sido un milagro. Una realidad momentánea.
El diagnóstico médico era otra realidad.

Metáforas

Homenaje a GGM y sus metáforas en libro Cien años de soledad

Caminaba tanteando el aire enceguecido de dolor.
Sus cienes bombeaban la sangre a un ritmo demencial
mientras se debatía entre la vida y la muerte.
Sufrió una crisis de desilusión…
Perdió la voz y un hilo de sudor helado recorrió su alma recta.
Sus huesos empezaron a llenarse de ruidos silenciosos mientras el corazón helado de pavor detenía los latidos.
Sus mandíbulas férreas y su mirada triste, poco a poco,
se fueron apagando.
Su piel quemada sudaba hielo.
Cuando llegó la noticia de su muerte envuelta en una carta lacrada,
aquella casa, una vez llena de amor,
se transformó en una casa amordazada por el luto.
Color negro, negro color
Palpitando las faldas negras al son de un llanto incontenible.

Nada

Ni espacio
Ni tiempo
Solo la efímera fantasía de la realidad
Solo yo y el teatro de mi existencia

Ni espacio
Ni tiempo
Solo destellos del corazón
Solo lo insustancial del ser

Ni espacio
Ni tiempo
Solo claves… artilugios de mi sentir
Solo gotas en una niebla de esencia

Ni espacio
Ni tiempo
Solo mi mente y su creación
Solo lo intangible de la certeza

Ni espacio
Ni tiempo
Solo creencias en burbujas de vacío
Solo verdades mentirosas

Ni espacio
Ni tiempo
Solo Luz…
Solo Todo
Solo Nada

Loretta

Loretta deambula por el patio con su característico andar muy trabajoso.
Un sorpresivo ACV le dejó como huella un curioso movimiento de caderas que le imprime a su cadencia un porte de saltimbanqui.
— ¡Loretta! ¿Todavía en pantuflas?
Oye una voz en el aire y se mira los pies apoyados en un par de zapatillas de tela esponja.
Está vestida con un batón cuadrillé mal abrochado. Un mechón de pelo plateado se escapa por debajo de la vincha que adorna su frente.
Ya ni se acuerda de los años que lleva en ese lugar. Tiempo atrás…hacía la cuenta. Hasta que no fue necesario. Supo que a su casa ya no volvería.
Frente al ropero, con sus escasas prendas, suele recordar el abultado guardarropa que tenía cuando era joven. Ropa de fiesta, de “todo andar”, media estación, hasta pantalones y chaquetas deportivas. ¡Cuánto rato pasaba frente al espejo cuando la invitaba a salir aquel chico que bailaba como Elvis!
Cuando se despierta de malhumor, descuelga bruscamente el batón y se lo pone sin mirar siquiera cómo está abotonado.
— ¡Loretta! ¡Mira cómo estás vestida!
Detesta a esas cuidadoras, se creen con derecho a decidir cómo debe vestirse.
Pasados varios meses, aquejada por una enfermedad de cuidado que la mantendrá en su cama, recordará su diaria rebeldía a la hora de comer, como si fuera una niña.
Frente al plato de aséptico puré o al tazón donde un saludable flan nadaba en almíbar, evocaba las grandes comilonas que se hacían en su casa los domingos.
Una caterva de hijos y nietos rondaban desde la mañana. El silencio se rompía con sus voces y gritos. Sin embargo, al mediodía, compartían mudos la mesa. Seducidos por las fuentes de tallarines a la boloñesa aguardaban expectantes que la Mamma volcara un cucharón en cada plato. El pan esponjoso pasaba de mano en mano, se hundía en la salsa y luego se deshacía en la boca. Los niños se teñían las comisuras de un naranja intenso. Y abrían la boca sorprendidos cuando oían descorchar la botella de tinto. Sabían que apenas una gota de tan preciada bebida teñiría de rosado el agua de sus vasos. La hora del postre era muy esperada. El manjar del cielo, broche final del banquete, era aplaudido por todos los comensales.
El estómago se le cerraba con desazón al ver el vaso de hojalata, el plato de melamina blanca y la comida “de enfermos” que servían en aquel lugar. Aborrecía ese nauseabundo almuerzo.
— ¡Loretta! ¡Estás revolviendo el puré! ¡No te hagas la viva! Comé, ¿me hacés el favor? El flan, mejor, te lo doy yo. ¡No cierres la boca! pero… ¡qué caprichosa!
Loretta detesta a esas cuidadoras, se creen con derecho a decidir lo que debe comer.
Se revuelve en su cama, intenta desprenderse la aguja que inmoviliza su brazo. El esfuerzo desencadena un acceso de tos. La enfermera lo vuelve a acomodar y la rezonga por querer sacarse el suero con el antibiótico. Le avisa que le traerá la bandeja con el almuerzo y se retira.
Loretta se exaspera. Hace varios intentos más con la aguja hasta que lo logra. Se para con esfuerzo. Se pone las pantuflas y el batón. Atraviesa el pasillo con dificultad, con su clásico andar discontinuo. Nadie la ve. Están ocupados sirviendo el almuerzo. Inhibe otro acceso de tos para no ser descubierta. Con los ojos llorosos por el empeño, sale al amplio jardín y se sienta en un banco en el lugar más apartado bajo el frío severo del invierno. Siente arder el pecho con cada respiración. Inhala cada vez con más fuerza. El aire helado desata un torbellino de tos. Siente el ulular asmático de su pecho. Al cabo de un tiempo, la encuentran.
— ¡Loretta! ¡No vuelvas a hacer esto! ¿Te querés matar?
Ya están otra vez esas cuidadoras. Loretta las detesta. Se creen con derecho a decidir cómo debe morir.