El televisor Phillips

Muchos años atrás, hoy sentado frente al televisor, recuerdo aquella tardecita en que mi padre trajo “El televisor Phillips”.
¡Al fin llegó! Estábamos todos los chiquilines del barrio sentados esperando su llegada.
Recuerdo escuchar en la radio las canciones de moda, los teleteatros y las películas pero, desde ese día, podríamos verlas en el único televisor del barrio.
Hoy, mirando con mis cinco nietos una película en un televisor Samsung, extra chato, pantalla de 50 pulgadas a color, la actitud de ellos es tan diferente a la nuestra en aquella época. El mayor, como piensa que la película es para niños chicos, se puso a jugar con su propia computadora; el otro, el que tiene 8 años, está entretenido con los jueguitos con el celular de la abuela; la más pequeña, de un año y medio, baila al son de la música de la película y nos mira a nosotros buscando aprobación.
¡Al fin llegó! El silencio era sepulcral. No se movía una mosca. Ante el mínimo ruido hacíamos ¡shshshs! No nos queríamos perder detalle. Hoy, todo es bullicio. Gritos, risas, comentarios, peleas. Ninguno se queda quieto en un solo lugar. Nosotros nos quedábamos petrificados.
Seguro que la felicidad de ellos es la misma a la nuestra. Ellos sienten una felicidad ruidosa; nosotros, una silenciosa.
Mi padre y mi madre sentados como vigías para que hiciéramos silencio. Y, en cambio, estoy en medio de este bullicio, soy uno más con ellos. Ni se me ocurre pedir silencio.
Recuerdo que una vez les puse una película de Mario Moreno “Cantinflas”. Un tragicómico con esos parloteos que nunca terminaban, esos diálogos divagantes y esos movimientos rápidos. Era una delicia para nosotros sentarnos y mirar sin chistar. A mis nietos no les llamó para nada la atención. La ignoraron completamente. Mi nieta de cinco años preguntó en un momento:
– ¿Abu, qué dice este hombre tan raro que no se le entiende nada? ─e inmediatamente agregó —Abu, ¡estoy aburrida! Podrías poner los dibujitos de Disney
Es emocionante recordar aquellos silencios y el respeto que teníamos ante ese aparato que inundó nuestro comedor familiar. Eso era el progreso para nosotros en aquellos años. Hoy, los cambios y el progreso avasallante que viven los niños les pasa casi inadvertido. Se adaptan rápidamente. El modelo de televisor en poco tiempo ya está superado. Hasta el más grande me preguntó cuándo vamos a comprar la televisión 3D.
A veces siento nostalgia por ese “El televisor Phillips” pero ¡qué lindo es poder estar presente y vivir estos cambios tecnológicos al lado de ellos, de mis cinco nietos!

Carta de amor de Pietro a Amaranta

Macondo, sin fecha

Amaranta, Amor mío:

Esto no es una carta de amor, es un grito de desesperación ante tu negativa. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Qué pasó por tu cabecita de niña malcriada, acostumbrada a hacer lo que te viniera en gana? No paraste de hacernos la guerra mientras estuve con Rebeca. Hiciste todo lo posible para que ella se fuera y me dejara. Hasta amenazaste con destruirle el vestido de bodas, con matarla y matarme.
Con tus maldades lograste conquistar mi corazón. ¿Y ahora?

Aún no lo puedo creer. No entiendo tu negativa. No entiendo tu gesto de desprecio ante la posibilidad cierta de que nos casemos.
Y entonces, ¿Todos nuestros planes, dónde quedaron? Nuestro nido de amor en la colina, la casita blanca como la nieve, rodeada de pinos y nogales plantados por nosotros, donde crecieran junto con nuestros niños rubicundos y saludables como los ángeles, aquellos pintados en las bóvedas de las iglesias.
¿Dónde quedó todo aquello? Creí que estabas enamorada. Que lo estabas desde aquella noche en que yo trataba de armar la pianola y tú tan niña-adolescente te escondías detrás de los sillones para observarme y hacerme caída de ojos, fascinada por aquel instrumento enigmático que parecía de otro mundo y por mí, y te pegaste a mis pasos como miel en las patas de las abejas.

¿Dónde quedó todo aquello? No he dejado de soñar desde entonces en tenerte en mis brazos, en una enorme cama, sobre un pedestal, rodeada de tules y estrellas y flores de lavanda esparcidas como colcha tejida por tus manos, azul violeta de color cielo, a media luz, en un atardecer con vista al mar.
¿Y nuestros planes de tener tantos hijos que no pudiéramos contarlos? Tú haciendo ganchillo sentada en tu poltrona hecha por mí y escuchando aquella música que te enseñé a bailar en mis brazos en tu primera adolescencia.
Nuestros sueños de viajar a Florencia y caminar por sus callecitas recitando a Petrarca con tus manos en las mías. Besarnos en la Plaza San Marcos hasta desfallecer de amor rodeados de todas aquellas palomas que te mostré en infinitas postales.

Por favor, recapacita un momento. No me dejes así. No puedo soportar este silencio en que me condenas.
Necesitaba y necesito como el aire para respirar que me digas qué piensas, qué sientes, qué fui, qué soy hoy en tu vida… siento que hablo con las paredes, paredes que se me caen encima repletas de frascos de vidrio que no dejan de brillar ni en las noches más desoladas y parecen luciérnagas atolondradas en noche de verano, o de relojes que no dejan de sonar al unísono la marcha fúnebre de Hendel.
¡Por favor, no me dejes! No puedo soportarlo. No ves que hace días que lloro por ti, que mi desesperación ha llegado a colmos insospechados. Que no dejo de vagar tras tu sombra, días y noches como lobo en celo detrás de tu puerta.
No te das cuenta que mis sentimientos son perennes como los árboles de tu calle. Lo que me une a ti es una especie de ternura sublime, de necesidad de amarte, de protegerte, de impedir que los demás te hagan daño, de tenerte para siempre conmigo y que sigas siendo mi musa inspiradora para trazar nuevos planes de progreso en Macondo.

En cambio, yo no sé qué fui ni qué soy en tu vida, nunca lo entenderé. Lo único que me llegó de vos, y a eso me agarré como se agarra un ahogado al timón del barco que se hunde, fueron tus románticos mensajes, aquellos que me enviaste escritos en papel de manila y que me acercaba Visitación cuando yo moraba en tu calle. Sé ciertamente que me adoraste, que me admiraste. Aún los llevo en el bolsillo, arrugados, hechos bolitas duras como el carbón de tanto manosearlos en mis insomnios postergados.

Soy un hombre grande. He vivido muchísimas experiencias afectivas en mi vida. He querido muchas veces, pero tú has sido la primera que me ha enamorado.
Te he dado mucho, quizás demasiado, toda mi energía, toda mi capacidad de amar, toda mi fibra, todo mi espíritu.

Me vine de Italia, de mi pueblo perdido entre montañas tan grises que parecían gigantes endurecidos por el tiempo y cascoteados por la vida tan dura de soledad y silencio.
Allí, dejé llorando a la mama que no me perdonó nunca que también me trajera a Bruno porque se quedó sola amasando los tallarines que fueron comida de los buitres que acechaban a mi padre con su enfermedad incurable de viejo decrépito e insolado en las orillas del Adriático.

Me vine y me quedé, opté por ti y tu familia.
Me quedé porque me sedujiste con tu inocencia cómplice de tu hermana más joven que, al fin, no era hermana pero que siempre me fue difícil diferenciarlas. Por eso me mareé con ella en un comienzo pero eras tú con quien soñaba y a quien amaba.

Es mi último grito: ¡POR FAVOR, no me dejes! ¡POR FAVOR, cásate conmigo! Vive tu vida entera a mi lado. ¿No ves que estoy dispuesto a todo por vos? ¿No ves que se me arruina la vida entera si te pierdo? ¿Qué sentido tendrá en adelante seguir en este pueblo maldito por el insomnio y la certeza de una guerra y verte crecer, madurar y envejecerte sin que seas mía?

Estoy convencido que hay algo que se creó entre tú y yo que nunca nada ni nadie podrá destruir. Hemos sellado un compromiso eterno que tú nunca lograrás romper, aunque ahora te encapriches en darme la espalda y encerrarte para que yo no te vea llorar, arrepentida detrás de la puerta, por no animarte a este desafío que es la vida conmigo.

Me gustaría que en tu memoria quedara el recuerdo de alguien que te aportó algo y no de un simple pasatiempo que sirvió para el momento… y nada más.
No puedo creer, no me convenzo que haya sido eso, pero eres tan dura… te has convertido en una piedra y no lo entiendo. Quizás sea una defensa para poder seguir adelante sin audacias, pero yo no puedo empezar algo nuevo y tapar con “tierra” lo anterior. Perdóname pero así me siento.

Te ofrezco, como te ofrecí, lo que soy y mi vida entera. Espero que me sepas valorar, que con el tiempo me recuerdes como el gran amor de tu vida.
Mi alma vagará por las calles de Macondo y te seguirá buscando en cada rincón. Cuando tú mueras, estoy seguro, tu alma volará a mi encuentro y los dos nos perderemos en la eternidad, unidos para siempre.

Tuyo, Pietro Crespi

Ilusiones recostadas

A tu lado cimbra mi cuerpo otoñal como arpa celestial
desnuda mi alma la sed de amor que resbala por mi pecho
y baja por mi costado más tierno y fangoso
despacio, sigiloso, dejando que mis manos canten tu piel
me adentro en el dulce cielo donde seducen temblorosos tus quejidos
es la danza del silencio en el paraíso entrelazado
ya quema saborear tu respiración sedosa y candente
ya mi piel borbotea de placer en mil flores de jazmín
ya cae el tiempo asfixiado por un mar de besos petulantes
y se destruyen las escabrosas ruinas del ego como muros de humo
ya es momento de hundirme en tu pecho distante y amado
sembrar con música de mi corazón tu largo cuello carmesí
y rendirme sin escondites a la esperanza de un amor esperado.

Chocante quietud

En una ruidosa barriada del centro de la ciudad, una casa, con refinada fachada de estilo anglosajón, llamaba la atención de los vecinos. Un desmesurado silencio se respiraba en su entorno.
Nadie había visto persona alguna entrar o salir de aquella casa. Acicateados por la curiosidad, algunos habían llamado a la puerta, pero nadie se había asomado. Otros procuraron recabar datos en el padrón municipal o hacer una denuncia en la comisaría, pero todo era inútil. No podían dar con el dueño.
Una nochecita, los vecinos vieron a Todd, el joven mandadero de la pizzería, tocar insistentemente el timbre. Después de varios intentos, la escasa paciencia del chico se iba agotando. Ellos observaron que este se dirigía a la moto. Dejaba su casco, tomaba la caja de pizza y aporreaba con ímpetu la puerta. El silencio, más duro que nunca, no se dejaba aturdir por los golpes.
El chico tomó entonces con fuerza el picaporte. Este cedió con total delicadeza, dejándolo entrar sin ningún reparo. Todd se preguntó quién sería el dueño tan desaprensivo que dejaba sin cerrojo la puerta.
– ¡Holaaaaa! ¡Traigo su pedidooo!- gritó potentemente.
Su voz se perdió en la inmensa calma.
Tanteó la llave de la luz; esta se encendió. Ante sus ojos, un majestuoso living deshabitado pareció darle la bienvenida. Un piano de cola amortajado con un paño color borra de vino, un cristalero cubierto en su totalidad por una sábana blanca y un juego de sillones tapados por un lienzo polvoriento fueron los objetos que le provocaron una corriente de temor a lo largo de su espalda. Giró la cabeza hacia atrás pero nada. Nadie había. La caja de pizza cayó de sus manos y se abrió volcando parte de su contenido en la alfombra. El pepperoni y la muzzarella esparcidos sobre la seda persa comenzaban a dejar manchas grotescas que Todd procuró limpiar con la manga de su campera mientras intentaba colocar todo nuevamente en la caja. Se dirigió a la cocina y logró apoyarla sobre la lustrosa mesada de mármol, inmaculada, sin una miga ni mota de polvo. Sobre la cabeza de Todd colgaban los pequeños estantes vacíos sin platos, sin tazas, sin cubiertos con las puertecitas abiertas. Parecían reducidos sepulcros que testificaban la vida que, alguna vez, había pulsado entre fuegos, ollas y sartenes pero, más tarde, había quedado embalsamada por el olvido.
El chico sacó su móvil del bolsillo dispuesto a llamar a su jefe. Avisaría que el pedido había sido obra de algún chistoso pero el dispositivo no captaba ninguna señal. ¡Mierda! pensó para sus adentros, me van a culpar a mí.
Tomó nuevamente la caja y corrió hacia la salida. Manoteó el pestillo pero este no se abrió. Tiró, tiró y tiró de él pero la puerta permaneció hermética. A su derecha, reparó en la cerradura electrónica que no había visto al llegar y, con su dedo tembloroso, tecleó varias combinaciones.
Todo fue inútil. Con la angustia comprimiéndole la garganta levantó la tela que cubría el cristalero y sacó una estatuilla de piedra con la que golpeó frenéticamente los vidrios de las ventanas. Estaban blindados con una inusual impenetrabilidad.
Sintió que sus tripas se revolvían y salió apurado para el cuarto de baño. Sentado en el water observaba su propio rostro en el espejo de la pared de enfrente. Sus ojos aterrados y el pelo revuelto bajo la gorra con el logo de PIZZAS BURGUER LO DE MARVIN le conferían un aspecto patético. Tenía miedo de morir allí encerrado. Pensaba en su madre viuda, en su novia y en sus amigos del rugby. Tenía que hacer lo posible por salir de allí.
Mientras enjabonaba sus manos en la pileta intentaba ordenar sus ideas. Mientras tanto su vista recorría el toallero de donde pendía una única toalla de microfibra que junto con el dispensador de jabón líquido y el papel higiénico eran los únicos elementos en el baño que sugerían presencia humana. Mientras se secaba las manos tuvo la misma extraña sensación que al arribar a la casa, pero detrás suyo no había nadie. El espejo le devolvía solo su rostro. Hizo ademán de peinarse con las manos y se encasquetó el gorro. Salió del baño dispuesto a probar otras combinaciones en la cerradura pero ninguna funcionó. Recorrió la casa para encontrar una ventana que pudiera romper y halló la del dormitorio, la golpeó con un buda de granito del cristalero. Se armó de paciencia con el móvil para rastrear señal. Gritó fuerte, muy fuerte, pidiendo auxilio hasta enronquecer, nada lograba liberarlo.
Los vecinos atentos a la salida de Todd comenzaron a impacientarse con el correr de las horas.
Supieron que algo andaba muy mal cuando ellos, infructuosamente, intentaron romper la cerradura. Ya era noche cerrada cuando llegó la policía. Ellos tampoco pudieron franquear la puerta. Un agente iluminó con la linterna el living a través del cristal de la ventana.
Solo pudieron divisar la caja de pizza abierta en la alfombra y, a su lado, el móvil sonando insistentemente.