El Dr. Torterolo Presidente

Todo el país estaba conmocionado. Algunos habían perdido su capacidad de asombro; otros necesitaban seguir creyendo; todos estaban en un permanente vaivén. Alborozo, desencanto, duda, esperanza, realidad, mentira.

El Dr. Torterolo, nadie sabe doctor en qué, estaba diciendo su discurso de presentación para la presidencia ante un millar de personas.

Señores y señoras:

Hoy en este día con todo lo mejor de mí me presento para la candidatura de la presidencia de la República. Seré el mejor defensor de todos los ciudadanos de este país, desde los más pobres hasta los más ricos.
Para los que tienen camiones, ómnibus y autos haré todas las calles en bajada. Para los barrios más carenciados, construiré casas populares donde puedan vivir decentemente.
Haré instalar canillas con leche en las esquinas para que los niños crezcan sanos y, de esa manera, podamos eliminar la desnutrición. Para los mayores que se quieran jubilar y, sobre todo, las amas de casas que hacen ese trabajo que no tiene precio, promulgaremos “La Ley madre” para que reciban, a partir del primer día del año, un ingreso mensual equivalente a la de nuestros Ministros. Son tantas las medidas que tomaré que sería imposible de enumerarlas. Hay muchas otras cosas que hacen falta en este país. Y… Yo las voy a lograr con ¡su voto!

Terminado el discurso, los presentes no salían del asombro. No podían distinguir, a ciencia cierta, lo que era realidad o mentira.
Algunos comentaban: ¿Si todas las calles están en bajada, como regresarían? ¿Canillas de leche en las esquinas y… por qué no alguna esquina con una canillita de vino?

No pasó mucho tiempo en que se esparcieron los comentarios como reguero de pólvora por todo el país. Muchos le creyeron. Otros pensaban que era un lunático.

El día de las elecciones, ganó por una gran mayoría el Dr. Torterolo.
No hay duda, a veces la realidad se confunde con la ficción.

El final del cuento

Aprovecho las pocas horas tercas que me quedan cerrando mis ojos y hundiéndome en los pasadizos siniestros de mi mente enferma y ruin. Así, una tarde caigo de un tobogán destruido a un estanque de estiércol, que unos gigantes usan hundiendo sus enormes pies como quienes pisan uvas para sacar el vino jugoso, pero aquí es la sangre de tantos cadáveres que yacemos en esa pileta del submundo. Otra mañana me sumerjo en un bosque lóbrego lleno de fieras voraces que esperan al acecho que algún alma innoble pase por allí para hincar sus dientes, destrozar sus carnes y saciar el hambre vulgar y gris que despide un hedor putrefacto. Otras noches asesino una y otra vez a mi madre con un hacha gigante y le destrozo su maldito cráneo para alimentar los gusanos que salen a miles de las bocacalles de donde aún espero mi muerte.
Así paso mis días, esperando mi pálida partida de este inmundo planeta infectado de vida. Así mi amada muerte me hace esperar, con tantos años de idilio que disfruto recordar. Esa perra goza sacando filo a su arma, para cortar cabezas como quien corta un pastizal en un valle quimérico rodeado de montañas de mierda.
Y, para matizar el asqueroso tiempo de la espera, mi cuerpo barroco y moribundo es el más aborrecido de esta marimba que llamamos vida.
Yo que he sido el más fiel de sus seguidores; yo que he matado a tantas almas y he satisfecho a Su merced, la muerte; yo que he sabido desterrar la sangre de cuerpos hermosos y platinados; yo que he sido un maestro en descuartizar los pequeños niños tan absurdos como felices; yo que he contado por miles las balas que he tirado apuntando siempre al corazón de los viles hombres por los que he cobrado. Yo, aquí, injustamente vivo, deseo que mi Maestra me lleve, bien lejos, donde no pueda oler más vida y únicamente haya en el aire su repugnante sabor, que todo lo impregna y de la que es dueña en este anodino planeta.
A veces parece que será hoy, a veces es tanto mi asqueroso deseo que se me confunde con la inconsistente levedad del tiempo, a veces miro absorto la puerta del infierno esperando su golpe impecable e implacable. Solo quiero que me lleven las tinieblas perimidas de lujuria. Solo una garra que se hunda en mi garganta y saque mis órganos y dé vuelta mi piel para que, al fin, mis huesos respiren el aroma del fin.
Solo deseo tanta muerte como aquel que busca ansioso tanto amor…

Y paró de escribir.
Cerró sus ojos por un instante, solo llegaba a sus párpados la tenue y azulada luz de la pantalla de su laptop.
Así se quedó… pensando su cuento. Saboreando palabras.
La luz de la pantalla agonizó lentamente.
En ese instante, le pareció que lo observaban.
Abrió sus ojos de golpe. Oscuro, muy oscuro. No parecía haber nada, ningún pequeño reflejo, nada.
Aguzó su vista pero la densa negrura no dejaba ver bien.
Sentía una presencia. Su piel se erizó. Su corazón tropezó.
Se escuchaba el silencio. Casi dejo de respirar. Sus latidos, fuertes y apurados, llegaban a sus oídos como un tropel salvaje de caballos.
Un crujir quejoso hizo que se sobresaltara y se apretó en su silla. Las gotas frías de sudor se hacían lugar en su cara patitiesa.
Buscó la llave de luz a tientas, pero no funcionó.
Una voz áspera y profunda llenó el ambiente.
– Aquí estoy. Acabó la espera.
– ¿Quién es? -preguntó entre sollozos y con su voz tomada por la angustia y temor.
– Soy yo, me has llamado y aquí estoy.
– No. No te llamé, jamás lo haría. Es… es solo un cuento. Un mal cuento.
– Me invocaste. Siempre respondo cuando me invocan. ¿Quieres irte lentamente o en el próximo suspiro?
– No, no. No quiero irme. Por favor, es tan solo un maldito cuento. Soy solo un pésimo escritor en un aburrido cuento de terror.
– Lo has pedido y así tendrá que ser.

Algo frente suyo desplazó el aire y se levantó inmenso y pesado. Algo de brillo metálico se movió hacia atrás y luego hacia adelante con la fuerza del demonio. Una guadaña fría y limpia penetró lenta e inexorable su cuello, desgarrando su carne, sus venas, sus huesos, distanciando poco a poco su cabeza del cuerpo.
Allí mismo, cayó la estúpida, dando vueltas en el piso mientras la sangre escapaba aterrada del perplejo cuerpo aplastado en la silla como un envase vacío.

Volvió el silencio.

Miró el cuento abandonado… miró la cabeza a sus pies y pensó: ¿Cuándo aprenderán que lo que escriben se hace realidad?

El baúl de los recuerdos

La directora dio la última y vigorosa campanada dando permiso a mi carrera incontrolable por el pasillo que da a la salida de la escuela. El frío me recibe con un fuerte abrazo mientras me acompaña en los saltos que doy por la vereda camino a casa. Los árboles desnudos y marrones nos observan. A lo lejos, siento los ladridos de Polo que viene a recibirme. Y, mientras me saco la túnica el aroma a cocoa calentita, me llama desde la cocina. Mi madre conspira contra mi mente de niña y me hace cerrar los ojos para que adivine qué hizo de rico. Lo puedo adivinar, huele a levadura fresca y sal. ¡Pan casero! ¡Sí! Salto de alegría.
Pasa la hoja de cartón dura ajustada con espirales en su margen izquierdo. Vacaciones en la playa, ojotas, sombrero y sol. Tiempo sin horarios, guerras de agua y castillos de arena. Sentada en la orilla, disfruto el helado palito de naranja. El sol me apura a sorberlo antes que sus rayos lo derritan. Y mi boca se refresca con el jugo azucarado de mi postre preferido.
Llevo el pañuelo celeste atado alrededor de mi cuello que contrasta notablemente con el blanco de mi túnica. Junto a mis compañeros bailamos el pericón. Al compás de los acordes, balanceo mi falda y con los pañuelos formamos nuestra bandera nacional. Nuestras ingenuas miradas se cruzan y disfrutamos diciendo las relaciones. ¡Aura!
Acostada boca abajo balancea las piernas. Diría yo que es un ritual cuando está pensando, tramando o imaginando alguna cosa. ¿Será nostalgia tal vez? Sus cejas se levantan y le brillan los ojos. Sus mejillas se sonrojan y sonríe. Y entre sus manos, el baúl de las fotografías. Ella le llama “el baúl de los recuerdos”. Lo abre y, lentamente, va apareciendo el álbum de color azul marino, cómplice de su infancia.

La chica de la revista

Francisca vivía en un pueblo pequeño contorneado por suntuosos cerros. Todas las mañanas, mientras tomaba mate, descansaba la vista en uno de esos gigantes verdes. Le aguardaban varios quehaceres a lo largo del día. Francisca era una mujer fuerte, como el ombú que presidía el sendero hacia a su vivienda, como la nalgada que daba a uno de sus hijos por desobediente, como el aguardiente que bebía su marido al regresar del trabajo. No desperdiciaba lágrimas ante los problemas. Su almohada, en la noche, era testigo de sus quejas por lidiar con cinco hijos revoltosos y con un hombre que solo se ocupaba de traer el pan a la mesa.
No podía ser otra. No sabía hacer algo diferente. Simplemente, copiaba la vida que había observado en su madre y que, según contaba esta, llevaba también su abuela, viuda al terminar la guerra y a cargo de una abultada descendencia.
Francisca solía hacer compras en un almacén luego que sus hijos partían para la escuela. Se anudaba un pañuelo a la cabeza, tomaba una bolsa y salía a transitar los caminos de tierra rumbo al centro del pueblo. No tenía tiempo para alisarse el vestido o poner un vistoso broche en sus cabellos, apenas se miraba al espejo. Debía apurarse, al mediodía, la olla de guiso tendría que estar colocada en medio de la mesa para calmar el apetito de su familia. Siempre que podía se detenía un rato en el quiosco de la plaza a hojear alguna revista, luego de visitar la imagen de San Martín de Porres que dominaba la nave central de la iglesia. Parada se obligaba a rezar por el bienestar de su familia. Una mañana, a comienzo del mes, pudo darse el lujo de comprar una de las revistas que tanto deseaba. La enrolló cuidadosamente y la colocó en el bolso junto a los comestibles. Durante la ineludible siesta de la primera hora de la tarde, se recostó a leerla con mucho interés. A su lado, los aparatosos ronquidos que profería su marido no lograban distraerla de la fascinación que sentía al dar vuelta una a una las lustrosas páginas. Vidas tan ajenas a ella se desplegaban ante sus ojos a través de fotografías de lugares exóticos que nunca hubiera imaginado, mesas servidas con gran elegancia, automóviles fastuosos que nunca había visto rondar por el pueblo.
Una página entera mostraba la imagen de una chica vestida con un ajustado vestido rojo con tajo y sandalias al tono. Un moño bajo y elegante dejaba al descubierto unos pendientes de rubí y plata esterlina. Miraba sonriente a la cámara y en su mano derecha sostenía triunfante una estatuilla, como premio a su actuación en una película. Francisca quedó impactada por la sonrisa de la chica: amplia, radiante, transmitiendo alegría. ¿Podría alguien estar tan feliz por algo que había hecho? Instintivamente, se llevó las manos al rostro y acarició su boca. Era recta y con las comisuras un tanto decaídas, sin esos graciosos hoyuelos que se formaban en la cara de la chica. Cayó en la cuenta que ella difícilmente sonreía. ¿Alguna vez se había reído por puro placer? ¿Alguna vez había sonreído satisfecha al terminar de planchar una montaña de ropa? ¿Alguna vez había sentido felicidad cuándo sus hijos traían buenas notas? ¿Alguna vez le habían brillado los ojos las pocas veces en que su marido elogiaba sus comidas? ¡Con qué gracia llevaba su atuendo esa chica!
De repente, sintió un gran hastío ante la visión de la pollera verde de algodón, de la blusa campesina y de su pañuelo floreado doblados cuidadosamente en el ropero. Los halló viejos, deslucidos. Se miró las manos curtidas de sol y detergente, sus piernas rollizas cubiertas de fina vellosidad, sus cabellos atados en una coleta. Las uñas de sus pies, cansadas de tanto trajín, pedían a gritos una delicada mano de pintura. ¿Cuándo había sido la última vez que se había esmaltado las uñas? Quizás… ese día que estrenó las sandalias para el bautismo de su hija menor. ¿Cuándo había sido la última vez que se había perfumado? Quizás… ese día que su hijo mayor le había traído un perfumito de contrabando. Aún tenía el frasco casi lleno.
El sueño terminó por vencerla, la revista cayó a un lado de la cama. Al despertarse, sintió nostalgia por el tiempo perdido y por la mujer que podría haber sido. Se dirigió al fogón a calentar agua para el mate, buscó la grasa y la harina. Prepararía unas tortas fritas. Tenían que estar prontas para cuando su marido y sus hijos se levantaran de la siesta.

En memoria de mi bisabuela materna

En la soledad del campo

El hombre se sentó en una piedra. Miraba las ovejas pastar. Hacía frío. El viento helado golpeaba y se colaba entre la ropa clavándose en la piel sin piedad.
A pesar de esas inclemencias, él pensaba que no era una mala vida. Allí, en soledad, recordaba cuando de niño iba con su padre. Eran épocas de mejores pastos. Ahora no había tanto. La gente culpaba al patrón de usar mal la tierra.
Hace un tiempo, lo habían visitado los del Lof para que se uniera a la lucha. ¿Para qué? Él no iba a ir en contra del patrón. ¿De qué iba a vivir si no? Ellos no lo entendieron cuando les dijo que iba a seguir trabajando en el puesto. Le decían que traicionaba a su pueblo. ¿Con qué iba a darle de comer a la Alicia y los pibes?
Pensó en la Alicia. Había echado una buena mujer. Aunque a veces la tenía que castigar. Es que… a veces no entendía cómo él quería las cosas. Se mataba por conseguir el peso. Por supuesto que también necesitaba los vicios. Era el hombre.
Los muchachos hablaban sobre esas mujeres que decían que no había que pegarles. Seguramente, no habían encontrado un hombre de verdad.
Se acordó de la fiesta en la escuela de los pibes. Había tomado vino para acompañar al cordero. No sabía qué le había picado a la Alicia que le fue a decir que no tomara más. Y, encima, ¡adelante del maestro!.. Tuvo que darle con el cinto cuando volvieron al rancho.
¿De qué se quejaba? Lo único que tenía que hacer era atender el rancho y alguna cosita más. Y bien que la atendía él cuando estaba. Se la montaba bien montada.
Le vino la imagen de la Alicia de joven. Había dejado la escuela para escaparse con él. Estaba linda en ese tiempo. Además, lo atendía bien. Pero, después, empezó a joder que quería vivir en la ciudad. Más adelante, con que no la trataba como antes. Como si uno pudiera andar como cuando eran novios. Él llegaba cansado. No quería ni oír a los pibes cuando lloraban.
¡Hasta llegó a decirle que lo iba a dejar!. ¡Pa! ¡Cómo ligó ayer! ¿A él? Justo a él lo iba a dejar. ¿Dónde iba a conseguir un macho como él? Sobre todo ahora que estaba fea.
La noche había llegado. Sentado en una piedra miró las estrellas. En ninguna parte se veía ese cielo. En su cabeza, caricias. Los besos dulces de la Alicia. Le gustaba acariciarla, pasar la mano por ese pelo negro, liso, brillante… ¿Qué había pasado? La Alicia estaba pálida, fría… Ya no estaba…
Y se dio cuenta de que estaba llorando, pero no entendía por qué.