Devastación

La ciudad estaba vacía, sólo se escuchaba el sonido reprimido de sus pasos. Un viento frío, en ráfagas, levantaba la hojarasca seca entre papeles y bolsas de plástico. El cielo se oscurecía de nubarrones. Ella se quedó parada en la esquina, en un cruce de avenidas. Los semáforos parpadeaban luces amarillas. Más allá, en una ostentosa tienda, la alarma ahogaba lentamente su grito. Se miró en una vidriera y no se reconoció. Observó sus pies, no recordaba dónde había perdido la forma de uñas alargadas. El traje se le iba amoldando a un cuerpo nuevo. El casco le cubría la cabeza con los sensores inquietos que, lejos de su voluntad, olfateaban y escuchaban. Respiró a bocanadas. Extendió las alas negras, membranosas. La vida corría por sus venas. Escuchó un silbido agudo que estalló a lo lejos. Una luz blanca cubrió el cielo justo en el momento que estaba ascendiendo dejando lejos los restos humeantes. Y luego, silencio. La Nada misma.

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