Sin darse cuenta

Sonó el despertador y saltó de la cama. La ropa deportiva la esperaba impaciente sobre la silla. Y, mientras ataba su cabello, miraba por la ventana de la cocina a la espera de que la cafetera diera el último sonido avisando que el café estaba pronto. Bebió con prisa y apuró media manzana junto a un puñado de cereales. Ató los cordones y afirmó su mp3 en el brazo. Los ocho pisos los bajó por la escalera para ir calentando. En pocos minutos, ya estaba en la rambla rumbo al sol. Tras un tiempo de caminata apresurada, comenzó el conteo del trote. Diez minutos trotando, cinco caminando. Diez minutos trotando, cinco caminando. Diez minutos trotando, cinco caminando.
Una luz brillante e intensa la mantenía consciente. ¡Despertate! Parecía decirle. Un aroma astringente y un sonido monótono. Y la gente alrededor ¡Tiene que reaccionar! ¿Cómo fue que pasó? ¿Cuántas horas pasaron? ¿Encontraron a alguien que pueda decirnos?
Los latidos de su corazón comenzaban a acelerarse junto al ritmo del trote y la transpiración mojaba su cuerpo. El sol le calentaba la cara mientras sonaba UB 40 en sus auriculares. Esa mañana, el río estaba calmo, ofreciendo su planicie a las cautas aves. El viento se había detenido detrás de los edificios.
Estaba flotando. Se podía ver a sí misma desde arriba. Y toda esa gente a su alrededor. Sin embargo, no se reconocía. Su rostro no se parecía al de ella. ¿Qué pasó? ¿Alguien puede contestarme? Las personas parecían no escucharla.
El circuito habitual había terminado y decidió cruzar la avenida. Allí se detuvo para esperar que el semáforo le habilitara el paso. El ruido del motor a toda velocidad y UB40 en sus oídos. Un golpe seco. No escuchó nada más.
Comenzaba a recordar y quería preguntar. ¿Qué me pasó? ¿Qué me pasó? Nadie respondía. Sintió desesperación e intentó volver a su cuerpo. Su cuerpo pálido y frío. Su rostro hinchado. Tubos por todos los orificios. Sin embargo, no sentía dolor.
Ahora, estaba en las sierras. La tarde iba cayendo y con ella un sol anaranjado. El viento peinaba los yerbales. El jazmín del país perfumaba el aire y la sensación de paz colmaba los pulmones y la vida misma. Se sentó para disfrutar un rato más y esperar el ocaso.
El blanco impoluto de la sala y el brillo del foco la encandilaban. El ruido metálico de los instrumentos se sumaba al murmullo de los presentes. Ruidos inhumanos, gritos, pasos duros y atropellados, caos.
La noche había llegado a las sierras. La luna despuntaba el contorno de los árboles del monte autóctono. Se acostó y extendió sus brazos apretando el pasto que le humedecía las palmas. Así, se fue durmiendo bañándose de rocío.

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