Gracias a mi prepucio ya no soy ateo

Mi relación con Él ha sido siempre caótica. Nos conocemos desde que era chico. Nos presentó un cura; aunque no me habló muy bien de él, por cierto. Me quedé con la idea que el tipo me vigilaba todo el tiempo, que era un cabrón y le gustaba ensañarse con los que no le hacían caso. Como yo siempre fui medio rebelde, tuvimos problemas casi desde el inicio. No le tenía miedo, como le pasaba al resto de mis compañeros de la escuela. Más bien me generaba un poco de rabia, rebeldía y ganas de pegarle una patada en el culo.  Me aguantaba porque tampoco soy estúpido. Después, fui creciendo y me dejó de importar. Más bien lo negaba. Me hice comunista primero, luego anarquista y ya no le di ni bola. Siempre desafiaba a cualquiera a que me demostrara su existencia. Como eso nunca ocurrió, más terco me ponía hasta asegurar que era todo un cuento.

Hasta que una noche me ocurrió algo inesperado.  Concurrí a una fiesta descomunal en casa de un amigo. Sus padres se habían ido de viaje y se le ocurrió organizar un baile en su casa. Muchas mujeres, música bien alta, alcohol y cigarros.

Tomé más de la cuenta y también nos besamos más de la cuenta con una amiga, que también había tomado más de la cuenta. En medio de tanta excitación, antes de irnos a algún lugar, fui al baño.

Apenas podía sostenerme en pie, era difícil mantener puntería en ese estado. Mi risa y el mareo me dificultaban una tarea que sabía hacer a la perfección. Aunque el problema surgió al terminar. Apurado y atolondrado como soy, pero exageradas esas dificultades producto del alcohol (y por lo que me estaba esperando), hicieron que mis manos

des-coordinaran su trabajo y lo inevitable ocurrió. El cierre del vaquero atrapó mi prepucio. El dolor ahuyentó mi exceso de alcohol casi de inmediato. Sentí una oleada de calor que casi revienta mi cerebro. Empecé a traspirar y quedé petrificado sin saber qué hacer, mi boca quedó abierta, mis piernas duras y mi espalda se tensó como gato antes de una pelea. No podía llamar a nadie, sería un quemo y seguro que mi amiga saldría disparando ante tamaña lesión, más allá que podría haber quedar lesionado para toda la vida, incluso impotente. Tampoco podía gritar, no me daban las fuerzas porque cualquier intento de moverme o tensionarme me provocaba un dolor insoportable. ¿Qué hacer? Tendría que ser rápido porque en cualquier momento entraría alguien al baño.

Traté de agacharme, pero fue como si tiraran de mi miembro con una pinza. Estirarme tampoco funcionó, se tensó aún más mi abdomen con un dolor inaguantable. Miré desesperado el botiquín del baño. Buscaba algo que pudiera ayudarme. Me fui acercando muy despacio, casi al ritmo de una momia caminando sobre suelo recién encerado. Levanté con temor mi brazo y abrí el botiquín. Mi glande estaba enorme y colorado, necesitaba enfriarlo. El botiquín parecía un almacén. Cepillos, broches y spray para el cabello, toallitas húmedas, rollos quita pelusas,  gel,  ligas de pelo,  desodorante en spray, crema para las manos, polvo traslúcido, lima de uñas, tijeritas, esmalte de uñas transparente , aspirinas, antiácidos, curitas, sal de uvas, tampones, repelente de insectos, enjuague bucal,  pañuelos, talco, gotas para los ojos, hisopos, papel quita grasa para rostro,  horquillas y pasadores, pegamento de pestaña postiza, rastrillo, bloqueador solar, lápiz labial, brillo, rímel, una serie de frascos de colores varios , varias pomadas, etc. En un rincón, una brocha y maquinita de afeitar.

Busqué entre los frascos, tomé uno que decía Acqua Di Gio, ¿será el agua de Giovanni, mi amigo?, pero no… No era agua… tenía alcohol… me ardió hasta los dientes… sudaba abundante y las lágrimas inundaban mis mejillas. De bronca tiré una patada al pie de la pileta y el cierre maldito casi me la corta… maldije al desgraciado inventor de los cierres metálicos… seguro fue una mujer… ni idea del daño que podía hacer… deberían de prohibirlos… ¿Cómo es posible que no se pueda destrancar una porquería de cierre? ¿Por qué no los hacen digitales? Una App para abrir y cerrar los cierres desde el celular. Mi cabeza iba a mil. El ardor era inaguantable… tomé una pomada… en el apuro leí: Gel para adelgazar… y le di con todo, pensando que al menos me iba a bajar la inflamación. Para mi estupor empecé a sentir que me quemaba… contenía un gel caliente de los que usan las mujeres para bajar la grasa… a esta altura creí que lo mejor era cortármela y listo… pero mi orgullo machista era más fuerte. Me decía constantemente vos podés… vos podés… encontrá algo rápido antes que se caiga… Golpean la puerta y siento la voz de mi amiga diciéndome muy sensual… “apurate que tengo muchas ganas de que nos vayamos…” ¡Cómo para irme estaba yo! Tras ella, otros golpeaban la puerta del baño… la cerveza hacía su efecto y ya había fila para entrar… En mi desesperación, llorando supliqué a Dios “por favor, si existís, salvame de esta…”. Tanta era mi angustia que tiré con fuerza del cierre para aquí y para allá hasta que… ¡MILAGRO! Se soltó.

Como pude, me arregle un poco, me mojé la cara y salí sonriente, aunque caminaba como si me hubiesen robado el caballo… “¡wow! hermano, envidia sana”, me dijo un flaco más borracho que yo que no sacaba sus ojos de mi pantalón… Mi amiga también miró con una mirada tierna y libidinosa… y yo, simulando el ardor, salí sacando pecho y creyendo en Dios.

El Patrullero

 

─Buenos días, oficial.

─Buenos días, caballero. Permítame decirle que es un placer recibirlo en esta Comisaría. ¿Cómo podemos ayudarlo señor?

─Gracias. Vengo a hacer una denuncia.

─Pero amigo… ¿se ha dado cuenta lo hermoso que está el día? ¿Por qué no deja para mañana la denuncia? Disfrute el Sol, lo piensa mejor, se tranquiliza y vuelve mañana que con gusto lo recibiremos como acostumbramos, con total amabilidad.

─ ¿Me está pidiendo que no haga la denuncia? Me robaron hace un rato el auto en plena calle, dos muchachos.

─Comprendo señor, cálmese. ¿Gusta un café? Es de los buenos.

─No quiero café, quiero que me tome la denuncia y que investiguen, que para eso les pagamos.

─Con mucho gusto. De verdad un placer recibirlo. Cómo sabrá ahora cobramos las denuncias. Debe abonar previamente un impuesto en el Ministerio y luego puede realizar la denuncia. Pero ya le advierto que hay al menos doscientas antes que la suya. Es que, como ya se sabe, el presupuesto no alcanzó para comprar un patrullero. Por eso el Ministerio nos autorizó que con la recaudación de las denuncias compremos uno.

─ ¡Qué disparate! Pero habrá policías que patrullen aunque sea a pie ¿o no?

─Bueno, haber hay. Pero no tenemos dinero para el uniforme y tampoco para balas. Así que por ahora hacen tareas administrativas. Hay mucho papeleo.

─Ahora entiendo porque hay tanta criminalidad.

─No señor, discúlpeme. Las estadísticas confirman que en los últimos tres años hemos llegado a disminuir considerablemente las denuncias. Y, obviamente, si no hay denuncias es porque ha bajado la taza de crímenes.

─Pero me está diciendo que se cobra la denuncia, ¿quién va a denunciar así?

─La estadística no miente señor. Además, cuando podamos sacar el patrullero a la calle, y le digo que ya hay muchos vecinos que han comprado sillas para verlo pasar, entonces la ciudad estará mucho más segura y bajará aún más las cifras de delitos.

─ ¿Cómo es eso de las sillas?

─Una idea brillante del Cabo Perdomo. Se le ocurrió alquilar sillas, como se alquilan para el desfile de carnaval. pero para ver pasar el nuevo patrullero. Será todo un acontecimiento ¿se imagina? Ya hay vecinos que han comprado varios talones. Aún no tenemos la fecha de salida del patrullero a la calle, pero han comprado para ese día y el siguiente y el siguiente, y así hasta fin de año.  Una idea brillante. Con la recaudación estamos juntando para los uniformes y parece que sobrará algo para comprar cachiporras y algunas balas.

─Pero, ¿el Ministerio no les da nada? Es al Gobierno a quien le corresponde comprar eso.

─Querido amigo, el gobierno ha hecho mucho. Fíjese ¡cuánto a descendido la criminalidad! Eso se lo debemos al gobierno. No hay que exigirle tanto. Hace lo que puede, créame. Y la ciudadanía está contenta. Solo esperamos el patrullero, que, con la ayuda de la gente, pronto será una realidad.

─ ¡¿O sea que hasta que no llegue el patrullero no van a investigar mi caso?!

─Lo haremos señor, claro que sí. La policía de esta ciudad siempre está comprometida con su gente y su problemática. Solo le pido que venga mañana a hacer la denuncia.

─ ¿Por qué no puedo hacerla hoy?

─Nos prometieron del Ministerio que mañana tendríamos un lápiz. Se nos ha terminado la semana pasada el que teníamos asignado en el presupuesto. Así que mañana podremos atenderlo como es nuestra costumbre, que tantas satisfacciones le han dado al pueblo.

─Si es por eso, yo tengo una lapicera aquí.

─El problema Señor es que solamente podemos usar el lápiz que nos da el Ministerio. Las leyes son las leyes y están para cumplirse. Pero, ya que está tan abierto a apoyarnos, ¿no quiere usted un talón para las sillas? Lamentablemente solo me quedan en la tercera fila y tendrá que pararse cuando pase el patrullero.

─Bien, deme dos.

─Es usted muy amable Señor, ya verá que su auto va aparecer. Sabemos muy bien que es la banda de los hermanos Gómez los que roban los autos.

─Y, ¿por qué no los apresan?

─Verá, el Señor Juez no quiere firmar la orden de detención hasta que no le hagamos rebaja en el pago de dos sillas para ver pasar el patrullero.

─Y, ¿por qué no le regalan los tickets y ya?

─El Señor Ministro nos ha pedido que no lo hagamos, porque no quiere que se pueda interpretar como un acto de corrupción. El Sr. Ministro ya ha hablado con los Ministros de la Suprema Corte para que sean ellos quienes compren los tickets de las sillas del Sr. Juez, así firma la orden de detención. Aunque la Suprema Corte ha dicho que hasta el próximo presupuesto no tendrá dinero disponible para eso, así que estamos esperando.

─No se preocupe oficial. Yo pago los dos tickets para el Sr. Juez.

─Eso sería intromisión en la justicia, mi querido amigo.

─Entonces, dígame ¿cuál es el nombre del Juez así habló directamente con él?

─El Sr Juez Gómez. Él es el hermano mayor de los hermanos Gómez.

─Pero… o sea… es decir…¡él tendrá que emitir una orden de detención de sus propios hermanos! ¿O me equivoco?

─Está en lo cierto. Pero creemos firmemente en la probidad del Sr. Juez.

─ ¡Pero los está chantajeando con los tickets de las sillas! ¿De qué probidad me habla?

─Bueno, en realidad es comprensible… hace seis meses que no le pagan el sueldo y no tiene dinero para los tickets.

─ ¿Cómo que no le pagan? ¿Y qué hicieron con el dinero asignado a sueldos?

─Verá usted, se gastó el dinero que había para pagar los sueldos de los jueces en una colonia de vacaciones que hicieron para los Ministros de la Suprema Corte de Justicia, que se lo merecían por todo lo que trabajan. Están muy estresados. También a veces invitan al Ministro y al Jefe de Policía.

─Con eso hubieran comprado varios patrulleros.

─Bueno, en realidad compraron uno, con un resto que sobró. Pero el Ministerio lo tuvo que vender para pagar una deuda que tenía con la confitería que organiza las fiestas que suelen dar.

─Esto es un desquicio de país.

─Pero se vive bien Señor, ¡no me diga que no! Es un país libre, tranquilo y la gente está contenta. Eso es lo importante.

¡Solo necesitamos un patrullero!

Quick, no more Guilt

Omega recogió el volante tirado debajo de su puerta.

 

LAVADERO QUICK GUILTY: UNA NUEVA SUCURSAL ABIERTA LAS 24HS

SISTEMA 100% ECOLOGICO. LAVE SUS CULPAS EN TAN SOLO 20 MINUTOS

RESULTADOS GARANTIDOS.

 

En un abrir y cerrar de ojos, Omega llenó una bolsa de nylon con unas cuantas culpas que tenía guardadas en el ropero.Las tiró en el asiento trasero del coche y condujo hasta la dirección que aparecía en el volante.

─Hola, mi nombre es Épsilon, ¿en qué puedo ayudarle?

─Buenos días, Omega, mucho gusto. Traigo esta bolsa Aquí la tiene. ¿Cuál es el    costo del lavado?

─Permítame antes explicarle los nuevos tratamientos certificados por la Liga del Consumidor de Culpas Libre de Contraindicaciones. La LICOCUCO, ya la habrá sentido nombrar.

─Ejemm…sí, vayamos al grano Ud.hablaba de tratamientos.

─En efecto, podemos ofrecerle el lavado simple a 250 $o el súper wash a 300$.Para culpas de distintas categorías le recomiendo este último. Nuestra empresa utiliza suavizantes y blanqueadores 100% orgánicos y, si desea que sus culpas luzcan disculpadas por mayor tiempo, por 50$ más le ofrecemos el shock de hipoclorito que saca esos lineamientos normativos que afean la prenda y la deja sin arrugas con la    inocencia original.

─Mmm, bueno, sí quiero el superwash porque tengo varias y algunas muy gordas, ¡con la suciedad ya hecha costra! Ahh y además el plus ese que las deja blanquitas, ¿Ud. me asegura que da resultado?

─Mire amigo, el hipoclorito como efecto potenciado borra además los remordimientos quiere decir que Ud. va a sentirse muy satisfecho ¡Ud. estará libre!, ¡y la culpa será de otros! ¿No es fabuloso? ¡Ja, ja, ja!

─No lleva más de veinte minutos ¿no? según lo que dice acá el volante, porque a mediodía entro a la oficina.

 

─ ¡No se impaciente! Acomódese nomás mientras espera. ¡Gamaaaa! ¿Puede traerle un cafecito al cliente? Así yo le voy explicando nuestros otros servicios.

─¡Ufff! (¡Qué lata!)

─Tome, vaya mirando este folleto: el planchado fast es un excelente complemento del tratamiento con hipoclorito. Si se siente perseguido: planchado fast. Si se siente víctima: planchado fast. Si siente que todos están en su contra: planchado fast. ¡Es excelente! Y le damos un cupón de regalo para el sorteo de un pase libre al spa donde sus culpas recibirán diez sesiones de cama solar.  Y si le interesa un desmanchado en seco ultra speed para ocasiones especiales…

─ ¡Así está bien! Suficiente ¿Ya está pronto mi lavado?

─Aguarde a que atienda al siguiente y ya le entrego su pedido. ¡Número 2!

─Hola, mi nombre es Épsilon, ¿en qué puedo ayudarle?

─Mi nombre es Alfa, ¿no te acordás de mí? ¡Sos un chanta! Vine la semana pasada y te   pagué trescientos mangos por ese lavado trucho que no me sirvió para nada. ¡Ladrón!

─ ¡Tranquilícese, Alfa, por favor! Si bien lo recuerdo, Ud. no dejó que yo le enumerara     todos nuestros servicios porque según dijo tenía prisa. Y bien, no pude contarle del      nuevotratamiento Assuming Blue con luz ultravioleta, ideal para las culpas más    amargas. En 48 hs se logran asumir completamente. Así que… ¡a llorar al cuartito! No puedo tomarle su reclamo.

 

─Y, a propósito, Ud. Omega ¿sigue con la idea de irse rápido o quiere que le cuente? Por tan solo $50 pesos más…

Desgarro a la inocencia

 

─ ¡Fuentes! ¡Fuentes!

Un escalofrío le recorrió el cuerpo al oír esa voz y la devolvió a la realidad.

Miró a su alrededor. La clase entera se había dado vuelta para mirarla a ella.

─ ¡Fuentes! ─repitió el profesor García ─¡adelante!, por favor.

Martina cerró los ojos y soltó un largo suspiro. Sus manos se aferraron a la hoja de papel que había sobre su mesa. Abrió los ojos y caminó al frente con la hoja pegada al pecho cual escudo.

─Eh… ─su voz temblaba. Se aclaró la garganta. Trató de mirar la hoja, pero las palabras parecían bailar delante de sus ojos–. Había una vez…

─ ¿Título? ─la interrumpió el profesor.

–Sí… esto… “El lobo feroz”–respondió ella.

Escuchó algunas risitas provenientes del fondo de la clase. El profesor asintió, indicándole que podía comenzar.

─Bueno… Había una vez una manada de perros. Los más chiquitos aprendían de los más grandes y eso. Y bueno… Se suponía que los perros grandes eran buenos y los cuidaban, pero había uno que no era un perro. Era un lobo. Pero nadie sabía. Solo lo sabía un pequeño cachorrito. Porque durante las noches de luna llena el lobo no podía ocultar su verdadera naturaleza y se transformaba. Y el cachorro lo había visto. Y el lobo lo había arañado como castigo. El lobo lo arañaba todo el tiempo, pero nadie lo veía. Las garras del lobo habían empezado a abrir la piel del cachorro de a poquito. Le habían arrancado el pelo. Lo estaban dejando desnudo. Pero los otros perros no se daban cuenta. Pero el cachorro, sí. El cachorro sabía lo que el lobo era. Pero el lobo le había dicho que nadie le iba a creer. Porque en un mundo de perros, ¿quién le iba a creer a un simple cachorro que decía lo que nadie quería creer?

Martina levantó la vista. Macarena, siempre la más lista de la clase, parecía confundida. Unos cuantos apoyaban las cabezas en sus brazos cruzados sobre la mesa. Otros dibujaban. Tomás miraba por la ventana sin siquiera disimularlo. Incluso la profesora Ferreiro, que había ido a observar la clase, parecía poco interesada, garabateando algo en su libreta sin despegar la mirada.

Cuando miró al profesor García, Martina pudo ver gordas gotas de sudor cayendo por su frente. Gotas que parecían un espejo a las que se deslizaban por las mejillas de la misma Martina en ese momento.

─Un día, sin querer, el lobo mordió al cachorro. Si lo hubiese sabido, seguramente, lo hubiera matado en ese mismo momento. Pero no lo notó. Y, sin darse cuenta…─Martina miró al profesor directamente a los ojos ─el lobo creó un arma letal.

Que en paz no descanses

Y para colmo de males llovía, así que el incendio no pudo ser apagado. La casa ardió con los cuerpos dentro. ¡Quién iba a imaginarse! Fue culpa de la lluvia que no pudieron llegar los bomberos a tiempo. El caso es que el tipo huyó. Él la mató, le incendió la casa y, luego, huyó. Dicen que iba a cruzar a nado el charco, pero no creo que alguien que escriba con esas faltas de ortografía pueda nadar tan lejos. Igualmente, fue un buen tipo. Nunca la cagó, nunca le negó nada, siempre trabajó como conejo negro para darle todo. Solo la mató, pero con razón. Un error lo tiene casi cualquiera.  O acaso ella no podía ser más recatada, más agradecida, menos puta. Hoy están muertos los dos. No aguantó la tristeza de perderla el pobre tipo. Zorra y todo, pero se ve que la quiso, por algo la mató. Ayer la enterraron a ella y ni la familia fue al entierro. Nadie va a extrañar a alguien que le jode la vida a un buen tipo y hace que la mate. Hoy lo entierran a él. ¡Pobre hombre! Lo que habrá tenido que soportar. En el pueblo, todos iremos a despedirlo. Cerraran los comercios para estar presentes en el último adiós ¡a un gran tipo! que pagó las consecuencias de verse obligado a matar a la mina que lo cagó.

La vieja aceitera

La vieja vivía sola en la casa.

La veíamos pasar arrastrando su decrepitud por las calles del barrio.

Salía todas las mañanas, con su bastón de madera, a eso de las diez. Hacía sus compras diarias y regresaba enseguida.

Vivía en la casa más vieja y abandonada de la cuadra. La vieja casona de la esquina Chamberlain.  Más allá, la vía y, atrás, el bosque de la francesa, como lo llamaban.

El domingo se alejaba más, llegaba hasta la iglesia. Iba a la misa de doce. Nunca la vimos con nadie.

Todo lo que supimos de ella fue a través del cura. Solo con él conversaba.

La vieja hablaba sola. No se le conocían parientes. Nadie la visitaba. Solía acompañarla un perro de la calle. Sin embargo, parecía que no estaba sola. La rodeaban sus muertos, todos sus muertos, con ellos hablaba, la acechaban. No la dejaban en paz.

Ellos la habían amado. Alguno eran sus eternos novios, a los que había perdido uno a uno. Todos habían desaparecido antes de prometerle una boda decente.

Había sido muy bonita, la más linda del barrio. A todos los  atraía por su simpatía y atrevimiento. No le faltaban sonrisas y caídas de ojos para aquellos que a ella le gustaban.

Pero eso había sucedido hacía mucho tiempo…

La casa tenía un enorme sótano en el que había funcionado una aceitera. Su padre había sido un fabricante español de aceite de oliva. Grandes barricas hirvientes de aceite habían humeado a lo largo de los años.

Todo era clandestino. El aceite se vendía en los almacenes del barrio. Su padre les daba empleo a todos los pretendientes de su hija.

Pero ellos fueron desapareciendo, uno a uno. Se decía que su padre daba la orden de triturarlos en las mismas máquinas que trituraban las aceitunas. Los fundían en aquellas barricas que subsistieron a todos. Luego, eran vendidos como aceite de oliva.

Sin embargo, nadie había reclamado nada. Simplemente, desaparecían.

El hombre era muy poderoso. Tenía vinculaciones con los militares.

La hija nunca  perdonó a su padre. Y cuando tuvo la oportunidad –se dice- ella misma fritó a su progenitor de la misma manera.

Ahora, la vieja estaba sola y sin embargo hablaba.

Los vecinos la escuchaban en el sótano. Sus palabras retumbaban cual olivas flotando en el aceite fundido.

Un día decidimos investigar con quién hablaba.

Éramos una banda de gurices adolescentes que nos la pasábamos en la esquina fumando algún porrito para alegrarnos. A veces, tramábamos alguna aventura non santa.

Una plomiza tarde de verano, esas que el calor empalidece todo, nos acercamos a la vieja casona. Escondidos tras las matas del jardín, atravesamos las verjas. Recorrimos una larga avenida de tilos, que conformaban una suntuosa galería, que daba entrada a la casa. Esta constaba de tres pisos, con una buhardilla que remataba en la altura, toda cubierta con espesura verde. Las ventanas estaban tapadas por oscuras y pesadas cortinas, no nos permitían ver hacia dentro.

Entonces,  Polo, el más audaz de la pandilla, se coló por la puerta de atrás. Nosotros lo seguimos. Ya era de tardecita y las luces naturales se estaban apagando. Entramos en fila india por la puerta que daba a la cocina. Polo se adelantó y siguió hacia el comedor.

No conocíamos nada. El silencio era total. Solo sentíamos ladrar al perro que estaba atado en el fondo. Íbamos temblando muy pegados entre nosotros. Solo se escuchaba el castañear de nuestros dientes. En el semi-oscuridad, recorrimos distintos ambientes sin encontrar nada. Aquellas salas estaban repletas de muebles, tapados con sábanas blancas, parecían verdaderos fantasmas inanimados, congelados por el tiempo.

El silencio era total.  Aquello estaba totalmente ahogado por los árboles que lo rodeaban, provocando una sombra siniestra que nos vaticinaba augurios tenebrosos.

Parecía como que nos hubiéramos introducido en una cripta del cementerio.

En un momento, escuchamos unas letanías provenientes del piso de arriba.

Decidimos que yo solo subiera a ver dónde estaba la vieja.

Transité una escalera de madera cuyos escalones crujían como quejándose de un dolor ancestral. Intenté recorrerlos con el mayor sigilo posible, de puntas de pie y a tientas.

Llegué a un rellano donde confluían varias puertas y, luego de ajustar mi vista a las tinieblas, vi que todas estaban cerradas. Solo divisé una luz muy tenue que salía por debajo de una de ellas. Acerqué el oído. Miré por el ojo de la cerradura. La vieja se encontraba sentada en una mecedora y rezaba, tenía entre sus manos con un rosario enorme. Cada cuenta, tenía tallado un rostro distinto de hombre, con cara de sufrimiento.

Bajé corriendo a contarles a mis amigos. Ellos habían encontrado una tapa en el piso del comedor bastante disimulada que nos llevaba al sótano.

Bajamos infinidad de escalones, nos parecieron eternos. A medida que avanzábamos, parecía que se agregaban más. La oscuridad era total y la humedad que respirábamos nos ahogaba, era como caminar en la selva.

No sé cuánto avanzamos. En un momento, percibimos olor a aceite hirviendo. Había pasado mucho tiempo y estábamos agotados. Los tres temblábamos como hojas en primavera con viento norte.

Pisamos algo húmedo que parecía un piso de piedra mojada con moho, teníamos que tener cuidado de no patinar. Íbamos con los brazos en alto, como sonámbulos, para no darnos con algún objeto duro que nos pudiera hacer trastabillar. Recorrimos aquel sótano gigante, pero parecía como que siempre transitábamos por el mismo lugar, dando vueltas en círculo. Nos chocábamos entre nosotros, sin dar con nada. En eso, Marco prendió un encendedor, cegándonos primero pero para luego permitirnos ver algo en aquel ambiente. Nos costó entender lo que veíamos.

Un montón de hierros retorcidos, piletas de metal, grandes barricas herrumbradas, trozos de madera apolillada, con grandes clavos oxidados que las atravesaban, máquinas enormes indescifrables.  Al instante de que se hiciera la luz, nos paralizó un sonido que venía de adentro de una de las barricas. Nos pareció el gemido de un bebé con hambre.

El sonido se fue acrecentando. Luego fueron gritos de auxilio y terror. Algo reptaba:

Un esqueleto, medio humano y medio reptil, con pelos y cola gelatinosa, se prendió del cuello de Polo, a la vez que seguía aullando. Quiso morderlo pero no tenía dentadura. Aquella quijada se le prendió de un brazo y sus huesudas garras lo intentaban asfixiar. Marco y yo, que habíamos quedado paralizados, sin atinar a nada, luchamos para liberarlo.  Entre los tres, logramos separar la calavera y hundirla nuevamente en aquella barrica que humeaba repleta de aceite de oliva. Sus gritos y aullidos nos ensordecieron hasta que logramos apagarlos.

Corrimos hacia la escalera.

Nuevamente demoramos un tiempo que nos pareció eterno para llegar arriba.

Sentimos que ascendíamos a la eternidad.

Dimos en una sala toda iluminada. Grandes caireles caían del techo y crespones negros revestían dos grandes ventanales.

Las fundas habían desaparecido. Los muebles antiguos lucían en su total esplendor.

Un olor rancio a flores marchitas nos cortó el aliento.

Encontramos un grupo de personas velando un cajón.

La muerta era la vieja, lucía pálida y gris. Solo se veía su rostro, sumamente marcado por las arrugas.  Una mueca que parecía de verdadero pánico y ahogo le marcaba el rostro. En su pecho, tapado por la mortaja, se veía el rosario extendido y las cuentas con rostros que ahora sonreían.

Escuchamos los comentarios. Aparentemente, una de las personas presentes, alarmada por no verla ese día como siempre, se acercó a la casa y la encontró ahogada en su bañera llena de aceite de oliva.

Logramos salir, sin que nadie se percibiera de nuestra presencia. Parecíamos invisibles.  Reptamos hasta la primera cuneta cerca de la vía  y cada uno corrió para su casa después de prometernos mantener el secreto para siempre.

Nieve y un trago de vodka

Se metió en el baño dispuesto a darse una ducha. Primero, se afeitó. Miró fijamente al espejo y acercó un poco más el rostro al vidrio que lo reflejaba. Hoy más cansado que el día anterior, más viejo. Los surcos navegaban por todo su rostro como un mapa hidrográfico, profundos. La barba incipiente y, canosa, disimulaba la caída de la piel, aquel intrincado papiro. Sacudió un par de veces el frasco de espuma de afeitar y dejó que nevara en aquel desierto cubriendo todo su rostro. Se rasuró como se esquilan las ovejas hasta dejarlo sin un solo pelo. Se metió en aquel pequeño cubículo que funcionaba como ducha y dejó caer el agua helada sobre todo su cuerpo. Ahora su mente se encontraba en los Alpes, subiendo a miles de metros de altura. Hipotermia pensó. Sin embargo, fue entibiando su alma a medida que dejaba caer todo el frasco de champú en la palma de su mano temblorosa. Masajeó el pelo blanco. El poco pelo que quedaba en la cabeza. La espuma comenzó a crecer hasta desparramarse por el baño. Volvió a los Alpes. Giró desnudo en aquella nieve liviana y perfumada. Creó una cadena de montañas. Cerró el agua para que no se derritieran. Inmóvil, dentro del duchero, observó su gran obra. Recordó aquellos años de alpinista, los mosquetones colgados a la gruesa cuerda para elevarse hacia la cima de la montaña más alta del mundo. Sí, falta el aire en el baño, también en la montaña. Está entrenado. El vaivén de sus recuerdos lo paralizan. Las burbujas más altas son multicolores, la lámpara del baño forman verdaderos arcoíris. El Kilimanjaro, el pico nevado de África, formaba arcoíris infinitos. Miró sus pies descalzos y mojados. Extrañó sus botas de escalar. Pensó en la soledad del baño, la soledad de la casa (ahora vacía), la viudez, sus hijos ahora adultos, en su vejez y la imposibilidad de hacer las cosas que tanto amaba. Salió desnudo  totalmente embadurnado en espuma. Caminó por toda la casa. Ya a nadie le importaba. Así, como estaba, se sentó en su escritorio. Miró desde allí las fotos colgadas en la pared. Sus años mozos, sus expediciones, su casamiento, sus hijos. Se sirvió un vodka sin hielo. El trago de la mañana lo hizo entrar en calor. Adormeció la soledad y cerró sus ojos mientras revolvía con el dedo índice el líquido transparente de 45 grados de alcohol. La ventana se abrió de golpe por el viento. Las hojas del fresno se colaron por toda la habitación y se le pegaron a la espuma de su cuerpo. Camuflado en la jungla del escritorio, se sintió protegido de la maldita soledad.

El candidato

─Me parece que he sido muy claro.

─Sí, sí lo ha sido. Lo que no me puedo creer que esa sea su propuesta para terminar con la delincuencia.

─Nuestra propuesta es extinguir la delincuencia. ¿Qué es lo que no entiende?

─Justamente, que matar sea la propuesta política de su partido Doctor.

─De lo que se trata es de ser inflexible y eficiente. La gente está harta de la delincuencia y nosotros tenemos un plan de exterminio que será revolucionario.

─Bueno… el pueblo sabrá que hacer. Faltan dos días para las elecciones. Que quede claro que lo que usted propone es un Estado asesino. Un Estado violento.

─Queremos un Estado que se ocupe del problema y no lo rehúya por dos o tres votos más. Violencia es la que sufrimos a diario.

─Bien…  increíble… dígame Dr.  ¿cómo piensa llevar a cabo ese plan?

─La primera semana de gobierno vaciaremos las cárceles. Mataremos a todos los presos. Esos ya no reincidirán. Aún no sabemos si a los tiros, en cámara de gas o los dejaremos que se mueran de hambre. Mis técnicos están evaluando lo más económico. No queremos gastar un peso más en esos inútiles. Dejaremos de gastar en mantener vagos.

─Pero se imaginará que la OEA, la ONU y muchos países amigos protestarán e impondrán sanciones a nuestro país.

─Cuando vean los resultados tendrán que callarse. Incluso con el tiempo nos imitarán. Tenemos la razón. Y créame que lo importante son los resultados y no los procedimientos.

─ ¡Qué locura!, dígame: ¿Qué van hacer para prevenir la delincuencia?

─El segundo paso será la prevención. Muerto el perro se acabó la rabia, pero siempre hay quienes quieren ser “perros”. Así que vamos a hacer una limpieza en los cantegriles y barrios pobres, en especial entre los negros. Se da cuenta, encima que son pobres son negros. ¡Como para no robar!

─¡Eso es fascismo!

No lo sé. Tampoco nos importa. Hay que terminar con la hipocresía. La mayoría de los delincuentes son negros y pobres, así lo dicen las estadísticas. Por lo tanto, si liquidamos la raíz del problema, ya no habrá problema.

─¿Usted ha matado Dr.?

─Sí, claro, ¿quién no lo ha hecho? Soy político, pero antes soy humano. He tenido motivos de sobra para matar en mi vida. ¿Usted no ha tenido?

─Bueno… sí, motivos he tenido. Mas, nunca lo he hecho.

─Pues, yo sí. Y muy orgulloso de haberlo hecho. Se siente una libertad maravillosa y se conecta con un poder inmenso. Nunca más nadie se atrevió a desafiarme. Le aconsejo que se anime. Será otro hombre.

─Seré un asesino, querrá decir.

─Será un hombre libre. Habrá conectado con lo más profundo de usted y luego de la experiencia saldrá más digno y fuerte.

─¡Vaya locura! Me imagino que no respetará las leyes.

─Vamos a suspender todas las leyes. Las leyes se crearon para combatir la delincuencia en todo su accionar, desde robar, chantajear, estafar, etc… Pero, está claro, que ha fracasado como forma de control. Al liquidar el problema las leyes no serán necesarias.

─¿Y la oposición?… ¿Cómo piensa tratar con la oposición?

─Como no serán necesarias las leyes, para que gastar plata en una manga de diputados y senadores inútiles. Si la oposición los quiere que los mantengan ellos. Nosotros no vamos a gastar un peso. Y si no están de acuerdo que se vayan del país, o que esperen cinco años a ver si nos ganan.

─¿Usted realmente piensa que ganará la Presidencia?

─Obviamente que sí. La gente quiere paz, está harta de los negociados de los políticos, de tanta mentira e inseguridad. Nosotros somos la renovación y la esperanza, y vamos arreglar eso, rápido.

─Pero… lo que propone es antidemocrático.

─Estamos hartos del panfletarismo marrullero. En la vida, querido amigo, hay que ser práctico. Las etiquetas nunca nos trajeron paz. Es nuestra hora. Basta de absurdas posiciones que solo nos han traído dolor y más dolor.

─¿Usted, se considera el Hitler moderno?

─Si lo hubieran dejado hacer… el mundo sería otro, créame.

─Usted, es detestable y, disculpe, que se lo diga ante cámara pero no puedo callármelo.

─Usted es uno de los tantos que han frenado el progreso de la sociedad con ideas vetustas y puritanas, que solamente han favorecidos a los ladrones y a los políticos corruptos. Así que es un buen ejemplo para empezar.

 

Y ahí mismo, frente a las cámaras, saqué mi revólver y le pegué un tiro certero en la cabeza.

Me detuvieron.

Dos días después gané las elecciones con una mayoría abrumadora.

Succión esencial

Cuentan los lugareños que en el fondo de un pozo profundo y húmedo tenía su hábitat una extraña criatura con cabeza de gárgola y cuerpo de araña. Los habitantes del poblado la llamaban Astiabe Soma, la “bestia de los abismos” y trataban de evitar pasar por los alrededores. Esto no era algo tan sencillo ya que la criatura tenía la facultad de cambiar los tonos de voz y hacerse pasar por alguien que pedía ayuda. Podía imitar los lamentos de un albañil que había sufrido la amputación de una mano, de un campesino al que se le había dislocado su carro, de una mujer atacada por los ladrones e innumerables invenciones más que lograban atraer a quien estuviera en las cercanías.

Cuando el incauto, llegado hasta el pozo, comprobaba la falsedad de la alarma, ya era muy tarde. Desde el interior del abismo, subía un potente vórtice de energía densa, asfixiante y fétida que envolvía el cuerpo de la persona. Esto duraba unos quince, veinte segundos y la ola se retiraba llevándose toda la humanidad que hubiese podido consumir. El hombre, la mujer o el niño habían quedado reducidos a una simple cáscara volvían a sus ocupaciones habituales pero ya no eran los mismos de antes, habían perdido su antigua personalidad.

La gente los comenzó a llamar los “SINSER” en alusión a dicha ausencia. Los sinseres se mezclaban entre sus congéneres y hasta podían pasar desapercibidos, pero tenían que resolver problemas más acuciantes de su vida cotidiana. Sin ser ellos mismos ¿cómo lograban hacerlo? A través de la imitación. Se convirtieron en grandes simuladores de otros, hasta tal punto que terminaron convenciéndose que, en realidad, eran el personaje que encarnaban. Se olvidaron de su verdadera esencia tragada por la bestia. Esta, cuanta más energía succionaba, más aumentaba su apetito. Ya había duplicado el número de presas que necesitaba para satisfacer su glotonería. Y, en consecuencia, la cantidad de sinseres había crecido en forma alarmante. La gente común y corriente fue tornándose cada vez más egoísta al no acudir a ningún pedido de ayuda, por temor a convertirse en un sinser. Llegó un momento en que solo los que tenían dicha condición volvían a caer en la trampa y se reanudaba el ciclo.

Al cabo de un tiempo, un científico que había estudiado el fenómeno de la bestia en otras regiones, se radicó en el poblado para ser testigo de los hechos de primera mano. A pesar de las pesquisas realizadas en distintos lugares y épocas, no se había logrado determinar el origen de la misteriosa criatura. Y quizás nunca se lograra saber. Existían muchas hipótesis. La última de ellas, proveniente del Instituto de Astrobiofísica de la NASA planteaba que, al oeste de Australia, donde se encuentran los primeros minerales formados hace 4.400 millones de años, pudieron haber sufrido transmutaciones moleculares de fuentes desconocidas, convirtiendo  lo inanimado en viviente dando lugar a estrafalarias criaturas. Estas, con el transcurrir del tiempo, fueron evolucionando y desplazándose a todo lo largo de la superficie terrestre.

Adam Robledo, luego de alquilar una económica casita, acondicionó una de sus piezas como escritorio. Observó con orgullo su título colgado en la pared: Maestría en Biología Evolutiva y Filogenia. Se acomodó los lentes, retiró la silla de la mesa repleta de papeles y se sentó a leer. Muchos informes, fotos, datos estadísticos.  Todas palabras, puras referencias intelectuales. A él lo impulsaba un desafío: enfrentarse cara a cara con la bestia. Debía tomar ciertas precauciones si quería salir ileso y no terminar como tantos.

Adam sabía que el espacio de tiempo que tenía frente al pozo antes que lo tomara la nauseabunda vaporización eran unos pocos segundos. Y, además, corría con una ventaja: conocía la argucia de las falsas alarmas.

Sus investigaciones lo habían llevado a preparar una pasta de metales raros: erbio, europio y olmio, muy usados en fibra óptica y procesos nucleares. Nunca la había probado, esta vez, se iba a arriesgar. Su ayudante, un sinser que le había pedido trabajo como escribiente, decidió acompañarlo ya que imitaba fielmente cada una de sus acciones. Ambos se untaron el cuerpo con la pasta cubriendo cada milímetro de piel. Adam le insistió varias veces al ayudante que al llegar al lugar desoyera las súplicas y se quitara la ropa inmediatamente para potenciar el efecto.

Unas cuantas cuadras antes, oyeron los gritos de la novia del escribiente pidiendo auxilio.

─ ¡Socorro! ¡Ayúdenme por favor! ¡Me robaron!

─ ¡No hagas caso, Rufino! ¡Son todas mentiras!─le amonestó el científico.

Ni bien llegaron al pozo, Adam se desvistió completamente mientras Rufino buscaba desesperadamente a su amada. La ola no tardó en llegar. Cubrió completamente a este último dejando intacto al otro.  Adam observó totalmente impotente como su empleado quedaba vacío de su sustancia.

La impotencia dio lugar a la rabia más explosiva y se tiró dentro del pozo dispuesto a matar a la alimaña. Se arrastró metros y metros por un estrecho túnel impulsándose con los antebrazos. La barriga se deslizaba por el piso resbaladizo de musgo y humedad. En el fondo, la bestia estaba agazapada observándolo con ojos encendidos y sus cuatro pares de peludas patas, prontas para atacar.

Afuera del pozo, Rufino miraba desconcertado en todas las direcciones sin saber lo que hacía allí.Al anochecer, aún continuaba en esa postura. A medianoche, Adam emergió del pozo guiándose por la luz de la luna llena que iluminaba las paredes. Desnudo, sin nada en sus manos.

Se vistió y acompañó de vuelta al pueblo al pobre infeliz que observaba la luna.  Este ni siquiera le supo decir su nombre.

Ya en su cama, a Adam le daban vueltas en su cabeza los últimos acontecimientos vividos. Antes de caer en un profundo sueño, sintió renacer en él un nuevo reto científico: indagaría sobre los extraños estados que puede adoptar la conciencia.