Desgarro a la inocencia

 

─ ¡Fuentes! ¡Fuentes!

Un escalofrío le recorrió el cuerpo al oír esa voz y la devolvió a la realidad.

Miró a su alrededor. La clase entera se había dado vuelta para mirarla a ella.

─ ¡Fuentes! ─repitió el profesor García ─¡adelante!, por favor.

Martina cerró los ojos y soltó un largo suspiro. Sus manos se aferraron a la hoja de papel que había sobre su mesa. Abrió los ojos y caminó al frente con la hoja pegada al pecho cual escudo.

─Eh… ─su voz temblaba. Se aclaró la garganta. Trató de mirar la hoja, pero las palabras parecían bailar delante de sus ojos–. Había una vez…

─ ¿Título? ─la interrumpió el profesor.

–Sí… esto… “El lobo feroz”–respondió ella.

Escuchó algunas risitas provenientes del fondo de la clase. El profesor asintió, indicándole que podía comenzar.

─Bueno… Había una vez una manada de perros. Los más chiquitos aprendían de los más grandes y eso. Y bueno… Se suponía que los perros grandes eran buenos y los cuidaban, pero había uno que no era un perro. Era un lobo. Pero nadie sabía. Solo lo sabía un pequeño cachorrito. Porque durante las noches de luna llena el lobo no podía ocultar su verdadera naturaleza y se transformaba. Y el cachorro lo había visto. Y el lobo lo había arañado como castigo. El lobo lo arañaba todo el tiempo, pero nadie lo veía. Las garras del lobo habían empezado a abrir la piel del cachorro de a poquito. Le habían arrancado el pelo. Lo estaban dejando desnudo. Pero los otros perros no se daban cuenta. Pero el cachorro, sí. El cachorro sabía lo que el lobo era. Pero el lobo le había dicho que nadie le iba a creer. Porque en un mundo de perros, ¿quién le iba a creer a un simple cachorro que decía lo que nadie quería creer?

Martina levantó la vista. Macarena, siempre la más lista de la clase, parecía confundida. Unos cuantos apoyaban las cabezas en sus brazos cruzados sobre la mesa. Otros dibujaban. Tomás miraba por la ventana sin siquiera disimularlo. Incluso la profesora Ferreiro, que había ido a observar la clase, parecía poco interesada, garabateando algo en su libreta sin despegar la mirada.

Cuando miró al profesor García, Martina pudo ver gordas gotas de sudor cayendo por su frente. Gotas que parecían un espejo a las que se deslizaban por las mejillas de la misma Martina en ese momento.

─Un día, sin querer, el lobo mordió al cachorro. Si lo hubiese sabido, seguramente, lo hubiera matado en ese mismo momento. Pero no lo notó. Y, sin darse cuenta…─Martina miró al profesor directamente a los ojos ─el lobo creó un arma letal.

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