Gracias a mi prepucio ya no soy ateo

Mi relación con Él ha sido siempre caótica. Nos conocemos desde que era chico. Nos presentó un cura; aunque no me habló muy bien de él, por cierto. Me quedé con la idea que el tipo me vigilaba todo el tiempo, que era un cabrón y le gustaba ensañarse con los que no le hacían caso. Como yo siempre fui medio rebelde, tuvimos problemas casi desde el inicio. No le tenía miedo, como le pasaba al resto de mis compañeros de la escuela. Más bien me generaba un poco de rabia, rebeldía y ganas de pegarle una patada en el culo.  Me aguantaba porque tampoco soy estúpido. Después, fui creciendo y me dejó de importar. Más bien lo negaba. Me hice comunista primero, luego anarquista y ya no le di ni bola. Siempre desafiaba a cualquiera a que me demostrara su existencia. Como eso nunca ocurrió, más terco me ponía hasta asegurar que era todo un cuento.

Hasta que una noche me ocurrió algo inesperado.  Concurrí a una fiesta descomunal en casa de un amigo. Sus padres se habían ido de viaje y se le ocurrió organizar un baile en su casa. Muchas mujeres, música bien alta, alcohol y cigarros.

Tomé más de la cuenta y también nos besamos más de la cuenta con una amiga, que también había tomado más de la cuenta. En medio de tanta excitación, antes de irnos a algún lugar, fui al baño.

Apenas podía sostenerme en pie, era difícil mantener puntería en ese estado. Mi risa y el mareo me dificultaban una tarea que sabía hacer a la perfección. Aunque el problema surgió al terminar. Apurado y atolondrado como soy, pero exageradas esas dificultades producto del alcohol (y por lo que me estaba esperando), hicieron que mis manos

des-coordinaran su trabajo y lo inevitable ocurrió. El cierre del vaquero atrapó mi prepucio. El dolor ahuyentó mi exceso de alcohol casi de inmediato. Sentí una oleada de calor que casi revienta mi cerebro. Empecé a traspirar y quedé petrificado sin saber qué hacer, mi boca quedó abierta, mis piernas duras y mi espalda se tensó como gato antes de una pelea. No podía llamar a nadie, sería un quemo y seguro que mi amiga saldría disparando ante tamaña lesión, más allá que podría haber quedar lesionado para toda la vida, incluso impotente. Tampoco podía gritar, no me daban las fuerzas porque cualquier intento de moverme o tensionarme me provocaba un dolor insoportable. ¿Qué hacer? Tendría que ser rápido porque en cualquier momento entraría alguien al baño.

Traté de agacharme, pero fue como si tiraran de mi miembro con una pinza. Estirarme tampoco funcionó, se tensó aún más mi abdomen con un dolor inaguantable. Miré desesperado el botiquín del baño. Buscaba algo que pudiera ayudarme. Me fui acercando muy despacio, casi al ritmo de una momia caminando sobre suelo recién encerado. Levanté con temor mi brazo y abrí el botiquín. Mi glande estaba enorme y colorado, necesitaba enfriarlo. El botiquín parecía un almacén. Cepillos, broches y spray para el cabello, toallitas húmedas, rollos quita pelusas,  gel,  ligas de pelo,  desodorante en spray, crema para las manos, polvo traslúcido, lima de uñas, tijeritas, esmalte de uñas transparente , aspirinas, antiácidos, curitas, sal de uvas, tampones, repelente de insectos, enjuague bucal,  pañuelos, talco, gotas para los ojos, hisopos, papel quita grasa para rostro,  horquillas y pasadores, pegamento de pestaña postiza, rastrillo, bloqueador solar, lápiz labial, brillo, rímel, una serie de frascos de colores varios , varias pomadas, etc. En un rincón, una brocha y maquinita de afeitar.

Busqué entre los frascos, tomé uno que decía Acqua Di Gio, ¿será el agua de Giovanni, mi amigo?, pero no… No era agua… tenía alcohol… me ardió hasta los dientes… sudaba abundante y las lágrimas inundaban mis mejillas. De bronca tiré una patada al pie de la pileta y el cierre maldito casi me la corta… maldije al desgraciado inventor de los cierres metálicos… seguro fue una mujer… ni idea del daño que podía hacer… deberían de prohibirlos… ¿Cómo es posible que no se pueda destrancar una porquería de cierre? ¿Por qué no los hacen digitales? Una App para abrir y cerrar los cierres desde el celular. Mi cabeza iba a mil. El ardor era inaguantable… tomé una pomada… en el apuro leí: Gel para adelgazar… y le di con todo, pensando que al menos me iba a bajar la inflamación. Para mi estupor empecé a sentir que me quemaba… contenía un gel caliente de los que usan las mujeres para bajar la grasa… a esta altura creí que lo mejor era cortármela y listo… pero mi orgullo machista era más fuerte. Me decía constantemente vos podés… vos podés… encontrá algo rápido antes que se caiga… Golpean la puerta y siento la voz de mi amiga diciéndome muy sensual… “apurate que tengo muchas ganas de que nos vayamos…” ¡Cómo para irme estaba yo! Tras ella, otros golpeaban la puerta del baño… la cerveza hacía su efecto y ya había fila para entrar… En mi desesperación, llorando supliqué a Dios “por favor, si existís, salvame de esta…”. Tanta era mi angustia que tiré con fuerza del cierre para aquí y para allá hasta que… ¡MILAGRO! Se soltó.

Como pude, me arregle un poco, me mojé la cara y salí sonriente, aunque caminaba como si me hubiesen robado el caballo… “¡wow! hermano, envidia sana”, me dijo un flaco más borracho que yo que no sacaba sus ojos de mi pantalón… Mi amiga también miró con una mirada tierna y libidinosa… y yo, simulando el ardor, salí sacando pecho y creyendo en Dios.

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