El ermitaño de Serinago

Era un ermitaño de avanzada edad con una mente sagaz y con un asombroso dominio psíquico.

Lo llamaban Matusalén, por los años vividos, claro, pero su nombre verdadero se desconocía y él trataba de evitarlo, siempre que podía. Soñaba con pasar desapercibido, a pesar de su barba casi azulada que le llegaba hasta el ombligo y sus ojos miopes de un color casi transparente. Sus vestiduras eran muy antiguas y estaban tan sucias que su color era totalmente indefinido, casi traslucidas, y se le llegaba a ver los huesos a través de ellas. Era un hombre delgado, pobre y austero.

Dicen que tenía casi doscientos años. A lo largo de su vida había aprendido a dominar su mente, la lograba dejar totalmente en blanco y empezar de nuevo…

Había recomenzado una segunda vida a los ciento cincuenta años, prácticamente había nacido de nuevo. En aquel momento, era como si tuviera cincuenta.

Estaba cursando una segunda vida repleta de realizaciones nuevas, cuestiones que no había podido lograr en la primera.

Estaba incursionando en la historia pasada de unos seres mitológicos que le habían llamado la atención por lo parecidos a él: los antiguos habitantes de las cavernas Naverchoft, ubicadas en las viejas colinas de Albín, al norte de Núremberg.

Estos seres habían habitado aquel lugar en los años del Emperador Nahúm por los 335AC. Eran conocidos por los vestigios dejados impresos en las paredes de aquellas cavernas. Aparentemente habían logrado inventar un alfabeto totalmente legible y entendible para todos los seres humanos en todos los tiempos.

El ermitaño, en su segunda vida, había viajado mentalmente hasta las cavernas, ubicando a estos seres que vivían en otra dimensión y había logrado ponerse en contacto con ellos. Aún vivían en esa dimensión no perceptible por otros seres vivos. El ermitaño había logrado llegar a esa dimensión, realizando trabajos extrasensoriales, con una concentración asombrosa, casi sobrehumana, desconocida hasta ese momento.  Había pasado cincuenta días en ayuno total, hincado sobre guijarros volcánicos para lograrlo. Llegó a tener el poder equivalente a la fuerza de un mastodonte de la era cuaternaria pudiendo remover las paredes de las cavernas, sin moverse de su lugar.

Así fue que los percibió, se contactó y logró un diálogo e intercambio con estos seres, con los que pudo llegar a realizar acuerdos muy convenientes para la humanidad, como lograr controlar, por ejemplo, el cambio climático.

Sin moverse de su camastro, en su cabaña,  ubicada en los bosques de Serinago, cerca de East Gippsland en Australia, sin luz eléctrica y agua potable, a orillas del Lago Oridian (donde se bañaba desnudo, todas las madrugadas, antes de la salida del sol)  el ermitaño había logrado evolucionar cien años en el control del calentamiento global.

Ahora podría morir en paz, aunque antes debería ponerse en contacto con aquellos países que dominaban el mundo y convencerlos de que respetaran los logros alcanzados, tan beneficiosos para la humanidad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.