La ciudad de las almas grises

Había una vez en una ciudad de un país común un barrio extraño. Los 365 días del año eran siempre grises. Las casas, las ventanas eran de color gris y hasta los vidrios tenían ese color opaco. Sus habitantes también eran de piel grisácea y vestían del mismo color. Hasta los niños eran grises. Las madres paseaban a sus grises bebés en los cochecitos color gris. Apenas le salían los pelitos de sus cabecitas y ya eran grises como las nubes en días de tormenta. Nadie conocía los colores. La televisión era en blanco y negro. Leer diarios y libros viejos de páginas color perla era algo cotidiano.

La biblioteca del pueblo estaba ubicaba en una calle céntrica. Era custodiada por Serafín. Un hombre regordete de cabello marengo y baja estatura. Tenía una mirada perdida pero a nadie le llamaba la atención porque, quien más quien menos, los habitantes del barrio extraño portaban esa mirada enrarecida y grisácea.

Sin embargo, el viejo Serafín hacía tiempo que se lo notaba muy extraño. Más extraño de lo habitual. Hacía varios días que, al cerrar la biblioteca al público, sentía ruidos extraños detrás de uno de los estantes de los libracos más antiguos y estaba decidido a investigar. Aunque, a decir verdad, sentía temor de hacerlo. Sentado detrás del pequeño escritorio gris afinaba su bigote del mismo color enrulándolo en su dedo índice. Esa noche se quedó hasta tarde en la biblioteca ordenando libros y estantes. De repente, quedó sorprendido al ver tras un gran libro gris una revista llena de…¡¿Colores?! ¡Qué rareza! Sorprendido frente a tal hallazgo caminó en círculos. Recordó cuando era niño y en su mente, solo en su mente, dejó caer todos los colores que recordaba como un arcoíris por toda la habitación. Las estanterías eran rojas, la pared violeta y los libros multicolores. Miró sus zapatos azules, sus pantalones amarillos y hasta se atrevió a mirar la camisa que llevaba puesta. ¡Era verde!  ¿Y aquella revista colorida y abultada qué tiene dentro? Volvió a caminar en círculos que ya no eran grises sin atreverse a tocarla. La curiosidad le ganó y tembloroso fue directo a ella. La tomó entre sus regordetas manos y de sus páginas cayó una caja de metal repleta de colores con puntas afiladas como navajas que flotaban en el aire y enfilaban hacia la pequeña ventana apenas abierta. Serafín corrió a cerrarla pues no podían escapar. Los colores debían ser encerrados nuevamente en aquella caja y la caja en la revista y la revista ser guardada tras aquel enorme libro gris. En ese preciso instante, recordó que esa era su misión, su compromiso. Enloquecido y jadeante, trató de llegar a la ventana. Pero en la loca carrera tropezó con un montón de libros apilados cayendo con todo el peso de su cuerpo al piso dándose la cabeza contra la punta de un pequeño cajón. La escena, ahora inmóvil, lucía enteramente gris con excepción del incesante líquido rojo que fluía de su cabeza.

Al amanecer, aquel barrio extraño en la ciudad de aquel país común despertó con gritos y exclamaciones. ¿Qué estaba ocurriendo? ¡Todo había cambiado! Ninguno comprendía la imagen multicolor. El sol asomaba suavemente calentando aquellas gargantas gritonas.

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