Normal obsesión

Cuando Olivia tenía nueve años, se dio cuenta que no era como las otras niñas. Jamás olvidará cómo sus compañeras hacían fila para hablar con el profesor de gimnasia o cómo todas comentaban cuál de sus compañeros de clase era el más lindo.

–Y a vos, Olivia, ¿quién te gusta?–solían preguntarle con una risita.

Pero Olivia siempre cambiaba de tema.

Cuando tenía doce, Olivia soñó que besaba a Lara. Se despertó transpirada y con una extraña sensación en el estómago. Unos días después, le dio su primer beso a Joaquín.

Olivia tuvo su primer novio a los trece y, a los catorce, mantuvo relaciones por primera vez. No asistió a ningún cumpleaños de quince, ver a sus compañeras maquilladas y peinadas y con hermosos vestidos la hacían sentirse mal del estómago. No entendía por qué.

Lo único que Olivia quería era ser normal. Sentirse normal. Por eso se casó a los veinticuatro años con un muchacho por el que no sentía nada.

Hasta los veintisiete, tuvo una vida tranquila. Casi había empezado a convencerse a sí misma que amaba a su marido. Casi se había convencido que era normal.

Recién recibida de licenciada en comunicaciones, Olivia entró a trabajar en un periódico. No hacía mucho ni ganaba mucho, pero tenía posibilidades de crecimiento dentro de la empresa. Fue entonces cuando conoció a Belén.

Belén era morocha y tenía pecas que le cubrían de los hombros a la frente. Siempre traía las uñas pintadas de rojo y los ojos con deliñado negro y grueso. Jamás faltaban sus lentes verde flúor ni su sonrisa. Incluso si Olivia hubiese considerado la opción de que le gustasen las mujeres, jamás habría pensado que Belén podría ser su tipo de mujer. Pero Belén la hacía reír como nadie más lo hacía. Le despertaba esa sensación en el estómago que se habría prohibido a sí misma sentir desde que tenía memoria. Y por primera vez, Olivia se sintió feliz. Se sintió viva. Cuando estaba con Belén, hasta podía sentirse… casi normal.

Por ese motivo, Olivia decidió hacer lo más sensato, renunciar.

La leve depresión en la que cayó después de dejar de ver a Belén la adjudicó al haber perdido su empleo. Su marido, sin motivos para dudar, le creyó.

Con casi veintinueve años, Olivia decidió que era tiempo de empezar a buscar hijos. Calendarios, pastillas, tratamientos. Todos desfilaban ante la vida de Olivia, que se pasaba horas y horas de una sala de espera a otra. Hasta que un doctor por fin dijo la palabra que tanto temía: Estéril.

–Pero tener hijos es lo normal, ¿no?–Olivia estaba entrando casi en un ataque de histeria mientras su marido manejaba en silencio hasta su casa.

–Hay otras formas de tener hijos, si es lo que querés –respondió él.

–Pero es lo normal –insistió ella. Casarte, ser mamá, la familia: papá, mamá e hijos. Eso es lo normal.

–Bueno… sí… pero puede ser de otra forma.

Su marido parecía confundido y le recordó que Federica, tu amiga, había adoptado.

–No soy normal –susurró Olivia, inmersa en sus propios pensamientos–. Mi madre me dijo: “Casate con un hombre. Tené hijos”. Es lo normal –miró a su esposo– y repitió ─ ¡no soy normal!

–Olivia, ¿te sentís bien? ¿Querés que pare el auto? No tiene sentido lo que estás diciendo.

–Yo… yo solo quería ser normal. Pero no lo soy. Nunca lo fui. ¿Entendés?

–No –contestó él, tras una pausa–. Pero aunque no fueras normal, no tiene nada de malo.

–Mi madre quiere una hija normal.

–Tu madre habla mucho pero muerde poco. Te va a amar no importa qué. Y va a amar a nuestros hijos, biológicos o no –la consoló él.

–No quiero hijos –dijo Olivia–. Ni un marido. Ni lo normal. Digo, sí, quiero ser normal, pero no puedo. Nunca pude. Así que, ¿para qué seguir intentando?

–Esperá, ¿qué querés decir con que no querés un marido?

–Cambié de opinión, ¿podés parar el auto? –dijo ella en cambio–. Quiero caminar hasta casa.

Su marido arrimó el auto al cordón.

– ¿Estás segura que estás bien?–preguntó.

–Mejor que nunca… creo. Te veo en casa, pero antes, tengo que hacer algo –le dio un beso en la mejilla y salió del auto. Él bajó la ventanilla.

–Después, necesitamos hablar de eso que dijiste –manifestó él, pero Olivia hizo un gesto con la mano, quitándole importancia.

Esperó a que su esposo arrancase el auto y se sentó en un banco.

“Perdón que no respondí tus mensajes” escribió en su celular. “Estuve lejos un tiempo, pero ya volví. ¿Almorzamos mañana?”

Esperó unos minutos, hasta que su celular vibró y la pantalla se prendió con el nombre “Belén” en las notificaciones.

“No te preocupes. ¡Nos vemos mañana!”

Olivia sonrió. Por primera vez, dejó que sus sentimientos la invadieran sin intentar reprimirlos. Cerró los ojos, respiró profundo. Se sintió viva. Se sintió normal. No el “normal” que se había impuesto. Un normal distinto. Uno mejor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.