Miradas

La muchacha bajaba las escaleras del subte para subir al tren con destino a Chacarita. El andén estaba desierto. A los pocos segundos, vio una figura sombría detrás de una columna. Impermeable negro, sombrero gris y un paraguas largo, negro colgado de su brazo derecho. Miraba fijamente, hacia la oscura boca del túnel, como si su mirada pudiera atravesar la tremenda oscuridad y anticipara, así, la llegada del tren.

Se sorprendió de sí misma al sentir un miedo visceral. Su cuerpo comenzó a transpirar.  Su frente y su bozo se perlaron de gotas.  Nerviosa, buscó un pañuelo en su cartera como no encontró se secó el rostro con la palma de la mano. Después, notó que estaban multicolores. Parte de su maquillaje estaba en ella. Abrió nuevamente la cartera y no encontró ningún espejito para reparar, como supuso, había quedado su cara, a esta altura, su máscara. El hombre observándola alejado a unos pasos, comenzó a blandir su paraguas. “Tierra trágame” pensó.

Por su espalda, corrían gruesas gotas de sudor nervioso cuyo recorrido se detenían en la cintura del pantalón, para bajar luego lentamente por la entrepierna. El horror la obligaba a abrir sus ojos desmesuradamente. Imposible cortar el muro de miedo que la cercaba. Quiso pedir auxilio pero su garganta no sonaba. Sólo su boca se transformó en una mueca imposible.

Lo vio mirarla a ella tan fijamente como a la oscuridad del túnel. Lo vio moverse hacia ella, un paso, dos, tres… ya estaba a su lado. Instintivamente, se agachó y, desde el piso, le oyó decir. –Señorita, me está asustando. Si no deja de mirarme voy a tener que llamar a la policía.

Atrapados

Me presento. No sé todavía si me llamo Hugo o Juan, tengo veinticuatro años, desempleado. Aterrice en Montevideo desde una ciudad del interior. Soy prolijo. Traigo una valijita llena de ilusiones y un título lustroso. Soy el personaje principal de la novela que escribe Gustavo en una obscura habitación de la ciudad vieja.

Nuestra relación se caracteriza por la aspereza, sino por el encono. ¡Es tan indeciso! Obvio, me doy cuenta, no es ni por lejos un buen escritor. Y no saben lo que duele ser el personaje de una historia mal escrita. Me rechinan las palabras, no me deja avanzar con mi vida y, cuando comienzo a gozarla, hace un rollito y la tira a la papelera. Reconozco no lo ayuda este ambiente, húmedo, opresivo aunque vacío.

¿A ver? Sí, sí parece que avanzamos, letras negras invaden la hoja portando mi destino. Conozco a la chica de mis sueños, bajita morena y coquetona y, como el tango, se llama Malena. No creo sea un plagio, sí un lugar demasiado común, tenemos problemas con nuestros padres, pero nuestro amor saltará cualquier barrera. Me gustan las vicisitudes de su conquista, los besos robados, los encuentros furtivos.

Estoy contento Gustavo teclea y teclea, y yo me redondeo, me convierto en alguien, con una historia verosímil. Pero… Él toma una decisión: que nos fuguemos y… ¡caramba! ¡Yo soy el personaje! No, no es así. La conozco mejor. Es mi vida En este instante, lo odio con todas mis fuerzas. Todo me da vueltas y giro entre la vida que ya es mía y esta que me impone este hombre tan poco imaginativo.

Dicen que a veces los personajes logran influir en el escritor, de tanto que ambos se compenetran… pero… o yo no doy la talla o Gustavo está ciego y sordo a mis ruegos.

Con mi historia bajo el brazo, vamos al editor. A los pocos días, le devuelve el libro lleno de tachaduras. Ayayay cómo sufro con cada exclusión. Con su lapicera araña mi piel, la desgarra y desaparecen partes importantes de mi vida.

Gustavo está furioso. Habla solo. Que tiene que tener más sexo, drogas, asesinatos; ¡que eso es lo que vende! ¡Me dan ganas de tirar todo a la basura!

¡NO! grité, ¡por favor!, no me descartes, soy tu creación, casi un poco como tú mismo. Aunque no me aprecies, esta historia es nuestra.

Resignado, modificó la historia. Soy Hugo a secas. Le agrega un personaje nuevo, mal entrazado, sucio, al que le compro droga. Una y otra vez retorno en su busca, cada vez más miserable, cara abotagada, labio quemado y muy desprolijo. Mi Malena la desdoblo en varias jóvenes, de vestidos chillones, miradas perdidas y dispuestas a todo por un porrito.

Estoy desbastado, moribundo. Me alivia que un personaje segundón cometa el asesinato. A Gustavo lo noto sudoroso, incómodo. No me reconoce o… ¿no se reconoce?

El editor aprueba casi todo. Él recibe un magro pago por llenarme de tanta ignominia. Ahora, yo duermo en un estante polvoriento mientras, con la computadora cerrada, mi creador fuma tratando de encontrarse en las volutas de humo.

Un eclipse solar en el campo

Recuerdo cuando por primera vez presencié un eclipse solar.

Yo era niña y aún vivíamos en el campo. Nos dirigíamos a la escuela rural con mis hermanos.

Para llegar debíamos atravesar un campo enorme y un monte. Casi siempre íbamos caminando o a caballo. Como no siempre disponíamos de tres o cuatro caballos, entonces, mi madre nos mandaba de a dos.

Recuerdo ese día: en el momento que debíamos atravesar el monte se oscureció todo. Éramos, mi hermana Paulina, mis hermanos Julián y Pablo y yo. Teníamos entre diez y seis años más o menos.  Yo soy la mayor. Montábamos a Pocha, la yegua vieja y a Renán, el zaino de mis hermanos varones.  No nos asustamos. Estábamos acostumbrados a las tormentas de verano en que de golpe se pone negro y se larga a llover, pero esperamos la lluvia y nada.

Paulina, la más imaginativa, entonces, gritó:

─ ¡Es el fin del mundo! ¡Corramos, debemos llegar cuanto antes a la escuela así no nos perderemos nada!

Parece que entre las niñas más chicas ya habían comadreado que si se venía el fin del mundo le pedirían a la cocinera que les hiciera toda la carne de la heladera en milanesas y, además, ellas se habían ofrecido a pelar todas las papas de la bolsa para hacer papas fritas.

Parece que habían escuchado algo del eclipse y la cocinera les había dicho, según ellas, que ese día se podía terminar el mundo, porque la luna, el sol y la tierra se iban a acercar mucho y, si se tocaban, explotaba todo. Así lo habían entendido ellas. A la versión de la maestra no le habían hecho caso, ya que les había resultado más difícil.

Del eclipse, venían hablando hacía bastante tiempo, pero no recordábamos que nos dijeran exactamente el día que iba a suceder. Por eso, en el primer momento, no lo relacionamos con eso. Pero cuando las gotas no llegaron, mi hermana, que además de ser la más imaginativa es la más avispada, enseguida se acordó de las milanesas.

El hecho es que estábamos en el medio del monte tupido y se nos hizo la noche. Pablo, el más despierto de mis hermanos, quiso tomar las riendas del asunto y nos indicó a gritos por dónde seguir:

─Vamos, vamos por acá. Lo que importa es salir de lo más oscuro, un rayo puede caer en alguna de estas ramas y quedaremos todos petrificados como si fuéramos estatuas.

Entonces nos señaló con su dedito índice la ruta a seguir, pero como estaba muy oscuro no lográbamos ver hacia dónde. Yo iba con Paulina atrás y Pablo llevaba a Julián.

Paulina, que en ese momento se dio cuenta que no era una tormenta, no había ni relámpagos, ni truenos, ni lluvia, comenzó a temblar como una vara en un día de viento norte. Casi me tira de la yegua, entonces yo queriendo tranquilizarla paré a la fuerza a la Pocha y dándome vuelta, la enfrenté gritándole:

─ ¡Dale, nena!, no llores, no tengas miedo, estamos todos juntos y vamos a poder salir de acá, es solo el eclipse del que tanto nos hablaron.

─Pero ¿por qué no nos dijeron que nos iba a encontrar en medio del monte? ¿Y si explota todo, dónde iremos a parar? Yo no quiero morirme, al menos antes de probar las milanesas de Ramona.-

─ ¡Quédate tranquila!─ gritó Julián al que no habíamos oído hasta ese momento.

─ ¿No ves que yo soy el más chico y no lloro? Al tiempo que se hacía pis arriba del zaino.

─ ¡Bueno, bueno! ─gritó Pablo─ síganme a mí, se los dije, yo les voy a enseñar cómo salir de acá.

El hecho es que no se veía nada. Yo también quise poner orden a la expedición rescate pero, en el momento en que iba a gritarles que me hicieran caso, oímos un rumor sordo entre las ramas. Parecía que alguien se nos acercaba sin anunciarse. Todos quedamos como petrificados y convertidos en estatuas. Solo oíamos el respirar agitado de los caballos y a Paulina tiritar. Seguro era una luz mala que se nos acercaba, para iluminarnos el camino. La vimos clarito aunque no veíamos nada. Más tarde, cuando se lo contábamos a la maestra, la describimos igual los cuatro. Era, sin duda, una de las luces malas que acostumbrábamos a ver desde casa, en las noches de verano, cuando nos reuníamos con los tíos viejos a escuchar cuentos del pasado.

Nadie quiso decir nada. La dejamos pasar y luego la seguimos. Pero el monte parecía más tupido que nunca. A medida que avanzábamos, el monte se iba cerrando más y más y la oscuridad duraba.

Entonces Pablo, nos fue llevando, a la vez que entonaba una canción de cuna que le había enseñado la abuela Pancha para que se la cantara a Victoria, nuestra hermana más pequeña. Pablo siempre la que tenía que cuidar y hacer dormir cuando mamá, papá y nosotros nos íbamos al campo con en la época de la zafra de la cebolla.

Creo que en un momento nos adormecimos, sí, seguro, entre la canción de cuna y el bamboleo de los caballos, nos quedamos dormidos. Yo creo que hasta soñé y vi los monstruos del bosque, esos que aparecen en los cuentos, monstruos negros y peludos que nos acechaban de atrás de los troncos, pero entonces, de repente, ¡se hizo la luz! Todo el bosque se iluminó. Un brillo incandescente que casi nos ciega. ¡Quedamos como paralizados!

¡La vida nos volvió en un instante! Todos gritamos a la vez ¡por allá está el camino! ¡Y ya se ve el techo rojo de la escuela! Como niños locos que éramos, azuzamos los caballos y galopamos emocionados hasta llegar a la puerta de nuestro reino.

Pero aquello no era la escuela, parecía una capilla con el techo a dos aguas y la cruz arriba. ¿Qué había sucedido? ¿La habrían cambiado de lugar o nosotros habíamos avanzado hacia otra parte? Confundidos y nuevamente asustados, nos acercamos a la puerta. Pablo entró por la puerta principal que estaba entre abierta. Luego de unos minutos que nos parecieron eternos, volvió riéndose junto a un cura todo vestido de negro que no conocíamos. Este nos señaló la escuela para el lado contrario. ¿Habíamos dado vueltas en el mismo lugar?  ¡Debíamos atravesar nuevamente el monte para llegar a ella! ¡Qué decepción y bronca nos ardía entre los dientes!

Sin embargo, no nos achicamos, los más grandes alentamos a los pequeños y volvimos a cruzarlo. Llegamos, por fin, a la hora del almuerzo. ¡Y Ramona había hecho milanesas! ¡Qué alegría! Otra vez nos sentíamos a nuestras anchas en ese lugar tan querido.

Aritmética

Mi suegro, el coronel Emiliano Almanegra, era un hombre de ojos suspicaces como los de una lechuza. Su lengua era afilada como una víbora, su corazón duro como un crustáceo y su apetito sexual apremiante como el de una liebre. Tuvo diecisiete hijos varones con la misma esposa, incluidos cuatro pares de mellizos. Los diecisiete varones tomaron rumbos parecidos: ocho se inclinaron por el ejército y nueve asumieron los votos eclesiásticos.

Emiliano Almanegra no fue un buen padre. Era como un pozo vacío por la sequía, incapaz de brindar una gota de afecto. Era muy rápido al desenrollar el cinto y descargarlo sin piedad sobre los indefensos tobillos de sus hijos hasta dejarlos al rojo vivo. No soportaba la menor señal de desobediencia y su lengua ponzoñosa destilaba amenazas aquí y allá. Los cinco mayorcitos intentaban hacerle frente mirándolo en silencio enturbiados por la rabia, pero los más pequeños corrían a enroscarse como un gato al amparo de las axilas maternas.

Las penitencias que infligía Emiliano Almanegra eran terribles, podían durar varios meses, hasta años enteros. Cuando niño, mi marido pasó un lustro escribiendo diez veces en una pequeña pizarra: debo respetar a mi padre. Cada noche debía colocar dicha pizarra en la cabecera de la cama. De esa forma, según le decía su padre, el mensaje invadiría sus sueños como la oscuridad de la noche y, a la mañana siguiente, al despertarse, sería un niño más bueno y disciplinado.

La madre, durante las ausencias del marido por sus deberes militares, trataba con halagos y condescendencia a sus hijos, malcriándolos por demás.

Seis dormían con ella, arropados por canciones de cuna que entonaba en dialecto manchego, propio de su tierra natal. Siete podían comer toda la mermelada que quisieran, hasta saciarse o hasta que los retorcijones los hicieran correr hasta los excusados más próximos. Los cuatro restantes podían jugar todo el tiempo, sin obligaciones, aún a costa del sueño.  Lograban pasar varios días sin pegar un ojo, solo jugando a la pelota, a los indios o trepando árboles y cazando pájaros.

Cuando oían las botas del coronel en el pórtico, cada uno retornaba en un silencio sepulcral a aquellas tareas que los volvían invisibles.

Luego de la cena, el coronel encendía un puro Montecristo y, mientras saboreaba el aroma, lo acompañaba con una generosa taza de café con coñac.  Mientras el puro se consumía, Emiliano Almanegra le dirigía una seña a su esposa, con un imperceptible movimiento de cabeza en dirección al dormitorio.

Ella era robusta, de caderas anchas de tanto alumbrar críos. Su sexo, redondo como una nuez, estaba casi pétreo, de tanto hacer el amor bajo órdenes. Sin embargo, el embarazo lo vivía con mucha esperanza. Acariciaba con suavidad su vientre abultado mientras lo perfumaba con agua de rosas.

Él miraba con arrogancia el transcurrir de la gestación, de la misma forma con que se jactaba del éxito de una nueva estrategia bélica. Aseguraba que su simiente tenía la cualidad extraordinaria de engendrar varones. Sus vástagos eran sus trofeos, a la semana de nacidos ya posaban para la foto familiar hecha por el fotógrafo de páginas sociales del periódico de mayor circulación de la ciudad.

Cuando sus hijos salieron del hogar para recibir instrucción militar o estudiar en el seminario fueron despedidos con frialdad por su padre. Nada de buenos deseos, iban a cumplir con un deber: dejar bien parado el apellido Almanegra.

Cuatro, de los ocho que ingresaron a la escuela militar de cadetes, sufrieron las burlas y jugarretas de sus compañeros de pieza, ya que mojaban la cama en las noches y debían dormir de pañales. La otra mitad eran sancionados frecuentemente por sus superiores debidos a las continuas escapadas nocturnas al burdel más cercano. Allí, conocí a mi marido. Era apenas un joven imberbe y me enamoré perdidamente de él, a pesar de que mi oficio me había anulado los sentimientos.

Los nueve hermanos que se convirtieron en curas tampoco pudieron zafar del desdén y cotilleo de la gente. Tres de ellos utilizaron dinero de la Curia para comprarse autos nuevos, cuatro fueron descubiertos con novicios jóvenes en sus alcobas y los dos restantes tenían la fama de ser los únicos confesores de Cosme Trujillo “el Benigno”, renombrado narcotraficante que actuaba en la región.

Cuando mi suegro apareció muerto, caído a un lado de la amplia mesa del comedor, sus diecisiete hijos intercambiaron miradas interrogantes entre sí. En el silencio se oía la letanía de rezos que mi suegra rumiaba a medida que pasaba las cuentas del rosario.

El médico forense apretaba los labios y negaba con la cabeza en señal de incredulidad.

¿Quién habría sido capaz de poner veneno para ratas en la taza de café del coronel?

Ya ha pasado casi un año de su muerte, pero yo no he tenido el valor de sentarme y hacer el cálculo de probabilidades…  por lo tanto, aún no sé qué chance tengo de estar casada con un parricida.

Vencida, ganada, vivida

Voy a derribar las paredes que me encierran y me ahogan. He repasado los momentos más felices y también los más tristes de mi vida. Y lloré. Lloré como adulta. Lloré como niña. Pero no encontré respuestas en mi llanto, me agoté y me sentí derrotada. Quise ser aquella pequeña de zapatos con pulsera y pollera tableada. Quise ser la adolescente rebelde, contestadora, desafiante. Quise ser la muchacha joven aguerrida, la que no le temía a nada ni a nadie. Pero la vida me fue golpeando y golpeando hasta dejarme devastada, sin fuerza, sin ganas. Poco a poco me di cuenta que los hijos, el trabajo, las relaciones, el contacto con el mundo exterior daban una batalla irrefrenable, nada fácil, en donde tanto te estimulan como te destrozan. Desafiándote, a cada minuto, a cada instante.

Y sí, muchas veces me siento feliz; otras, no tanto. A veces, soy la abanderada de mis victorias y, otras, soy la humillada de mis fracasos.  Aprendí que las cosas no son fáciles y, pese al esfuerzo y las ganas que le ponga, muchas veces no salen como lo esperaba. Porque cada uno es diferente. Porque no se puede cambiar a nadie. Porque hay que aceptar que solo yo puedo cambiar. Solo yo puedo vivir de otra manera. Debo aceptar que los otros vivan según sus principios. Qué fácil resulta decirlo, qué fácil resulta entenderlo. Pero, los sentimientos son difíciles de manejarlos. Cuánto esfuerzo, cuánta lucha, cuánto cansancio para luego encontrarme con mis manos vacías.

Estoy cansada. No tengo ganas de preparar las armas, de afilar la punta de mi lanza, de salir al encuentro de mi nuevo desafío. Entonces, miro desde la pequeña ventana de mis paredes que se han hecho más ajustadas. Estoy sentada con mis piernas arrolladas. Con mis brazos sosteniéndolas para no darme contra las paredes. Mis ojos solo miran la ventana. Necesito descansar, necesito descansar.

Tomo fuerza. Respiro. Estiro mis manos y mis piernas. Debo emprender otra batalla. Armo un plan estratégico, lo tengo todo en mi cabeza. Hasta saboreo el momento del combate. Afilo la punta de mi lanza. Decidida, salgo al encuentro de mi nuevo desafío.

 

 

El hombre que se comió a sí mismo

—Estoy enfermo Doctor. Me duele el estómago.

—Vaya amigo se le nota en la cara.

—Siento hambre y no puedo dejar de comer. Es horrible, como todo el tiempo —y se metió un sándwich en su enorme boca.

—¿Cuándo empezó?

—Creo… (crunch ñam ñam) que cuando mi esposa me dejó… (crunch ñam ñam)…

—Es un trastorno de ansiedad. Tome estas pastillas, dos por día, y venga a verme en una semana.

Una semana después el hombre había aumentado diez kilos y no paraba de comer.

—Me estoy suicidando placenteramente Doc.

—Está muy ansioso, tome tres pastillas por día y venga a verme en dos semanas.

A las dos semanas el hombre volvió. Esta vez con muletas y sin el pie derecho.

—¿Qué le pasó amigo?

—Me comí el pie. No puedo parar Doctor, deme algo por favor.

—Bueno, aumentemos la dosis. Tome cinco pastillas y venga en tres semanas.

—¿Es grave doctor?

—Tranquilo, confíe en mí.

Veinte días después, volvió sin el brazo izquierdo.

—Esta vez fue el brazo Doctor, me estoy comiendo de a poco.

—Está muy ansioso amigo. Vamos a cambiar la pastilla. Esta es muy buena, tome seis por día y venga en un mes.

Pasaron treinta días y el hombre volvió en una silla de ruedas automática.

—Aquí me ve Doc, me comí las dos piernas y el brazo derecho. Ya no queda nada de mí.

—Qué barriga tiene amigo, hay que bajar de peso. No es bueno para la salud. Tómese además de las seis pastillas dos de estas amarillas antes de cada comida. Vuelva en dos meses.

—Estoy con mucha gastritis también.

— ¡Ah”, y sí, es lógico. Agregue esta pastilla azul después de cada comida.

El hombre volvió.

—¿Cómo le ha ido amigo?

—La gastritis pasó, Doctor.

—Yo le dije: “Confíe en mí”. Agregue esta pastilla violeta cada 12 hosras y vuelva en seis meses.

Pasó el tiempo… El hombre no volvió más.