Aritmética

Mi suegro, el coronel Emiliano Almanegra, era un hombre de ojos suspicaces como los de una lechuza. Su lengua era afilada como una víbora, su corazón duro como un crustáceo y su apetito sexual apremiante como el de una liebre. Tuvo diecisiete hijos varones con la misma esposa, incluidos cuatro pares de mellizos. Los diecisiete varones tomaron rumbos parecidos: ocho se inclinaron por el ejército y nueve asumieron los votos eclesiásticos.

Emiliano Almanegra no fue un buen padre. Era como un pozo vacío por la sequía, incapaz de brindar una gota de afecto. Era muy rápido al desenrollar el cinto y descargarlo sin piedad sobre los indefensos tobillos de sus hijos hasta dejarlos al rojo vivo. No soportaba la menor señal de desobediencia y su lengua ponzoñosa destilaba amenazas aquí y allá. Los cinco mayorcitos intentaban hacerle frente mirándolo en silencio enturbiados por la rabia, pero los más pequeños corrían a enroscarse como un gato al amparo de las axilas maternas.

Las penitencias que infligía Emiliano Almanegra eran terribles, podían durar varios meses, hasta años enteros. Cuando niño, mi marido pasó un lustro escribiendo diez veces en una pequeña pizarra: debo respetar a mi padre. Cada noche debía colocar dicha pizarra en la cabecera de la cama. De esa forma, según le decía su padre, el mensaje invadiría sus sueños como la oscuridad de la noche y, a la mañana siguiente, al despertarse, sería un niño más bueno y disciplinado.

La madre, durante las ausencias del marido por sus deberes militares, trataba con halagos y condescendencia a sus hijos, malcriándolos por demás.

Seis dormían con ella, arropados por canciones de cuna que entonaba en dialecto manchego, propio de su tierra natal. Siete podían comer toda la mermelada que quisieran, hasta saciarse o hasta que los retorcijones los hicieran correr hasta los excusados más próximos. Los cuatro restantes podían jugar todo el tiempo, sin obligaciones, aún a costa del sueño.  Lograban pasar varios días sin pegar un ojo, solo jugando a la pelota, a los indios o trepando árboles y cazando pájaros.

Cuando oían las botas del coronel en el pórtico, cada uno retornaba en un silencio sepulcral a aquellas tareas que los volvían invisibles.

Luego de la cena, el coronel encendía un puro Montecristo y, mientras saboreaba el aroma, lo acompañaba con una generosa taza de café con coñac.  Mientras el puro se consumía, Emiliano Almanegra le dirigía una seña a su esposa, con un imperceptible movimiento de cabeza en dirección al dormitorio.

Ella era robusta, de caderas anchas de tanto alumbrar críos. Su sexo, redondo como una nuez, estaba casi pétreo, de tanto hacer el amor bajo órdenes. Sin embargo, el embarazo lo vivía con mucha esperanza. Acariciaba con suavidad su vientre abultado mientras lo perfumaba con agua de rosas.

Él miraba con arrogancia el transcurrir de la gestación, de la misma forma con que se jactaba del éxito de una nueva estrategia bélica. Aseguraba que su simiente tenía la cualidad extraordinaria de engendrar varones. Sus vástagos eran sus trofeos, a la semana de nacidos ya posaban para la foto familiar hecha por el fotógrafo de páginas sociales del periódico de mayor circulación de la ciudad.

Cuando sus hijos salieron del hogar para recibir instrucción militar o estudiar en el seminario fueron despedidos con frialdad por su padre. Nada de buenos deseos, iban a cumplir con un deber: dejar bien parado el apellido Almanegra.

Cuatro, de los ocho que ingresaron a la escuela militar de cadetes, sufrieron las burlas y jugarretas de sus compañeros de pieza, ya que mojaban la cama en las noches y debían dormir de pañales. La otra mitad eran sancionados frecuentemente por sus superiores debidos a las continuas escapadas nocturnas al burdel más cercano. Allí, conocí a mi marido. Era apenas un joven imberbe y me enamoré perdidamente de él, a pesar de que mi oficio me había anulado los sentimientos.

Los nueve hermanos que se convirtieron en curas tampoco pudieron zafar del desdén y cotilleo de la gente. Tres de ellos utilizaron dinero de la Curia para comprarse autos nuevos, cuatro fueron descubiertos con novicios jóvenes en sus alcobas y los dos restantes tenían la fama de ser los únicos confesores de Cosme Trujillo “el Benigno”, renombrado narcotraficante que actuaba en la región.

Cuando mi suegro apareció muerto, caído a un lado de la amplia mesa del comedor, sus diecisiete hijos intercambiaron miradas interrogantes entre sí. En el silencio se oía la letanía de rezos que mi suegra rumiaba a medida que pasaba las cuentas del rosario.

El médico forense apretaba los labios y negaba con la cabeza en señal de incredulidad.

¿Quién habría sido capaz de poner veneno para ratas en la taza de café del coronel?

Ya ha pasado casi un año de su muerte, pero yo no he tenido el valor de sentarme y hacer el cálculo de probabilidades…  por lo tanto, aún no sé qué chance tengo de estar casada con un parricida.

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