Un eclipse solar en el campo

Recuerdo cuando por primera vez presencié un eclipse solar.

Yo era niña y aún vivíamos en el campo. Nos dirigíamos a la escuela rural con mis hermanos.

Para llegar debíamos atravesar un campo enorme y un monte. Casi siempre íbamos caminando o a caballo. Como no siempre disponíamos de tres o cuatro caballos, entonces, mi madre nos mandaba de a dos.

Recuerdo ese día: en el momento que debíamos atravesar el monte se oscureció todo. Éramos, mi hermana Paulina, mis hermanos Julián y Pablo y yo. Teníamos entre diez y seis años más o menos.  Yo soy la mayor. Montábamos a Pocha, la yegua vieja y a Renán, el zaino de mis hermanos varones.  No nos asustamos. Estábamos acostumbrados a las tormentas de verano en que de golpe se pone negro y se larga a llover, pero esperamos la lluvia y nada.

Paulina, la más imaginativa, entonces, gritó:

─ ¡Es el fin del mundo! ¡Corramos, debemos llegar cuanto antes a la escuela así no nos perderemos nada!

Parece que entre las niñas más chicas ya habían comadreado que si se venía el fin del mundo le pedirían a la cocinera que les hiciera toda la carne de la heladera en milanesas y, además, ellas se habían ofrecido a pelar todas las papas de la bolsa para hacer papas fritas.

Parece que habían escuchado algo del eclipse y la cocinera les había dicho, según ellas, que ese día se podía terminar el mundo, porque la luna, el sol y la tierra se iban a acercar mucho y, si se tocaban, explotaba todo. Así lo habían entendido ellas. A la versión de la maestra no le habían hecho caso, ya que les había resultado más difícil.

Del eclipse, venían hablando hacía bastante tiempo, pero no recordábamos que nos dijeran exactamente el día que iba a suceder. Por eso, en el primer momento, no lo relacionamos con eso. Pero cuando las gotas no llegaron, mi hermana, que además de ser la más imaginativa es la más avispada, enseguida se acordó de las milanesas.

El hecho es que estábamos en el medio del monte tupido y se nos hizo la noche. Pablo, el más despierto de mis hermanos, quiso tomar las riendas del asunto y nos indicó a gritos por dónde seguir:

─Vamos, vamos por acá. Lo que importa es salir de lo más oscuro, un rayo puede caer en alguna de estas ramas y quedaremos todos petrificados como si fuéramos estatuas.

Entonces nos señaló con su dedito índice la ruta a seguir, pero como estaba muy oscuro no lográbamos ver hacia dónde. Yo iba con Paulina atrás y Pablo llevaba a Julián.

Paulina, que en ese momento se dio cuenta que no era una tormenta, no había ni relámpagos, ni truenos, ni lluvia, comenzó a temblar como una vara en un día de viento norte. Casi me tira de la yegua, entonces yo queriendo tranquilizarla paré a la fuerza a la Pocha y dándome vuelta, la enfrenté gritándole:

─ ¡Dale, nena!, no llores, no tengas miedo, estamos todos juntos y vamos a poder salir de acá, es solo el eclipse del que tanto nos hablaron.

─Pero ¿por qué no nos dijeron que nos iba a encontrar en medio del monte? ¿Y si explota todo, dónde iremos a parar? Yo no quiero morirme, al menos antes de probar las milanesas de Ramona.-

─ ¡Quédate tranquila!─ gritó Julián al que no habíamos oído hasta ese momento.

─ ¿No ves que yo soy el más chico y no lloro? Al tiempo que se hacía pis arriba del zaino.

─ ¡Bueno, bueno! ─gritó Pablo─ síganme a mí, se los dije, yo les voy a enseñar cómo salir de acá.

El hecho es que no se veía nada. Yo también quise poner orden a la expedición rescate pero, en el momento en que iba a gritarles que me hicieran caso, oímos un rumor sordo entre las ramas. Parecía que alguien se nos acercaba sin anunciarse. Todos quedamos como petrificados y convertidos en estatuas. Solo oíamos el respirar agitado de los caballos y a Paulina tiritar. Seguro era una luz mala que se nos acercaba, para iluminarnos el camino. La vimos clarito aunque no veíamos nada. Más tarde, cuando se lo contábamos a la maestra, la describimos igual los cuatro. Era, sin duda, una de las luces malas que acostumbrábamos a ver desde casa, en las noches de verano, cuando nos reuníamos con los tíos viejos a escuchar cuentos del pasado.

Nadie quiso decir nada. La dejamos pasar y luego la seguimos. Pero el monte parecía más tupido que nunca. A medida que avanzábamos, el monte se iba cerrando más y más y la oscuridad duraba.

Entonces Pablo, nos fue llevando, a la vez que entonaba una canción de cuna que le había enseñado la abuela Pancha para que se la cantara a Victoria, nuestra hermana más pequeña. Pablo siempre la que tenía que cuidar y hacer dormir cuando mamá, papá y nosotros nos íbamos al campo con en la época de la zafra de la cebolla.

Creo que en un momento nos adormecimos, sí, seguro, entre la canción de cuna y el bamboleo de los caballos, nos quedamos dormidos. Yo creo que hasta soñé y vi los monstruos del bosque, esos que aparecen en los cuentos, monstruos negros y peludos que nos acechaban de atrás de los troncos, pero entonces, de repente, ¡se hizo la luz! Todo el bosque se iluminó. Un brillo incandescente que casi nos ciega. ¡Quedamos como paralizados!

¡La vida nos volvió en un instante! Todos gritamos a la vez ¡por allá está el camino! ¡Y ya se ve el techo rojo de la escuela! Como niños locos que éramos, azuzamos los caballos y galopamos emocionados hasta llegar a la puerta de nuestro reino.

Pero aquello no era la escuela, parecía una capilla con el techo a dos aguas y la cruz arriba. ¿Qué había sucedido? ¿La habrían cambiado de lugar o nosotros habíamos avanzado hacia otra parte? Confundidos y nuevamente asustados, nos acercamos a la puerta. Pablo entró por la puerta principal que estaba entre abierta. Luego de unos minutos que nos parecieron eternos, volvió riéndose junto a un cura todo vestido de negro que no conocíamos. Este nos señaló la escuela para el lado contrario. ¿Habíamos dado vueltas en el mismo lugar?  ¡Debíamos atravesar nuevamente el monte para llegar a ella! ¡Qué decepción y bronca nos ardía entre los dientes!

Sin embargo, no nos achicamos, los más grandes alentamos a los pequeños y volvimos a cruzarlo. Llegamos, por fin, a la hora del almuerzo. ¡Y Ramona había hecho milanesas! ¡Qué alegría! Otra vez nos sentíamos a nuestras anchas en ese lugar tan querido.

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