Vencida, ganada, vivida

Voy a derribar las paredes que me encierran y me ahogan. He repasado los momentos más felices y también los más tristes de mi vida. Y lloré. Lloré como adulta. Lloré como niña. Pero no encontré respuestas en mi llanto, me agoté y me sentí derrotada. Quise ser aquella pequeña de zapatos con pulsera y pollera tableada. Quise ser la adolescente rebelde, contestadora, desafiante. Quise ser la muchacha joven aguerrida, la que no le temía a nada ni a nadie. Pero la vida me fue golpeando y golpeando hasta dejarme devastada, sin fuerza, sin ganas. Poco a poco me di cuenta que los hijos, el trabajo, las relaciones, el contacto con el mundo exterior daban una batalla irrefrenable, nada fácil, en donde tanto te estimulan como te destrozan. Desafiándote, a cada minuto, a cada instante.

Y sí, muchas veces me siento feliz; otras, no tanto. A veces, soy la abanderada de mis victorias y, otras, soy la humillada de mis fracasos.  Aprendí que las cosas no son fáciles y, pese al esfuerzo y las ganas que le ponga, muchas veces no salen como lo esperaba. Porque cada uno es diferente. Porque no se puede cambiar a nadie. Porque hay que aceptar que solo yo puedo cambiar. Solo yo puedo vivir de otra manera. Debo aceptar que los otros vivan según sus principios. Qué fácil resulta decirlo, qué fácil resulta entenderlo. Pero, los sentimientos son difíciles de manejarlos. Cuánto esfuerzo, cuánta lucha, cuánto cansancio para luego encontrarme con mis manos vacías.

Estoy cansada. No tengo ganas de preparar las armas, de afilar la punta de mi lanza, de salir al encuentro de mi nuevo desafío. Entonces, miro desde la pequeña ventana de mis paredes que se han hecho más ajustadas. Estoy sentada con mis piernas arrolladas. Con mis brazos sosteniéndolas para no darme contra las paredes. Mis ojos solo miran la ventana. Necesito descansar, necesito descansar.

Tomo fuerza. Respiro. Estiro mis manos y mis piernas. Debo emprender otra batalla. Armo un plan estratégico, lo tengo todo en mi cabeza. Hasta saboreo el momento del combate. Afilo la punta de mi lanza. Decidida, salgo al encuentro de mi nuevo desafío.

 

 

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