Miradas

La muchacha bajaba las escaleras del subte para subir al tren con destino a Chacarita. El andén estaba desierto. A los pocos segundos, vio una figura sombría detrás de una columna. Impermeable negro, sombrero gris y un paraguas largo, negro colgado de su brazo derecho. Miraba fijamente, hacia la oscura boca del túnel, como si su mirada pudiera atravesar la tremenda oscuridad y anticipara, así, la llegada del tren.

Se sorprendió de sí misma al sentir un miedo visceral. Su cuerpo comenzó a transpirar.  Su frente y su bozo se perlaron de gotas.  Nerviosa, buscó un pañuelo en su cartera como no encontró se secó el rostro con la palma de la mano. Después, notó que estaban multicolores. Parte de su maquillaje estaba en ella. Abrió nuevamente la cartera y no encontró ningún espejito para reparar, como supuso, había quedado su cara, a esta altura, su máscara. El hombre observándola alejado a unos pasos, comenzó a blandir su paraguas. “Tierra trágame” pensó.

Por su espalda, corrían gruesas gotas de sudor nervioso cuyo recorrido se detenían en la cintura del pantalón, para bajar luego lentamente por la entrepierna. El horror la obligaba a abrir sus ojos desmesuradamente. Imposible cortar el muro de miedo que la cercaba. Quiso pedir auxilio pero su garganta no sonaba. Sólo su boca se transformó en una mueca imposible.

Lo vio mirarla a ella tan fijamente como a la oscuridad del túnel. Lo vio moverse hacia ella, un paso, dos, tres… ya estaba a su lado. Instintivamente, se agachó y, desde el piso, le oyó decir. –Señorita, me está asustando. Si no deja de mirarme voy a tener que llamar a la policía.

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