La ventana

Empujé con una mano mi silla de ruedas (¡maldito artefacto!) y deposité el café humeante sobre la mesita debajo de la ventana.
Una lluvia triste y persistente moja la vereda de la rambla (¡que me importa el tiempo ahí afuera!)
Algún transeúnte ocasional corre.
Apuro un sorbo de café (caramba que ansioso que estoy, me quemé la lengua) y me inclino hacia adelante. Siempre sale a esta hora, entre las siete y las siete y treinta, ágil y esbelta pasea su perro y me saluda con la mano y una sonrisa (yo le respondo como si tuviera piernas).
Miro el reloj y las agujas desafiantes marcan el paso del tiempo (¡ya no viene!). No solo llueve afuera…
Bebo el resto de café ya frío y, con profunda tristeza, me quedo mirando fijo el vidrio empañado (los hombres no lloran).
De pronto, suena el timbre (me desconcierto). Demoro, a propósito, para desalentarlos. Insisten.
─Mateo, sé que estás ahí. Soy tu vecina, la del perro.
¡NO puede ser! (en esta soledad alucino). Me mantengo escondido en el silencio (agazapado).
─Me llamo Laura, sé de tu condición y de tu valentía al salvar al niño en el accidente.
Quiero decir algo pero las palabras se mueren en mi garganta (en una telaraña reseca).
─ ¡Solo quiero conversar…! ¡Te admiro tanto!
Mis manos se aferran a las ruedas, las dirijo hacia la puerta (llego… llego…) pero, en un instante, mi cuerpo recuerda y retrocedo.
La cabeza sobre el pecho, mis brazos caen al costado de la silla (oigo algún timbrazo más).
Me convierto en la estatua viviente de la desolación.

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