Yo, la invisible

Yo, como Borges, siempre quise ser otra. Y, como Borges, también me soñé de distintas maneras, aunque yo siempre sabía, en mis sueños, digo, que en realidad yo fingía ser quién no era. En cambio, estando en vigilia pensaba que sí, que era quién no soy y no me daba cuenta de que estaba representando una parodia, o una tragedia o, para ser más optimistas, una comedia. Pero en realidad lo que yo siempre desee es ser invisible.
Mi imaginación volaba llevándome a los lugares donde quería estar. La invisibilidad tiene grandes ventajas. Es ingrávida, por lo tanto, es poderosa, puede desafiar una de las leyes universales que nos resulta tan pesada. Otra motivación es mi ancestral curiosidad. Creo que esa característica de mi personalidad fue la que tomó la decisión de desear con ahínco ser invisible. Es una forma de conocer sin ser juzgada. De espiar, sin ser notada. De esconderme de todos pasando desapercibida y yo conocer a los otros hasta en sus más mínimos detalles. Hasta en su intimidad. Ahora que lo pienso, es una manera de defenderme.
Defenderme de las mentiras. De las falsas ilusiones que los otros me produjeron, y de las caídas estrepitosas en la desesperación y posterior depresión. Entonces, ser invisible, es terapéutico. También me da la posibilidad de viajar y conocer el mundo. Así, visitar las grandes cataratas del Iguazú, el glaciar más visitado del mundo el Perito Moreno, mezclarme hasta marearme en las calles de París, para terminar en la Tour Eiffel, en el apartamento que tiene en su cúspide, teniendo la ciudad a mis pies. Las cuevas de Altamira, volviendo hacia atrás en el tiempo, la catedral de sal de Bogotá en Colombia, el desierto del Sahara y las pirámides, el Partenón griego, y tantas, tantas maravillas que mi pobre cuerpo no puede soportar. ¡Con qué facilidad lo haría, con sólo ser invisible! A veces, me parece una herejía querer algo así. A veces mi conciencia se revela, y me hace abandonar el proyecto. Por eso aún no lo he logrado. Aunque debe haber algo más, que aún no alcanzo a descifrar. Pero me encantaría apagar todas las luces que molestan a los enamorados, correr todos los cerrojos de las celdas de los injustamente apresados, repartiría bien el agua, mitigaría el hambre de los niños desnutridos, robando la mejor fruta para ellos. Infringiría todas las leyes que estorban y destacaría las mejores pintándolas en aerosol flúor en las paredes de la ciudad. En los muros pintaría las réplicas los grandes genios de la pintura y trasmitiría música de Bach, Mozart, Debussy (de Beethoven no, me pone nerviosa) desde alguna cumbre para trasmitirla a todos los habitantes de las ciudades. ¡Ay!, si yo fuera invisible. Le traería la felicidad al mundo. Esa que perdimos en algún momento en el Tiempo y que dejamos abandonada en una esquina del Universo.

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