Yo, la invisible

Yo, como Borges, siempre quise ser otra. Y, como Borges, también me soñé de distintas maneras, aunque yo siempre sabía, en mis sueños, digo, que en realidad yo fingía ser quién no era. En cambio, estando en vigilia pensaba que sí, que era quién no soy y no me daba cuenta de que estaba representando una parodia, o una tragedia o, para ser más optimistas, una comedia. Pero en realidad lo que yo siempre desee es ser invisible.
Mi imaginación volaba llevándome a los lugares donde quería estar. La invisibilidad tiene grandes ventajas. Es ingrávida, por lo tanto, es poderosa, puede desafiar una de las leyes universales que nos resulta tan pesada. Otra motivación es mi ancestral curiosidad. Creo que esa característica de mi personalidad fue la que tomó la decisión de desear con ahínco ser invisible. Es una forma de conocer sin ser juzgada. De espiar, sin ser notada. De esconderme de todos pasando desapercibida y yo conocer a los otros hasta en sus más mínimos detalles. Hasta en su intimidad. Ahora que lo pienso, es una manera de defenderme.
Defenderme de las mentiras. De las falsas ilusiones que los otros me produjeron, y de las caídas estrepitosas en la desesperación y posterior depresión. Entonces, ser invisible, es terapéutico. También me da la posibilidad de viajar y conocer el mundo. Así, visitar las grandes cataratas del Iguazú, el glaciar más visitado del mundo el Perito Moreno, mezclarme hasta marearme en las calles de París, para terminar en la Tour Eiffel, en el apartamento que tiene en su cúspide, teniendo la ciudad a mis pies. Las cuevas de Altamira, volviendo hacia atrás en el tiempo, la catedral de sal de Bogotá en Colombia, el desierto del Sahara y las pirámides, el Partenón griego, y tantas, tantas maravillas que mi pobre cuerpo no puede soportar. ¡Con qué facilidad lo haría, con sólo ser invisible! A veces, me parece una herejía querer algo así. A veces mi conciencia se revela, y me hace abandonar el proyecto. Por eso aún no lo he logrado. Aunque debe haber algo más, que aún no alcanzo a descifrar. Pero me encantaría apagar todas las luces que molestan a los enamorados, correr todos los cerrojos de las celdas de los injustamente apresados, repartiría bien el agua, mitigaría el hambre de los niños desnutridos, robando la mejor fruta para ellos. Infringiría todas las leyes que estorban y destacaría las mejores pintándolas en aerosol flúor en las paredes de la ciudad. En los muros pintaría las réplicas los grandes genios de la pintura y trasmitiría música de Bach, Mozart, Debussy (de Beethoven no, me pone nerviosa) desde alguna cumbre para trasmitirla a todos los habitantes de las ciudades. ¡Ay!, si yo fuera invisible. Le traería la felicidad al mundo. Esa que perdimos en algún momento en el Tiempo y que dejamos abandonada en una esquina del Universo.

Miradas

La muchacha bajaba las escaleras del subte para subir al tren con destino a Chacarita. El andén estaba desierto. A los pocos segundos, vio una figura sombría detrás de una columna. Impermeable negro, sombrero gris y un paraguas largo, negro colgado de su brazo derecho. Miraba fijamente, hacia la oscura boca del túnel, como si su mirada pudiera atravesar la tremenda oscuridad y anticipara, así, la llegada del tren.

Se sorprendió de sí misma al sentir un miedo visceral. Su cuerpo comenzó a transpirar.  Su frente y su bozo se perlaron de gotas.  Nerviosa, buscó un pañuelo en su cartera como no encontró se secó el rostro con la palma de la mano. Después, notó que estaban multicolores. Parte de su maquillaje estaba en ella. Abrió nuevamente la cartera y no encontró ningún espejito para reparar, como supuso, había quedado su cara, a esta altura, su máscara. El hombre observándola alejado a unos pasos, comenzó a blandir su paraguas. “Tierra trágame” pensó.

Por su espalda, corrían gruesas gotas de sudor nervioso cuyo recorrido se detenían en la cintura del pantalón, para bajar luego lentamente por la entrepierna. El horror la obligaba a abrir sus ojos desmesuradamente. Imposible cortar el muro de miedo que la cercaba. Quiso pedir auxilio pero su garganta no sonaba. Sólo su boca se transformó en una mueca imposible.

Lo vio mirarla a ella tan fijamente como a la oscuridad del túnel. Lo vio moverse hacia ella, un paso, dos, tres… ya estaba a su lado. Instintivamente, se agachó y, desde el piso, le oyó decir. –Señorita, me está asustando. Si no deja de mirarme voy a tener que llamar a la policía.

Silencio revelador

¡Hace tanto que te lo pido! Lo de anoche fue terrible, insoportable. No quiero que se repita nunca, nunca más. Tenés que prometerme que es la última vez que pasamos por esto. Y…, ¿sabés?,  no sólo lo digo por vos y por mí, sino también por ella. Estoy con pena, una profunda pena por los tres. Estuve pensando que, si yo estuviera en su lugar, actuaría tal cuál lo hace. Pelearía por tu amor, por vos, a cualquier hora, en cualquier lugar, borracha, como estaba ella, o lúcida y hasta dormida.

Una noche soñé que te perdía, ¿te acordás? Fue aquella noche en que me morí de celos porque miraste a la mujer de tu jefe con mucha admiración. En el sueño me transformaba en un ave de rapiñaba, te seguía desde el aire y observaba todos tus movimientos para poder atacarte,  sacarte los ojos, vengarme por lo que habían mirado, borrarles la pasión que los había iluminado.

Yo la entiendo. Pero esto se tiene que acabar y ya. El escándalo fue demasiado grande. Nuestros amigos, los vecinos, los chicos, todos involucrados en una escena de terror mayúscula. ¿Por qué llegar a esto? ¿Es que no podés, a esta altura de nuestra relación, manejar a tu ex mujer de tal manera de que se tranquilice y termine aceptando que es a mí a quién querés? ¿Qué pasa contigo? Hablá, decíme algo, por favor… No podés seguir ignorándola.  Tenés que pararla.  ¿Qué es lo que te detiene? ¡¿Qué…?!

¿Seguís queriéndola…?

¡Qué tonta soy! ¡Qué tonta fui! Tengo que aceptar que tu silencio es un sí.

El sí más rotundo y sordo que jamás escuché.

Entonces, es evidente que quién se retira soy yo.

La mecha estaba encendida y la bomba acaba de explotar en mi cara.  Adiós. Mañana pasaré a buscar mis cuadros.

El televisor Phillips

Muchos años atrás, hoy sentado frente al televisor, recuerdo aquella tardecita en que mi padre trajo “El televisor Phillips”.
¡Al fin llegó! Estábamos todos los chiquilines del barrio sentados esperando su llegada.
Recuerdo escuchar en la radio las canciones de moda, los teleteatros y las películas pero, desde ese día, podríamos verlas en el único televisor del barrio.
Hoy, mirando con mis cinco nietos una película en un televisor Samsung, extra chato, pantalla de 50 pulgadas a color, la actitud de ellos es tan diferente a la nuestra en aquella época. El mayor, como piensa que la película es para niños chicos, se puso a jugar con su propia computadora; el otro, el que tiene 8 años, está entretenido con los jueguitos con el celular de la abuela; la más pequeña, de un año y medio, baila al son de la música de la película y nos mira a nosotros buscando aprobación.
¡Al fin llegó! El silencio era sepulcral. No se movía una mosca. Ante el mínimo ruido hacíamos ¡shshshs! No nos queríamos perder detalle. Hoy, todo es bullicio. Gritos, risas, comentarios, peleas. Ninguno se queda quieto en un solo lugar. Nosotros nos quedábamos petrificados.
Seguro que la felicidad de ellos es la misma a la nuestra. Ellos sienten una felicidad ruidosa; nosotros, una silenciosa.
Mi padre y mi madre sentados como vigías para que hiciéramos silencio. Y, en cambio, estoy en medio de este bullicio, soy uno más con ellos. Ni se me ocurre pedir silencio.
Recuerdo que una vez les puse una película de Mario Moreno “Cantinflas”. Un tragicómico con esos parloteos que nunca terminaban, esos diálogos divagantes y esos movimientos rápidos. Era una delicia para nosotros sentarnos y mirar sin chistar. A mis nietos no les llamó para nada la atención. La ignoraron completamente. Mi nieta de cinco años preguntó en un momento:
– ¿Abu, qué dice este hombre tan raro que no se le entiende nada? ─e inmediatamente agregó —Abu, ¡estoy aburrida! Podrías poner los dibujitos de Disney
Es emocionante recordar aquellos silencios y el respeto que teníamos ante ese aparato que inundó nuestro comedor familiar. Eso era el progreso para nosotros en aquellos años. Hoy, los cambios y el progreso avasallante que viven los niños les pasa casi inadvertido. Se adaptan rápidamente. El modelo de televisor en poco tiempo ya está superado. Hasta el más grande me preguntó cuándo vamos a comprar la televisión 3D.
A veces siento nostalgia por ese “El televisor Phillips” pero ¡qué lindo es poder estar presente y vivir estos cambios tecnológicos al lado de ellos, de mis cinco nietos!

La broma

Empecé a preparar su cumpleaños con bastante anterioridad. Pensaba en cómo sorprenderlo. Quería que tuviera un cumpleaños único e inolvidable. Teníamos un grupo de parejas amigas con las cuales solíamos salir juntos y siempre estaban invitados a nuestra vida social. Pero yo quería hacer algo íntimo, distinto. Absolutamente de a dos. Quería confirmar nuestro amor. Quería una noche de sexo y lujuria, con champagne y velas, con música romántica, sentirme en sus brazos y hacerlo sentir el hombre más feliz del mundo. Por lo tanto, no invité a nadie. Cuando Martín me preguntó sobre el tema, le contesté que no se preocupara, que tenía todo bajo control. “Estás segura de que invitaste a todos” me preguntaba. “Sí amor, estoy segura”. “Si precisás más plata para la bebida, decímelo. Acordáte de lo mucho que toman” acotaba. “No, nada, te dije que está todo bien, si necesito algo te aviso. No te preocupes y andá a trabajar tranquilo. Tengo todo bajo control. Esta noche nos vemos, pero antes, llename de besos”.
Apenas cerró la puerta transformé el apartamento. Despejé el living de muebles, arrastré el colchón del sommier doble plaza y lo puse en medio de la habitación. Luego lo cubrí con un acolchado nuevo, rojo como la sangre. En la lámpara de pie y la mesita copetinera, coloque bombitas de luz roja. Traje una bandeja de la cocina con copas de cristal rojo y una hielera de champagne, cuyos hielos pondría a última hora. Luego salí a hacer algunos mandados, compré frascos de caviar, salmón ahumado, unos deliciosos glisines de especies y algún frasco de mariscos y salsas. El champagne lo tenía en la heladera desde el día anterior junto a un mouse de chocolate francés. Él se encargaría de traer el whisky. Compré 12 rosas rojas.
Me pasé la mañana en la cocina preparando delicias y la tarde arreglando el apartamento. El rojo era el color motivo de la escenografía. Faltaba poco rato para que él llegara. Me sumergí en la bañera llena de espuma de sales aromáticas. Me puse mi ropa interior roja y me envolví en la bata roja. Me cepillé el pelo, me maquillé, eligiendo mi lápiz labial color frutilla. Apagué toda la casa, menos las luces rojas y me fui a acostar al living, no sin antes dejar la puerta sin llave, apenas recostada al marco para que él irrumpiera desde afuera sin dilación. Cuando oí el auto me paré sobre la cama,
Noté que se demoraba un poco y me estaba cansando de mi posición de Venus del Mar Rojo, parada sobre el colchón y con los brazos hacia arriba, señalando el techo, lo cual acentuaba mis buenas formas en la semi penumbra roja… cuando de pronto, el estrépito de un fogonazo y el sonido de una bala rozándome la cabeza, me sorprendió. Grité y casi me desmayo pero el vecino basquetbolista me tomó en sus recios brazos y me acarició hasta que me hube calmado. Traté de explicarle pero noté que no podía hablar. Él me decía que al ver la puerta de calle semi entornada y la luz difusa adentro, al no ver el auto de mi esposo, pensó que había ladrones. Yo intentaba decirle que había confundido el ruido de su auto. Esto nos estaba pasando, estando yo semi-desnuda, cobijada en sus brazos y en estado de shock, cuando mi esposo irrumpió en la habitación y prendió todas las luces. Con él venían sus compañeros de la oficina. Yo sólo atinaba a parpadear y a abrazarme del vecino y el vecino no se oponía y me seguía acariciando, mientras los miraba aferrado a mí, con el revólver aún en su mano.
Después, pasó de todo. Terminamos en la comisaria. Al mes, mi esposo y yo nos divorciamos. Ahora, tengo dos hijos con el basquetbolista. Él cumple años la semana que viene y a mí se me ocurrió una idea fantástica, única e inolvidable para festejarle el día.

Búsqueda

Sí, claro que viajé. Hice tantos viajes que algunos los repetí más de una vez… Buscando. Siempre buscando. La curiosidad es mi motor. Buscando en exceso anduve sin parar, preguntando entre la maraña selvática ecuatoriana o las nieves eternas de Bután. Entre caminos de piedra en las rutas de Castilla, lagunas grandes como océanos en las cumbres europeas, maravillándome de que la tierra se rasgara en caminos sin fin. Que los senderos dolieran a medida de que mi búsqueda avanzaba cuando las profundidades dejaban rápidamente la luz para dar paso a las tinieblas y luego a la oscuridad helada ante el fuego del infierno.
Lo más terrible y difícil fueron las encrucijadas. Se presentaban una y otra vez. Yo siempre eligiendo, nunca sabiendo qué camino tomar. Buscando mojones que me dieran idea de dónde estaban los límites y lo prohibido, y al no encontrarlos, transgredir, volviendo al caos una y otra vez. Detenerme y rehacer el camino para volver a elegir en la próxima encrucijada otra senda y volver a equivocarme. Pero no dejar de buscar y seguir preguntando.
Busqué túneles antiguos perforando la tierra que me permitieron pasar hacia otros lugares desconocidos cada vez más laberínticos. En el horror de los sueños mezclaba los dibujos de mis pasos dentro de la prisión de los caminos cuyo centro nunca encontré. Reduje mi capacidad de pensamiento a los ruidos que emite la boca cuando tiene miedo, hambre o frío. Regresaba al comienzo, buscando una presa a quién devorar, al terror de ser devorado, a morir sin haber aprendido a cantar.
Hay fronteras que debí sortear armado, otras arrastrándome entre los pastizales, otras saltando muros anchos como avenidas. Hubo algunas llenas de púas amenazantes que cortaban como cuchillos, otras, que se ofrecían a ser cruzadas a cambio de dulces sensaciones que serían luego trampas de dolor y muerte. Todas las sorteé, pero mis viajes seguirán aunque no haya respuestas para encontrar ni lugar donde llegar, porque, aunque el mundo es pequeño, los hombres somos un infinito misterio inacabado.

Casi un suicidio

-Me parece espantoso que vivas tan desacomodado. No te estoy hablando del caos del dormitorio, ni de la palangana grasienta de la cocina, ni del patio con más tierra que plantas. Te estoy hablando de que vos ya no tenés remedio para salirte de la situación en que estás. Dejá todo a un lado y empezá de nuevo. Olvidate de que fuiste rico, que vivías como un payá y desperdiciabas la guita en lo que se te antojaba. Olvidate de que las minas morían por tu voz y que cuando te conocían las matabas con tu timidez. Todas jugaban a las madres contigo cuando las llevabas a la cama. Les despertabas entre pasión y besos, el instinto de protección, y dejaban todo lo que tenían a tu disposición. A más de una la dejaste en la ruina. Se acabaron esos tiempos, viejo. Ya nadie te presta un mango, mucho menos una mina porque, para ellas, sos invisible. Da vuelta la hoja, y acomodate. Ahora vas a tener que laburar. ¿Te acordás de aquello de que “todo bicho que camina, va a parar al asador”?, vos vas a tener que caer en una oficina pública. Desde que te conozco sos un bueno para nada. Así que, despertate y empezá a buscar empleo. Si no servís para nada, mejor, mucho mejor, vas a tener más posibilidades para muchas cosas donde no se requiere a nadie que sirva para algo. Y desde ahora en adelante, ni se te ocurra timbear para probar suerte. Los pocos pesos que tenés, no los arriesgas más ni a la ruleta, la raspadita, el 5 de Oro o cualquier pozo de plata. Te lo digo en serio, no vas a poder pasar ni a tres cuadras de los lugares de riesgo. Y nada de trampas, aquí estamos parados en un todo o nada, o me hacés caso o morite. Ya llegaste al límite de mi paciencia y tocó fondo. Ya vendiste todo lo que heredaste de los viejos, hasta el marco de la fotografía lo mandaste a remate. Si hubieran dado con el precio, hasta tu alma, habrías vendido. Te pasaste de bohemio, viejo; ahora sos un linyera. Y no es por alabarte pero ni siquiera te queda un rasgo de inteligencia, aquélla que cuando éramos chicos, usabas para torturarme frente a papá y mamá, mientras yo tragaba dolor y rabia. Fijate hermano, si te acordás del tu bi or no tu bi, el que usabas cada vez que te la jugabas para embromar a otro, como cuando te salieron de garantía y nunca pagaste el alquiler, o como cuando alquilaste un coche y chocaste y lo devolviste como nuevo con remiendos ocultos. Siempre fuiste un cachafaz pero aún así, te prefirieron. Bueno, ahora sabelo, no vas a vivir más de mí. Me borro, mejor dicho borrate vos de mi vida. No me molestes más porque no existo. Esa es mi forma de ayudarte. Allá vos con tu escala de valores.

Ganate la vida, zopenco. ¡Pará! ¿Qué hacés? ¡Pará un poco! Dejá eso, che, no jugués. ¿No sabés que a las armas las carga el diablo? Dejala y escuchá. ¿Te acordás del tío Perico, que tanto embromó jugando a la ruleta rusa y que al final se pegó un tiro? El tío Perico, tu preferido. El que te llevaba de viaje a Europa todos lo años, el que te malcrió y te dio todos los vicios, el que te hizo creer ganador de cuanta mujer se te cruzara. El que te metía contrabando en la maleta y después repartían las ganancias. ¿Te creés que no lo sabía? ¿Y que no sabía que era marica y vos lo ayudabas? Pará, loco, ¿qué hacés? Dejá el arma te digo, no apuntés ni en broma, no es un juguete. Ni siquiera sabés si está cargada. No, loco, no saqués el seguro, no, no, no ¿qué haces? pará, pará, pará, pa…

La casa de la cuadra en que yo vivo

Dicen que en la cuadra en que yo vivo, hay una casa encantada. Paso todos los días por allí, lo cual afecta tremendamente mi “morbo”, (no sé si la palabra existe), pero por supuesto ustedes se dan cuenta a lo que me refiero. Esa morbosidad que, estoy segura, todos conocen. Últimamente, dado que el verano está más decidido a instalarse, paso por ahí de noche a dar mi vueltita nocturna. Esta casa parece dormida, como si padeciera una enfermedad grave, pero no está muerta. Yo lo sé, porque tuve indicios de que aún respira. No sólo la oigo, también la huelo. Y huele a vida. Debo decirles que está deshabitada hace quince años. Yo ni siquiera me había mudado al barrio, cuando la familia huyó despavorida, un tres de Agosto, bajo la niebla. Así, me lo cuenta el carnicero. Según me dice, los vio irse a los cuatro, el matrimonio y dos hijos varones. Y luego notó la risa en las ventanas y en la puerta de calle. Los marcos se sesgaron y quedaron haciendo muecas de risa permanente hasta ahora. Sin embargo, una noche, iba yo ensimismada en mis pensamientos, cuando escuché un chistido, clarísimo, proveniente de una de sus ventanas. Estaban todas cerradas con persianas de madera, pero una de ellas tenía un considerable espacio entre uno y otro listón. Imaginé que del lado interno de esa pieza entraría suficiente luz de la calle como para iluminar la habitación, y que el espacio era suficiente para que alguien pudiera atisbar hacia afuera. Me paré de golpe y miré directamente hacia allí. Un silbido comenzó y esta vez yo le contesté con un ária de la Traviata. Para mi asombro, el silbido continuó con el estribillo de La Boheme. A esa altura, ya no tenía dudas. Mi sorpresa fue similar a la de un niño que aprende a comunicarse a través de los sonidos. O a la de Adán y Eva, cuando empezaron a nombrar las cosas en vez de señalarlas. Estaba realmente emocionada. Entonces me aventuré a dejar el viento del silbido y articular algunas palabras. Por supuesto, lo primero que hice fue preguntar. Mi cabeza estaba llena de preguntas acumuladas en las cabezas de los vecinos y los años transcurridos: “¿Quién eres?, ¿Vives aquí?, ¿Estas encerrado?, ¿Estás solo? ¿Me puedes abrir?”. A todo esto contestó con un dramático silbido, reproduciendo la Novena de Beethoven. Me quedé sin palabras, mejor dicho sin silbidos, y apabullada me fui caminando rápido para mi casa. Antes de dormirme, pensé en el diálogo y en su significado. Era un hombre, sabía de música y era potente su silbido; por lo tanto gozaba de buena salud. Durante días seguí observando la casa con un monitoreo indisimulado. Lo hacía de día y de noche. Me pedí licencia en la oficina y cancelé varios compromisos de la semana. Mi prioridad era la casa.
Ella parecía indiferente y totalmente ajena a mí. Nunca más un chistido ni un silbido. Entonces, me decidí a entrar. La luna llena de Marzo se hizo bajo una lluvia torrencial. El cielo oscurecido por la tormenta y las calles del barrio, desiertas. Me encapoté bajo mi viejo impermeable y, munida de varias herramientas, me paré frente a la casa. Fue muy fácil forzar la cerradura. La puerta cedió quejándose como un gato herido. Mi linterna fue iluminando despacio cada rincón del lugar. No había paredes. No existían. No había muebles, no había piso, ni techo. No estaba destruida. Simplemente un espacio vacío dentro de la cuadra. Un lugar único, sin límites aparentes. Una especie de oasis de otro mundo. Allí no existía la lluvia, ni el viento, ni los vecinos. Llamé dentro del vacío y mi voz no sonó. No había aire que pudiera trasmitirla. Era como estar en un pozo a miles de metros de profundidad. La casa, toda, era una gran tumba. Entonces me di cuenta de que mi linterna se apagaba. Intenté reanudar el diálogo silbando el aria de Otello, pero ya era tarde. La tierra me cubría la boca.

La mirada

Ella está segura de que el cambio en su vida la beneficia. “Tengo una buena vida” suele decirme. “Estoy bien, hago lo que quiero y me gusta. Ando suelta y libre por el mundo, sin rendirle cuentas a nadie” me asegura, mientras coloca su chalina turquesa sobre su precioso cuello, apartando la mata rubia de un pelo que cae perfecto sobre sus hombros. “Dejé de sentir la mochila que arrastré ocho años sobre mis espaldas y que me sumía en el fracaso. ¿Cómo se puede ser tan ciega ante el amor hasta el punto de hacer cosas que no me gustaban, y dejar de hacer otras que son mi vida, sacrificándome para satisfacerlo a él?” argumentaba con énfasis, abriendo el último extracto francés comprado en su reciente viaje a París. “Nada es comparable a la libertad, viajar a donde quiero, París, Londres, Ginebra. Visité el boliche preferido de Hemingway, la tumba de Oscar Wilde, la última casa dónde vivió Borges. Me sentí tan privilegiada, tan próxima a ellos” me dice conmovida. “Pronto parto para Estambul, Grecia, Egipto, lo que siempre quise conocer, aprender, ver, con mis propios ojos, caminar sobre la historia de los pueblos, nutrirme de ellos. Me parece mentira ser tan feliz y olvidarme de él. Él ya fue” me convencía, exultante, bella mientras, con mano temblorosa, retocaba su maquillaje porque las lágrimas, espontáneas y solitarias fluían, independientes a sus grandes ojos morenos que hubieran dado cualquier cosa por volver a amarrarse, mirarlo cautiva y estremecerse a la manera que sólo él sabía.

Sombreros de copa

—Los días deberían tener más horas. Así no se puede. ¡Ya no sé qué hacer para perder esta dependencia!
—Yo tampoco conozco la solución. Pero me parece sumamente perjudicial que el tiempo te maneje a ti.
—Sí, soy su esclava.
Haberlo dicho así, de ésa manera, tan segura, tan inexorable, me perturbó. Mientras caminaba por la Ciudad Vieja hacia la oficina, -ya fatigada, aunque recién me había levantado,- me di cuenta que es cierto, que me siento de esa manera. Quizás de allí, proviniera esta inconformidad permanente, esta rabia acumulada que, inexorablemente, se refleja en la ineficacia de mis esfuerzos laborales. Y en los otros…
Entonces, me encontré sentada en la Plaza Matriz, pensando largamente en ¿quién es el tiempo para que me domine de esta manera? La mañana era espectacular, la Plaza constituía uno de mis amores, la fuente, sus árboles y el espacio recortado en edificios emblemáticos, la hacían única. Volé por encima del campanario de la Catedral y vi la bahía, su barrio portuario y el Cerro de Montevideo, vigilando desde lejos, atento y pétreo, pero despierto. Y pensé que el tiempo es esto. Es las cosas que veía, es testimonio, es pasado que yo actualizo mientras miro. Entonces todo vive y se muestra porque está mirado por alguien. El tiempo entonces es mirada que ve y se apropia de quién lo mire.
No sé cuanto rato estuve, pero cuando llegué a la oficina, todos tenían cara de: ¿vos que pensás de la vida, te aparecés a trabajar cuando se te canta y, cuando te preguntamos, ni siquiera nos das una excusa razonable… y te limitás a decir que el tiempo te retuvo. ¿Qué tiempo? Y vos contestás: Él.
Por supuesto, me tuve que quedar después de hora para terminar mi trabajo. Todos parecían haberse puesto de acuerdo para amargarme el día. Sin embargo, la soledad y el silencio de la oficina, me metieron en mis pensamientos. Mientras me servía mi tercer café, pensaba en lo magnífico que resultaba el transcurrir imparable del tiempo. Como corre y corre, viene de atrás y nos atropella, y sigue, sigue su carrera. No hay nada más vivo que el tiempo. Es puro movimiento, es agitación, es vibración, es lo que nos hace sentir que estamos metidos en algo grandioso, que nuestra dimensión humana apenas percibe porque, cuando llega a nosotros, es para irse. Esto es misterioso, me dije. ¿Será por eso que me atrae? ¿A dónde se va el tiempo? ¿Tendrá un lugar donde llegar?
Salí muy tarde y en la calle me encontré con “la movida” de los viernes de noche. Los boliches estaban llenos, la noche de luna llena era un farol más, iluminándolo todo. La música se salía por las ventanas y se mezclaba en el empedrado. Mis pasos caminaron al ritmo de mis zapatos y llegué casi bailando al Pony Pisador, donde el olor a pizza de mariscos me fuera guiando apenas desemboqué en la calle Bartolomé Mitre. La muchachada bañada en cerveza, por dentro y por fuera, literalmente cierto, jugaban a sacudir las botellas y, cuando tomaban presión, apuntaban a un amigo para empaparlo. Me senté lo más lejos posible, pero cerca de la banda. Los Quizz, en ese momento, se había aquietado y recreaba a Bob Dylan en Gone with de Wind. Entre mi pizza y mi cerveza, pensaba que era una tonta, que el tiempo no se va a ninguna parte, que se queda dentro de cada uno, que somos acumuladores de tiempo, especies de silos, verticales y ambulatorios, donde el tiempo queda atrapado y se va acumulando. Es por eso que envejecemos. Es la carga de tiempo acumulada que nos corroe intentando salirse de las paredes de nuestro cuerpo. ¡Ah, el maligno tiempo! ¡Por fin te descubro! En ese momento me sentí fuera de lugar, cansada, envejecida, muy alejada de todos los chicos que me rodeaban, cuyos almacenes estaban mucho más vacíos que el mío. Pagué y me fui, sin haber terminado mi cerveza. Ella también acumularía tiempo en mi vaso y pronto estaría tibia y sin burbujas. Habría envejecido antes de que yo llegara a tomar mi taxi.
Me acosté extenuada, dormí como si hubiera estado despierta toda la noche, y me levanté cansada. Camino a la oficina, me entretuve viendo a todos los seres humanos como depósitos cónicos de acumuladores de tiempo. Y trataba de adivinar, cuanto tiempo acumulado tendría cada uno. Entonces, supe por qué a los ancianos se les ve encogidos y encorvados. Es que están repletos hasta el tope. Entonces, el tiempo pesa. A pesar de tanto movimiento y ligereza en sus pies, pesa descomunalmente, y doblega, tuerce y rompe aún las cosas más fuertes. Pensé en cerro, dicen los expertos que está más bajo.
En la oficina, hay un muchacho que me mira mucho. No confío en su mirada, porque creo que es una simple respuesta. Soy yo quién en realidad lo mira. A mí me gusta demasiado y, cuando él insiste en vernos, yo le contesto: —No tengo tiempo, otro día. Pero es miedo, sé que es miedo. Pero ayer me habló y me citó para encontrarnos hoy en La Pasionaria a tomar un café después del horario de oficina. El nombre del lugar, me llenó de premoniciones en el cuerpo y de alertas en la cabeza. Llegué a la cita más tarde, siempre soy la última en salir. Pero caminaba liviana y el verde de la Primavera teñía mi cerebro. Apenas nos sentamos, arremetió con el tema. Mi tema. Pero lo más extraordinario fue la propuesta:
—Vos, tomálo como quieras, pero a mí me hablaron de un lugar donde el tiempo se detiene, no existe.
Lo miré con incredulidad y me subí a su tren —¿Y… dónde queda ese fantástico lugar? —Cerca, muy cerca de aquí. Sólo sé que es un lugar donde la muerte no existe, donde no se envejece, más bien se rejuvenece, donde la amenaza del tiempo se detiene y su peso se aliviana.
—Quiero ir, —dije, sin pensarlo dos veces, —¿es cierto que está cerca?
—Sí, muy… Es un lugar luminoso, dónde los que llegan se descalzan, se pacifican, y se entregan de cuerpo y alma a sus beneficios. Se permanece con los ojos cerrados, sin sentir la necesidad de abrirlos, porque se mira con los dedos, con los labios, con el calor del cuerpo, con los latidos del corazón. Hay en esa entrega una enorme paz, un eterno presente. Produce un infinito goce en el alma. Y el tiempo, ni siquiera se atreve a acercarse.
Convencida y esperanzada, recorrimos, tomados de la mano con total naturalidad, la calle Rincón y, al llegar a la esquina con Ituzaingó, doblamos hacia la Rambla Portuaria y en la Rambla a la derecha, para finalmente meternos en un antro. Al final del pasillo, bajamos una escalera que nos llevó a un espacioso lugar, hábilmente iluminado, con perfume a césped y lavandas, con sonidos de cascadas y trinos de pájaros. En el centro, una gran cama blanca con almohadones de colores.
Mi compañero y yo cerramos los ojos y caminamos hacia ella. Nos amamos sin saber cuánto, ni dónde, ni por qué, ni para qué. Permanecimos con los ojos cerrados, sintiéndonos, conociéndonos, percibiéndonos. Dándonos cuenta de que hay un espacio en el alma donde nada pesa. En que el tiempo es burlado, y el infinito nos absorbe.
Conocer ese lugar, me reconcilió con el tiempo. Dejé de pelearme con él. Porque me di cuenta de que era absurdo, era una guerra que yo perdía en batallas diarias, que le daban victorias permanentes, dónde él, salía fortalecido. Pero supe que, a pesar de su maligno trato para con nosotros, sigo creyendo en su perversidad, los humanos también poseemos espacios de vida donde le cerramos la puerta en la cara. Quiero pensar que le duele. Sería lo justo. Ahora, con mi esposo y mis hijas a mi lado, sigo pensando que lo burlé. Me gusta imaginarlo, mascullando y malhumorado detrás de mis puertas, mientras yo esgrimo las armas invencibles y mágica para alejarlo: El amor y la felicidad haciendo puente entre mi cabeza y mi corazón, balanceándose tranquilo, sobre el abismo que él provoca.