Devastación

La ciudad estaba vacía, sólo se escuchaba el sonido reprimido de sus pasos. Un viento frío, en ráfagas, levantaba la hojarasca seca entre papeles y bolsas de plástico. El cielo se oscurecía de nubarrones. Ella se quedó parada en la esquina, en un cruce de avenidas. Los semáforos parpadeaban luces amarillas. Más allá, en una ostentosa tienda, la alarma ahogaba lentamente su grito. Se miró en una vidriera y no se reconoció. Observó sus pies, no recordaba dónde había perdido la forma de uñas alargadas. El traje se le iba amoldando a un cuerpo nuevo. El casco le cubría la cabeza con los sensores inquietos que, lejos de su voluntad, olfateaban y escuchaban. Respiró a bocanadas. Extendió las alas negras, membranosas. La vida corría por sus venas. Escuchó un silbido agudo que estalló a lo lejos. Una luz blanca cubrió el cielo justo en el momento que estaba ascendiendo dejando lejos los restos humeantes. Y luego, silencio. La Nada misma.

¿Ah, sí? No me digas

“¿Ah, sí? No me digas”, te había dicho tu vieja esa mañana cuando la contrariaste. Luego, te colgó. No era la primera vez que lo hacía.
“¿Ah, sí? No me digas”, te dijo tu viejo cuando le contaste cómo te rebotó tu madre porque le pediste unos pesos.
“¿Ah, sí? No me digas”, te dijo tu mujer la noche anterior cuando le avisaste que el sábado vendría tu jefe con su señora a cenar.
Y yo me quedé en silencio. Esperando. Y siguieron los “¿Ah, sí? No me digas”: con el taxista cuando le explicabas que el billete de 50 pesos que te había dado de vuelto era falso; con tu secretaria cuando le comentaste que ese fin de semana no podrían pasarlo juntos; con el gerente cuando te disculpaste por no haber podido cerrar el trato con “Petrolic S.A.” entonces llamó al de Recursos Humanos y al entrar a la oficina con una amplia sonrisa te recordó lo inestable de tu estabilidad laboral con esa misma frase.
Y de tal manera siguió tu día.
“¿Ah, sí? No me digas”, te dijo el mecánico cuando le prometiste levantar el cheque sin fondos que le dieras por el arreglo del auto. Lo mismo te dijo tu hijo esa tarde cuando le aclaraste que el viernes no tendría el coche para salir y tus amigos a coro cuando les advertiste que probablemente no tendrías el auto para ir al fútbol 5.
“¿Ah, sí? No me digas”, te dijo el chorro esa noche cuando te apretó a la entrada del edificio mientras intentabas decirle que no tenías más plata para darle.
Y entonces, algo pasó. Me pudrí de esperar. Al principio, solo sentiste un pequeño hormigueo de calor. ¿Qué más querés? ¿Querés el reloj? Empezaste a respirar hondo jadeando mientras un fuego te crecía en las entrañas. ¿Querés el celular? ¿Querés los pantalones? Te quitabas cada una de las cosas y se las tirabas a la cara.
“Shhhhhh, ¡calláte loco de mierda, no bardiés!”, te decía el tipo apuntándote con el revólver y mirando a todos lados.
“¿Ah, sí? ¡No me digas!”, comenzaste a gritar hacia las casas, medio desnudo y con los brazos en alto para que todos los vecinos te escucharan.
De ventanas y balcones brotaron las luces. La gente se asomaba para averiguar qué pasaba.
“¡Parála loco, mirá el quilombo que armaste!”, te decía el delincuente intentando deshacerse del arma en un tacho de basura.
En medio de esa noche fría, vos sudabas. Te llenó la boca una espuma blanca que escupías entre bufidos. Con el brazo izquierdo, agarraste del cuello al ladrón y lo inmovilizaste…
“¿Ah, sí? ¡No me digas! ¡Vos y vos y todos ustedes!”, señalando a los mirones les gritaste con una voz chillona que no te conocías. Claro, porque era yo quien gritaba de tu adentro. “¡Y la reputa madre que los parió…!” te despachaste. Apretaste los dientes y lo miraste directamente a los ojos al infeliz que se sacudía como marioneta intentando liberarse.
En un esfuerzo sobrehumano, el maleante logró zafarse y recomponiéndose se preparó a atacarte con toda su furia y humillación. Y fue en ese momento, que todos los “¿Ah, sí? No me digas”, acumulados en tu vida, se concentraron en tu brazo derecho y en un puño a lo Hulk se cerró toda tu bronca, y la mía, y salió disparado en un uppercut directo a la mandíbula del tipo. Y ahí no más, vos y yo, juntos en uno, lo sentamos de culo.

Último hechizo

El más reconocido y hermoso palacio del Reino brillaba bajo los primeros rayos de sol de primavera. El crudo invierno ya había pasado y el valle, paulatinamente, se iba cubriendo de flores. El poblado estaba bullicioso, el próximo sábado sería “El Gran Baile” donde el príncipe elegiría a su futura esposa entre las doncellas presentes. Familias de la más rancia alcurnia de reinos vecinos y lejanos enviarían a comitivas completas con sus más bellas damas para conseguir tan alto honor.
En la mansión de Cenicienta, la madrastra y sus poco agraciadas hijas andaban revolucionadas intentando conseguir los mejores atuendos. Se torturaban con las dietas más estrafalarias para lograr una figura grácil y esbelta en pocos días y se daban, además, prolongados baños de inmersión con cremas exóticas y perfumes refinados para suavizar y blanquear la piel.
Mientras tanto, la joven más dotada y merecedora de tan digna oportunidad estaba fregando la chimenea, cubierta de hollín de pies a cabeza. Sus amigos, los pajaritos y ratones, insistían en que debía terminar de acondicionar el único traje de su madre que había podido atesorar para, de esa manera, poder asistir a “El Gran Baile”.
Entre idas y venidas llegó el día tan esperado. Poco y nada de tiempo le habían dejado a la desdichada Cenicienta para poder prepararse, pues, su madrastra no tenía la menor intención de permitirle acudir a tan magnífico y promisorio evento.
Una vez se hubieron marchado la madre y sus hijas con todas las luces que pudieron lograr, Cenicienta corrió a lo más alto de la torre a darse maña para ir a la Fiesta. Por más que intentó mil formas posibles para embellecerse, no pudo. Que el vestido le llovía, que el cabello le caía seco y opaco… Entonces, mirándose por última vez en el espejo, desistió y se tiró a llorar en un sombrío rincón.
De pronto, algo extraño se produjo: todo se iluminó y un hada simpática y regordeta apareció flotando junto a la joven.
– Vamos Cenicienta. No pierdas tiempo que el Baile está por comenzar.
– Yo no iré. No tengo cómo ni con qué.
– Para qué estoy aquí, niña. Soy tu hada madrina.
– Si eres mi hada madrina, a buena hora has aparecido. Llevo años limpiando la mugre de esta casa y tú podrías haber hecho algo para impedirlo.
– He estado sumamente ocupada. No eres mi única ahijada: Raspunzel, la de la trenza; la otra que durmió por cien años; la de los siete enanos… -el hada iba contando con los dedos mientras miraba hacia arriba tratando de recordar.
– ¡Claro! –los ratoncitos que se habían amontonado en su regazo en un intento por consolarla, salieron volando por los aires cuando Cenicienta pegó un salto y, furiosa, se plantó delante del hada. Y en tanto yo ¿qué? ¿eh?
– Mira, pequeña –dijo en un tono conciliador su madrina– no nos alteremos y dejá que te haga un hechizo y te prepare para el Baile.
– No quiero. Lo tuyo es puro interés. Por algo has venido ahora y no antes.
Una lechuza apareció volando desde lo más oscuro de la noche y se paró en el alféizar de la ventana. Sus ojos amarillos y deslumbrantes se posaron en el hada como esperando una respuesta.
– Es cierto, no puedo engañarte –dijo bajando la vista-. Necesito de un último hechizo para jubilarme. Estoy cansada de tanta fantasía, de tanta magia efímera y …
– ¡Ya lo suponía yo! Quieres utilizarme para tu propio beneficio.
Unos cuervos que pasaban volando se acercaron a las ventanas a escuchar la discusión.
– Será solo un rato. Tú te vas preciosa como una guapa doncella… bailas con el príncipe… y a las doce en punto te pegas la vuelta y aquí no ha pasado nada…
– Claro, y con el hechizo hecho, ¡tú te vas de vacaciones!
Y así siguieron discutiendo hasta que el viejo reloj comenzó a dar sus campanadas y unos cuantos murciélagos que dormitaban colgados del techo salieron volando hacia el palacio.

Espejitos de colores

Cómo era la palabra, cómo se decía…
Papá me tomaba de la mano, caminábamos por la avenida Santa Fe. Yo llevaba un tapadito y una gorrita de piel; veníamos del teatro, de ver una compañía rusa de baile.
Cuál era esa palabra. Un tubo… con espejitos adentro, ya casi lo tengo… debo concentrarme un poco más, vamos, vamos, un tubo, espejitos, lo levantaba hacia la luz y miraba adentro, cómo se llamaba, lo tengo en la punta de la lengua…
Papá caminaba a pasos largos y seguros; yo correteaba a su lado, feliz, mientras levantaba la cara para hablarle…
Ahora no recuerdo esa palabra, como no recuerdo otras.
La bailarina tenía una trenza muy larga y gruesa, trigueña, de utilería, que le llegaba casi hasta los pies.
Ahora sí, un tubo de cartón con espejitos y vidrios de colores que al mirar al sol veías una forma y si lo movías, girando, despacio, cambiaba…
La telaraña.
En mi cabeza tengo una telaraña de palabras que une mis recuerdos, los de ayer, los de hoy, los que estoy creando para mañana. Voy y vengo por esta trama de sinapsis buscando palabras perdidas, olvidadas en la oscuridad de mi mente. Encuentro algunas, dispersas; las deshecho y sigo buscando la del nombre olvidado.
Allá, a lo lejos, algo anda rompiendo uniones, borrando recuerdos. Allá, a lo lejos, había palabras que me decían quién fui, qué hice de mis días. Pero lo que anda por ahí las borra, las ahuyenta.
¡No! No me digas nada, no me molestes… qué hacés en mi cabeza… no te conozco…
¡No! No te acerques. Cuidado con mi telaraña, es muy sensible y frágil. Podrías destruirla… Allá, a lo lejos, la telaraña suelta los hilos mientras la oscuridad avanza.
Mi nombre desapareció en ella hace mucho tiempo.
El tubo con vidrios de colores…
Papá, no me sueltes, que esta calle es muy grande y me da miedo la gente…