Vencida, ganada, vivida

Voy a derribar las paredes que me encierran y me ahogan. He repasado los momentos más felices y también los más tristes de mi vida. Y lloré. Lloré como adulta. Lloré como niña. Pero no encontré respuestas en mi llanto, me agoté y me sentí derrotada. Quise ser aquella pequeña de zapatos con pulsera y pollera tableada. Quise ser la adolescente rebelde, contestadora, desafiante. Quise ser la muchacha joven aguerrida, la que no le temía a nada ni a nadie. Pero la vida me fue golpeando y golpeando hasta dejarme devastada, sin fuerza, sin ganas. Poco a poco me di cuenta que los hijos, el trabajo, las relaciones, el contacto con el mundo exterior daban una batalla irrefrenable, nada fácil, en donde tanto te estimulan como te destrozan. Desafiándote, a cada minuto, a cada instante.

Y sí, muchas veces me siento feliz; otras, no tanto. A veces, soy la abanderada de mis victorias y, otras, soy la humillada de mis fracasos.  Aprendí que las cosas no son fáciles y, pese al esfuerzo y las ganas que le ponga, muchas veces no salen como lo esperaba. Porque cada uno es diferente. Porque no se puede cambiar a nadie. Porque hay que aceptar que solo yo puedo cambiar. Solo yo puedo vivir de otra manera. Debo aceptar que los otros vivan según sus principios. Qué fácil resulta decirlo, qué fácil resulta entenderlo. Pero, los sentimientos son difíciles de manejarlos. Cuánto esfuerzo, cuánta lucha, cuánto cansancio para luego encontrarme con mis manos vacías.

Estoy cansada. No tengo ganas de preparar las armas, de afilar la punta de mi lanza, de salir al encuentro de mi nuevo desafío. Entonces, miro desde la pequeña ventana de mis paredes que se han hecho más ajustadas. Estoy sentada con mis piernas arrolladas. Con mis brazos sosteniéndolas para no darme contra las paredes. Mis ojos solo miran la ventana. Necesito descansar, necesito descansar.

Tomo fuerza. Respiro. Estiro mis manos y mis piernas. Debo emprender otra batalla. Armo un plan estratégico, lo tengo todo en mi cabeza. Hasta saboreo el momento del combate. Afilo la punta de mi lanza. Decidida, salgo al encuentro de mi nuevo desafío.

 

 

La ciudad de las almas grises

Había una vez en una ciudad de un país común un barrio extraño. Los 365 días del año eran siempre grises. Las casas, las ventanas eran de color gris y hasta los vidrios tenían ese color opaco. Sus habitantes también eran de piel grisácea y vestían del mismo color. Hasta los niños eran grises. Las madres paseaban a sus grises bebés en los cochecitos color gris. Apenas le salían los pelitos de sus cabecitas y ya eran grises como las nubes en días de tormenta. Nadie conocía los colores. La televisión era en blanco y negro. Leer diarios y libros viejos de páginas color perla era algo cotidiano.

La biblioteca del pueblo estaba ubicaba en una calle céntrica. Era custodiada por Serafín. Un hombre regordete de cabello marengo y baja estatura. Tenía una mirada perdida pero a nadie le llamaba la atención porque, quien más quien menos, los habitantes del barrio extraño portaban esa mirada enrarecida y grisácea.

Sin embargo, el viejo Serafín hacía tiempo que se lo notaba muy extraño. Más extraño de lo habitual. Hacía varios días que, al cerrar la biblioteca al público, sentía ruidos extraños detrás de uno de los estantes de los libracos más antiguos y estaba decidido a investigar. Aunque, a decir verdad, sentía temor de hacerlo. Sentado detrás del pequeño escritorio gris afinaba su bigote del mismo color enrulándolo en su dedo índice. Esa noche se quedó hasta tarde en la biblioteca ordenando libros y estantes. De repente, quedó sorprendido al ver tras un gran libro gris una revista llena de…¡¿Colores?! ¡Qué rareza! Sorprendido frente a tal hallazgo caminó en círculos. Recordó cuando era niño y en su mente, solo en su mente, dejó caer todos los colores que recordaba como un arcoíris por toda la habitación. Las estanterías eran rojas, la pared violeta y los libros multicolores. Miró sus zapatos azules, sus pantalones amarillos y hasta se atrevió a mirar la camisa que llevaba puesta. ¡Era verde!  ¿Y aquella revista colorida y abultada qué tiene dentro? Volvió a caminar en círculos que ya no eran grises sin atreverse a tocarla. La curiosidad le ganó y tembloroso fue directo a ella. La tomó entre sus regordetas manos y de sus páginas cayó una caja de metal repleta de colores con puntas afiladas como navajas que flotaban en el aire y enfilaban hacia la pequeña ventana apenas abierta. Serafín corrió a cerrarla pues no podían escapar. Los colores debían ser encerrados nuevamente en aquella caja y la caja en la revista y la revista ser guardada tras aquel enorme libro gris. En ese preciso instante, recordó que esa era su misión, su compromiso. Enloquecido y jadeante, trató de llegar a la ventana. Pero en la loca carrera tropezó con un montón de libros apilados cayendo con todo el peso de su cuerpo al piso dándose la cabeza contra la punta de un pequeño cajón. La escena, ahora inmóvil, lucía enteramente gris con excepción del incesante líquido rojo que fluía de su cabeza.

Al amanecer, aquel barrio extraño en la ciudad de aquel país común despertó con gritos y exclamaciones. ¿Qué estaba ocurriendo? ¡Todo había cambiado! Ninguno comprendía la imagen multicolor. El sol asomaba suavemente calentando aquellas gargantas gritonas.

Nieve y un trago de vodka

Se metió en el baño dispuesto a darse una ducha. Primero, se afeitó. Miró fijamente al espejo y acercó un poco más el rostro al vidrio que lo reflejaba. Hoy más cansado que el día anterior, más viejo. Los surcos navegaban por todo su rostro como un mapa hidrográfico, profundos. La barba incipiente y, canosa, disimulaba la caída de la piel, aquel intrincado papiro. Sacudió un par de veces el frasco de espuma de afeitar y dejó que nevara en aquel desierto cubriendo todo su rostro. Se rasuró como se esquilan las ovejas hasta dejarlo sin un solo pelo. Se metió en aquel pequeño cubículo que funcionaba como ducha y dejó caer el agua helada sobre todo su cuerpo. Ahora su mente se encontraba en los Alpes, subiendo a miles de metros de altura. Hipotermia pensó. Sin embargo, fue entibiando su alma a medida que dejaba caer todo el frasco de champú en la palma de su mano temblorosa. Masajeó el pelo blanco. El poco pelo que quedaba en la cabeza. La espuma comenzó a crecer hasta desparramarse por el baño. Volvió a los Alpes. Giró desnudo en aquella nieve liviana y perfumada. Creó una cadena de montañas. Cerró el agua para que no se derritieran. Inmóvil, dentro del duchero, observó su gran obra. Recordó aquellos años de alpinista, los mosquetones colgados a la gruesa cuerda para elevarse hacia la cima de la montaña más alta del mundo. Sí, falta el aire en el baño, también en la montaña. Está entrenado. El vaivén de sus recuerdos lo paralizan. Las burbujas más altas son multicolores, la lámpara del baño forman verdaderos arcoíris. El Kilimanjaro, el pico nevado de África, formaba arcoíris infinitos. Miró sus pies descalzos y mojados. Extrañó sus botas de escalar. Pensó en la soledad del baño, la soledad de la casa (ahora vacía), la viudez, sus hijos ahora adultos, en su vejez y la imposibilidad de hacer las cosas que tanto amaba. Salió desnudo  totalmente embadurnado en espuma. Caminó por toda la casa. Ya a nadie le importaba. Así, como estaba, se sentó en su escritorio. Miró desde allí las fotos colgadas en la pared. Sus años mozos, sus expediciones, su casamiento, sus hijos. Se sirvió un vodka sin hielo. El trago de la mañana lo hizo entrar en calor. Adormeció la soledad y cerró sus ojos mientras revolvía con el dedo índice el líquido transparente de 45 grados de alcohol. La ventana se abrió de golpe por el viento. Las hojas del fresno se colaron por toda la habitación y se le pegaron a la espuma de su cuerpo. Camuflado en la jungla del escritorio, se sintió protegido de la maldita soledad.

Sin darse cuenta

Sonó el despertador y saltó de la cama. La ropa deportiva la esperaba impaciente sobre la silla. Y, mientras ataba su cabello, miraba por la ventana de la cocina a la espera de que la cafetera diera el último sonido avisando que el café estaba pronto. Bebió con prisa y apuró media manzana junto a un puñado de cereales. Ató los cordones y afirmó su mp3 en el brazo. Los ocho pisos los bajó por la escalera para ir calentando. En pocos minutos, ya estaba en la rambla rumbo al sol. Tras un tiempo de caminata apresurada, comenzó el conteo del trote. Diez minutos trotando, cinco caminando. Diez minutos trotando, cinco caminando. Diez minutos trotando, cinco caminando.
Una luz brillante e intensa la mantenía consciente. ¡Despertate! Parecía decirle. Un aroma astringente y un sonido monótono. Y la gente alrededor ¡Tiene que reaccionar! ¿Cómo fue que pasó? ¿Cuántas horas pasaron? ¿Encontraron a alguien que pueda decirnos?
Los latidos de su corazón comenzaban a acelerarse junto al ritmo del trote y la transpiración mojaba su cuerpo. El sol le calentaba la cara mientras sonaba UB 40 en sus auriculares. Esa mañana, el río estaba calmo, ofreciendo su planicie a las cautas aves. El viento se había detenido detrás de los edificios.
Estaba flotando. Se podía ver a sí misma desde arriba. Y toda esa gente a su alrededor. Sin embargo, no se reconocía. Su rostro no se parecía al de ella. ¿Qué pasó? ¿Alguien puede contestarme? Las personas parecían no escucharla.
El circuito habitual había terminado y decidió cruzar la avenida. Allí se detuvo para esperar que el semáforo le habilitara el paso. El ruido del motor a toda velocidad y UB40 en sus oídos. Un golpe seco. No escuchó nada más.
Comenzaba a recordar y quería preguntar. ¿Qué me pasó? ¿Qué me pasó? Nadie respondía. Sintió desesperación e intentó volver a su cuerpo. Su cuerpo pálido y frío. Su rostro hinchado. Tubos por todos los orificios. Sin embargo, no sentía dolor.
Ahora, estaba en las sierras. La tarde iba cayendo y con ella un sol anaranjado. El viento peinaba los yerbales. El jazmín del país perfumaba el aire y la sensación de paz colmaba los pulmones y la vida misma. Se sentó para disfrutar un rato más y esperar el ocaso.
El blanco impoluto de la sala y el brillo del foco la encandilaban. El ruido metálico de los instrumentos se sumaba al murmullo de los presentes. Ruidos inhumanos, gritos, pasos duros y atropellados, caos.
La noche había llegado a las sierras. La luna despuntaba el contorno de los árboles del monte autóctono. Se acostó y extendió sus brazos apretando el pasto que le humedecía las palmas. Así, se fue durmiendo bañándose de rocío.

El baúl de los recuerdos

La directora dio la última y vigorosa campanada dando permiso a mi carrera incontrolable por el pasillo que da a la salida de la escuela. El frío me recibe con un fuerte abrazo mientras me acompaña en los saltos que doy por la vereda camino a casa. Los árboles desnudos y marrones nos observan. A lo lejos, siento los ladridos de Polo que viene a recibirme. Y, mientras me saco la túnica el aroma a cocoa calentita, me llama desde la cocina. Mi madre conspira contra mi mente de niña y me hace cerrar los ojos para que adivine qué hizo de rico. Lo puedo adivinar, huele a levadura fresca y sal. ¡Pan casero! ¡Sí! Salto de alegría.
Pasa la hoja de cartón dura ajustada con espirales en su margen izquierdo. Vacaciones en la playa, ojotas, sombrero y sol. Tiempo sin horarios, guerras de agua y castillos de arena. Sentada en la orilla, disfruto el helado palito de naranja. El sol me apura a sorberlo antes que sus rayos lo derritan. Y mi boca se refresca con el jugo azucarado de mi postre preferido.
Llevo el pañuelo celeste atado alrededor de mi cuello que contrasta notablemente con el blanco de mi túnica. Junto a mis compañeros bailamos el pericón. Al compás de los acordes, balanceo mi falda y con los pañuelos formamos nuestra bandera nacional. Nuestras ingenuas miradas se cruzan y disfrutamos diciendo las relaciones. ¡Aura!
Acostada boca abajo balancea las piernas. Diría yo que es un ritual cuando está pensando, tramando o imaginando alguna cosa. ¿Será nostalgia tal vez? Sus cejas se levantan y le brillan los ojos. Sus mejillas se sonrojan y sonríe. Y entre sus manos, el baúl de las fotografías. Ella le llama “el baúl de los recuerdos”. Lo abre y, lentamente, va apareciendo el álbum de color azul marino, cómplice de su infancia.

Metáforas

Homenaje a GGM y sus metáforas en libro Cien años de soledad

Caminaba tanteando el aire enceguecido de dolor.
Sus cienes bombeaban la sangre a un ritmo demencial
mientras se debatía entre la vida y la muerte.
Sufrió una crisis de desilusión…
Perdió la voz y un hilo de sudor helado recorrió su alma recta.
Sus huesos empezaron a llenarse de ruidos silenciosos mientras el corazón helado de pavor detenía los latidos.
Sus mandíbulas férreas y su mirada triste, poco a poco,
se fueron apagando.
Su piel quemada sudaba hielo.
Cuando llegó la noticia de su muerte envuelta en una carta lacrada,
aquella casa, una vez llena de amor,
se transformó en una casa amordazada por el luto.
Color negro, negro color
Palpitando las faldas negras al son de un llanto incontenible.

Vendrán lluvias suaves

La alarma del reloj ensordeció toda la habitación. Mario se sentó de golpe en la cama. Restregó sus ojos para aclarar la visión mientras sus pies buscaban las pantuflas en una suerte de gallinita ciega. Por la ventana, entraba un rayo de sol atrevido que había logrado colarse entre la cortina iluminando la hermosa piel de su esposa. La observó por un instante sintiendo que la amaba igual que el primer día que la conoció. Decidió tomar un baño mientras ella aún dormía. Los niños también dormían. Después de bañarse, desde el pasillo, comenzó a cantar: “¡Todos arriba que nos vamos de paseo todo el fin de semana!” Claudia, su esposa, aún somnolienta retiró el mechón de pelo que tapaba su cara y se levantó. Sus hijos corrían contentos escalera abajo con sus mochilas a cuestas y todavía en piyamas.
La mañana estaba linda. La brisa primaveral acariciaba las hojas de los árboles mientras el andar del coche acompañaba el vuelo de los pájaros matinales. Dentro del auto era una algarabía, los niños conversaban sin parar mientras Mario y Claudia escuchaban atentos los cuentos de las maestras, las pruebas y compañeros. Sorpresivamente, un camión se cruzó de senda embistiendo el auto de Mario a toda velocidad, haciéndolo perder el dominio total de la máquina. El estruendo fue tremendo y el vuelco escalofriante. Primero, un silencio eterno y luego el llanto de los pequeños hizo reaccionar a Mario. Él perdió el conocimiento por unos instantes pero, inmediatamente, aún sentado en el volante y con el cinturón puesto, se dio cuenta de lo que había pasado. Medio atontado, tardó en poder desabrocharse y salir del auto, sintió correr su propia sangre sobre la frente. Tocó a cada uno de sus hijos, se alivió de saber que ellos estaban bien. ¿Y Claudia? No tardó en responder su propia pregunta. La vio ahí tirada en la ruta al costado del camino. ¡Claudia, Claudia! gritaba mientras trataba de escuchar los latidos del corazón de su mujer. La sirena de la ambulancia fue el último sonido que retumbó en su cabeza mientras se la llevaban al hospital.
La mañana estaba gris, no corría una gota de viento entre los cipreses del cementerio. Las nubes enchumbadas de agua anunciaban una tormenta. El olor a tierra húmeda llenaba todos los espacios. Las tumbas se veían aún más grises que de costumbre. Mario permanecía de pie junto a la tumba de su esposa. El traje oscuro de él contrastaba con el ramo de rosas blancas que aún apretaba entre sus manos. Las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer, tibias, suaves, mojando los pétalos del ramo que ahora descansaba sobre la lápida.

El Cacho

El Cacho, así le decían, era un tipo raro. De baja estatura, ojos rectos, labios finos y piernas flacas. Vivía en la vieja casita al final de una calle sin salida. El jardín, que en algún momento había tenido flores, ahora estaba lleno de cosas viejas, herrumbradas, latas de comida vacías y cualquier otra porquería que se puedan imaginar. Tenía un par de perros calandracos y mugrientos muertos, siempre, de hambre. Sin embargo, el Cacho vestía trajes costosos y su imagen era impecable. No salía de su casa sino hasta llegada la noche. Los vecinos lo veían salir pero nunca llegar. Bajo el brazo siempre llevaba un libraco de notas y un maletín algo extraño. Todos en el barrio querían saber qué hacía pero Cacho no daba pie a preguntas ni a conversaciones de ningún tipo. Es por eso que todos le temían, no se sabía con qué insulto les iba a salir. Hasta un día sacó corriendo a unos muchachos con un arma en la mano.

Cacho llegó como siempre a la hora que nadie sabía y todos dormían. Dentro del maletín traía guardado su secreto. Frascos llenos de un líquido verdoso que depositó cuidadosamente sobre la mesa. Acto seguido, sacó de sus bolsillos manojos de dinero arrugado, desordenado que abultaban su saco sastre azul marino. Anotó varios nombres en la libreta y, al costado, la cantidad de frascos vendidos, luego, sumó y contó el dinero. El sol comenzó a asomarse por la ventana de cortinas derruidas, arrimó el viejo aparador de madera para que no se viera nada más y se acostó a dormir. El sonido del teléfono lo despertó.

-¿Hablo con el vendedor.

-Sí. ¿Quién habla?

-Soy Mónica Ferrer, mi amiga Analía Bonacasa me dio su teléfono quiero encargarle “el preparado”.

-Dígame cuántos frascos y adónde se los llevo.

-Me gustaría probar primero ¿Podría venir, ahora?

-Las entregas las hago en la noche. ¿Algún inconveniente con eso.

-¡Ninguno! Lo espero entonces hoy a la noche.

-¡Ah!, otra cosa, cuando llegue a su casa, debe recibirme con una luz tenue y mantener la distancia, no se puede acercar a mí.

-¡Claro, claro!

Como lo acordaron, Cacho llegó a la casa de Mónica a la noche. Ella lo esperó en el lujoso living de la casa. Había hecho apagar por su empleada todas las luces, manteniendo una pequeña lámpara encendida sobre una mesita alejada del sillón. Luego de saludarse desde una prudencial distancia, Cacho depositó el frasco sobre una repisa. Ella intentó observarlo en la penumbra preparó el cheque cargado con varios ceros y, estirando la mano, se lo entregó.

Mónica tomó el frasco y, abriéndolo ágilmente, lo terminó de un solo trago. Corrió hasta el espejo más cercano y se miró largamente esperando ver su cambio. Nada. Entonces se acostó a dormir. A la mañana siguiente, al despertar, saltó de la cama sintiéndose totalmente como nueva. Sentía vitalidad, alegría, no le dolía ningún hueso de su cuerpo. Miró su rostro en el espejo, no tenía ojeras, sus ojos irradiaban vida; toda ella irradiaba lozanía.

Así, las mujeres se pasaban el dato de “el vendedor” caro pero espectacular. Ninguna se cuestionaba de dónde conseguía el hombre aquel líquido, salvo Mónica. Una de esas noches de entrega, lo persiguió a Cacho hasta su casa al fondo del callejón. Su intriga la había arrastrado al lugar inhóspito y mugriento donde él vivía. Al llegar a la casa, pudo observar desde la ventana. Mónica no podía creer lo que veía, cajas de remedios revitalizantes mezclados con jugo de limón ¡Hijo de puta! Entró de golpe y le gritó con todas sus fuerzas. En un arrebato de rabia, descargó el tambor entero de su calibre veintidós. Cacho cayó indefenso sobre la mesa llena de frascos.

Las clientas necesitaban reponer los frascos. Todas llamaban al Cacho angustiadas pero él no respondía. Se llamaban entre ellas para saber si había pasado por su casa y nada. La inquietud comenzó a transformarse en desesperación. Las mujeres empezaron a estresarse nuevamente, a no poder dormir, a llenarse de ojeras, a perder vitalidad. Excepto, Mónica que seguía tan radiante como el primer frasco que tomó. ¿Y Cacho? De Cacho, mejor ni hablar.

De la fuente al escritor

El escritor ama escribir. Sin embargo a la hora de crear queda paralizado frente al blanco infinito de la hoja. La conducta es determinante. Toma el cuaderno, el lápiz. Todo está en su cabeza pronto para salir a plasmarse en la página. La hoja vacía lo intimida, lo asusta. Cierra bruscamente el cuaderno y arroja el lápiz al aire. Se enoja consigo mismo. El silencio del cuarto se hace cada vez más ruidoso. Puede escuchar su enojo interno. Las malas palabras brotan dentro de sus oídos.

El escritor sale a caminar por el jardín. Toma una gran bocanada de aire. La tarde está tibia. Las azucenas abrieron sus pétalos a la sombra del viejo ceibal. El perfume empalagoso de las flores invade sus cinco sentidos. Se mantiene erguido frente al viento que le sopla en la cara. Sonríe enojado. Sus canas se despeinan en ondas desenfadadas. Su mirada clavada en el rio que acuna la vasta serranía.

El escritor vuelve al cuarto determinado a escribir. Espera que el paseo haya refrescado sus ideas. Con sus brazos empuja el escritorio hacia la ventana. Quiere seguir disfrutando esa tarde de enero en su casa de campo. Busca el lápiz que arrojó al piso anteriormente. Lo encuentra en un rincón quietito. Vuelve a su mesa de trabajo. Su mano ávida comienza a maniobrar el lápiz que escribe velozmente  en las hojas, una aventura, paisajes extraordinarios y personajes estrafalarios. Una reina vestida de azucena seguida por el gran ejército ceibal, vestido todos de rojo. La reina se enamora de él, un guerrero confundido y enojado. Lo invita a caminar a orillas del río plateado. Le muestra los árboles, le hace oler  las flores. Ella le habla. Le adula sus ondas y sus canas. Le pide que le escriba un poema de amor. Las páginas se llenan una tras otra.

El escritor sonríe satisfecho. Ha terminado su obra. Mientras autografía la primera página de su novela y saluda a todos con extrema gratitud, la reina de su cuento vestida de azucena lo saluda desde la ventana.

A veces vuelven

El ranchito era pequeño. Desde que habían decidido tomar las riendas de sus vidas, Manuel y Clara vivían en la ladera de la serranía minuana ubicado en un pueblo en las afueras a kilómetros de su departamento natal. Lejos de todo lo conocido. Techo de paja y paredes de madera y barro, apenas un camastro, una cocina a lumbre, una mesa chica y dos taburetes.  Era un lujo contar con tanto para los jóvenes recién casados. El terreno fértil, capaz de soportar una exigua plantación de maíz. Y la vaca lechera, obsequio de su padre, prometía un próspero futuro. Manuel y Clara se levantaban a la madrugada para cultivar la tierra con la única azada que poseían. Manuel carpía y Clara recogía la maleza dejando limpio el terreno.

Una mañana, al comenzar su labor, escucharon un extraño ruido que los interrumpió. Levantaron sus torsos para mirar a lo lejos. Pero no vieron nada. Sólo el viento silbando entre las hojas de los árboles y el gris plomizo del cielo. Nuevamente ése ruido. Se asemejaba a pasos de una multitud quebrando las ramas secas a su paso. Volvieron a la tarea tratando de no darle importancia. De pronto, una niebla espesa cubrió el entorno. Aquellos pasos lejanos, ahora, se sentían más nítidos y cercanos. Pero, al volver a mirar, no lograron ver a nadie. Una rara sensación invadió a los jóvenes que no interrumpían su trabajo. Ahora, más asustados. Comenzaron a sentirse observados. Al crepúsculo la visibilidad era prácticamente imposible. Y decidieron dar por terminada la labor por ese día. La vaca, ajena a todo, pastaba mansamente. Clara la arreó hasta el pequeño establo mientras Manuel recogía algunas ramas y traía leña para abrigar la casa y encender la cocina. Cenaron sin hablar. A través de la ventana no se veía absolutamente nada. La noche nublada y oscura predecía una tormenta. Cada tanto un relámpago lo iluminaba todo. La inquietud se transmutó en miedo cuando uno de los relámpagos perfiló las siluetas de un grupo de personas paradas frente a su casa. Vestían ropa oscura, de otra época. Sus  rostros eran indefinidos. Sus cuerpos casi etéreos. Podían verse los árboles a través de ellos. Ahora, el miedo transmutó en terror. En cada nuevo destello estas figuras se acercaban más. La lluvia se descolgó torrencialmente y, en ese instante, aquellas sombras extrañas se diluyeron junto con cada gota que caía. Ésa noche no durmieron. Cuando amaneció ellos permanecían en la misma posición, abrazados,  inmóviles, atentos. Salieron sin saber con lo que se irían a encontrar. Perplejas sus miradas observaron largo rato las huellas que habían dejado. Supuestamente, la lluvia las debería haber borrado. Pero no, ahí estaban. Única prueba que confirmaba lo vivido la noche anterior. No había sido una pesadilla. La vaca había desparecido del establo, Clara comenzó a buscarla en los alrededores, pero no la encontró. Los días se fueron sucediendo uno tras otro y, con ellos, la desaparición extraña de sus pocas pertenencias. No podían seguir así. Con mucha pesadumbre, decidieron volver a al pueblo.

Una mañana, Clara se encontraba en el almacén y vio entrar a una anciana vestida de forma extraña. “Es una gitana, llegó hace poco tiempo” le dijo el almacenero. Clara cargó su compra y se dispuso a salir del lugar. La gitana  la tomó del brazo y al oído le susurró. “Ellos a veces vuelven”.