Un eclipse solar en el campo

Recuerdo cuando por primera vez presencié un eclipse solar.

Yo era niña y aún vivíamos en el campo. Nos dirigíamos a la escuela rural con mis hermanos.

Para llegar debíamos atravesar un campo enorme y un monte. Casi siempre íbamos caminando o a caballo. Como no siempre disponíamos de tres o cuatro caballos, entonces, mi madre nos mandaba de a dos.

Recuerdo ese día: en el momento que debíamos atravesar el monte se oscureció todo. Éramos, mi hermana Paulina, mis hermanos Julián y Pablo y yo. Teníamos entre diez y seis años más o menos.  Yo soy la mayor. Montábamos a Pocha, la yegua vieja y a Renán, el zaino de mis hermanos varones.  No nos asustamos. Estábamos acostumbrados a las tormentas de verano en que de golpe se pone negro y se larga a llover, pero esperamos la lluvia y nada.

Paulina, la más imaginativa, entonces, gritó:

─ ¡Es el fin del mundo! ¡Corramos, debemos llegar cuanto antes a la escuela así no nos perderemos nada!

Parece que entre las niñas más chicas ya habían comadreado que si se venía el fin del mundo le pedirían a la cocinera que les hiciera toda la carne de la heladera en milanesas y, además, ellas se habían ofrecido a pelar todas las papas de la bolsa para hacer papas fritas.

Parece que habían escuchado algo del eclipse y la cocinera les había dicho, según ellas, que ese día se podía terminar el mundo, porque la luna, el sol y la tierra se iban a acercar mucho y, si se tocaban, explotaba todo. Así lo habían entendido ellas. A la versión de la maestra no le habían hecho caso, ya que les había resultado más difícil.

Del eclipse, venían hablando hacía bastante tiempo, pero no recordábamos que nos dijeran exactamente el día que iba a suceder. Por eso, en el primer momento, no lo relacionamos con eso. Pero cuando las gotas no llegaron, mi hermana, que además de ser la más imaginativa es la más avispada, enseguida se acordó de las milanesas.

El hecho es que estábamos en el medio del monte tupido y se nos hizo la noche. Pablo, el más despierto de mis hermanos, quiso tomar las riendas del asunto y nos indicó a gritos por dónde seguir:

─Vamos, vamos por acá. Lo que importa es salir de lo más oscuro, un rayo puede caer en alguna de estas ramas y quedaremos todos petrificados como si fuéramos estatuas.

Entonces nos señaló con su dedito índice la ruta a seguir, pero como estaba muy oscuro no lográbamos ver hacia dónde. Yo iba con Paulina atrás y Pablo llevaba a Julián.

Paulina, que en ese momento se dio cuenta que no era una tormenta, no había ni relámpagos, ni truenos, ni lluvia, comenzó a temblar como una vara en un día de viento norte. Casi me tira de la yegua, entonces yo queriendo tranquilizarla paré a la fuerza a la Pocha y dándome vuelta, la enfrenté gritándole:

─ ¡Dale, nena!, no llores, no tengas miedo, estamos todos juntos y vamos a poder salir de acá, es solo el eclipse del que tanto nos hablaron.

─Pero ¿por qué no nos dijeron que nos iba a encontrar en medio del monte? ¿Y si explota todo, dónde iremos a parar? Yo no quiero morirme, al menos antes de probar las milanesas de Ramona.-

─ ¡Quédate tranquila!─ gritó Julián al que no habíamos oído hasta ese momento.

─ ¿No ves que yo soy el más chico y no lloro? Al tiempo que se hacía pis arriba del zaino.

─ ¡Bueno, bueno! ─gritó Pablo─ síganme a mí, se los dije, yo les voy a enseñar cómo salir de acá.

El hecho es que no se veía nada. Yo también quise poner orden a la expedición rescate pero, en el momento en que iba a gritarles que me hicieran caso, oímos un rumor sordo entre las ramas. Parecía que alguien se nos acercaba sin anunciarse. Todos quedamos como petrificados y convertidos en estatuas. Solo oíamos el respirar agitado de los caballos y a Paulina tiritar. Seguro era una luz mala que se nos acercaba, para iluminarnos el camino. La vimos clarito aunque no veíamos nada. Más tarde, cuando se lo contábamos a la maestra, la describimos igual los cuatro. Era, sin duda, una de las luces malas que acostumbrábamos a ver desde casa, en las noches de verano, cuando nos reuníamos con los tíos viejos a escuchar cuentos del pasado.

Nadie quiso decir nada. La dejamos pasar y luego la seguimos. Pero el monte parecía más tupido que nunca. A medida que avanzábamos, el monte se iba cerrando más y más y la oscuridad duraba.

Entonces Pablo, nos fue llevando, a la vez que entonaba una canción de cuna que le había enseñado la abuela Pancha para que se la cantara a Victoria, nuestra hermana más pequeña. Pablo siempre la que tenía que cuidar y hacer dormir cuando mamá, papá y nosotros nos íbamos al campo con en la época de la zafra de la cebolla.

Creo que en un momento nos adormecimos, sí, seguro, entre la canción de cuna y el bamboleo de los caballos, nos quedamos dormidos. Yo creo que hasta soñé y vi los monstruos del bosque, esos que aparecen en los cuentos, monstruos negros y peludos que nos acechaban de atrás de los troncos, pero entonces, de repente, ¡se hizo la luz! Todo el bosque se iluminó. Un brillo incandescente que casi nos ciega. ¡Quedamos como paralizados!

¡La vida nos volvió en un instante! Todos gritamos a la vez ¡por allá está el camino! ¡Y ya se ve el techo rojo de la escuela! Como niños locos que éramos, azuzamos los caballos y galopamos emocionados hasta llegar a la puerta de nuestro reino.

Pero aquello no era la escuela, parecía una capilla con el techo a dos aguas y la cruz arriba. ¿Qué había sucedido? ¿La habrían cambiado de lugar o nosotros habíamos avanzado hacia otra parte? Confundidos y nuevamente asustados, nos acercamos a la puerta. Pablo entró por la puerta principal que estaba entre abierta. Luego de unos minutos que nos parecieron eternos, volvió riéndose junto a un cura todo vestido de negro que no conocíamos. Este nos señaló la escuela para el lado contrario. ¿Habíamos dado vueltas en el mismo lugar?  ¡Debíamos atravesar nuevamente el monte para llegar a ella! ¡Qué decepción y bronca nos ardía entre los dientes!

Sin embargo, no nos achicamos, los más grandes alentamos a los pequeños y volvimos a cruzarlo. Llegamos, por fin, a la hora del almuerzo. ¡Y Ramona había hecho milanesas! ¡Qué alegría! Otra vez nos sentíamos a nuestras anchas en ese lugar tan querido.

El ermitaño de Serinago

Era un ermitaño de avanzada edad con una mente sagaz y con un asombroso dominio psíquico.

Lo llamaban Matusalén, por los años vividos, claro, pero su nombre verdadero se desconocía y él trataba de evitarlo, siempre que podía. Soñaba con pasar desapercibido, a pesar de su barba casi azulada que le llegaba hasta el ombligo y sus ojos miopes de un color casi transparente. Sus vestiduras eran muy antiguas y estaban tan sucias que su color era totalmente indefinido, casi traslucidas, y se le llegaba a ver los huesos a través de ellas. Era un hombre delgado, pobre y austero.

Dicen que tenía casi doscientos años. A lo largo de su vida había aprendido a dominar su mente, la lograba dejar totalmente en blanco y empezar de nuevo…

Había recomenzado una segunda vida a los ciento cincuenta años, prácticamente había nacido de nuevo. En aquel momento, era como si tuviera cincuenta.

Estaba cursando una segunda vida repleta de realizaciones nuevas, cuestiones que no había podido lograr en la primera.

Estaba incursionando en la historia pasada de unos seres mitológicos que le habían llamado la atención por lo parecidos a él: los antiguos habitantes de las cavernas Naverchoft, ubicadas en las viejas colinas de Albín, al norte de Núremberg.

Estos seres habían habitado aquel lugar en los años del Emperador Nahúm por los 335AC. Eran conocidos por los vestigios dejados impresos en las paredes de aquellas cavernas. Aparentemente habían logrado inventar un alfabeto totalmente legible y entendible para todos los seres humanos en todos los tiempos.

El ermitaño, en su segunda vida, había viajado mentalmente hasta las cavernas, ubicando a estos seres que vivían en otra dimensión y había logrado ponerse en contacto con ellos. Aún vivían en esa dimensión no perceptible por otros seres vivos. El ermitaño había logrado llegar a esa dimensión, realizando trabajos extrasensoriales, con una concentración asombrosa, casi sobrehumana, desconocida hasta ese momento.  Había pasado cincuenta días en ayuno total, hincado sobre guijarros volcánicos para lograrlo. Llegó a tener el poder equivalente a la fuerza de un mastodonte de la era cuaternaria pudiendo remover las paredes de las cavernas, sin moverse de su lugar.

Así fue que los percibió, se contactó y logró un diálogo e intercambio con estos seres, con los que pudo llegar a realizar acuerdos muy convenientes para la humanidad, como lograr controlar, por ejemplo, el cambio climático.

Sin moverse de su camastro, en su cabaña,  ubicada en los bosques de Serinago, cerca de East Gippsland en Australia, sin luz eléctrica y agua potable, a orillas del Lago Oridian (donde se bañaba desnudo, todas las madrugadas, antes de la salida del sol)  el ermitaño había logrado evolucionar cien años en el control del calentamiento global.

Ahora podría morir en paz, aunque antes debería ponerse en contacto con aquellos países que dominaban el mundo y convencerlos de que respetaran los logros alcanzados, tan beneficiosos para la humanidad.

La vieja aceitera

La vieja vivía sola en la casa.

La veíamos pasar arrastrando su decrepitud por las calles del barrio.

Salía todas las mañanas, con su bastón de madera, a eso de las diez. Hacía sus compras diarias y regresaba enseguida.

Vivía en la casa más vieja y abandonada de la cuadra. La vieja casona de la esquina Chamberlain.  Más allá, la vía y, atrás, el bosque de la francesa, como lo llamaban.

El domingo se alejaba más, llegaba hasta la iglesia. Iba a la misa de doce. Nunca la vimos con nadie.

Todo lo que supimos de ella fue a través del cura. Solo con él conversaba.

La vieja hablaba sola. No se le conocían parientes. Nadie la visitaba. Solía acompañarla un perro de la calle. Sin embargo, parecía que no estaba sola. La rodeaban sus muertos, todos sus muertos, con ellos hablaba, la acechaban. No la dejaban en paz.

Ellos la habían amado. Alguno eran sus eternos novios, a los que había perdido uno a uno. Todos habían desaparecido antes de prometerle una boda decente.

Había sido muy bonita, la más linda del barrio. A todos los  atraía por su simpatía y atrevimiento. No le faltaban sonrisas y caídas de ojos para aquellos que a ella le gustaban.

Pero eso había sucedido hacía mucho tiempo…

La casa tenía un enorme sótano en el que había funcionado una aceitera. Su padre había sido un fabricante español de aceite de oliva. Grandes barricas hirvientes de aceite habían humeado a lo largo de los años.

Todo era clandestino. El aceite se vendía en los almacenes del barrio. Su padre les daba empleo a todos los pretendientes de su hija.

Pero ellos fueron desapareciendo, uno a uno. Se decía que su padre daba la orden de triturarlos en las mismas máquinas que trituraban las aceitunas. Los fundían en aquellas barricas que subsistieron a todos. Luego, eran vendidos como aceite de oliva.

Sin embargo, nadie había reclamado nada. Simplemente, desaparecían.

El hombre era muy poderoso. Tenía vinculaciones con los militares.

La hija nunca  perdonó a su padre. Y cuando tuvo la oportunidad –se dice- ella misma fritó a su progenitor de la misma manera.

Ahora, la vieja estaba sola y sin embargo hablaba.

Los vecinos la escuchaban en el sótano. Sus palabras retumbaban cual olivas flotando en el aceite fundido.

Un día decidimos investigar con quién hablaba.

Éramos una banda de gurices adolescentes que nos la pasábamos en la esquina fumando algún porrito para alegrarnos. A veces, tramábamos alguna aventura non santa.

Una plomiza tarde de verano, esas que el calor empalidece todo, nos acercamos a la vieja casona. Escondidos tras las matas del jardín, atravesamos las verjas. Recorrimos una larga avenida de tilos, que conformaban una suntuosa galería, que daba entrada a la casa. Esta constaba de tres pisos, con una buhardilla que remataba en la altura, toda cubierta con espesura verde. Las ventanas estaban tapadas por oscuras y pesadas cortinas, no nos permitían ver hacia dentro.

Entonces,  Polo, el más audaz de la pandilla, se coló por la puerta de atrás. Nosotros lo seguimos. Ya era de tardecita y las luces naturales se estaban apagando. Entramos en fila india por la puerta que daba a la cocina. Polo se adelantó y siguió hacia el comedor.

No conocíamos nada. El silencio era total. Solo sentíamos ladrar al perro que estaba atado en el fondo. Íbamos temblando muy pegados entre nosotros. Solo se escuchaba el castañear de nuestros dientes. En el semi-oscuridad, recorrimos distintos ambientes sin encontrar nada. Aquellas salas estaban repletas de muebles, tapados con sábanas blancas, parecían verdaderos fantasmas inanimados, congelados por el tiempo.

El silencio era total.  Aquello estaba totalmente ahogado por los árboles que lo rodeaban, provocando una sombra siniestra que nos vaticinaba augurios tenebrosos.

Parecía como que nos hubiéramos introducido en una cripta del cementerio.

En un momento, escuchamos unas letanías provenientes del piso de arriba.

Decidimos que yo solo subiera a ver dónde estaba la vieja.

Transité una escalera de madera cuyos escalones crujían como quejándose de un dolor ancestral. Intenté recorrerlos con el mayor sigilo posible, de puntas de pie y a tientas.

Llegué a un rellano donde confluían varias puertas y, luego de ajustar mi vista a las tinieblas, vi que todas estaban cerradas. Solo divisé una luz muy tenue que salía por debajo de una de ellas. Acerqué el oído. Miré por el ojo de la cerradura. La vieja se encontraba sentada en una mecedora y rezaba, tenía entre sus manos con un rosario enorme. Cada cuenta, tenía tallado un rostro distinto de hombre, con cara de sufrimiento.

Bajé corriendo a contarles a mis amigos. Ellos habían encontrado una tapa en el piso del comedor bastante disimulada que nos llevaba al sótano.

Bajamos infinidad de escalones, nos parecieron eternos. A medida que avanzábamos, parecía que se agregaban más. La oscuridad era total y la humedad que respirábamos nos ahogaba, era como caminar en la selva.

No sé cuánto avanzamos. En un momento, percibimos olor a aceite hirviendo. Había pasado mucho tiempo y estábamos agotados. Los tres temblábamos como hojas en primavera con viento norte.

Pisamos algo húmedo que parecía un piso de piedra mojada con moho, teníamos que tener cuidado de no patinar. Íbamos con los brazos en alto, como sonámbulos, para no darnos con algún objeto duro que nos pudiera hacer trastabillar. Recorrimos aquel sótano gigante, pero parecía como que siempre transitábamos por el mismo lugar, dando vueltas en círculo. Nos chocábamos entre nosotros, sin dar con nada. En eso, Marco prendió un encendedor, cegándonos primero pero para luego permitirnos ver algo en aquel ambiente. Nos costó entender lo que veíamos.

Un montón de hierros retorcidos, piletas de metal, grandes barricas herrumbradas, trozos de madera apolillada, con grandes clavos oxidados que las atravesaban, máquinas enormes indescifrables.  Al instante de que se hiciera la luz, nos paralizó un sonido que venía de adentro de una de las barricas. Nos pareció el gemido de un bebé con hambre.

El sonido se fue acrecentando. Luego fueron gritos de auxilio y terror. Algo reptaba:

Un esqueleto, medio humano y medio reptil, con pelos y cola gelatinosa, se prendió del cuello de Polo, a la vez que seguía aullando. Quiso morderlo pero no tenía dentadura. Aquella quijada se le prendió de un brazo y sus huesudas garras lo intentaban asfixiar. Marco y yo, que habíamos quedado paralizados, sin atinar a nada, luchamos para liberarlo.  Entre los tres, logramos separar la calavera y hundirla nuevamente en aquella barrica que humeaba repleta de aceite de oliva. Sus gritos y aullidos nos ensordecieron hasta que logramos apagarlos.

Corrimos hacia la escalera.

Nuevamente demoramos un tiempo que nos pareció eterno para llegar arriba.

Sentimos que ascendíamos a la eternidad.

Dimos en una sala toda iluminada. Grandes caireles caían del techo y crespones negros revestían dos grandes ventanales.

Las fundas habían desaparecido. Los muebles antiguos lucían en su total esplendor.

Un olor rancio a flores marchitas nos cortó el aliento.

Encontramos un grupo de personas velando un cajón.

La muerta era la vieja, lucía pálida y gris. Solo se veía su rostro, sumamente marcado por las arrugas.  Una mueca que parecía de verdadero pánico y ahogo le marcaba el rostro. En su pecho, tapado por la mortaja, se veía el rosario extendido y las cuentas con rostros que ahora sonreían.

Escuchamos los comentarios. Aparentemente, una de las personas presentes, alarmada por no verla ese día como siempre, se acercó a la casa y la encontró ahogada en su bañera llena de aceite de oliva.

Logramos salir, sin que nadie se percibiera de nuestra presencia. Parecíamos invisibles.  Reptamos hasta la primera cuneta cerca de la vía  y cada uno corrió para su casa después de prometernos mantener el secreto para siempre.

Julia

Sirvienta eternizada
sin edad.
Vio nacer a todos,
morir a muchos.
Siempre ahí,
dispuesta
ruda
dedicada,
tenaz
silenciosa,
liviana,
transparente.

Si salía, su destino era incierto.
Volvía al atardecer
sigilosa, imperceptible.
Con la luz en sus bolsillos.

Ante la muerte,
permaneció cerca,
desafiante
en silencio tras las cortinas
hasta el final,
solo los rincones
consolaron su llanto
Se quedó sin lágrimas.

Un día,
desapercibida,
atravesó el umbral
con su atadito de ropas.
Así,
silenciosa,
liviana,
transparente,
se perdió en la penumbra.

Carta de amor de Pietro a Amaranta

Macondo, sin fecha

Amaranta, Amor mío:

Esto no es una carta de amor, es un grito de desesperación ante tu negativa. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Qué pasó por tu cabecita de niña malcriada, acostumbrada a hacer lo que te viniera en gana? No paraste de hacernos la guerra mientras estuve con Rebeca. Hiciste todo lo posible para que ella se fuera y me dejara. Hasta amenazaste con destruirle el vestido de bodas, con matarla y matarme.
Con tus maldades lograste conquistar mi corazón. ¿Y ahora?

Aún no lo puedo creer. No entiendo tu negativa. No entiendo tu gesto de desprecio ante la posibilidad cierta de que nos casemos.
Y entonces, ¿Todos nuestros planes, dónde quedaron? Nuestro nido de amor en la colina, la casita blanca como la nieve, rodeada de pinos y nogales plantados por nosotros, donde crecieran junto con nuestros niños rubicundos y saludables como los ángeles, aquellos pintados en las bóvedas de las iglesias.
¿Dónde quedó todo aquello? Creí que estabas enamorada. Que lo estabas desde aquella noche en que yo trataba de armar la pianola y tú tan niña-adolescente te escondías detrás de los sillones para observarme y hacerme caída de ojos, fascinada por aquel instrumento enigmático que parecía de otro mundo y por mí, y te pegaste a mis pasos como miel en las patas de las abejas.

¿Dónde quedó todo aquello? No he dejado de soñar desde entonces en tenerte en mis brazos, en una enorme cama, sobre un pedestal, rodeada de tules y estrellas y flores de lavanda esparcidas como colcha tejida por tus manos, azul violeta de color cielo, a media luz, en un atardecer con vista al mar.
¿Y nuestros planes de tener tantos hijos que no pudiéramos contarlos? Tú haciendo ganchillo sentada en tu poltrona hecha por mí y escuchando aquella música que te enseñé a bailar en mis brazos en tu primera adolescencia.
Nuestros sueños de viajar a Florencia y caminar por sus callecitas recitando a Petrarca con tus manos en las mías. Besarnos en la Plaza San Marcos hasta desfallecer de amor rodeados de todas aquellas palomas que te mostré en infinitas postales.

Por favor, recapacita un momento. No me dejes así. No puedo soportar este silencio en que me condenas.
Necesitaba y necesito como el aire para respirar que me digas qué piensas, qué sientes, qué fui, qué soy hoy en tu vida… siento que hablo con las paredes, paredes que se me caen encima repletas de frascos de vidrio que no dejan de brillar ni en las noches más desoladas y parecen luciérnagas atolondradas en noche de verano, o de relojes que no dejan de sonar al unísono la marcha fúnebre de Hendel.
¡Por favor, no me dejes! No puedo soportarlo. No ves que hace días que lloro por ti, que mi desesperación ha llegado a colmos insospechados. Que no dejo de vagar tras tu sombra, días y noches como lobo en celo detrás de tu puerta.
No te das cuenta que mis sentimientos son perennes como los árboles de tu calle. Lo que me une a ti es una especie de ternura sublime, de necesidad de amarte, de protegerte, de impedir que los demás te hagan daño, de tenerte para siempre conmigo y que sigas siendo mi musa inspiradora para trazar nuevos planes de progreso en Macondo.

En cambio, yo no sé qué fui ni qué soy en tu vida, nunca lo entenderé. Lo único que me llegó de vos, y a eso me agarré como se agarra un ahogado al timón del barco que se hunde, fueron tus románticos mensajes, aquellos que me enviaste escritos en papel de manila y que me acercaba Visitación cuando yo moraba en tu calle. Sé ciertamente que me adoraste, que me admiraste. Aún los llevo en el bolsillo, arrugados, hechos bolitas duras como el carbón de tanto manosearlos en mis insomnios postergados.

Soy un hombre grande. He vivido muchísimas experiencias afectivas en mi vida. He querido muchas veces, pero tú has sido la primera que me ha enamorado.
Te he dado mucho, quizás demasiado, toda mi energía, toda mi capacidad de amar, toda mi fibra, todo mi espíritu.

Me vine de Italia, de mi pueblo perdido entre montañas tan grises que parecían gigantes endurecidos por el tiempo y cascoteados por la vida tan dura de soledad y silencio.
Allí, dejé llorando a la mama que no me perdonó nunca que también me trajera a Bruno porque se quedó sola amasando los tallarines que fueron comida de los buitres que acechaban a mi padre con su enfermedad incurable de viejo decrépito e insolado en las orillas del Adriático.

Me vine y me quedé, opté por ti y tu familia.
Me quedé porque me sedujiste con tu inocencia cómplice de tu hermana más joven que, al fin, no era hermana pero que siempre me fue difícil diferenciarlas. Por eso me mareé con ella en un comienzo pero eras tú con quien soñaba y a quien amaba.

Es mi último grito: ¡POR FAVOR, no me dejes! ¡POR FAVOR, cásate conmigo! Vive tu vida entera a mi lado. ¿No ves que estoy dispuesto a todo por vos? ¿No ves que se me arruina la vida entera si te pierdo? ¿Qué sentido tendrá en adelante seguir en este pueblo maldito por el insomnio y la certeza de una guerra y verte crecer, madurar y envejecerte sin que seas mía?

Estoy convencido que hay algo que se creó entre tú y yo que nunca nada ni nadie podrá destruir. Hemos sellado un compromiso eterno que tú nunca lograrás romper, aunque ahora te encapriches en darme la espalda y encerrarte para que yo no te vea llorar, arrepentida detrás de la puerta, por no animarte a este desafío que es la vida conmigo.

Me gustaría que en tu memoria quedara el recuerdo de alguien que te aportó algo y no de un simple pasatiempo que sirvió para el momento… y nada más.
No puedo creer, no me convenzo que haya sido eso, pero eres tan dura… te has convertido en una piedra y no lo entiendo. Quizás sea una defensa para poder seguir adelante sin audacias, pero yo no puedo empezar algo nuevo y tapar con “tierra” lo anterior. Perdóname pero así me siento.

Te ofrezco, como te ofrecí, lo que soy y mi vida entera. Espero que me sepas valorar, que con el tiempo me recuerdes como el gran amor de tu vida.
Mi alma vagará por las calles de Macondo y te seguirá buscando en cada rincón. Cuando tú mueras, estoy seguro, tu alma volará a mi encuentro y los dos nos perderemos en la eternidad, unidos para siempre.

Tuyo, Pietro Crespi

La palabra más bella

La palabra más bella es aquella impregnada de un nuevo amor, de pasión, de deseo presentido.
Aquella que, como rosa roja en la aurora, se abre y despide todo el perfume estrenado en la mañana.
Y se luce deslumbrante, emanando todo el color rojo apasionado de sangre viva y nueva.
La palabra más bella es aquella que nos dijimos por primera vez al mirarnos a los ojos, cuando quisimos expresar toda el fuego que nos desbordaba los sentidos, aquel oleaje de sensaciones que nos recorrían el cuerpo y se nos agolpaban en la cara y quisimos darles salida por nuestras bocas ansiosas de aquel primer beso, que imaginábamos pero no conocíamos de antes.
La palabra más bella la dijimos aquella noche, cuando flotábamos intentando bailar aquella lenta, para justificar ese primer abrazo que nos conmovía y erizaba nuestra piel al unísono.
La palabra más bella, la expresamos entonces diciéndonos a la vez: Te quiero a vos, te quiero.

Zelmira “mortadela” o la vida en una quincena

Zelmira, una joven que no aparentaba más de veinticinco años, llegó a la capital hace unos meses buscando trabajo.

No tenía demasiada preparación por eso se dirigió a una Agencia de colocaciones de personal doméstico, de allí, inmediatamente la derivaron a una Empresa de limpieza que se ocupaba de hacer la higiene y mantenimiento de los hospitales públicos.

Zelmira se entusiasmó con el nuevo y primer trabajo en la capital, venía de lejos y nunca había trabajado en una gran ciudad. Cuando llegó, se alojó en una pensión muy sencilla. Debía pagar $200 diarios. Traía muy pocos ahorros.

En la empresa la pusieron a prueba.  Zelmira se presentó su primer día de trabajo a la hora convenida –muy temprano- impecablemente vestida, con suma sencillez y con una sonrisa que se le dibujaba en la cara. Estaba contenta y se le notaba.

La mandaron a un hospital cerca del puerto. Un lugar viejo, venido a menos y con falta de calidez. Ella no se achicó, aún más, quiso esmerarse y hacer las tareas lo mejor posible y así superó la prueba.

Los días fueron pasando. Zelmira cumplía rutinariamente con el horario de trabajo de nueve horas corridas y luego volvía a su pieza de pensión.

De allí, no salía hasta el día siguiente para cumplir su jornada laboral. Cuando volvía, hacía los mandados, se compraba, en el almacén de la esquina, cien gramos de mortadela, cuatro pancitos, un litro de leche (cada dos días) y dos alfajores. Nada más.

Nunca cambiaba. Esa era su rutina. El día que cobró su primera quincena, en vez de comprar mortadela, compró jamón y queso, una cajita de vino barato y los dos alfajores.

La almacenera se preguntaba si sólo con eso, esta joven, se mantenía, pero nunca se animó a preguntarle.

En la pensión la conocían como “la chica de la mortadela”. Una vecina intuyó que era eso lo que traía del almacén, el aroma lo inundaba todo. Inquieta y curiosa, lo confirmó con la misma almacenera, y le puso ese apodo. Zelmira no hablaba con nadie.

El día que cobró, pagó la pensión a la encargada y habló solamente lo imprescindible.

No tenía amigos, en su pieza no entraba nadie, tampoco la llamaban por teléfono ni nunca la vieron con alguien en ningún lado. Zelmira simplemente cumplía con su rutina.

Los domingos, su día de descanso, no salía de la pieza. Tampoco se escuchaba música ni televisión ni nada. No compraba diarios ni revistas. Nunca nadie la vio comunicarse con nadie de ninguna forma. Si le hacían alguna pregunta, contestaba correctamente lo justo y se daba vuelta, volviendo a su pieza.

En el trabajo era igual, se ocupaba de limpiar los corredores y los baños públicos del hospital, nunca nadie la vio hablar con nadie ni acercarse a nadie, ni preguntar por nada.

Simplemente, cumplía con su trabajo.

Un día, no se le vio salir de la pieza para ir a trabajar ni tampoco ir a comprar su ración de alimentos. Pasaron tres, cuatro, cinco días y nadie la veía. Comenzaron los rumores en la pensión. Todos se preguntaban por ella. Hasta que la encargada de la pensión decidió golpear en la pieza, una vez, dos, tres pero nadie contestó. Preocupada, decidió forzar la puerta.

En la pieza, no había nadie. Todo estaba prolijamente arreglado, la cama tendida, ni rastros de la joven. Tampoco restos de mortadela o de leche o papeles de alfajor.

Los vecinos preocupados realizaron sus averiguaciones.

Zelmira había desaparecido sin dejar rastros. Nunca nadie supo cómo. Nadie la vio salir, ni caminar por la calle, ni llegar a la estación ni al hospital, ni a la agencia de colocaciones.

Zelmira desapareció como había aparecido. Nadie supo ni cómo, ni por qué. Tampoco pudieron averiguar más, porque no sabían cómo, ni dónde. De la empresa no aparecieron a preguntar por ella. Zelmira, no había dejado deudas, había pagado a la encargada la estadía de esa quincena y siempre había cumplido con su labor.

No se la volvió a ver más

La encargada de la pensión, sólo por curiosidad, se acercó a la Comisaría del barrio a preguntar por ella. Como no tenía más datos que su nombre y número de documento, no pudo averiguar mucho. Tampoco sabía de qué pueblo del interior provenía. No le supieron decir nada.

Como llegó se fue. En silencio, sin dejar rastro. Nadie nunca supo quién era Zelmira “Mortadela”

Como llegó, se evaporó… Sólo por un tiempo, persistió el olor, su olor, a mortadela.

A las cinco de la tarde

A las cinco de la tarde.

Eran las cinco de la tarde. (…)

El viento se llevó los algodones

a las cinco de la tarde.

Y el oxido sembró cristal y niquel

a las cinco de la tarde.

Un periodista recitaba a García Lorca  por la Radio.

La consigna corrió por todas partes, por los corredores y salones de liceos, por las facultades y los jardines, por las oficinas, por las plazas, por las fábricas, los barrios, todos lo supimos.

Avda 18 de Julio y Río Negro, a las cinco de la tarde.

Habían pasado doce días escasos del golpe de estado y la disolución de las cámaras.

El país estaba paralizado. La huelga general bullía en las fábricas, en los sindicatos, en las calles, en las familias.

A las cinco de la tarde

comenzaron los sones de bordón

a las cinco de la tarde.

Las campanas de arsénico y el humo

a las cinco de la tarde (…)

cuando la plaza se cubrió de yodo

a las cinco de la tarde.

Allí estábamos, eramos cuatro amigos, caminábamos, muy abrigados, era un nueve de julio a las cinco de la tarde. Caminábamos sin rumbo pero seguros, la gente aparecía por todas las esquinas, parecían ratas moviéndose en un basural o cucarachas que deambulan medio ciegas, cuando se enciende la luz, en un lugar húmedo y cerrado. Surgían de todas partes, de los comercios, de las galerías, de los edificios. Todos caminábamos, parecíamos, lunáticos, sin destino, pero era otra cosa, se oían murmullos, algunos miraban insistentemente su reloj pulsera.

Había mucha gente, de todas las edades, todos pensativos, preocupados, contenidos, rabiosos.

Alas cinco de a tarde

En las esquinas grupos de silencio

a las cinco de la tarde.

¡Y el toro solo corazón arriba!

A las cinco de la tarde.

Cuando el sudor de nieve fue llegando

a las cinco de la tarde.

En punto se empezó a escuchar un murmullo bajo pero persistente, de muchos, de todos, que fue subiendo por la Avenida desde la Plaza Independencia hacia la Plaza Libertad, se fue haciendo eco, se fue sumando y a las cinco en punto todos bajamos las veredas e invadimos la calle, los pocos vehículos que todavía andaban dando vueltas despistados, tuvieron que corerrse o huir.

Eran las cinco de la tarde.

Se fue escuchando el hinmo en una sola voz que eramos todos, se fue imponiendo en las voces de cada uno, una sola voz. Dimos casi al unísono,  vuelta la cara hacia la Plaza Libertad. Estábamos pegados unos a otros, sonrientes, valientes, ingenuos, descuidados, urgidos por expresarnos, seguros, arriesgados, soberbios, insolentes, irreverentes.

El toro ya mugía por su frente

a las cinco de la tarde.

El cuarto se irisaba de agonía

a las cinco de la tarde.

A lo lejos ya viene la gangrena

a las cinco de la tarde.

Y al grito de “tiranos temblad” todos fuimos uno. Sólo se veían brazos izquierdos con el puño cerrado,  levantados a la vez, a ese grito que repetimos, creyéndonos invictos, indomables, intocables, indestructibles, dispuestos a todo.

Mas no pudimos seguir adelante. El enemigo se nos vino encima, estaban asustados.

“Una terrible asonada” gritaban ellos despavoridos, sus botas golpeaban los adoquines.

Camiones, “roperos” “chanchitas”, caballos,  lanzaaguas lo invadieron todo. Salieron de debajo de las piedras y se nos vinieron encima.

Pero nosotros ya habíamos crecido y habíamos formado una masa humana compacta con la que los esperamos y enfrentamos.

Se nos vivieron encima sin piedad. Y nos aplastaron. El agua nos empapó, los gases lacrimógenos nos dejaron ciegos por un momento y también nos ahogamos, corrimos desesperadamente, llovieron los palos, las balas, los gritos.

La muerte puso huevos en la herida

a las cinco de la tarde (…)

Un ataúd con ruedas es la cama

a las cinco de la tarde

huesos y flautas suenan en su oído

a las cinco de la tarde.

El toro ya mugía por su frente

a las cinco de la tarde.

 Supieron y pudieron desarmar aquello. Supieron y pudieron ponernos la bota encima. Cada uno de nosotros se salvó o no, como pudo.

La avenida se transformó en silencio, humo y desolación. Ya nada quedaba, solo charcos de agua, pañuelos, papeles, zapatos tirados por aquí y allá, humo, dolor, mucho dolor y un silencio sepulcral de pánico y miedo.

A las pocas horas todos queríamos saber de todos. Fueron llegando las noticias como pudieron, se habló de muertos, de presos, de desaparecidos, nunca supimos en realidad el resultado concreto de todo aquello.

Las heridas quemaban como soles

a las cinco de la tarde.

A las cinco de la tarde.

¡Ay, qué terribles cinco de la tarde!

¡Eran las cinco en todos los relojes!

¡Eran las cinco en sombra de la tarde!

Pero crecimos. No volvimos a juntarnos asi por muchos años. En principio el miedo nos paralizó y aisló pero supimos vencerlos. Supimos crecer, reunirnos, compartimentarnos, resistir, resistir hasta que logramos destruirlos, que se fueran, que pagaran todas sus deudas, que no volvieran nunca  más.

“Crece desde el pie la semana

crece desde el pie

no hay revoluciones tempranas

crecen desde el pie.

 Crece desde el pueblo el futuro

crece desde el pie,

ánima del rumbo seguro

crece desde el pie.”  (Alfredo Zitarrosa)

Hoy, después de cuarenta años, ya no nos pondrán la bota encima,  hemos crecido, nuestro pueblo ha crecido, se ha formado políticamente, nuestra  conciencia y nuestra postura no  ha de permitir jamás que entre los hombres  exista el avasallamiento, el rigor, la injusticia, la falta de expresión libre de las ideas, la desigualdad, el odio entre los hombres por diferencias ideológicas.

Es inconcebible imaginar que vuelvan a pasar estas cosas.

 

El mar, mi karma

Me he sentido siempre muy atraído por el mar. Desde niño me atrajo esa sensación de grandeza, misterio y poder superior.

Siempre me he acercado con respeto, lo miro y su poder me seduce y me lleva a tiempos pasados.

Sí, seguro que fui navegante en otra vida y me introduje en sus aguas buscando más allá de lo desconocido, pero ahora trato de evitarlo, le tengo miedo.

De niño solía soñar que el mar me atrapaba. Yo entraba a bañarme y él me llevaba lejos, muy lejos, yo veía el atardecer y la playa desde el agua y no podía volver, intentaba hacer señas para que me vinieran a buscar mas todo era en vano. Se hacía la noche y yo cada vez me alejaba más de la costa, hasta que no hacía pie y me desesperaba. Intentaba llorar y las lágrimas se mezclaban con el agua salada. Mis gritos no me salían de la garganta, hacía una fuerza enorme para no hundirme. Entonces, me despertaba sentado en la cama, tranquilizado por mi madre que luchaba conmigo para despertarme. Al hacerlo me encontraba también bañado en lágrimas. Su paz y su camisón me envolvían como un manto celeste, sin fronteras. En ese momento, me sentía capaz de todo, hasta de volver a ser parte de ese mar que me atrapaba y a la vez me expulsaba. Lo quería, lo deseaba y, a su vez, le temía.

De niño me llevaban a veranear a la costa. Mi padre nos hacía historias de pescadores solitarios que se perdían en canoas pescadoras y nunca volvían a la orilla.

Hoy de grande, trabajé e hice enormes sacrificios para venirme a vivir frente al mar.

Ahora, en las noches de invierno, cuando las tormentas arrecian y las olas llegan a mi puerta, sé que algún día recobraré aquel sueño y que mi destino se ha de cumplir. Muchas veces lo he intentado pero sin animarme a pasar de la orilla.

Estoy convencido que pronto me adentraré en esa inmensidad que me llama. Siento su grito doloroso  por las noches sin luna, cuando duermo en el altillo. Al mirar por la ventana, la veo a ella, la diosa del mar que me llama, que me suplica que me vaya con ella, que la acompañe en las aventuras del horizonte incierto. Estoy seguro que el manto de su traje me envolverá y acunará para que ya no tenga miedo y mi destino se cumpla, revirtiendo finalmente el sueño angustiante de niño.

Otros mundos me esperan para transitar.

Podré entonces superar el respeto que le tenía al agua siendo el niño que acunaba mi madre.

Siendo el hombre que dejará de vivir esta vida sólo para hacerse  cargo de su karma, de su destino en el agua.

Esos mundos que me esperan, serán mis otras vidas, seguramente distintas a ésta que me ha impedido ser feliz.

¡Apurate, Mauricio!

— Buen día, querido… ¡Mirá! qué hermoso sol, qué cielo azul —dice Esperanza mientras levanta la persiana del dormitorio. Abrí los ojos, te traje el desayuno —pone una bandeja en la enorme cama de matrimonio, sobre un acolchado blanco, tan impecable que parece una nube de algodón. Mirá estos margaritones que recién corté del jardín, hacen juego con el jugo de naranja… Pero, ¡abrí los ojos!, no te pierdas esta hermosa mañana, es sábado, vamos a disfrutar este maravilloso fin de semana que nos regala la vida… además este desayuno, vale la pena, te lo preparé con el inmenso amor que te tengo, mi amor.

Mauricio se mueve en la cama pero solo para darse vuelta y darle la espalda. Se acomoda la almohada y parece que sigue durmiendo.

— Buen día, Mauricio, amor, tienes que despertarte, es sábado, no podemos dejar pasar esta mañana que Dios nos regala, esta mañana de primavera y luz —se acerca por el lado de la cama que ha dejado la bandeja, se hinca muy cerca de él, le da un beso suave en la mejilla, luego lo sacude, tomándole del brazo que Mauricio ha dejado fuera del acolchado. ¡Mauricio! Por favor, ¡levantate! Tengo planeadas muchas cosas para hacer el sábado y también para el domingo, no podés hacerme ésto…

Mauricio entreabre un ojo, el que se le ve, el otro lo tiene apoyado sobre la almohada, intenta mirarla entre la nebulosa que es todavía su sueño y trata de emitir unas palabras que le salen como burbujas, con un leve sonido que Esperanza ya conoce.

— ¡Mauricio! por favor, levantate, despertate, ¡se te enfría el café! y además… te esperan tantas novedades en casa… Mauricio no me hagas esto, ya lo teníamos planeado. Al final, todos los sábados la misma cantaleta. Estoy harta, no me haces caso, yo siempre tengo que cargar con todo… los nenes ya se fueron al baby futbol, Silvana hace rato que mira los dibujitos en la sala y ¿tú…!

Mauricio hace un enorme esfuerzo y se incorpora un poco tirando para un costado las sábanas y acolchado que lo tapan. Logra murmurar con monosílabos:

— Ya voy, ya voy… dejame un poquito más, es que todos los días… — se oye un leve suspiro forzado – todos los días me levanto muy temprano…

— ¡Callate, Mauricio! Qué sabrás lo que es levantarse temprano, si siempre te dejo durmiendo, yo sí que sé lo que es madrugar. Vas a decirme  a mí… marco tarjeta en el Sanatorio a las 6 de la mañana, a las 12:30 ya estoy en la puerta de la escuela, a la 1 y cuarto estamos almorzando con los nenes, a las 2 y cuarto los dejo en el club, a las 3 entro en la médica, a las 7 y media paso a buscar a los nenes por lo de los abuelos, a las 8 y media estamos cenando y todavía me queda tiempo para ordenar la casa, controlar que los deberes de los chicos estén bien  y servirte un whisky cuando llegás… y eso, encima  cuando no venís “cachondo” y querés seguir el juego, también te tengo que atender, hacerte masajes, prepararte el baño y …, en fin, acostarme contigo y fingir que también disfruto…

Mauricio termina abriendo los ojos que se los refriega con las manos, se sienta en la cama y acerca la bandeja hacia su regazo intentando sonreír… Toma un sorbo de café, intenta agarrar una tostada y la muerde sin ganas.

—Mi amor, siempre son reclamos, es la vida que elegiste…

— Y tú también… o cuando éramos novios ¿no soñabas con una gran familia alrededor de la mesa?… y ahora, cuando estamos todos alrededor de la mesa, no parás, ni siquiera los domingos que apurás los ravioles para irte al estadio con tus amigos…

— Esperanza, no seas así…

Engulle la tostada que ni siquiera pudo untarla, amaga tomar el vaso del jugo.

—Mauricio, apurá el café que tenemos mucho que hacer, levantate, vestite, ponete el equipo deportivo viejo, así empezamos por el garaje y el jardín, tenemos que cortar el pasto, regar las plantas, acomodar los cachivaches que ya no sé cómo acomodarlos, deberíamos tirar todo, son todas porquerías tuyas que nunca usas y los juguetes rotos de los chicos, siempre decís que los vas a arreglar y ni siquiera intentas hacerlo, tenemos que ver qué tiramos, lavar el piso, sí, eso mismo, que vos también engrasás con la camioneta, esa cachila que tenés, no sé cómo no la cambiás, ya nos queda chica y, además, la mugre que hace, después te quejas que te hago lavar el piso todos los sábados, es que es una porquería, vive perdiendo aceite y qué sé yo cuántas cosas más y vos siempre diciendo que no nos alcanza la plata, que no podemos ahorrar, en fin, yo trabajo todo el día, tú podrías conseguirte otro trabajito por ahí, para la noche o los fines de semana o sino pelear para que te suban el sueldo, tan amigo que sos de tu jefe…

— Esperanza…

— Bueno, dale, levantate, ¡te estás poniendo los championes al revés! ¡Ay, diosito santo! ¡Qué hombre me tocó en la vida…!

— Esperanza, estoy cansado, no me desperté del todo aún, dejame un poco tranqui…

—Mauricio, ya deberías estar pintando las persianas del dormitorio de los chicos, se caen a pedazos, y todavía tengo que aguantar que la vecina de al lado me las critique, haciéndose la boba, ¡falluta, cretina! las mira, las señala y muy sonriente e irónica me dice “buen día vecina, no tendrá un tarrito de pintura para pasarles… no lucen muy bien… con lo linda que es su casa…”.  Y yo tengo que sonreírle, grrr… sonreírle para no pelearme, siento la envidia en su cara, o contarle que mi marido es un haragán que se pasa el sábado dando vueltas y nunca me hace caso en lo que le pido. Mauricio, por favor, andate al garaje y empezá por ahí, luego nos queda subir al techo y ver lo de la gotera, bañar a los perros, barrer el fondo, ¡ah! y los vidrios de la cocina, son muy altos, yo no puedo con ellos, tienen una mugre que ya no se ve para afuera… y el extractor, que me tenés a cuento, que cuando llegue la primavera, que cuando llegue el verano y así pasa el tiempo y la grasa ya chorrea por todos lados y, además, es por tu culpa porque decime ¿a quién le gusta comer churrasquitos y papas fritas dos veces por semana? seguro que no es a mí,  que siempre estoy haciendo dieta .

— Esperanza, por favor, dejame preparar el mate y sentarme un ratito con la nena…

— ¡Ni te pienses! No podemos perder tiempo, dentro de una hora tenés que ir a buscar a los gurises al futbol, yo ya me sacrifiqué madrugando para llevarlos… luego, prender el fuego, hacer el asado pero, antes, ir a comprar la carne, cuando vuelvas de la cancha pasas por la carnicería. Ah… no te dije, hoy vienen mis padres a almorzar, bastante  se sacrifican yendo a buscar a sus nietos todos los días al club y ayudándolos a hacer los deberes, además, ya sabés, mamá me trae toda la fruta, pasa por la feria… y después no me la quiere cobrar.

— Esperanza, no puedo con todo… tus padres, asadito, los chicos, mandados, murmura entre dientes aún sentado en la cama intentando atarse los championes.

En eso está, cuando Esperanza tironea de las sábanas para deshacer la cama y, a empujones, casi lo tira haciéndolo tambalear antes de pararse…

— Ahora, vas a hacer la cama y vas a poner las sábanas en la lavadora, ¡ah! y no te olvides de poner tus camisas sino luego no las tenés limpias para plancharlas mañana mientras mirás los deportes en la tele.

— Esperanza, estoy agotado, ya no quiero escucharte más —logra esbozar estas palabras intentando poner un tono dulce que no le sale.

— ¡Cómo que no podés! ¿No sos el hombre de la casa? ¡Por favor! No te hagas el vivo, me tenés cansada, cualquier día de estos, te tiro como un bulto a la calle con todos tus petates —y aprovecha a tirarle el bulto de sábanas que Mauricio ataja con desgano.

Mauricio sale y se dirige a la cocina donde está la lavadora. Debajo del brazo lleva las sábanas y, en la otra mano, lleva la bandeja del desayuno sin terminar que deja sobre la mesada. En sus hombros, cuelgan las camisas sucias, pone la ropa dentro de la lavadora, la prende y lava lo de su desayuno y, de paso, todo lo que hay en la pileta de la cocina. Se seca las manos con un repasador. En eso, llega Esperanza y le recrimina que ha usado el repasador limpio recién puesto. Él no le contesta nada.

Sale al jardín por la puerta de atrás, respira hondo y murmura fuerte:

¡No la aguanto más! ¡No la aguanto más! si no fuera por los chicos… Ahora mismo la ahorcaba…

Va hasta el garaje, en eso, uno de los perros, un enorme pastor alemán le salta casi al cuello en un gesto que parece cariñoso, él intenta sacárselo de encima.

Todavía esto.

— ¡Mauricio! ¡Mauricio! — grita Esperanza desde la puerta de la cocina —dejá de jugar con el Sultán y andá al garaje, empezá por ahí… ¡Dale!, no nos va a dar la mañana para hacer todo lo que tenemos que hacer, la casa es un desastre y, luego, mi madre siempre termina comparándome con mi hermana, o con mis primas que es peor, que ellas tienen todo impecable que no sabe cómo hacen. Siempre me dice “Esperanza, con ese marido que tenés, que no sirve para nada, que no está nunca y nunca te da una mano… no sé cómo elegiste eso…” y chacate y chacate.

Mauricio ya no la escucha, entra al garaje, revuelve cosas que parecen trastos viejos y, debajo de ellos, ubica una caja de zapatos. La abre. Allí, aparece un engranaje.  Él lo está preparando desde hace tiempo a escondidas, cuando puede, son pocos los ratos que le puede dedicar sin que lo vea, pera ya casi está pronto, entonces se dice así mismo:  

 Mañana, sí, mañana, tengo que sacar a los chicos, me los tengo que llevar, mañana, sí, mañana, en la tarde. Silvana tiene un cumpleaños de una compañerita, la dejo ahí. Después, me llevo a los gurises al futbol y convenzo a Esperanza para que me espere en casa, dejo todo preparado y a la hora marcada … ¡PUMBA!¡El barrio se va a enterar de nuestro dulce hogar! ¡Y con ella adentro…! ¡Qué placer! No verla más, no escucharla más…Vuelvo del futbol, levanto a Silvana del cumple y nos vamos a Minas a casa de mis padres. Veremos después como sigue esta película…