El objeto de la discordia

En la casa que él ahora habitaba, los rumores de desconcierto iban y venían. Él hacía mucho tiempo que ya no los oía, bastó con haberlos oído de quién no lo esperaba. Esa fue la única y última vez, porque su vida tomó otro rumbo. Ya no se lamentaba, era conocedor de glorias que el tiempo se había encargado de resguardar en el ocaso. Él lo decidió así y, altivo, iba llevando sus días.
Su mano temblorosa y huesuda acariciaba con nostalgia el objeto que yacía en el largo descanso inerte del tiempo. Su mirada turbia miraba sin ver a través del ventanal, pues nada en el exterior cobraba más vida que aquella donde anidaban los recuerdos de su corazón.
Ella fue su fiel compañera y cómplice, nadie más sabía tanto de él. Bastaba con acercarse para que ambos emprendieran un objetivo en común. Ella lo secundaba en todo.
Él ensayaba su agudeza con gruesos trazos, con delicadeza y con finísima suavidad. Y gustaba, cómo gustaba, y qué gloriosos fueron esos años, qué feliz que había sido.
El tiempo inexorablemente fue andando y, en ese andar ya enclenque, el olvido del mundo que lo rodeaba vino para quedarse.
Solo ella permaneció a su lado, muda, esperando que él la guiara. Pero él no siguió más los designios de su pasión. Prefería la inmortalidad de su trabajo a trabajar indecorosamente.
Entonces, subsistió estoico a una fortuna que se fue yendo, así como sus años vitales. Hoy, el albergue que lo ampara ha abierto más de una vez las puertas para que vinieran por ella.
Pero él no se deja vencer, porque nadie puede arrebatarle la compañera que lo secundó en su larga trayectoria.
Su mano vuelve a acariciar con afecto la lapicera de pluma, que tantos coleccionistas añoran pero ella, insensible como él, permanece impávida en el seco tintero.

Sombras acaparadoras

Estaban dos parroquianos hablando de sus cuitas acodados lo mejor que podían en el mostrador y eso ya era mucho pedir, porque uno era demasiado corto y él otro demasiado largo.
Uno de ellos se parecía, por su grosor y su pequeño porte, a un taburete y como lonja de tambor era su calvicie que abarcaba una circunferencia de varios grados de latitud, impensable calcular a escala. Al pobre hombrecillo de nada le servía llevar esa aparatosa y desproporcional cabeza dado que era hueca en su mayoría y allá en un rinconcito, muy pero muy pequeñito, estaba su cerebro de mosquito.
El otro no distaba mucho de su compañero de tragos. Era también un personaje bastante peculiar. De torso pequeño y largos miembros que pendían a lo largo de su cuerpo sin gracia alguna. Su cabellera era abundante y no solo cubría su cabeza, también se extendía por el resto del cuerpo. Era un típico ejemplar de nuestros antepasados, pero en la edad moderna, sin evolucionar.
Trago va trago viene, oídos que oyen sin oír los cuentos melancólicos de desamores, carcajadas desmedidas que teclean entre silbidos de vientos, colándose por las hendiduras faltantes de los dientes, lágrimas mojadas que se secan en la vertiente sinuosa de la piel yesca, curtida de arugas.
Parapetándose uno al otro, salieron del confesionario bar los amigos después de recibir la extremaunción del tendero dado el estado en que ambos se encontraban.
Ya estaba en el zenit el sol, alardeando de su figura ardiente tal cual las chicas del lugar no muy santo, donde acudían más de uno envueltos en una nube de misterio, para no ser reconocidos, como si en el pueblo nadie se conociera de memoria.
Los intrépidos amigos iban por las calles curvilíneas del pueblo de veredas rectas, de cuadras cuadradas, de plazas rectangulares, hasta que les fue entrando un frío de miedo que les helaba los huesos, pues cada vez que avanzaban tastabillando, junto a ellos, avanzaban unos personajes nefastos, deformes y oscuros.
Cuanto más apuraban el paso más cerca los tenían, doblaban con dificultad las esquinas con la intención de perderlos de vista, pero les resultaba muy trabajoso ya que las piernas no respondían con el resto del cuerpo desvencijado de líquidos espirituosos. Estos personaje seguían encima de ellos, engulléndolos.
El pánico se apoderó de todo su ser cuando vieron que las sombras iban apropiándose no solo de ellos sino de todo a su alrededor.
Cuenta un paisano que las sombras los llevaron a vivir bajo su manto.

Nada es lo que parece

Yo era de ese tipo de persona que se lo creía todo. Sí, ¡todo!
Incrédula, apasionada, en una palabra, sin malicia ninguna. Una verdadera servil de Dios. Amor por donde se me viera. Me brotaba en los poros ese amor. Iba desde mi rostro hasta el contorno de todo mi cuerpo. Era puro amor.
El mundo perfecto estaba dentro y fuera de mí.
¡Hasta que lo vi! Y ese día cambié brusca y radicalmente mi forma de pensar, de ver y de sentir.
Yo era como una cinta que andaba bien por el carril hasta que sentí que me descarrilaba. Entonces, puse stop y retrocedí.
Fue cuando empecé a ver la película que nunca había visto, a pesar de que era una de las protagonistas.
Pude ver que hacía tiempo que estaba zozobrando mi barco y yo nadaba como sirena, sin ver las aguas peligrosas que me rodeaban.
Vi arenas movedizas, señales de que se me advertía pero yo seguía adelante airosa.
Ya le había advertido y había cambiado su actitud.
¡Me mintió! ¡Y me lo creí!
¡Supo engañarme! ¡Supo ser astuto!
Dejó de hacer lo que me molestaba.
Además, desde el día que lo rezongué, me pareció que había entendido.
¡Pero, no! ¡No bastó!
¡No le dejo entrar más a la casa!
¡Qué duerma en la cucha!

Soy…

Andariego sin rumbo.

Buscando el destino perdido.

Quiero…

Navegar sin puerto.

Para no anclar en una isla solitaria.

Seré…

Rayo sin luz.

Para guiarme en la oscuridad sin quemarme.

Sería…

Ave sin vuelo.

Por si me hieren antes de alzarme.

Quisiera que…

Cuando despierte de este desierto árido que me mata…

Ser la única flor sembrada en tu tierra,

… el aire perfumado que aspiras,

… la cálida lluvia de verano,

… y la brasa que funda nuestros cuerpos.

La distancia

Cuando más lejos estás…

… más cerca te siento de mí.

Porque tu ausencia está

llena de la presencia de ti.

Cuando más cerca estás…

… más distante te siento.

Dime:

cómo le digo al tiempo

que detenga la marcha…

y que te deje

solo unos minutitos

ser, únicamente, mío.

Juegos de espejos

En la penumbra de su cuarto, el repiqueteo continuo e incesante del reloj marcaba las horas agónicas de un sueño que no llegaba.
Los últimos tenues recuerdos que le venían a la mente se empeñaban en martirizarlo. Un torrente de pensamientos confusos chocaban entre sí disgregándose, formando nuevos laberintos en su cerebro.
Inquieto, recorrió la habitación con los ojos afiebrados. Luego, sintió el frío del piso en sus pies a medida que deambulaba cansinamente por los rincones del habitáculo. Tenebroso y titubeante, palpó las paredes oscuras, heladas y vacías de la nada que lo rodeaba.
Acurrucado se quedó, sin saber que esperar.
La luz tenue del amanecer se filtró tímidamente a través del tragaluz, ahuyentando las sombras siniestras de la noche. Maltrecho, entregó todo su ser al aseo del enfermero.
-Hace tiempo doctor que el paciente con trastorno de personalidad no se opone a que se le atienda, sencillamente se deja hacer.
-¡Bien! Me complace saber eso. Es señal de que el tratamiento es eficaz; el olvido de sí mismo le devolverá la cordura.
Recordaba el enfermero al comienzo de la internación lo difícil que había sido lidiar con él, pues insistía en que le había quedado inconcluso algo muy importante; eso lo había desquiciado.
-Los paseos alrededor del lago le devuelven a la vida -le dijo al doctor.
-¿Del lago?
-Sí, se sienta un buen rato pensativo, mirando hacia abajo, luego, gesticula una palabra, mueve una mano, la alza, golpea sobre un lado en el aire y se le ilumina el rostro.
A partir de se día, se le prohibieron los paseos al lago.
A él poco le importó, pues, día tras día, sentado delante de su reflejo en el lago, él ya había concluido su última partida de ajedrez, ganándole a su otro yo.

El pueblo sin nombre

Perdido en unos parajes desérticos, se encontraba el pueblo. Un puñado de pequeñas casas achaparradas, polvorientas, desvencijadas, sedientas.
El entorno tórrido, mísero y abandonado reflejaba sobre los habitantes, convirtiéndolos en piezas talladas de igual manera.
Se conformaban con lo que les tocaba vivir, era lo único que conocían, pastoreaban, cultivaban lo que la empobrecida tierra les daba, se curaban y, cuando no, se enterraban ahí mismo. Allí nacían. Ahí morían.
Un día, de la nada, algo los puso en alerta.
Entrecerraron los ojos para ver a la distancia, agudizaron los oídos, bajo sus pies tembló el terruño, creyeron ellos que se avecinaba más que una tormenta de polvo en el horizonte.
Buscaron refugio en sus chozas a la espera que amainara.
¡Y amainó! A unos escasos metros de sus ranchos.
Cuando el asombro que había desdibujado sus ajeadas facciones se suavizó, parcos y desconfiados salieron a recibir a los forasteros.
Bajaron de distintos trasportes, pero hablaban el mismo idioma.
¡Y como hablaban! De tanto escucharlos los pobres aldeanos se sentían mareados como si hubieran fumado yerba brava.
Venían buscando votos. Sí, a ese lugar tan recóndito del país. Pero ¿qué podían ofrecerles que les interesara a cambio del voto?
Pues, ¡no mucho!
Así era su vida y así pretendían quedarse.
Cambiando la estrategia ya que lo individual por estas latitudes no generaba codicia, optaron por lo colectivo y la propuesta fue para todos los moradores del pueblo.
? ¡Amigos queridos! ¡Bauticemos con grandes honores a este lugarejo y a sus amados habitantes! ¡Que el nombre sea digno y para que así se les pueda llamar!
¡Viva el pueblo Manantiales!

La dimensión de la distancia

Cuando los caminos te lleven por otros rumbos y la lejanía se haga infinita, recuérdame y abrázame a la distancia para que yo te sienta junto a mí.
Y cuando a mi lado estés, no dejes de rodearme con tus brazos porque así, entre ellos, yo podré entregarme confiada a ese sosiego.
Quiero todos los abrazos del día y la noche, quiero amanecer sintiendo la tibieza de tus brazos cubriéndome, quiero saber que, al desvelarme, ellos estarán ahí para cuidarme.
Abrázame al caminar, al festejar. Abrázame cuando me emocione, cuando llore y cuando la tristeza llegue a mí. No olvides abrazarme, aun cuando te pida que me dejes… igual ¡abrázame!

Curvilínea

Fiel testigo milenario.
Guardas tras de sí, sueños atesorados.
Dueña absoluta de todas las intimidades.
Codicia de uno, entrega de amor de otros, repudio de algunos.
Con tu presencia, resguardas y velas los sueños.
Amiga inseparable que te amoldas, sin quejarte, a lo cotidiano.
De candente y blando líquido, te forjaron.
Para que inquebrantable seas al condensarte.
Porque de tu cuerpo moldeado y firme hemos de depender.
Hermana gemela de quién ansiosa espera el rozar de tu cuerpo,
para unirse en un solo ser.
Eres cantar de poetas,
entregas de amor,
guardiana de vida o muerte,
comienzo y fin.
A veces, por el paso del tiempo, tu cuerpo se corroe,
y dejas de girar en esa noria incesante que ha sido tu vida.
Entonces, te vas a descansar al cementerio de las llaves perdidas,
Esperando, quizás, que alguna mano te rescate del olvido.

Alma Gitana

Con esas tus manos,
Moro aceitunado,
me has embrujado.
Con esas, tus manos,
mi cuerpo has delineado.
Con esas, tus manos,
poco importa perderme
mientras ellas me guíen.
Quiero que tus manos
acaricien mi cuerpo al despertar.
Quiero que tus manos
sacien mi cuerpo al anochecer.
Quiero que, con ellas,
seques mis lágrimas.
Quiero que, con ellas,
palpes mi sonrisa.
Déjate llevar por el lazarillo de tus manos,
para que ellas descubran, antes que tú,
todo mi ser.
Quiero que entrelaces tu mano junto a la mía,
y, así, poder sentirme dichosa.
Quiero que, con ellas,
recorras el sendero de mi cuerpo,
y que, a cada paso que tus huellas den,
me hagan sentir en el paraíso.
Para qué quiero yo
que me lean las líneas de mi mano,
si ya encontré mi destino trazado.