Que en paz no descanses

Y para colmo de males llovía, así que el incendio no pudo ser apagado. La casa ardió con los cuerpos dentro. ¡Quién iba a imaginarse! Fue culpa de la lluvia que no pudieron llegar los bomberos a tiempo. El caso es que el tipo huyó. Él la mató, le incendió la casa y, luego, huyó. Dicen que iba a cruzar a nado el charco, pero no creo que alguien que escriba con esas faltas de ortografía pueda nadar tan lejos. Igualmente, fue un buen tipo. Nunca la cagó, nunca le negó nada, siempre trabajó como conejo negro para darle todo. Solo la mató, pero con razón. Un error lo tiene casi cualquiera.  O acaso ella no podía ser más recatada, más agradecida, menos puta. Hoy están muertos los dos. No aguantó la tristeza de perderla el pobre tipo. Zorra y todo, pero se ve que la quiso, por algo la mató. Ayer la enterraron a ella y ni la familia fue al entierro. Nadie va a extrañar a alguien que le jode la vida a un buen tipo y hace que la mate. Hoy lo entierran a él. ¡Pobre hombre! Lo que habrá tenido que soportar. En el pueblo, todos iremos a despedirlo. Cerraran los comercios para estar presentes en el último adiós ¡a un gran tipo! que pagó las consecuencias de verse obligado a matar a la mina que lo cagó.

Mal presagio

Despertó en un baño de transpiración. Su cuerpo y su mente estaban agotados de tener ese sueño una y otra vez, noche tras noche. ¡Basta!
Se levantó y miró por el ventanal de su dormitorio. Estaba en el piso 33. Veía toda la ciudad en pleno. Aún se mantenía despierta a pesar de la hora.
Respiró hondo y tuvo una desagradable sensación de vértigo. Se alejó y volvió a la cama. Intentó sin éxito conciliar nuevamente el sueño.
Luego de varios remolinos entre las sabanas y dos somníferos, el mundo de la seminconsciencia la venció.
Y ahí estaba, caminando descalza por la húmeda y fría arena, mirando al mar lleno de llanto y olvido. Comenzó a llover, aquella tormenta no pudo ocultar sus lágrimas. Continúo su camino y se sumergió en el agua más y más hasta que se fundió como ella.
Con un sonido desesperado trató de acaparar todo el aire que pudieran albergar sus pulmones mientras se incorporaba en su cama.
Otra vez la transpiración y sus pulsaciones fuera de control.
Trató de serenarse y puso sus pies en el suelo con intención de ir a darse una ducha.
Su respiración se cortó cuando vio el piso de su dormitorio mojado y sus pies llenos de arena.

¡Ésta la sé!

Acostumbraba a ir más temprano. No le gustaba cenar tarde pero se había entretenido más de la cuenta en la oficina. Se sentó en la mesa de siempre y se sintió casi afortunado de que estuviera de alguna manera reservada para él.
Era notorio que, por el cambio de horario, también cambiaba el ambiente, la gente, el lugar en sí mismo se percibía distinto.
A su derecha estaba sentada una pareja de jóvenes. Ella tomaba un Martini y él un whisky sin hielo. En la mesa cerca de la ventana, había una señora de unos 60 años, o unos pocos más quizás, muy elegante y muy conservada gracias seguramente a la ayuda de algún artista plástico. Miraba su celular con insistencia hasta que, una amiga, mejor dicho hermana gemela debido a su parecido casi fotocopiado, entró en el lugar y, luego de un beso doble en el aire, se sentó a la misma mesa.
La televisión del salón estaba encendida. Tal vez con un volumen un poco elevado para la calma con la que le gustaba cenar pero prefirió no mencionárselo al mozo que le tomó el pedido.
Cerca de la puerta había una mesa larga que albergaba a varios chicos de edades similares. Animadamente charlaban y debatían sobre un programa de preguntas y respuestas que estaban emitiendo por un canal de aire. Era muy entretenido ver como cada uno daba una respuesta a las preguntas que se formulaban. La charla se transformó en apuestas. Se acaloró la reunión de amigos unos decían “es en España” y otros gritaban “es en Escocia, juro que es en Escocia” tratando de contestar donde estaba ubicado el Puente de Overtoun. Efectivamente, era en Escocia, tuvo ganas de intervenir pero se contuvo. Las señoras fotocopiadas se reían tratando de interactuar silenciosamente con la mesa animada de los chicos. La pareja seguía ausente de los gritos y apuestas a su alrededor.
Esta era muy fácil pensó mientras escuchaba las versiones de que día había nacido Carlos Páez Vilaro. Luego de escuchar toda variedad de fechas, la señora fotocopia que llego último grito “¡el 1 de noviembre del 23!” en un intento tramposo ocultando el google del celular de donde había obtenido la respuesta.
La siguiente respuesta era más fácil aún pero, antes de que las señoras se le adelantaran con sus celulares de última generación, se paró y dijo “el 27 de junio de 1973, ese fue el día del golpe de estado en nuestro país”. Todas las miradas se centraron en él, incluso los ojos de la pareja que parecían lejos de involucrarse. Cuando el conductor dijo la respuesta correcta, todos aplaudieron y, desde ese momento, continuó la hora y media que quedaba de programa jugando junto a los participantes a contestar las preguntas, apostando alguna cerveza entre acierto y acierto.
Desde ese día procuro siempre ir a cenar a esa hora.

Recuerdo

Tu mano me alcanzó,
cuando decidí correr.
Tu mano me sostuvo,
cuando estuve a punto de caer.
Tu mano me dio calor,
cuando el frío heló mi piel
Tu mano acarició mi pelo,
cuando mi alma lloraba.
Tus manos mi refugio eterno.
Tus manos mi amanecer y mi ocaso.
Tus manos alimento de mi corazón.
Tus manos forjadoras de creación.
Y hoy que estoy solo,
el recuerdo es lo que sostiene mi ser.
Despierto sintiendo tu sentir,
pienso en alquimia para mi dolor
y exijo tener un elixir
Que permita por un instante absoluto
detener el tiempo tirano
que te arrancó de mi lado
Dejando solo el recuerdo de tu mano.

La casa

¡Había pasado tantas veces por esa casa cuando era pequeña! Ahora estaba parada frente a ella esperando al agente de bienes raíces para visitar su interior que tanta curiosidad le había generado durante su infancia.
La vida había dado muchas vueltas para Analí, el momento más feliz había transcurrido en esa calle, con su bicicleta dando vueltas para matar el tiempo.
A la hora indicada, llegó el Sr. Brandzen. Su ansiedad había hecho que ella se apersonara una media hora antes de la cita, pero por fin ahí estaba y era el momento que espero toda su vida.
La puerta algo vieja y pesada se abrió delante de ella; dio el primer paso apenas el Sr.Brandzen se lo indicó y, simultáneamente, un agobiante olor a encierro la obligó a cerrar sus ojos. Fue transportada a otra época. Continuó dando pasos hacia el interior pero como en trance hasta que escuchó la voz del Sr.Brandzen que venía como desde otra habitación.
¡Tamaño susto se llevó cuando abrió sus ojos y lo vio parado a su lado! Continuaron disfrutando de aquella maravilla arquitectónica, habitación por habitación pero para Anali era básicamente un trámite ya la decisión estaba tomada: esa casa iba a pertenecerle porque sentía que ella le pertenecía a la casa.
No habían concluido aún con la recorrida, y Analí sin hacer ninguna pregunta, ni siquiera el precio, le suplicó al Agente que realizara el papeleo lo más rápido que la burocracia le permitiera para poder mudarse a la casa. El Sr. Brandzen muy emocionado y casi incrédulo de lo que sucedía la invitó a dirigirse a su oficina para llenar los formularios necesarios y realizar la oferta a los vendedores.
Luego de apenas 20 días, Analí ya estaba instalada en su nuevo hogar. La mudanza fue rápida ya que la casa estaba prácticamente amueblada y ella no tenía grandes cosas para trasladar más que las que llevaba en su alma y eso era más que suficiente.
Encendió el fuego de la estufa y se sentó en su escritorio, abrió su computadora y se dispuso a escribir las primeras líneas de su próxima novela. En ese minuto, escuchó un ruido bastante estruendoso que venía de la cocina, se levantó, caminó con determinación pensando en algún animal del lugar. Cuando entró en la habitación no había nada fuera de lugar, ninguna puerta abierta, ninguna ventana, solo paz y silencio y un aroma a flores. Eso fue lo único que llamó su atención. Se dio la vuelta para volver a sus tareas y sintió un escalofrío estremecedor. Tomó un chal de pasada y volvió al escritorio.
Esa noche tuvo muchos sueños extraños, no supo si estaba realmente dormida o qué era lo que sucedía con ella, tal vez se estuviera volviendo loca…después de todo ¿quién no era un poco loco?
Así transcurrieron sus días en la casa. Días escribiendo, solo interrumpida por ruidos que nunca supo de dónde salían y noches agitadas con sueños o recuerdos.
Ese día, se había levantado algo cansada, bajó la escalera para prepararse algo para desayunar y volver a su cama un rato más pero, en el pie de la escalera, se encontró con una extraña caja, la tomó entre sus manos y, dubitativa, comenzó a abrirla. En ella había una cadena con un dije que se abría y tenía en su interior dos fotos. Una era de un muchacho joven, muy buen mozo peinado impecablemente y muy bien vestido. En la otra había una dama, muy joven también con el cabello largo y rizado, una sonrisa fresca de dientes muy blancos y ojos color avellana. Le llamó mucho la atención el hallazgo pero era tan hermoso que decidió usarlo desde aquel instante. Continuó su marcha hacia la cocina y, al cruzar la puerta, volvió a sentir aquel escalofrío tan paralizante que sintió aquel día cuando se dirigía a investigar el primer ruido.
Estaba tan feliz con su hallazgo y lo admiraba todo el día. Aquella joya se transformó en una parte importante de su vida; se quedaba horas mirando las fotos a la luz del fuego de la estufa. No fue hasta aquel día en que se dio cuenta del parecido que tenía la foto de la dama con ella. Al comienzo, creyó estar delirando pero luego confirmó, reviso cajas y cajas con fotos y sí, efectivamente la dama joven de la foto que colgaba en su cuello con una hermosa cadena era muy parecida a ella. Sorprendida por el descubrimiento se dio a la tarea de investigar quienes podían ser y que había sido de sus vidas, después de todo ella era escritora, estaba acostumbrada a investigar y esto le parecía una apasionante historia para contar.
A los pocos días de estar investigando, se dirigía a la cocina a prepararse una sopa para continuar rápidamente con su labor y, nuevamente, el escalofrío ya conocido por su cuerpo volvió. Pero, esta vez, estaba acompañado de un ser que la abrazaba. Analí no sabía bien que era lo que sucedía pero no se asustó, solo se entregó a aquel abrazo, dio la vuelta y se encontró con el joven de la foto. Se abrazaron como si se conocieran de toda la vida. Estuvieron horas mirándose sin decirse una sola palabra. Solo mirándose.
Los días se transformaron en meses y estos en años en los que Analí se obsesionó con la historia que en algún momento pretendió contar. No tenía ya mucho tiempo para escribir ya que el día entero estaba en compañía de este misterioso joven con el que sentía haber encontrado el amor eterno.
Un día de tantos, escuchó un ruido en la puerta de entrada. Bajó la escalera corriendo. Sorprendida por lo que veía, logró esbozar un grito. Las personas que estaban entrando en la casa acompañadas por el Sr. Brandzen no escucharon. Estuvieron por todas y cada una de las habitaciones; sus habitaciones, tocaron sus cosas, quebraron su intimidad. Su desesperación y sus gritos no dieron fruto ya que nunca fueron escuchados.

Reencuentro

Qué mal olía aquella vieja habitación de hotel. Ese mal olor junto con la penumbra que la abrazaba eran el accesorio perfecto para su estado de ánimo. Apesadumbrado por las largas horas de viaje, se desplomó en la cama y, si no hubiera cerrado sus ojos, seguro hubiera visto la polvareda que se hubiera desprendido del edredón.
Se tomó unos instantes antes de ir al baño a ducharse para poder despejar un poco su mente.
No sabía bien qué lo había llevado hasta ese lugar, pero tampoco era mucho lo que había dejado atrás.
Hacía ya tres años que había perdido a su esposa y a sus dos hijos en aquel fatídico día de verano. No podía dejar de reprocharse desde ese entonces no haberse ido con ellos aquel día. El recuerdo del aroma a agua dulce y a bosque estaba aun latente enturbiado por los sonidos de los gritos pidiendo auxilio. Un día de festejo en familia había terminado con la suya. Su mujer, Ángela, y sus hijos, Jania y Sebastian, se habían ahogado en el lago donde minutos antes estaban chapoteando y disfrutando. Sus esfuerzos fueron inútiles para poder salvarlos y los cuerpos nunca fueron encontrados lo que hizo su agonía eterna. Hoy había decidido volver a aquel lugar. El mensaje que había recibido en su celular le daba instrucciones claras, donde alojarse y a quien visitar al día siguiente en un horario específico. Incrédulo de todo pero con la vida en pedazos decidió asistir.
Ese día se durmió sin siquiera desvestirse, esperando, aunque sea en sueños, abrazar nuevamente a su familia.
El sol ya había salido pero solo se dejaba entrever por un pequeño espacio que dejaba una tablita que faltaba en la persiana. Le costó incorporarse, le dolía la cabeza y le pesaba el cuerpo. Se mojó la cara y el pelo en la pileta con manchas de herrumbre del baño y salió.
Caminó por el pueblo con el papel en donde había anotado la dirección indicada. Buscaba medio atento, medio aturdido. Cuando llegó, era un lugar extraño, o así lo percibió él. Tenía un lindo jardín, lleno de lo que se conoce como “llamadores de ángeles” pero con diversos y extraños símbolos. A pesar de que no sabía con que se iba a encontrar entró en aquel lugar, llamó a la puerta y una mujer no menos extraña que lo que la rodeaba le abrió.
Lo estaba esperando fue lo primero que le dijo.
Lo que sucedió dentro de esa casa hoy es solo una anécdota pero sin dudas que cambio su vida para siempre. La señora era una Médium y, si bien el se mantuvo incrédulo y a la defensiva con el transcurrir de la reunión, se rindió a los sentimientos que experimentó. Le dijo que su familia quería ponerse en contacto con él, que no querían verlo destruirse de la manera que lo estaba haciendo, que viviera, que fuera feliz, que ellos estaban en un lugar hermoso y se reunirían cuando fuera el momento, que necesitaban descansar, que los dejara ir. La experiencia fue además de reveladora pero muy difícil de asimilar, sin embargo, pero provocó un cambio radical en su vida.
Se dedicó nuevamente a su profesión, empezó a trabajar con alegría y dedicación. Vendió la casa que compartía con su familia y compró un pequeño apartamento en las afueras de la ciudad el cual mantenía aseado e iluminado y lo disfrutaba plenamente. Los fines de semana se dedicaba a caminar por el pueblo saludando a sus vecinos. Se había forjado una pequeña felicidad en homenaje a sus seres queridos a los que estaba convencido que iba a volver a ver.

Rutina

Casi siempre llegaba tarde a casa, ese día no era la excepción. Revisó la contestadora casi instintivamente y, a pesar de que en la pantalla se veía el cero en rojo intenso, presionó el botón para oír: “Usted no tiene mensajes nuevos”
Trató de prepararse algo rápido para comer ya que no le gustaba cocinar y menos para ella sola.
Se tiró en el sillón, encendió la televisión como para tener algún ruido en la casa y comió el sándwich de atún que en una demostración absoluta de falta creatividad culinaria se había armado.
Caminó hacia el baño y giró el grifo para que la lluvia fuera cayendo mientras se desvestía para tomar un cálida y reconfortante ducha. Era un placer que se reservaba para el final del día.
Se tomó su tiempo, disfrutó de cada chorro de agua cristalina que caía por su cuerpo en forma de caricias.
Al salir, revisó nuevamente la contestadora. Esta vez solo con mirarla le bastó. Fue a la cocina y se sirvió una generosa copa de vino, bajó el volumen de la televisión pero no la apagó, encendió el equipo de música, trató de encontrar algo que le levantara el ánimo, ¡Maldita soledad! gritó para sus adentros.
Sin soltar la copa, pasó su mano por la biblioteca intentando con el tacto encontrar allí algún refugio, tomó un libro y lo abrió, leyó algunos párrafos sin prestar verdaderamente atención a lo que decían, en ese momento, eran solo palabras. Se levantó bruscamente y fue hacia el sillón donde había dejado su bolso, tomó el celular, no tenía llamadas perdidas, ni mensajes, ni nada… ausencia… sólo ausencia…
En un impulso, marcó el número, el número de él, dejó sonar hasta que la contestadora se ocupó de lo que él debió ocuparse, no dejó mensaje, no valía la pena.
Decidió que lo mejor era acostarse, al fin y al cabo, ya era tarde y al día siguiente… Al día siguiente, pensó sin encontrar como terminar la frase.
Tomó el pastillero y se tragó un par de pastillas con el vino, sería mejor buscar ayuda para poder dormir, se recostó en el sillón, dio unas cuantas vueltas, se levantó y decidió servirse otro poco de vino para ayudar a atraer el sueño, apagó la música y la televisión, solo dejó encendida la lámpara de pie que daba un aspecto penumbroso al living, miró, como de pasada, la contestadora casi culpándola de no tener nada para calmar su dolor. Tomó una vez más el pastillero y, con un gran buche de vino, pasaron por su garganta dos, tres… quizás más pastillas. El sueño no venía. Su celular estaba sobre la mesa y volvió a marcar el último número, pero no obtuvo respuesta, se recostó en la alfombra y el sueño… no venía, que espera insoportable. El sueño… El sueño… no venía. Sintió como su cuerpo ya no le respondía, apoyó la cabeza y dejó caer la copa de vino derramándolo. Escuchó su celular sonando como a lo lejos, cada vez más lejos… Ella ya no podía moverse. Cerró sus ojos. Lo único que le quedaba era esperar la muerte…

En una guerra todos perdemos

Juan había ejercido desde hace 12 años como profesor de historia, era un apasionado de su trabajo y dedicaba muchas horas y preparaba sus clases con mucho gusto. Ese domingo, se dispuso a organizar los temas para el lunes y, entre libros y apuntes, pensó en Siria. Esa nación de Medio Oriente gobernada desde 1970 por la familia de Basher Al Asad. Desde el año pasado, se había iniciado una represión del gobierno contra los activistas que exigían libertades políticas y civiles y prosperidad económica. ¡Qué tema! pensó, ¿quién no querría prosperidad económica y esas libertades? parecía casi utópico. Estos reclamos desencadenaron una guerra civil que hasta el mes de julio de este año y según informes de la ONU se habría cobrado 17.000 vidas y, además,  otros 170.000 sirios habían buscado refugio en países vecinos como Iraq, Turquía y Jordania. Se le ocurrió que era un buen ejercicio para su clase el plantear un debate sobre la amenaza de ataque a Siria por parte de EE.UU. Eso le permitiría tocar un tema de actualidad, conocer cómo razonan sus estudiantes y, principalmente, estimular sus mentes abiertas a los temas que afectaban a nuestro mundo. Eso en sí era educar para él, tratar de darles herramientas para que pudieran forjar sus propias opiniones.

Entusiasmado, entró al salón donde ya lo aguardaban varios estudiantes a pesar de que faltaban 5 minutos para el comienzo de la clase.

Una vez se cerraron las puertas del aula, con ansias de cómo iban a reaccionar ante semejante propuesta, la expuso:

—Hoy, la idea chiquilines es que puedan formar grupos, les voy a dar unos minutos de tiempo para que se organicen y armen la idea, luego cada grupo la expondra a toda la clase. La consigna es que puedan dar argumentos a favor y en contra del ataque a Siria, al terminar podremos debatir las ideas pero las conclusiones se las van a guardar para cada uno, lo que discutiremos aquí son solo argumentos no conclusiones ¿está claro? Comiencen ya…

 

Vio con agrado como la propuesta había tenido el efecto que él esperaba y disfrutó sentado en su escritorio de cómo sus estudiantes tenían charlas algunas silenciosas y otras más acaloradas, todo servía. Pensar nos hace libres y sonrió al decir para sus adentros una frase tan trillada pero tan cierta.

 

Transcurridos los minutos asignados para la preparación del ejercicio se dispuso a hacer las veces de moderador.

Como era casi obvio el primer estudiante delegado del grupo que debía buscar argumentos favorables del ataque se levantó y habló hacia la clase

–                    EE.UU cree que se están usando armas químicas, ellos tienen una responsabilidad moral ya que las armas químicas están prohibidas por la ley internacional. Es una acción a favor de la democracia, si no se tomara este tipo de medidas cualquiera más allá o más acá puede imitar la acción de Al Asad.

–                    Me parece muy buen punto— agregó orgulloso de los conocimientos de sus aprendices— continúen por favor.

–                    Pensamos además que no atacar a Siria provocaría una inestabilidad mundial.

–                    ¡No queremos que cometan otro error como con Iraq! – se escuchó desde el centro del otro equipo

¡Bien! pensó Juan, ¡Justo lo que quería lograr!¡Comenzó el debate!

–                    ¿Por qué piensas en Iraq?—preguntó Juan al alumno y dirigió su mirada al grupo opositor— ¿tienen algo para refutar…?

–                    Siria no es Iraq, los servicios de inteligencia de EE.UU. han analizado y escudriñado todas las pruebas una y otra vez. A Iraq se lo invadió para comprobar si eran cierto los datos de que existían allí armas de destrucción masiva pero, en este caso, ya se sabe que existen y además las están usando. Por eso creemos que la intervención de EE.UU. en este tema es de suma importancia para no crear antecedentes de que pueden violarse leyes internacionales y que nadie va a reaccionar.

–                    Como no podemos apagar fuego con fuego tampoco podemos mantener una democracia y parar una guerra con guerra — agregó una integrante femenina del otro grupo— además las encuestas dicen que los estadounidenses no apoyan el ataque.

Otro integrante del grupo que había trabajado sobre la argumentación en contra del ataque a Siria intervino y se dirigió al alumno expositor del grupo contrario:

–                    Tú decías que no atacar iba a tener como consecuencias inestabilidad mundial, nosotros pensamos que sería muy por el contrario, el hecho de un inminente ataque provocaría esa inestabilidad mundial ya que este ataque podría provocar a Hezbolá a atacar a Israel ¡en represalia! Con el refuerzo de posiciones militares enviadas de EE.UU hacia el Mediterráneo Occidental y con Rusia defendiendo a su único y acérrimo aliado árabe, Siria, podrían cumplirse las nefastas predicciones sobre una Tercera Guerra Mundial— concluyó.

Ya había sonado el timbre que avisaba de un recreo para tanto movimiento de neuronas pero nadie había abandonado su lugar y miraban a Juan como buscando una palabra de aprobación o no con respecto al ejercicio.

Se oyó una voz que resumió el hecho:

–                    ¿Y  Profe? ¿cómo lo hicimos? ¿quién ganó?

–                    Chicos en una guerra todos perdemos…

… y con esa reflexión todos salieron del salón, algunos se dirigieron al patio, otros a la cantina y otros caminaron por los pasillos pero todos, absolutamente todos, se fueron hablando del ejercicio realizado en clase y sacando sus propias conclusiones y sobre todo pensando la última frase de su Profesor

 

EN UNA GUERRA TODOS PERDEMOS…..

¿TODOS…?