Normal obsesión

Cuando Olivia tenía nueve años, se dio cuenta que no era como las otras niñas. Jamás olvidará cómo sus compañeras hacían fila para hablar con el profesor de gimnasia o cómo todas comentaban cuál de sus compañeros de clase era el más lindo.

–Y a vos, Olivia, ¿quién te gusta?–solían preguntarle con una risita.

Pero Olivia siempre cambiaba de tema.

Cuando tenía doce, Olivia soñó que besaba a Lara. Se despertó transpirada y con una extraña sensación en el estómago. Unos días después, le dio su primer beso a Joaquín.

Olivia tuvo su primer novio a los trece y, a los catorce, mantuvo relaciones por primera vez. No asistió a ningún cumpleaños de quince, ver a sus compañeras maquilladas y peinadas y con hermosos vestidos la hacían sentirse mal del estómago. No entendía por qué.

Lo único que Olivia quería era ser normal. Sentirse normal. Por eso se casó a los veinticuatro años con un muchacho por el que no sentía nada.

Hasta los veintisiete, tuvo una vida tranquila. Casi había empezado a convencerse a sí misma que amaba a su marido. Casi se había convencido que era normal.

Recién recibida de licenciada en comunicaciones, Olivia entró a trabajar en un periódico. No hacía mucho ni ganaba mucho, pero tenía posibilidades de crecimiento dentro de la empresa. Fue entonces cuando conoció a Belén.

Belén era morocha y tenía pecas que le cubrían de los hombros a la frente. Siempre traía las uñas pintadas de rojo y los ojos con deliñado negro y grueso. Jamás faltaban sus lentes verde flúor ni su sonrisa. Incluso si Olivia hubiese considerado la opción de que le gustasen las mujeres, jamás habría pensado que Belén podría ser su tipo de mujer. Pero Belén la hacía reír como nadie más lo hacía. Le despertaba esa sensación en el estómago que se habría prohibido a sí misma sentir desde que tenía memoria. Y por primera vez, Olivia se sintió feliz. Se sintió viva. Cuando estaba con Belén, hasta podía sentirse… casi normal.

Por ese motivo, Olivia decidió hacer lo más sensato, renunciar.

La leve depresión en la que cayó después de dejar de ver a Belén la adjudicó al haber perdido su empleo. Su marido, sin motivos para dudar, le creyó.

Con casi veintinueve años, Olivia decidió que era tiempo de empezar a buscar hijos. Calendarios, pastillas, tratamientos. Todos desfilaban ante la vida de Olivia, que se pasaba horas y horas de una sala de espera a otra. Hasta que un doctor por fin dijo la palabra que tanto temía: Estéril.

–Pero tener hijos es lo normal, ¿no?–Olivia estaba entrando casi en un ataque de histeria mientras su marido manejaba en silencio hasta su casa.

–Hay otras formas de tener hijos, si es lo que querés –respondió él.

–Pero es lo normal –insistió ella. Casarte, ser mamá, la familia: papá, mamá e hijos. Eso es lo normal.

–Bueno… sí… pero puede ser de otra forma.

Su marido parecía confundido y le recordó que Federica, tu amiga, había adoptado.

–No soy normal –susurró Olivia, inmersa en sus propios pensamientos–. Mi madre me dijo: “Casate con un hombre. Tené hijos”. Es lo normal –miró a su esposo– y repitió ─ ¡no soy normal!

–Olivia, ¿te sentís bien? ¿Querés que pare el auto? No tiene sentido lo que estás diciendo.

–Yo… yo solo quería ser normal. Pero no lo soy. Nunca lo fui. ¿Entendés?

–No –contestó él, tras una pausa–. Pero aunque no fueras normal, no tiene nada de malo.

–Mi madre quiere una hija normal.

–Tu madre habla mucho pero muerde poco. Te va a amar no importa qué. Y va a amar a nuestros hijos, biológicos o no –la consoló él.

–No quiero hijos –dijo Olivia–. Ni un marido. Ni lo normal. Digo, sí, quiero ser normal, pero no puedo. Nunca pude. Así que, ¿para qué seguir intentando?

–Esperá, ¿qué querés decir con que no querés un marido?

–Cambié de opinión, ¿podés parar el auto? –dijo ella en cambio–. Quiero caminar hasta casa.

Su marido arrimó el auto al cordón.

– ¿Estás segura que estás bien?–preguntó.

–Mejor que nunca… creo. Te veo en casa, pero antes, tengo que hacer algo –le dio un beso en la mejilla y salió del auto. Él bajó la ventanilla.

–Después, necesitamos hablar de eso que dijiste –manifestó él, pero Olivia hizo un gesto con la mano, quitándole importancia.

Esperó a que su esposo arrancase el auto y se sentó en un banco.

“Perdón que no respondí tus mensajes” escribió en su celular. “Estuve lejos un tiempo, pero ya volví. ¿Almorzamos mañana?”

Esperó unos minutos, hasta que su celular vibró y la pantalla se prendió con el nombre “Belén” en las notificaciones.

“No te preocupes. ¡Nos vemos mañana!”

Olivia sonrió. Por primera vez, dejó que sus sentimientos la invadieran sin intentar reprimirlos. Cerró los ojos, respiró profundo. Se sintió viva. Se sintió normal. No el “normal” que se había impuesto. Un normal distinto. Uno mejor.

Desgarro a la inocencia

 

─ ¡Fuentes! ¡Fuentes!

Un escalofrío le recorrió el cuerpo al oír esa voz y la devolvió a la realidad.

Miró a su alrededor. La clase entera se había dado vuelta para mirarla a ella.

─ ¡Fuentes! ─repitió el profesor García ─¡adelante!, por favor.

Martina cerró los ojos y soltó un largo suspiro. Sus manos se aferraron a la hoja de papel que había sobre su mesa. Abrió los ojos y caminó al frente con la hoja pegada al pecho cual escudo.

─Eh… ─su voz temblaba. Se aclaró la garganta. Trató de mirar la hoja, pero las palabras parecían bailar delante de sus ojos–. Había una vez…

─ ¿Título? ─la interrumpió el profesor.

–Sí… esto… “El lobo feroz”–respondió ella.

Escuchó algunas risitas provenientes del fondo de la clase. El profesor asintió, indicándole que podía comenzar.

─Bueno… Había una vez una manada de perros. Los más chiquitos aprendían de los más grandes y eso. Y bueno… Se suponía que los perros grandes eran buenos y los cuidaban, pero había uno que no era un perro. Era un lobo. Pero nadie sabía. Solo lo sabía un pequeño cachorrito. Porque durante las noches de luna llena el lobo no podía ocultar su verdadera naturaleza y se transformaba. Y el cachorro lo había visto. Y el lobo lo había arañado como castigo. El lobo lo arañaba todo el tiempo, pero nadie lo veía. Las garras del lobo habían empezado a abrir la piel del cachorro de a poquito. Le habían arrancado el pelo. Lo estaban dejando desnudo. Pero los otros perros no se daban cuenta. Pero el cachorro, sí. El cachorro sabía lo que el lobo era. Pero el lobo le había dicho que nadie le iba a creer. Porque en un mundo de perros, ¿quién le iba a creer a un simple cachorro que decía lo que nadie quería creer?

Martina levantó la vista. Macarena, siempre la más lista de la clase, parecía confundida. Unos cuantos apoyaban las cabezas en sus brazos cruzados sobre la mesa. Otros dibujaban. Tomás miraba por la ventana sin siquiera disimularlo. Incluso la profesora Ferreiro, que había ido a observar la clase, parecía poco interesada, garabateando algo en su libreta sin despegar la mirada.

Cuando miró al profesor García, Martina pudo ver gordas gotas de sudor cayendo por su frente. Gotas que parecían un espejo a las que se deslizaban por las mejillas de la misma Martina en ese momento.

─Un día, sin querer, el lobo mordió al cachorro. Si lo hubiese sabido, seguramente, lo hubiera matado en ese mismo momento. Pero no lo notó. Y, sin darse cuenta…─Martina miró al profesor directamente a los ojos ─el lobo creó un arma letal.

Feliz día

-¡Feliz día! -exclamó Ricardo sonriendo, extendiendo en sus manos un pequeño paquete.
Ella lo miró con indiferencia.
– ¿De dónde venís? -preguntó, sin siquiera ver su regalo.
-Ay, no te pongas con eso ahora…
-Venís de la casa de ella, ¿no? -insistió la mujer?. ¡Claro! Si es más joven, más divertida, ¡cómo no vas a venir de la casa de ella!
– ¡Tranquilizate! -exclamó Ricardo-. Solo vengo de comprar tu regalo…
– ¡Ah! ¡Mirá vos! Lo dejaste para último momento, ¿eh? ¿El de ella hace cuánto lo compraste? ¿Hace una semana? ¿Un mes? -los ojos de la mujer ya estaban llenos de lágrimas.
– ¿Podés abrir tu regalo en vez de quejarte tanto? -pidió él.
Ella tomó el regalo con aire ofendido. Lo abrió y se encontró con una hermosa pulsera de oro.
– ¿Te gusta? -preguntó él sonriendo.
– ¿Y a ella qué le regalaste? -inquirió la mujer, dolida?. ¿Un juego de pulsera, collar y anillo de oro? ¡Fue eso!
– ¡Me cansaste! -explotó Ricardo. ¿Cómo no querés que la prefiera a ella si vos sos así de insoportable?
-Ricardo… -murmuró la mujer, ya llorando.
– ¡Y si es verdad! ¡Te la pasás quejando, mamá! ¡Chau, me vuelvo a lo de mi suegra!

Una canción para Tomás

Un pasillo blanco que parece infinito, sin ventanas, solo puertas también blancas que permanecen cerradas. Hay gente caminando por él. Algunos deambulan sin rumbo, no saben adónde van sus pies, hace tiempo que tampoco saben dónde están sus mentes. Sus brazos cuelgan a los costados de sus cuerpos, como si solo fueran extremidades inertes con la única función de balancearse sin ritmo. Sus ojos perdieron la capacidad de enfocar y recorren, sin brillo alguno, la blancura del lugar como si no hubiesen visto la luz del sol en años. Parecen no saber cómo se usa un peine, ni cómo cortarse las uñas, ni que el zapato derecho va en el pie derecho y no en el izquierdo.
Su caminar lento e irregular molesta a los otros. A los de bata blanca y pelo prolijo. Esos que corren de un lado a otro, que salen de una puerta para meterse en otra. Esquivan con agilidad al resto, sin siquiera levantar la vista de la planilla que llevan en mano. Algunos hasta saludan con educación, otros solo sueltan un bufido molesto.
Son una serie de movimientos que ese pasillo ha visto durante cada día, de cada mes, de cada año.
En una de las habitaciones que encierran las puertas blancas, hay un escritorio. Tras él, hay una de esas mujeres de bata blanca. Aguarda por un paciente al que no ve hace mucho, debido a un receso que tuvo que tomarse en el trabajo por problemas personales.
La puerta blanca se abre y entra un joven. No es como el resto. Él está bien peinado y tiene los zapatos en su lugar, la remera al derecho y no hay rastro de sangre bajo sus uñas. Aunque, cada tanto, se le pierde la mirada.
– Buenas tardes, doctora. Me alegra verla de nuevo.
– Tomá asiento, Jaime, por favor.
El paciente obedece y la observa en silencio.
– ¿Cómo andás con tus alucinaciones?
– Ya le expliqué, doctora, que no son alucinaciones. No tengo esquizofrenia ni ninguna de las otras enfermedades que me diagnosticaron.
– ¿Estás diciendo que de todos los doctores y psiquiatras que te analizaron y diagnosticaron, ni uno acertó?
– Sí, doctora.
– A ver, decime vos entonces. ¿Qué tenés?
– No tengo nada.
– Está bien. ¿Y tus aluci…? Perdón, me refiero a eso que ves, que nadie más lo ve, ¿qué es para vos?
– Me alegro que lo pregunte, doctora. Nadie nunca había pedido mi opinión y, si igual la daba, me mandaban a callar diciendo que no la habían preguntado. Pero como usted preguntó, doctora, le voy a explicar. Lo que yo veo, es gente muerta.
– Ajá…
– No me mire como si siguiera pensando que estoy loco.
– No lo hice.
– Es en serio, doctora. Los veo. Y me hablan. No puedo dejar de verlos, doctora, pero no estoy loco. Son reales.
– Seguro.
– Hay alguien acá, ahora.
– ¿Y quién es?
– El niño.
– ¿Qué niño?
– Es un niño rubio, doctora. Siempre lo veo caminando detrás de usted en los pasillos. Bueno, desde que se reintegró, en realidad.
– ¿Un… un niño rubio?
– Sí, dice que se llama Tomás, doctora, y dice que es… oh… Dice que es su hijo.
– Mirá, Jaime, no sé de dónde sacaste toda esa información sobre mí, pero no es gracioso.
– ¡No me lo estoy inventando, doctora! ¿Cómo voy a estar jugando con algo así? Está ahí, atrás suyo, como siempre.
– ¡Ya basta, Jaime!
– Dice que extraña oírla cantar.
– ¿Q… qué?
– Dice que usted antes le cantaba todas las noches, pero que ya nunca le canta.
– Yo… no…
– Y dice también que la perdona, doctora. Por el accidente, dice. Dice que le gusta ser invisible, que en realidad está bueno porque hace travesuras. Que le esconde cosas y que hace ruidos, pero que usted no puede rezongarlo porque es invisible.
– ¡Qué estás diciendo! Yo…
– Sí, y dice que es muy feliz ahora. Pero dice que extraña oírla cantar.
– Jaime, creo que eso es todo por hoy. Andate, por favor.
– Le juro que no me inventé nada, doctora.
– Salí, Jaime.
Él se para y camina hasta la puerta. Antes de salir, mira a un punto en la equina detrás del escritorio, y sonríe.
– No hay de qué.
Cuando cierra la puerta, el silencio ensordece a la doctora. Suelta las lágrimas que estuvo aguantando durante los últimos cinco minutos. Y, con voz ahogada, comienza a tararear la canción preferida de Tomás.

Brujas

Josefina se metió en el auto que aguardaba en la puerta de su casa.
? ¿Lista? ?preguntó el muchacho que estaba en el asiento del conductor. Ella asintió y el auto arrancó.
Aquella noche, iría a conocer a sus suegros, después de cinco meses de novia con Fernando. Veinte minutos después, estacionaron frente a un lujoso edificio. El joven, con los modales de siempre, bajó primero y abrió la puerta a su novia.
?Decime de nuevo, ¿cómo se llaman tus padres? ?preguntó ella en el ascensor.
?Manuela y Fermín.
Apenas se abrieron las puertas del ascensor, Josefina sintió que la tomaban con fuerza del brazo y la apretujaban con emoción. Al parecer, Manuela no había podido contenerse y había salido al pasillo a esperarlos.
? ¡Qué linda que sos! ?exclamó la mujer, observándola detenidamente. Había dejado de abrazarla, pero ahora sus manos agarraban la cara de Josefina como dos enormes pinzas?. Mi Fer no exageraba, ¡sos preciosa! Vengan, pasen, pasen.
Obedeciendo, Josefina entró en el apartamento, que era más grande que su casa. Fernando fue directo a sentarse a la mesa.
? ¿Quiere que la ayude en algo? ?le ofreció ella a Manuela, dirigiéndole una mirada de enojo a su novio.
?No, querida, vos sentate. ¡Y no me trates de usted!
Manuela se metió por una puerta que, Josefina supuso, sería la cocina. Poco después, se les unió Fermín, que llegaba del trabajo. Se sentó con ellos en la mesa y comenzó a hablar con Josefina. A ella le pareció muy simpático. Pasados unos minutos más, Manuela volvió y se sentó frente a Josefina, observándola fijamente.
? ¿Qué estudiás, Jose?
?Mm… Derecho… ¿Estás segura que no querés ayuda?
?No, no, la carne ya está en el horno. Así que derecho, ¿eh? Claro, mi Fer estudia ingeniería, pero se necesita mucho de acá para eso?se señaló la cabeza?. En derecho solo necesitás buena memoria… ¿A dónde vas? ?reprendió a su marido cuando este se levantó.
?A hacer la ensalada.
?No, yo la hago?se apresuró a pararse y volvió a la cocina.
Más tarde esa noche, mientras Josefina volvía en el auto con sus padres, aprovechó para descargarse.
?Es insoportable. No nos dejó ni un segundo en paz. Estaba siempre arriba de nosotros, “mi Fer esto, mi Fer aquello”. ¡Insoportable! Ni siquiera dejó a su marido ayudarla. Es una bruja controladora y obsesionada con Fernando…

Dos semanas después, Fernando fue a cenar a casa de su novia por primera vez. Josefina le abrió la puerta con una sonrisa y lo hizo pasar.
?Mi madre es Raquel y mi padre Jorge. Ah, y mi hermano Bruno.
Fernando los memorizó y saludó a cada uno por su nombre. Inmediatamente a continuación, se sentó a la mesa y esperó. Raquel sonrió en cuanto lo vio y le guiñó un ojo a su hija.
? ¡Arriba, arriba! Que en esta casa no hay sirvientes.
Fernando se levantó, confundido, y Raquel aprovechó para ponerle un montón de platos en las manos.
? ¡A poner la mesa, que ya va a estar la cena! Jorge, movete y hacé algo, dale.
Su marido, que estaba recostado en el sillón, la fulminó con la mirada y se levantó a regañadientes.
Cuando Fernando llegó a su casa esa noche, se puso a despotricar contra su suegra.
? ¡Me hizo poner la mesa! Y después tuve que ayudar a Jose a lavar los platos. ¡Soy el invitado, che!
?Ay, pobre mi Fer?se horrorizó Manuela?. ¡Qué bruja! Ojalá no me la cruce nunca…

Sus temores se cumplieron casi un año después, cuando Fernando los llevó a ella y a Fermín al cumpleaños de Josefina.
Ambas madres se saludaron con cierto recelo. Raquel estaba en la cocina del local donde se festejaba, y trató de no dedicarles mucho tiempo. Pero en seguida Manuela se metió allí.
?Dame que yo lo hago?dijo, sacándole el pan de las manos a Raquel, que lo estaba cortando.
?Yo puedo sola…
?Lo hago más rápido.
? ¡¿Estás diciendo que no puedo hacer las cosas bien?!
Antes de que la cosa pasara a mayor discusión, Fernando y Josefina intervinieron. Él se llevó a Manuela al parrillero para cortar carne, mientras Raque se quedaba en la cocina criticando a la mujer.
? ¡Pero, ¿quién se cree que es?! Viene a molestarme… Y vos, Jorge, no sos capaz de moverte. ¡Vení a cortar el pan!
El hombre se levantó de mala gana del asiento y fue a buscar el pan.
?Cortalo en el parrillero, así lo dejás para el chorizo. ¡Dale, movete! ?lo apremió su mujer de malhumor.
En cuanto Jorge salió arrastrando los pies, entró Fermín con una sonrisa.
? ¿Necesitás ayuda?
? ¿Te animás a picar los morrones? Gracias, sos un sol. Mi marido, en cambio, no mueve un dedo…
Fermín sonrió y comenzó a ayudar.
Jorge llegó al parrillero con la flauta de pan, pero en seguida se la sacaron de las manos.
? ¡Yo lo hago! ?dijo Manuela?. Vos andá a sentarte, te ves tan cansado.
El hombre esbozó una sonrisa y se fue a sentar lejos de la cocina. Manuela lo observó.
?Este sí me hace caso, no como mi marido…

Pica

El pueblo de Pica Valle se encontraba en completo silencio aquella mañana de principios de primavera. Los más aventajados cruzaban las calles en sus autos de vidrios polarizados, tratando de frenar la menor cantidad de veces posible. El sol quemaba la acera, mientras el cielo seguía cambiando su color de rosa a turquesa. Las flores provocaban un delicioso olor en el ambiente, ininterrumpido por la falta de transeúntes.

Es una casa humilde, una familia se preparaba para el nuevo día. La pintura de las paredes estaba gastada y las puertas mal barnizadas. No había dos sillas del mismo juego y la heladera se encontraba casi vacía. Sin embargo, las ventanas estaban muy limpias y ni una pelusa se podía ver en el suelo. Las camas tendidas y los pocos juguetes en perfectas condiciones.

– Pórtense bien-dijo el padre en dirección a los niños-. No le den muchos problemas a mamá.

Sus cuatro hijos asintieron con solemnidad. La madre tenía la mirada triste y clavada en el suelo. Parecía preocupada.

– ¿Te pasa algo?

-No quiero que vayas -explicó ella soltando un suspiro-. Quedate en casa.

-Chicos, levanten la mesa, por favor.

Los niños obedecieron, abandonando el salón y dirigiéndose a la escuálida cocina. El más grande, comprendiendo la situación, cerró la puerta.

-Tengo que ir-dijo el hombre-. Necesitamos mi trabajo. Y hay que comprar comida.

-Es que tengo mucho miedo.

-Siempre lo tenés, es todos los días lo mismo.

-Hoy es distinto. Tengo un mal presentimiento-la recorrió un escalofrío-. Dejame ir a mí.

-Es peligroso, y más si tenés un mal presentimiento. Sabés que si a alguno le pasa algo, tiene que ser a mí. Vos tenés que quedarte con los niños.

Ella asintió al borde del llanto. Él la abrazó, sabiendo que si le decía que todo iba a estar bien, estaría mintiendo.

– ¡Vengan a saludar a papá! -llamó la madre al separarse de sus brazos.

Los hijos salieron de la cocina como estampida y abrazaron al padre. Este se vio rodeado por dieciséis manitos que parecían querer sujetarlo de caer en la angustia. Más allá de la preocupación que tenía, logró sonreír.

-Bueno, bueno-dijo, esforzándose porque su voz adquiriera un tono normal-. Nos vemos de noche-besó a cada uno en la frente y, el último beso, se lo dio a su mujer en los labios.

-Suerte-susurró ella.

Él le dirigió una sonrisa de ánimo, que se esfumó de su rostro en cuanto cerró la puerta. Caminó con sigilo por el pavimento. Su trabajo se encontraba solo a cinco cuadras. Cada vez que le parecía detectar un movimiento con el rabillo del ojo, se escondía tras un árbol.

Cuando estaba a mitad del camino, un hombre dobló por la esquina. En cuanto se vieron quedaron congelados. Se evaluaron con la mirada y se prepararon para correr. Aguardaron. Ninguno se movió pasados un par de minutos. Él asintió con la cabeza y el hombre le devolvió la señal. Cada uno siguió su camino.

Apuró el paso cuando solo quedaba una cuadra. Quería llegar y sentarse tranquilo en su escritorio. Pero entonces, sucedió el segundo encuentro.

Una mujer, más joven que él, caminaba por la acera del frente. También se detuvieron en cuanto sus miradas se encontraron. Esperaron unos segundos y entonces, ella salió corriendo. Él no perdió el tiempo, la siguió a una velocidad de la que había sido incapaz hasta que la adrenalina invadió todo su cuerpo. Incluso su cerebro parecía ser dominado por esta, ya que pensaba con mayor claridad.

No tardó en alcanzarla. Ella le dirigió una mirada de alerta en cuanto lo notó. Parecía implorarle. Pero él no se detuvo. No es momento de ser un caballero, pensó. Sus piernas se movían tan rápido como las ruedas de los autos, en los que viajaban aquellos que estaban a salvo.

La dejó atrás y siguió en dirección al centro del pueblo. Cuando creyó que ya no podría correr más, lo vio: El Muro. Sonrió, sabiéndose a salvo. Pero los pasos de la mujer parecían cada vez más cercanos, como si la visión de El Muro también hubiese surtido efecto en ella.

Él apuró más el paso. Ella lo imitó. Sentía que le sangraban los pies, pero no se detuvo. Extendió los brazos con las palmas hacia delante. Chocó contra la pared, produciendo un gran estruendo. Pero él solo pudo escuchar un único sonido. Un suspiro en forma de “oh”. El grito de unos pulmones quedándose sin aire.

Se dio la vuelta. Allí estaba la mujer, tirada en el suelo. Muerta. Trató de recuperar el aire, mientras asimilaba lo que estaba pasando.

Ya no podría volver a casa esa noche. No vería a su mujer ni a sus hijos. Ahora era El Buscador. Su vida sería matar o morir. Estaba condenado.

Vendo deseos

Contemplo la soga por unos instantes antes de tomar la fuerza suficiente para pasarla por mi cuello. Me sostengo a la pared para no caer aún. Mis pies se sostienen en la barandilla del tercer piso de forma casi misteriosa, pero sé que en cualquier momento resbalarán. O yo saltaré antes. Cierro los ojos y recuerdo la sensación que tuve años atrás, quizá cinco o seis.
Llega un punto en la vida en que uno puede decidir si seguir viviéndola o no. Cuando no hay nadie que anhela tu compañía, cuando no tienes trabajo, cuando ni siquiera tienes una meta para tu vida. En esos momentos, uno puede elegir si tiene suficientes alegrías para compensar.
Todo comenzó el día en que mi esposa me pidió el divorcio. Caí en una profunda depresión durante meses. No porque la extrañase, sino porque la necesitaba. Ese era el principal motivo por el que nos habíamos casado: éramos jóvenes y pobres, mediocres en inteligencia, y nos necesitábamos. Pero al parecer, su carrera de actriz de teatro había sobrepasado la necesidad y, ahora, solo necesitaba a sus compañeros y salientes. Soy consciente de que ahora vive en una lujosa mansión y es la actriz principal de una obra que gana millones a la semana.
La depresión de mi matrimonio fallido provocó que anduviese desaliñado y de malhumor. A su vez, el hombre para el que trabajaba en aquella horrible y pequeña oficina pareció cansarse de mi poca producción y, finalmente, a las pocas semanas de firmado mi divorcio, me despidió. El día que fui a retirar mis cosas ya había tomado mi decisión. Había comprado, incluso, mi arma homicida. Ya no tenía ningún motivo para seguir con esta vida. Y al parecer, esto se reflejaba en mi rostro, ya que Víctor, la única persona con la que hablaba y lo más cercano a un amigo que había tenido desde mi infancia, me extendió su mano y dijo, mirándome a los ojos con pena:
—He escuchado que es buena.
Agarré lo que me ofrecía y lo observé. Era una tarjeta con una dirección y la frase “Vendo deseos” en letras rojas. Justo debajo agregaba “Para quienes se han quedado sin motivos para vivir”. Me fui sin agradecer a Víctor, y jamás lo volví a ver, ni tampoco a nadie de esa oficina.
Decidí al día siguiente darle una oportunidad al “vendedor de deseos”. Fui al lugar que indicaba la tarjeta y me encontré con una pequeña casa, de paredes enmohecidas y la madera de las ventanas carcomida por el tiempo. Golpeé la puerta. Un hombre de pelo canoso me abrió y me observó sin decir palabra.
—Vengo a…—le mostré la tarjeta, sin saber bien cómo completar la frase.
El hombre me hizo señas para que entrase y luego me indicó un sillón agujereado. Me senté allí y esperé. Cuando habían pasado unos quince minutos, una mujer apareció en la sala. Otro hombre, joven aunque arrugado, la seguía. Se veía feliz.
—¡Muchas gracias, gracias!—exclamaba el hombre. La mujer le sonreía con una mirada felina. Lo acompañó hasta la puerta y lo despidió con la mano.
—¡Y no te olvides de recomendarnos!—le recordó antes de cerrar la puerta.
Se volvió hacia mí—adelante— me dijo.
Entré por la puerta que me indicaba y me encontré en una pequeña habitación con almohadones en el suelo. La mujer se sentó en uno y yo en el otro. Había mucho olor a incienso y estaba casi a oscuras.
— ¿Cuál es tu nombre?—quiso saber.
—Pablo.
— ¿Y cuál es tu situación?
— ¿Disculpe?—solté sin entender.
—Aquí vienen de muchos tipos: divorciados, huérfanos, desempleados, viudos. ¿Cuál es tu situación?
—Divorciado… Y desempleado.
La mujer asintió y cerró los ojos. Respiró profundamente.
—No es acá—susurró. —Tenés que irte lejos… a la India. Recién entonces te vas a conocer a vos mismo.
—¿Y qué hago después?
—Después…—abrió los ojos— después vas a saber qué hacer. Te vas a conocer lo suficiente para saberlo.
Sin decir nada más, se paró y me exigió que le pagase. Yo la miré molesto y le dije que no iba a hacerlo. Por un momento, creí que comenzaría a gritarme. Pero guardó la calma y sonrió con dulzura:
—No importa, todo lo que tienes será mío.
El problema no fueron las palabras, ni la sonrisa sino sus ojos felinos mirándome fijamente. Eran amenazadores y me pusieron la piel de gallina. Salí de allí y decidí que le haría caso. Quizá porque no tenía nada mejor que hacer, quizá porque había conseguido asustarme.
Compré un pasaje a la India para dos meses después. El día de mi partida, armé un bolso solo con mis cosas más esenciales, como ropa y algunos libros. También agarré toda mi plata. El resto lo dejé como estaba. La cama deshecha y la comida en la heladera, los platos sucios en la pileta y las ventanas abiertas. Sobre la mesada de la concina, quedó descansando el arma que había conseguido para suicidarme semanas atrás. Años después, me arrepentí de no haberla llevado conmigo.
Durante un tiempo fui casi feliz en la India. Me desapegué de las cosas materiales y, tras años de meditación y ejercicios de autoconocimiento, supe quién era yo y qué quería. Al hacerlo, comprendí que eso no era lo que quería. Conocerme a mí mismo no me interesaba.
Quise hacer un último viaje antes de hacer lo que en verdad quería. Volví a mi país y, del aeropuerto, me dirigí directamente a la casa enmohecida donde estaba “la vendedora de deseos”. Quería decirle que se había equivocado conmigo y que yo había hecho bien en no pagarle. Pero ya no había allí ni rastros de ella.
Fui entonces a mi antigua casa y me encontré con una larga fila hasta mi puerta. Me acerqué y vi el cartel que, en letras rojas, profesaba: “Vendo deseos”. Y debajo agregaba “Para quienes se han quedado sin motivos para vivir”. Sonreí con amargura al entender que, en realidad, no se había equivocado.
Compré una soga y entré en un edificio abandonado. Me encaminé entonces a cumplir mi deseo.
Mis pies se resbalan por fin de la barandilla. Yo me dejo llevar.