El encantador de serpientes

—Sr. Ministro, le agradecemos muy especialmente su presencia en nuestros estudios a pesar la muy apretada agenda de trabajo que seguramente Ud. tiene.
—Yo tengo muy claro, señor periodista, que mi investidura no me da privilegios, sino que me impone responsabilidades y, tratar de informar a nuestros compatriotas de la marcha de la economía, es mi primer deber .
—Como Ud. seguramente sabrá, el candidato del principal partido opositor ha enfatizado mucho en su reciente campaña los traspiés que nuestra economía ha sufrido en los últimos meses.
—De ninguna manera corresponde hablar de traspiés en nuestro país. Estamos pasando por uno de los mejores momentos de nuestra historia en materia económica. Nuestro PBI supera todos nuestros valores históricos. Nos han subido otro escalón las calificadoras de crédito internacionales. Yo no estoy diciendo que esto sea solo mérito de mi trabajo, esto es, sin duda, el mérito del trabajo y esfuerzo de todos y cada uno de nuestros ciudadanos. Debemos felicitarnos todos con entusiasmo. Nos lo merecemos.
—Bueno, en realidad, algunos sectores se quejan seriamente de la situación actual. Los exportadores de ciertos productos aseguran no poder competir por los costos nacionales.
—Esta semana hemos integrado un Comité Multidisciplinario para desarrollar un paquete de medidas para estimular las exportaciones. Estamos seguros de que en los próximos meses esos empresarios comenzarán a ver los resultados. Nada es más importante para un Ministro de Economía que la marcha de las exportaciones. Es el trabajo de los compatriotas lo que se exporta, eso lo defenderemos siempre.
—También hay preocupación en la opinión pública por la huelga generalizada en los sistemas de salud. Los sindicatos alegan que el gobierno no cumplió los acuerdos y además no les contesta a sus planteos.
—Estamos muy conscientes de los reclamos de los trabajadores de la salud. Los que trabajan día a día salvando vidas y ahorrando sufrimientos merecen estar satisfechos con sus remuneraciones. Ya le hemos indicado al Sindicato el plan de incentivos por desempeño. Eso está ahora en manos de nuestros asesores jurídicos y, en poco tiempo, será aplicado. Nadie debe temer por la atención a su salud en nuestro querido país.
—Recientemente un ex funcionario de su Ministerio realizó, públicamente, comentarios sobre el estado fiscal y financiero del país. Según él, el país está mucho más endeudado de lo que su Ministerio reconoce.
—Ud., señor periodista, sabe que no es mi costumbre descalificar a quienes critican la gestión de nuestro partido en la administración de la cosa pública. Ud. puede estar seguro que daremos aún nuestra vida, si es necesario, para defender el derecho de todo ciudadano de criticar a su gobierno, si así lo entiende pertinente. Pero permítame decir que comentarios ligeros sobre temas económicos generan errores y confusiones. Ud. es un hombre informado y sabe bien que, en la economía, no hay un número solo que diga todo. Las finanzas del país están compuestas por las cuentas a cobrar en nuestro país y en el extranjero, títulos de deuda de otros países, participaciones financieras y fondos de pensión de varios lugares del mundo, reservas de los bancos de seguros propios y privados, más los balances de los bancos estatales. También hay que considerar los recursos eventuales de posibles adjudicaciones nacionales e internacionales a las que tenemos derecho. Es un tema muy complejo, pero yo le garantizo a Ud. y a mis compatriotas que estamos más firmes que nunca en nuestra posición económica. Ningún ciudadano debe perder el sueño por los números del país, créamelo.
—Simplificado el tema, Ud. ¿diría que estamos bien?
—Nunca hemos estado tan bien, se lo aseguro.
—Sr. Ministro, agradecemos su presencia y sus explicaciones. La suya es una ciencia que asusta un poco a los pobres mortales que no estamos formados en ella.
—Para eso, Sr. periodista, el país tiene sus ministros. Muy buenas noches.

Seguir latiendo

Nadie hubiera pensado que la vida era muy generosa con Marcela. Su madre falleció siendo ella aún una niña y terminó de armar su vida con una abuela muy mayor. De sus primeros romances, cuando aún no tenía 17 años, quedó embarazada de alguien que desapareció rápidamente de su vida. Unas señoras de una institución religiosa le aconsejaron que diera su hijo en adopción al nacer, cosa que Marcela aceptó sin pensarlo demasiado. Las cosas comenzaron a mejorar cuando consiguió un trabajo interesante en las oficinas de una empresa grande. Se esforzó en ser buena empleada, se capacitó lo más que pudo y su vida pasó a girar toda alrededor de su trabajo. Tuvo varios ascensos por sus propios méritos y, finalmente, el romance con uno de los principales jefes del departamento contable. Llegó a pensar que la vida también podría llegar a ser de color rosa para ella.
Noviazgo, matrimonio, dos hijos y compartir su vida con Arturo, un hombre que realmente la quería. Su esposo ascendió en la empresa y la economía de la familia cambió sustancialmente. La educación de sus dos muchachos fue en adelante la preocupación de Marcela, y no se podía quejar; ambos eran estudiosos y de buen carácter, estaba segura de que tendrían un buen futuro.
Pero ese misterioso duende que algunos llaman destino, decidió ocuparse de Marcela nuevamente. Comenzó una tarde cuando de la cancha de fútbol trajeron a Raúl seriamente afectado, le costaba respirar y hablaba incoherentemente. El golpe demoledor vino unas semanas después, cuando el Director de Cirugía del hospital les dijo que el estado de Raúl era crítico; lo único que podría salvar al muchacho era un trasplante de corazón. Les advirtió que una de las grandes dificultades es obtener el órgano, y pasó a explicarles el complejo sistema por el cual se ubican y distribuyen los órganos donados de personas fallecidas.
Fueron semanas de angustia y temor mientras esperaban la autorización y la búsqueda del corazón para su hijo. Finalmente, una madrugada, el cirujano los llamó para avisarles que el corazón llegaría de Buenos Aires, estaba ya en camino y él planeaba la operación para la última hora de la tarde.
Las horas que duró la operación fueron las más largas de su vida y cuando el cirujano los llamó y les dijo que la operación había sido un éxito total agradecieron al cielo la bendición.
La vuelta a casa, los cuidados, los chequeos médicos y la alegría de ver a su hijo cada día un poco mejor le crearon a Marcela la responsabilidad de agradecer su suerte a quien fuera. Sus sentimientos se confundieron algunas veces con el pensamiento de que para que ella tuviera esta dicha hoy, en algún lugar, otra mujer había perdido un hijo.

En la sección “Donación de Órganos” del hospital, una empleada organiza documentos de un caso terminado.
—María, no debemos seguir hurgando en casos terminados con éxito, tienen información que debe ser indefinidamente mantenida como confidencial, es parte de la ley.
—Sí, sí… pero ¡tú viste completo éste ultimo! El donante fue un joven de nombre Freddy Thomson que murió en un accidente en la ruta en Buenos Aires. Era hijo de Arthur Thomson y Emely Silverstain, del barrio Palermo. Pero esos son sus padres adoptivos. El registro civil dice que el joven nació en Montevideo, su madre natural fue Marcela Larravide, soltera y el padre desconocido. El receptor del corazón, que nosotros hemos visto a diario en el hospital, es hijo de Marcela Larravide y de su esposo Arturo Gutiérrez, ambos uruguayos.
—Pero… ¡me estás diciendo que entonces los dos eran…!
— ¡Es una coincidencia increíble!
—María, guardá esos papeles en el armario y nunca, nunca, pero nunca menciones esto a nadie. Podríamos perder el trabajo las dos… ¡por favor!

Desde la tribuna

El partido se había puesto aburrido. Los muchachos del Libertad Football Club llevaban tal ventaja sobre los del Oriental Deportivo que el final era clarísimo.
En una de las filas más altas de la platea, Teresa y Mariana charlan mientras miran el partido en el que juegan sus hijos.
— ¿Decime, aquella rubia de saco marrón que está sola allí abajo no es Julia, la mamá de Arturito, el golero?
—¡Ah! Sí, mirá… no la había reconocido.
—El hijo de ella está en la clase de Ricardo, ¿verdad?
—Sí, sí, yo este año la veo seguido, charlo con ella casi todos los viernes.
—¿Y ahora cómo anda la pobre? ¡Con todo lo que le pasó!
—Bueno, se ha recuperado bien, es una mujer que no se achica, ¿viste? Cuando el marido se fue estaba hecha un desastre, la pobre nunca esperó que el muy atorrante la dejara por esa loca.
—Sí…yo escuché algo, pero no sé bien cómo fue.
—El marido había armado un buen negocio, prestigiado y con mucha clientela. Todos sabíamos que lo mantuvo porque ella laburaba con él como una fiera. Llevaba las cuentas, se entendía con proveedores y se ocupaba de todo. Realmente de todo. El marido era el de las relaciones públicas, siempre un dandy y muy simpático, pero el negocio marchaba por ella.
— Pero y… ¿qué les pasó?
—Les pasó que un día este nabo contrató a una vendedora, joven, bonita y bastante putona y, como era de esperar, ella lo enloqueció. Al principio, disimulaban pero, al poco tiempo, Julia se dio cuenta, lo enfrentó y el muy idiota le dijo que estaba perdidamente enamorado y se fue. Se fue con la vendedora, se llevó un montón de plata que tenían del negocio en un banco y la dejó a Julia con Arturito, el negocio y sin plata.
—¡Ah! ¡qué horrible! ¿Y qué hizo, pobre mujer?
—Primero lo quería matar, después se concentró en salvar al negocio. Laburaba día y noche y, de a poquito, fue poniéndose al día con las deudas. ¿Viste que en ese tipo de boliche si no estás al frente todo el día no camina? Bueno, ella se puso las pilas y lo salvó. Le llevó como 4 años salir a flote pero ahora está marchando. La última vez que le pregunté, me dijo que ya está más tranquila. En medio de todo eso, no se pierde ni las reuniones del Liceo ni los partidos de Arturito.
—¿Y qué le pasó al marido?
—El muy boludo se refundió todo. La mina lo dejó en cuanto se acabó la guita. Terminó laburando de sereno en una obra y viviendo en una pensión. ¡Hay que ver las pretensiones que tenía este idiota y cómo quedó!
—Y bueno, se lo merecía por estúpido.
—Sí. ¡Qué se joda!
En la cancha el juez cobró un penal y se arma gran gritería.
—Mirá Teresa, si se arma lío yo agarro a mi hijo y ¡me voy!
—Sí, bueno… pero espera un poquito. Ya se están tranquilizando.
—Y Julia sigue tranquila allí abajo. ¿Decime ese tipo que se acerca a ella con dos potes de café en la mano, no es…?
—¿Quién?… No, no puede ser.
—¡Sí! Es… sí, ¡es él! Pero no se puede creer. ¡Mirá que hay gente que nunca aprende!

Desde la tribuna

El partido se había puesto aburrido. Los muchachos del  Libertad Football Club llevaban tal ventaja sobre los del Oriental Deportivo que el final era clarísimo.

En una de las filas más altas de la platea, Teresa y Mariana charlan mientras miran el partido en el que juegan sus hijos.

— ¿Decime, aquella  rubia de saco marrón que está sola allí abajo no es Julia, la mamá de Arturito, el golero?

—¡Ah! Sí, mirá… no la había reconocido.

—El hijo de ella está en la clase de Ricardo, ¿verdad?

—Sí, sí, yo este año la veo seguido, charlo con ella casi todos los viernes.

—¿Y ahora cómo anda la pobre? ¡Con todo lo que le pasó!

—Bueno, se  ha recuperado bien, es una mujer que no se achica, ¿viste? Cuando el marido se fue estaba hecha un desastre, la pobre nunca esperó que el muy atorrante la dejara por esa loca.

—Sí…yo escuché algo, pero no sé bien cómo fue.

—El marido había armado  un buen negocio, prestigiado y con mucha clientela. Todos sabíamos que lo mantuvo porque ella laburaba con él como una  fiera. Llevaba las cuentas, se entendía con proveedores y se ocupaba de todo. Realmente de todo. El marido era el de las relaciones públicas, siempre un dandy y muy simpático, pero el negocio marchaba por ella.

— Pero y… ¿qué les pasó?

—Les pasó que un día este nabo contrató a una vendedora, joven, bonita y bastante putona y, como era de esperar, ella lo enloqueció. Al principio, disimulaban pero, al poco tiempo, Julia se dio cuenta, lo enfrentó y el muy idiota le dijo que estaba perdidamente enamorado y se fue. Se fue con la vendedora, se llevó un montón de plata que tenían del negocio en un banco y la dejó a Julia con Arturito, el negocio y sin plata.

—¡Ah! ¡qué horrible! ¿Y qué hizo, pobre mujer?

—Primero lo quería matar,  después se concentró en salvar al negocio. Laburaba día y noche y, de a poquito, fue poniéndose al día con las deudas.  ¿Viste que en ese tipo de boliche si no estás al frente todo el día no camina? Bueno,  ella se puso las pilas y lo salvó. Le llevó como 4 años salir a flote pero ahora está marchando. La última vez que le pregunté, me dijo que ya está más tranquila. En medio de todo eso, no se pierde ni las reuniones del Liceo ni los partidos de Arturito.

—¿Y qué le  pasó al marido?

—El muy boludo se refundió todo. La mina lo dejó en cuanto se acabó la guita. Terminó laburando de sereno en una obra y viviendo en una pensión. ¡Hay que ver las pretensiones que tenía este idiota y cómo quedó!

—Y bueno, se lo merecía por estúpido.

—Sí. ¡Qué se joda!

En la cancha el juez cobró un penal y se arma  gran gritería.

—Mirá Teresa, si se arma lío yo agarro a mi hijo y ¡me voy!

—Sí, bueno… pero espera un poquito. Ya se están tranquilizando.

—Y Julia sigue tranquila allí abajo. ¿Decime  ese tipo que se acerca a ella con dos potes de café en la mano, no es…?

—¿Quién?… No, no puede ser.

—¡Sí! Es… sí, ¡es él! Pero no se puede creer. ¡Mirá que hay gente que nunca aprende!

Una mala noche

Lo que terminó de despertar a José Pedro no fue el sonido estridente de los taxis, ambulancias y patrulleros que pasaban constantemente a pocos metros de él, sino el frío. Nunca había sentido tanto frío pero especialmente nunca había sentido ese tipo de frío. El frío que no va de la piel hacia adentro sino que parece venir de adentro, que sale del triperío del cuerpo y se expande hacia afuera. Era como si él fuera la fuente de frío. Se despertó tiritando y tomó real conciencia de estar vivo al sentir en su cara ese líquido pastoso que le corría por la mejilla metiéndose en sus labios. Apretó su boca para impedir tragarse la inmundicia.
El dolor en su pierna derecha tardó en aparecer y en realidad lo sintió al tratar, horrorizado, de enderezar el cuerpo huyendo de eso que chorreaba desde su pelo. Fue como una cuchillada en su pierna, aunque nunca lo habían apuñalado se imaginó que así tendría que ser el dolor. Asustado, dejó la pierna quieta, inmóvil, para evitar el insoportable sufrimiento.
No tenía ni idea dónde estaba ni como había ido a parar allí. Su confundida mente se negaba a traerle recuerdos de las últimas horas pasadas.
Como sus brazos volvieron a la vida sin generarle dolores, José Pedro intentó recorrer su torso buscando eliminar un peso que sentía sobre su abdomen. Cuando su mano toco la masa cálida y húmeda trató de sacársela de encima frenéticamente pero, al removerla, invadió su nariz el repugnante hedor de las heces humanas frescas. No pudo evitar vomitar lo que lo obligó a hacer el esfuerzo de enderezar su cuerpo. Sus movimientos coincidieron con la extraña sensación de estar elevándose con todo la basura que lo rodeaba. El ruido del motor del camión recolector al levantar el contenedor le hizo entender lo que realmente le había sucedido. Recién ahora, al ver la mugre incalificable que lo rodeaba contrastar con el color celeste del cielo apenas manchado de algunas blancas nubes, tomó conciencia de donde estaba.

Esbozos de cuentos

Una mala noche
Lo que terminó de despertar a José Pedro no fue el sonido estridente de los taxis, ambulancias y patrulleros que pasaban constantemente a pocos metros de él, sino el frío. Nunca había sentido tanto frío pero especialmente nunca había sentido ese tipo de frío. El frío que no va de la piel hacia adentro sino que parece venir de adentro, que sale del triperío del cuerpo y se expande hacia afuera. Era como si él fuera la fuente de frío. Se despertó tiritando y tomó real conciencia de estar vivo al sentir en su cara ese líquido pastoso que le corría por la mejilla metiéndose en sus labios. Apretó su boca para impedir tragarse la inmundicia.
El dolor en su pierna derecha tardó en aparecer y en realidad lo sintió al tratar, horrorizado, de enderezar el cuerpo huyendo de eso que chorreaba desde su pelo. Fue como una cuchillada en su pierna, aunque nunca lo habían apuñalado se imaginó que así tendría que ser el dolor. Asustado, dejó la pierna quieta, inmóvil, para evitar el insoportable sufrimiento.
No tenía ni idea dónde estaba ni como había ido a parar allí. Su confundida mente se negaba a traerle recuerdos de las últimas horas pasadas.
Como sus brazos volvieron a la vida sin generarle dolores, José Pedro intentó recorrer su torso buscando eliminar un peso que sentía sobre su abdomen. Cuando su mano toco la masa cálida y húmeda trató de sacársela de encima frenéticamente pero, al removerla, invadió su nariz el repugnante hedor de las heces humanas frescas. No pudo evitar vomitar lo que lo obligó a hacer el esfuerzo de enderezar su cuerpo. Sus movimientos coincidieron con la extraña sensación de estar elevándose con todo la basura que lo rodeaba. El ruido del motor del camión recolector al levantar el contenedor le hizo entender lo que realmente le había sucedido. Recién ahora, al ver la mugre incalificable que lo rodeaba contrastar con el color celeste del cielo apenas manchado de algunas blancas nubes, tomó conciencia de donde estaba.

Una buena película
Mientras Joel Grey saltaba sobre la pantalla gesticulando, por alguna razón y de forma más que estridente, el sonido de “Life is a Cabaret” llenaba la sala de cine. Jorge conocía la canción y le encantaba pero no podía dejar de sentir una molestia por el sonido demasiado fuerte. Miró de reojo la cara de Carmen y se contuvo de hacer un comentario. A ella no le gustaba que le charlara mientras veían una película. El tibio calor de su mano sobre la suya le agradaba tanto que volvió sus ojos a la pantalla con una sonrisa de satisfacción.
Jorge volvió a mirar discretamente a su compañera y se alegró de pescarla mirándolo de costado a él. Le gustaba la sensación de cosquilleo que los dedos de Carmen, siguiendo el ritmo de la música, le hacían sobre la palma de su mano. Ahora se mantuvo unos segundos observando su perfil perfecto. Los labios de la muchacha brillaban de forma encantadora con la luz de la película.
Mientras Liza Minelli se meneaba sobre el escenario, Jorge no podía sacar de su mente los tentadores labios de su novia. Cuando la música tuvo una especie de pausa, Jorge no pudo resistir más y, rápidamente, acercó su cabeza a la de Carmen y le dio un fuerte beso.
Carmen quedó quieta, no reaccionó ni dijo cosa alguna pero él sintió que sus dedos apretaron su mano con fuerza y tomó eso como una señal de aprobación.
Jorge siguió por un rato el desarrollo de la película pero lo embriagaba el perfume a jazmín que se desprendía de la presencia de la muchacha.
En otro momento de diálogo entre los actores Carmen le acercó a su boca un chocolate, se miraron y sonrieron. Él no hubiera podido explicar, aunque quisiera, cuál sabor era más dulce, si el del cacao o el de los labios de Carmen en los suyos.

Reunión en el cielo infinito

Anu, Enki y Enlil eran los nombres que aquellos primeros humanos que vivían en la Mesopotamia les dieron a sus Dioses más importantes. Anu, que es muy responsable y meticuloso, se había convencido de que Enki y Enlil eran de confiar y con ellos discutía siempre los resultados de los distintos experimentos, que hacían por esos mundos. Una tarde, los tres conversaban reunidos en un rincón de los cielos.
—Hoy tenemos que tomar alguna decisión con esos seres que llamamos humanos y que pusimos en un pequeño planeta que ellos llaman tierra. Ya hemos permitido que se desarrolle el experimento y, a mi entender, los resultados no son satisfactorios. Yo creo Enlil, sin ánimo de polemizar, que te equivocaste con ellos, han resultado mucho peores de lo que todos esperábamos.
—Gran ser supremo, Dios de Dioses, perdóname pero discrepo con tu juicio, sigo creyendo que los humanos tienen un gran potencial y que tu no estás informado correctamente —dijo Enlil.
Enki, conocido por su sabiduría, se acomodó en su silla, pensó unos segundos y luego comentó:
—Para ser franco, a mí nunca me gustaron los humanos, los encuentro muy agresivos y, sinceramente, me molesta la forma en que maltratan el planeta en que los ubicamos. A mi entender, deberíamos terminar con ellos y lo más simple sería hacer colisionar ese pequeño planeta con su sol y a otra cosa.
—A mí me rechina su soberbia, algunos parecería que creen ser ellos los Dioses. Yo he sabido aceptar que los que viven en cada zona del planeta tengan sus propias creencias pero me molesta que no nos respeten como deberían, al fin y al cabo, ellos existen porque nosotros los pusimos allí —dijo Anu quien, sin duda, estaba desconforme con el experimento.
—Al paso que van, en pocos siglos, no se podrá vivir en ese planeta. Maltratan y matan a los otros seres que pusimos allí. Se odian y se matan entre ellos. Son un verdadero peligro para el universo.
—Enlil, no he escuchado de ti argumentos que me convenzan, tienes una última oportunidad de defender a esas bestias antes de que ordene hacer saltar en millones de pedazos ese planeta —dijo Anu notoriamente cansado del tema.
—Sí, Uds. tienen razón. Los humanos a veces son terribles, se odian y se matan entre ellos, consumen los bienes del planeta sin mucho control, no respetan a los otros seres pero de cualquier forma son mi experimento más exitoso. Yo me siento responsable de los humanos y Uds. saben que puse en ellos lo mejor de mí. Admito que en muchos aspectos son insoportables, pero los invito a bajar en secreto a su mundo y conocerlos.
—De acuerdo hagamos esa visita pero tú necesitas decirnos qué cosa de ellos debemos conocer, tienes que guiarnos.
— Muy bien, como mínimo la visita tiene que incluir: Ver “La llegada de la Primavera “de Botticelli, escuchar la Quinta Sinfonía de Beethoven, contemplar “La Pietá” de Miguel Ángel en el Vaticano, mirar a una madre amamantar a su hijo, ver a un hombre y una mujer amarse apasionadamente y, sentados sobre una alfombra persa de Kashan, leer un poema completo de Walt Whitman. Luego de que hagamos eso aceptaré vuestro veredicto sin discutir.
Cuando los tres Dioses se volvieron a reunir en el pequeño rincón de los cielos, sólo se escuchó la voz de Anu.
—Este triunvirato de Dioses decide que se encomienda al Dios Enlil mantener el experimento humano, seguirlo de cerca y volver a reunirnos por este asunto en algunos miles de años.

Despedida

Al salir del cementerio, el sol lo deslumbró. Sus ojos humedecidos se habían acostumbrado a la sombra de los altos cipreses. Los abrazos se sucedieron,  agradeció todas las palabras de apoyo aunque algunas casi ni las escuchó. Amigos, familia y conocidos se alternaron para  expresarle que compartían su dolor. El encargado del cortejo le indicó el auto que lo llevaría a su casa pero él hizo una señal con su cabeza y se alejó de la puerta caminando. Los amigos comprendieron y lo dejaron irse solo. Caminó varias cuadras sin percibir el ruido del tráfico a su alrededor y, al llegar a la esquina, tomó hacia el mar.  Se detuvo en una especie de parque detrás del cementerio donde un destartalado banco enfrentaba el mar.

Sentado de espaldas  a los muros, dejó su mente divagar mientras sus ojos miraban ese enorme escenario donde a nadie le importaba lo que él había perdido.  El cielo era profundamente  azul, apenas salpicado de copos de nubes.  Al fondo de la escena, unos barcos inmóviles parecían clavados en el mar. La línea entre el agua y el cielo era  difícil de definir.

Por la rambla, un río de autos  pretendía  convencerlo de que la vida continuaba, de que no se había terminado con la ceremonia que vivió detrás de  esas paredes. Pero él no estaba seguro, habría realmente otra vida por delante  o sería  sólo una espera a la próxima  ceremonia en la que él fuera el  homenajeado.

… duele pero no sé bien qué es lo que duele…pero no sé dónde… debe ser eso que llaman  alma, sí debe ser que me duele el alma… no duele como una herida o como… en  realidad… no sé si es dolor… más bien es una especie de vacío… sí vacío, eso es… vacío…

Unos muchachos pasaron por la calle en bicicletas gritando y riendo, parecían muy felices.

yo también tuve mis risas… sí… hace tiempo… mucho tiempo realmente.

Los barcos seguían  en el fondo del paisaje. El cielo había cambiado de celeste brillante a casi azul  oscuro mientras comenzaban a aparecer  unos puntitos que debían ser las estrellas.

… nunca se ven estrellas de día… debe ser que es  tarde… si debe ser eso… los autos  tienen las luces encendidas… el cielo está más oscuro… se está haciendo de noche… tendría que volver…

Un perro de raza indescifrable con un ojo rodeado de una mancha negra y el resto del cuerpo envuelto en sucio pelambre se sentó frente a él a mirarlo… como esperando algo.

— ¿Qué buscas? Yo sé que  debés de tener hambre pero no tengo que darte.

Uno de los barcos había desaparecido. En el otro se veían titilar algunas luces. El color del cielo era ya un profundo azul. El mar lucía negro marcando claramente el horizonte. Le parecía que las luces de la interminable fila de autos sonaban a vida.

y siguen… si para ellos nada pasó… siguen con sus cosas… con sus apuros… algunos con sus alegrías… otros con esa ilusión de que son inmortales… de que a ellos no les…

El perro se sentó a su lado casi tocando sus piernas.

—Se nota que vos también te has quedado solo, seguime tal vez quedó algo en la heladera.

 

 

Un lindo jarrón chino

El hombre tenía muchos años de rematador y había visto toda clase de conflictos  por la posesión de objetos más o menos valiosos. Ya no se sorprendía de nada pero, coordinar con los herederos  de la sucesión más importante de la sociedad uruguaya la preparación del gran remate, había sido una tarea abrumadora. Gracias a su experiencia en tolerar impertinencias y gestos de soberbia,  finalmente,  consiguió definir qué cosas de esa familia saldría a remate y con qué bases. Sería el remate del año y así lo publicitaría por la prensa. Lo más selecto de la sociedad uruguaya estaría presente.

Durante esos días algunos miembros de la familia  le habían contado de la larga historia de  celos y odio entre dos de los hermanos, Magdalena y Santiago, que explicaba lo  difícil que le había resultado entenderse con ellos. Parece que habían competido toda su vida desde niños por todo. Pero lo que más lo sorprendió fue el escándalo que hicieron en su oficina sobre un jarrón de porcelana chino blanco y azul de la dinastía Ming. Magdalena decía que su madre siempre le había prometido que ese Ming sería para ella  y Santiago insistía en que el jarrón debía ir a remate.

—Si no se ponen de acuerdo vengan los dos al remate y compitan por el jarrón, de esa forma todos los herederos se beneficiaran— les dijo  el rematador y consiguió así terminar con la discusión.

Dada toda la polémica por esta pieza, el rematador tuvo curiosidad de saber cuál sería su real valor en el mercado internacional. Si bien es una clase de porcelana muy apreciada que se puede encontrar en muchos museos, el rematador dudaba de que se justificara tanto pleito por esa pieza.

—Por las fotos que me enviaste te diría que esa pieza es original y que acá podría rematarse entre 5 y 8 mil dólares. En un buen remate en Londres tal vez un 15% más— le dijo un colega amigo de Miami a quien consultó.

El gran día llegó. Los hermanos se sentaron en dos extremos del salón y siguieron con         atención la venta de todos y cada uno de los artículos. Cuando iba más o menos por la mitad del remate le tocó el turno al disputado jarrón.

—Una pieza única en el país, porcelana Ming en blanco y azul del período transicional en estado impecable, pieza de gran valor, difícil de encontrar similares fuera de los grandes museos, tengo oferta inicial de 1.500 dólares —dijo el rematador y arrancó con la puja.

Un par de personas ofrecieron rápidamente lo que llevó el valor a 1.800 dólares  y, en ese momento, Magdalena hizo su oferta de 2.000  que  Santiago la siguió con 2.500. En pocos minutos entre los dos llegaron a pasar los 10.000 dólares. En el salón, se podía cortar el silencio, nadie hablaba, todos miraban a los ofertantes como en un partido de tenis. Cuando llegaron a 20.000 ya nadie en esa sala dudaba de que en esa disputa había mucho más que un jarrón Ming en juego. Los dos hermanos hacían sus ofertas con discretos movimiento de sus cabezas y sólo se oía la voz del rematador quien ya se estaba poniendo nervioso. Para un rematador serio, con prestigio de años, un precio muy alto es una cosa buena por la comisión que cobra, pero un precio absurdo es mal asunto. Es una situación que se presta para toda clase de comentarios entre otros clientes. Todo el mundo tiende a suponer maniobras  detrás de un precio de remate absurdo y, por supuesto, significa suponer que el rematador está, de alguna forma, involucrado en una venta falsa. A los  rematadores les pasa como  a la mujer del Cesar no sólo tienen que ser honestos sino también parecerlo.

Finalmente, la oferta ganadora fue de Santiago, 35.500 dólares. Magdalena se dio por vencida y salió del salón hecha una furia. Su hermano fue a la caja, pagó con  un cheque, volvió al salón y pidió que le dieran su jarrón. Con el Ming en sus brazos  salió del edificio.

En el gran estacionamiento, Magdalena lloraba su rabia dentro de su Audi y, cuando vio  a su hermano, salió del auto y se acercó a él. Santiago la miró con una enorme sonrisa de triunfo, levantó el jarrón de 35.500 dólares lo más alto que le permitieron sus brazos y lo tiró con fuerza al piso haciéndolo partirse en mil pedazos. Luego se dirigió a su Mercedes, entró en él  y se fue satisfecho.

 

Un zapato de color rojo

Un zapato de color rojo
—Raúl siempre fue un tipo jodón y de hacer chistes a todo el mundo, te acordás cómo era en el liceo… pero… bueno…con esto se pasó, realmente se pasó.
—Y qué fue bien lo que hizo.
—Resulta que un día al salir de su casa para dirigirse al trabajo se encontró a pocos metros de la puerta un zapato de mujer rojo, de taco alto, muy lindo, con aspecto de nuevo. Cualquiera lo hubiera dejado, lo hubiera tirado a la basura o qué se yo… pero este anormal se guardó el zapato y, esa tarde, puso un aviso en Internet que decía más o menos así:
“Encontré tu zapato de color rojo y taco alto. Me dio pena por ti porque es un hermoso zapato, con gusto te lo entrego si justificas ser su dueña. Para eso deberás calzártelo y te tiene que quedar perfecto, como le paso a la Cenicienta. Te aclaro que consideraré para las pruebas solo mujeres que sean bonitas, más bien delgadas, menores de 30 y mayores de 18, que no tengan compromisos sentimentales serios y que gusten de salir los sábados a bailar”
Metió eso con una foto del zapato en todas las redes habidas y por haber y se lo pasó a los miles de “amigos” que tiene en Facebook y, por consiguiente, lo vieron los amigos de los amigos, etc. etc.
— ¿Y qué pasó?
—Un día le llegó un mensaje de una mujer acompañado de su foto en biquini, diciéndole que ella lo había perdido y quería pasar la prueba. Raúl se enloqueció. Yo creo que nunca pensó que le iban a contestar. Ella le dijo que, como no lo conocía y no quería correr riesgos, la prueba tendría que ser en un banco de la plaza y de tarde temprano. Ese día faltó al trabajo y a las dos de la tarde estaba dando vuelas en la plaza esperando a la Cenicienta.
— ¿Y la mujer apareció?
—Sí, casi le da un infarto, era la del biquini no más, una bomba y muy simpática. Se sentó en un banco en medio de la plaza a probarse el zapato. Raúl se arrodilló para calzárselo y, en ese momento, aparecieron varios tipos con cámaras de tv, cámaras de fotos, focos de iluminación, otros que aplaudían y filmaron toda la escena. Al pobre Raúl lo grabaron como un imbécil arrodillado con el zapato en la mano y todos riéndose de él. Al final, la muchacha le explicó que eran de un programa cómico y que lo iban a pasar esa noche en la TV.
—Y bueno, se divirtió, que era lo que él quería.
— ¡Qué se va a divertir! El jefe, al otro día, lo despidió por faltar al trabajo injustificadamente y por hacer el ridículo en público. Él trabajaba en una funeraria… imagínate. Además, Raúl hacía tiempo que salía con una gurisa que lo conoce de años. Cuando a la muchacha la empezaron a cargar sus amigos por lo que le pasó a Raúl no lo quiso ver más.