Sabrosos Delirios

De las memorias del Amor muchas son las historias que se recogen. A veces dulces, otras veces saladas. Finales picantes, gustosos y de los otros…

En América Latina, allá por el siglo XVII sucedió una de estas historias. Hay quienes dicen que más precisamente fue en el Río de la Plata. Mucho se ha discutido sobre eso y la verdad que ya poco importa, se perdió entre los recuerdos del tiempo.

Tanto ella como él eran seres de mundo. Hacía un largo tiempo que se conocían. Puede que todo haya empezado una tarde de invierno junto a los leños de la estufa o posiblemente fue en uno de esos días de primavera en algún rincón de estas queridas tierras. Su relación fue un poco más allá. Quizás vieron el cortejo de las palomas, o tal vez se enternecieron por las flores que entregaban su polen al viento para transportar su amor. Hay quienes piensan que fueron los coloridos guiños con que el Sol, a través del mar, saluda a la Tierra en cada amanecer o atardecer los que propiciaron este encuentro. Lo cierto es que alimentados por el fuego, por la pasión, por el saberse el uno para el otro, entregaron sus cuerpos y unieron sus almas. Se fundieron en el amor y en la locura de la cual ya no habría retorno. Ella vestía el color de la pureza, él tenía una gran dulzura. Fueron varias las vueltas enredados en su delirio, en el goce, en el entusiasmo y el frenesí. No se detuvieron sino hasta sentir que su unión tomaba una nueva forma, más firme como para adaptarse a las circunstancias pero, sin ser tan solida que se resquebrajara frente a los golpes de la vida. A partir de este encuentro, nació un hijo a quien en diferentes lugares le han llamado de diversas formas. Ariquipe, manjar blanco o dulce de leche por estos lados. En su enardecida lujuria, Cupido los flechó por la eternidad y, junto a ellos, a casi todos los que alguna vez gustamos de su dulzura y, cuchara en mano, recorremos el tarro enredados en el delirio, en el goce, en el entusiasmo y el frenesí.

Los juegos de la vida

En cierto momento sintió que estaba jugando al Solitario y decidió ser El Detective de su propia vida. Recordó cómo la relación con las Damas de su pasado se había movido entre instantes blancos o negros y fueron las Palabras Cruzadas en lo que en algunos casos parecía una Batalla Naval lo que desembocó en que las piezas de su vida cayeran haciendo un efecto Dominó. Se dio cuenta que volver a armar el Puzle de su existencia exigía un sinceramiento consigo mismo. Dejar atrás las mentiras practicadas en el Truco para sentirse por fin dueño en Monopolio de los eventos de su vivir. Como en el Ping-Pong cada acción tenía una reacción y reconocía perder puntos pues, muchas veces, sus Dardos no daban en el blanco. La cabeza le daba vueltas como un Trompo.
Su Muñeca le había sacado la tarjeta roja, ya no sería su Osito de Peluche. Él había apostado mucho y no podía perder este partido. Pensaría una estrategia y movería sus piezas como en un Ajedrez intentando conquistar un reino que parecía difícil. Se sintió Manchado en su integridad. Ella le había dicho: “Lo tuyo son Patrañas. ¡Desconfío!”. Ignoraba que, en esta mano, él contaba con un as en la manga. Ya no quería seguir saltando La Cuerda por lo que tomó su Autito y condujo a gran velocidad por La Pista. No fue fácil encontrarla. Su Barbie parecía Escondida pero, al verla, en un ejercicio de verdad-consecuencia se la jugó y le confesó que sí se quería casar y, para probárselo, le contó que El Banquero había aprobado su solicitud por lo que se podrían construir la soñada Casita del bloques. Sin ganadores ni perdedores, gritar Bingo en la Lotería de la vida.

Un poco de calor

La noche estaba fría. La casa estaba toda fría a no ser por ese rincón en que se hallaba la estufa. Unos pocos leños se bastaban para dar el calor y la luz que había en  la habitación. Prender las luces… ¿para qué? La mirada bucólica se concentraba en el fuego y se perdía absorta en las lenguas doradas que este desprendía. Tomó un trago. De a poco, parecía irse hundiendo en el sillón. Rápidamente, se estaba hundiendo en la vida.

En poco tiempo, quedó sin trabajo y sin esposa; se sentía viejo y sin fuerzas ni ánimo para volver a empezar. Se quitó los zapatos y se sentó en el piso sobre su alfombra. Tomó otro trago. Los recuerdos de los buenos tiempos no se acordaban de él. Una incipiente barba pretendía, aún sin éxito, ocultar sus pesares. Su imaginación, otrora prolífica en tonterías, no encontraba caminos. Solo la gran tontería parecía ganar espacio en sus pensamientos. Cayó en la cuenta de que hacía unos días que no se bañaba. Un poco de agua caliente le vendría bien. Recorrió los pocos metros que lo separaban del baño. Encendió la luz, se quitó la ropa, abrió la canilla y se metió en su bañera. Debía dejar esos pensamientos recurrentes pero no sabía si quería. Disfrutó del agua caliente como pocas veces. Tal vez eso era lo que necesitaba… un poco de calor. Se quedó un rato, tranquilo, con los ojos cerrados.

Unos ruidos lo sobresaltaron. La luz se apagó y algo de humo empezó a colarse por debajo de la puerta. Estaba a ciegas pero tomó una toalla y salió del baño para encontrarse con lo que ya sabía. Algún leño habría rodado. Su casa se estaba incendiando. No había salida. Volvió a la bañera, cerró los ojos y… esperó.

 

Manos no santas

Esas manos estaban teñidas de sangre. Su furia había golpeado sin misericordia y apretado hasta llevarse el último suspiro de su víctima. Ahora, esposadas esperaban que quien de ellas era responsable aceptara su culpabilidad. Cientos de dedos lo señalaban. Puños en alto pedían justicia, en tanto algunos enojos se hacían adjetivos y eran lanzados con violencia.
Asesino. Mal nacido. Hijo de….…
El aire estaba tenso. La prensa se había hecho presente en buen número por la conmoción social que el evento había causado.
La víctima era un pastor de una pequeña parroquia barrial sumamente comprometido con la comunidad. El hermano Pedro entregó su vida por los demás. Siempre solidario. Una sonrisa, un abrazo, una mano extendida generosa o una palabra de aliento nunca faltaban. Tal vez por jugarse la ropa y enfrentar a corruptos, traficantes y otros personajes encontró el final de sus días.*

En el juzgado, mortíferas miradas cargadas de odio apuntaban al presunto victimario. Él no las desafiaba. Cabizbajo y solo esperaba al juez. Parecía tranquilo. Cuando atinaba a levantar la cabeza su mirada era fría y su sonrisa bueno… ella esperaba por mejores oportunidades.
Aguardaba sentado con los dedos repiqueteando suavemente la mesa que estaba a su frente. La ansiedad empezó a ganarle y la transpiración en sus manos comenzó a aparecer. Ellas sabían todo cuanto había sucedido. Estaban nerviosas. Inquietas. Cuando les preguntaron en relación al asesinato del sacerdote Pedro Bermúdez cómo se declaraban, ellas admitieron todo lo que la boca negó. Las manifiestas incongruencias parecieron importar poco al fiscal y al juez. Posiblemente, una mano negra había estimulado una decisión que resultó muy controversial. Hubo quienes sugirieron la existencia de serias amenazas y tráfico de influencias. El imputado fue sobreseído. Sus manos liberadas. La verdad de lo que sucedió aquella noche no pudo saberse y, tal vez… nunca se sabrá.

Un día de trabajo

Al salir de su casa en la mañana había un coche negro estacionado en la puerta. Ya lo había visto antes desde su casa, mientras se preparaba para otra jornada de su extenuante trabajo. De nuevo llegaría tarde. Cuando transitaba el camino que separaba su hogar de la calle, vio como una de las ventanillas del vehículo se bajaba. En su interior dos misteriosos hombres vestidos con trajes oscuros y lentes de sol lo miraron. Él los vio a ellos. Sintió cierto escalofrío que le recorrió el cuerpo. El hombre que estaba en el asiento del acompañante lo llamó. Con más dudas que certezas, se acercó hasta allí. Inmediatamente, la reconoció. Quizás por su pálido rostro. Tal vez por el aire gélido que la rodeaba. Aún, cuando viniera con chofer y vestida de hombre, la muerte, la parca, la dama fría, la de mil nombres y un millón de disfraces poco podía hacer para calmar la impresión que le causó a aquel hombre ansioso de vivir.
—Es la hora— le escuchó decir, a la vez que sintió como su huesuda mano con fuerza lo tomaba del brazo.
El corazón se le aceleró. Las piernas se aflojaron. Los nervios se apropiaron de todo su cuerpo haciéndosele nudo en el estómago y la garganta. Sus temblorosas palabras en un desesperado intento argumentaron pidiendo por un plazo extra manifestando asuntos pendientes.
—No hay tiempo— le escuchó decir esta vez.
Las palabras eran categóricas, implacables y también serenas.
—Quizás podamos negociarlo— dijo él casi implorando a la vez que hacía fuerza por soltarse de aquellos dedos que lo atenazaban.
—Es mi trabajo y no puedo tranzar. Debes aceptarlo. Así fue pactado.
El hombre apeló a sus últimas fuerzas y, en un rápido movimiento casi marcial, consiguió por fin liberarse….
Según afirman algunos testigos, el propio acompañante del camionero aún blanco del susto expresó: “Aquel hombre salió de atrás de un auto y sin mirar intentó cruzar la calle a toda prisa”.

Viejo barrio

Tenía trece años, una edad muy especial en la vida de cualquier persona. A esa edad grandes cambios van teniendo lugar sin que uno  realmente los pueda percibir. A esos movimientos internos que se suceden,  se sumaban los cambios en el cuerpo y, en mi caso en particular, se agregó una mudanza. Nueva persona, nuevo cuerpo y, además, nueva casa. Mucha revolución en muy poco tiempo. El asunto es que nunca me había dado cuenta cuánto quería aquella casa y aquel barrio hasta que me fui. A veces, los seres humanos somos así, tenemos que perder algo para poder reconocer el valor que tiene para nosotros. Hoy, cierro los ojos y los recuerdos pasean en la mente dibujando una sonrisa en mi cara.  Tiempos aquellos de una enorme barra de amigos, de la bolita, del trompo y los juegos en la calle. De las madres que nos llamaban para ir a comer interrumpiendo el partido que sólo llevaba tres horas desde que había empezado. Creo que aquellos que son nostálgicos como uno coincidirían en que no hay lugar y tiempo más lindo que aquel en que uno se crió.

La nueva casa era más grande y se ubicaba en una zona que era más valorada. El nuevo lugar traería nuevas experiencias, nuevos amigos y también haría llegar el amor. De todas formas, creo que nunca pude olvidar aquel lugar en el que nací, que me vio correr con otros gurises, treparme a los árboles o subirme a la bici  para casi de una comenzar a conocer la vida a otra velocidad. Con el tiempo me casé y la idea fue juntar lo mejor de cada mundo. El amor que ahora me embriagaba y el viejo barrio que tan feliz había visto crecer a aquel pibe que ahora se había hecho hombre. Conseguimos una casa chiquita pero que cubría bien nuestras necesidades del momento. El nido en poco tiempo gozó de dos pichones. Varón y niña, como para cumplir con la patria.  Otros juegos han jugado mis niños en un lugar que ya no es igual al de la memoria, pero he podido ver en sus miradas y en sus risas el mismo gozo que supo hacer brillar mis ojos.

Con el pasar del tiempo me he dado cuenta que cada barrio tiene su magia para el niño que lo habita, pues la magia en realidad lo habita a él.

Toc-toc

Había una vez, hace muchos, muchos años en tierras muy pero muy lejanas había un ser cuyas nobles palabras de diversión y alegría habían causado un profundo malestar en la oscura y amarga bruja. Ésta tomó aquellas palabras como agraviantes e insultantes para sus creencias por lo cual decidió burlarse de él. Enojada pero entre carcajadas, primero, lo hizo sapo diciéndole que era un ser muy feo. Mas no soportó escucharlo croar. Luego lo transformó en mosquito y se mofó de su insignificancia, pero su zumbido le resultaba intolerable. Finalmente, lo hechizo haciéndolo árbol. Así se quedaría quietito, en silencio y sin molestar. Resignado a su nueva condición este divertido y alegre ser aprendió a vivir en esa nueva forma y pronto hasta se olvidó del embrujo. Cada día disfrutaba de cientos de pájaros que atraídos por sus bellas ramas venían allí a posarse. Tal vez, sabían del hechizo y, como muestra de solidaridad, habían decidido acompañarlo. Muchos hicieron ahí sus nidos. Él los acogía con gran gusto. Disfrutaba de sus trinos. Veía crecer a los pichones y, con todo amor, entregaba sus frutos para alimentarlos. Las aves llevaron sus semillas por muchos lugares y rápidamente vio crecer alrededor suyo a un grande y alegre bosque.  Bajo sus ramas, muchos otros animales se juntaban para disfrutar de su fresco. La fama de su bondad y belleza pronto recorrió valles, cruzo ríos y hasta atravesó las montañas y muchos llegaban hasta allí en largas procesiones para ver y disfrutar del gran árbol. Sentía lo rodeaba que mucho amor y, quienes lo observaban, aprendían fabulosas lecciones de vida. La gran bruja, fastidiada frente a tanta alegría, se encerró en su cueva  masticando su amargura. Mientras tanto, aquel ser, en cada otoño, dejaba caer sus hojas para que, quienes allí estaban, pudieran recibir la calidez del sol y, en la primavera, nuevos brotes surgían dando sombra a quien la necesitara en constantes ciclos de renovación. Con el pasar de los años, le llegó su propio invierno y debió entregar su vestidura a la madre tierra. Con su madera, algunos hombres decidieron hacer tamboriles. Hoy en cada toc-toc borocoto, borocoto, borocoto se siente su corazón expresarse. La memoria vuelve y la alegría continúa. Muchos se juntan a su alrededor para disfrutar la fiesta de saber que su feliz espíritu aún nos acompaña.

Toc-toc, borocoto, borocoto, borocoto…

Lunedad

La luna comenzaba a platear el mar cuando ya los últimos dorados se habían esfumado. Sentía la ausencia de su compañera. Solo, frente al inmenso océano, el satélite le evocaba tantas gratas noches que su memoria no se arriesgaba a contabilizar. El humo del cigarrillo no conseguía llenar el vacío que en su interior se había producido. Ella lo había abandonado a su suerte. Enojada, dolida y herida en su inocencia no consideraba el perdón  como un camino posible para recuperar la relación. Para su amada Luciana, o Lu como a él le gustaba llamarla, la imprescindible confianza es como un jarrón de porcelana una vez que se rompe se puede reparar pero nunca volverá a ser igual.

En su interior, él maldecía aquel día en que la carne fue débil. Un arrebato de pasión le robó lo que más quería en esta vida y lo condujo a un sombrío presente. Ahora, su gran amor ni siquiera le atendía el teléfono.

El sabor del mar supo llegar hasta sus labios cuando algunas lágrimas recorrieron su pesar.

Las olas martillaban las rocas como sus sentimientos de culpa lo hacían en su orgullo. La noche progresaba llevándolo a oscuros lugares de su ser donde el desamparo y la tristeza arrinconaban a su corazón.

En sus fibras, la resistencia a olvidar se hacía dolor y se eternizaban las horas. En algún lugar, sabía que debía transitar una larga noche para volver a ver el Sol.

Un ramo de flores

Cuando se acercó, se dio cuenta de que la puerta de su casa estaba abierta. Seguramente, Norma se habría ido cumpliendo su promesa. En la noche anterior, se habían enfrentado en una fuerte discusión. Y, una vez más, a pesar de tantas promesas, él no pudo contener su ira. Otra vez sus reclamos. De nuevo las mismas demandas y la violencia que, nuevamente, se hacía presente. Él la amaba pero odiaba todas sus acusaciones. Ese dedo que lo señalaba. Esa boca que no paraba de recordarle su realidad.
El alcohol, por momentos, le ayudaba a olvidar sus miserias. Por un rato, todo era más divertido pero bastaba llegar a casa y la tranquilidad se terminaba.
“¿Otra vez venís del boliche?” solía ser lo primero que escuchaba al llegar en un tonito irónico, acusador y en extremo irritante. ¿Cómo hacerle entender? Tan solo quería un poco de paz, un plato caliente y descansar un rato. ¿Sería imposible conversar diez minutos con ella? No quiso golpearla. En la discusión, sus demonios se apoderaron de él y cerró los puños. Como un volcán en erupción, una energía que parecía provenir del centro mismo de la tierra, irrumpió con furia. Descargó sobre ella sus frustraciones y la bronca de sentirse incomprendido con toda su rabia.
Cuando se conocieron las cosas eran diferentes. En la fábrica había mucho trabajo y buen dinero. Además, en otros tiempos, su amor juvenil con frecuencia los llevaba a largas noches de pasión. Ahora, todo había cambiado.
Quería disculparse. No lo volvería a hacer. Esta vez sí cumpliría su juramento.
Cuando llegó hasta la puerta, grata fue su sorpresa. Ella aún estaba allí. Sentada en un sillón, mirando hacia la entrada.
— ¡Negrita! Por favor, perdóname, créeme que no volverá a suceder— le dijo en tono suplicante a la vez que extendía un ramo de flores.
—De eso estoy segura— respondió ella fríamente— esas flores déjalas para tu funeral ¡hijo de puta!— y, alzando un revolver, le disparó.

El reflejo de una lágrima

El monitor cardíaco hacía un pitido continuo. Nuevamente, debía despedir a su madre. Esta vez, a diferencia de aquella, le vio cerrar los ojos. Tuvo la oportunidad de leer en su mirada un “hasta luego” y hasta le pareció oírle balbucear un “te quiero”.

Seis meses atrás, esa mujer se le presentó a la salida de su centro de estudios y le contó que ella era su madre, que estaba enferma, que había cometido muchos errores y no quería despedirse de este mundo sin poder verlo, quería abrazarlo y contarle muchas cosas. Todo resultaba extraño, sin sentido. Cuando niño, sus abuelos le contaron que, siendo él un bebé, su mamá había fallecido en un accidente y que ellos habían decidido criarlo. Esta mujer, en diversas charlas, le contó que teniendo ella quince años empezó a salir con un hombre que casi le doblaba la edad, se inició en el consumo de drogas y, poco tiempo después, empezó a ejercer la prostitución. En cierto momento, quedó embarazada y quiso tener a su hijo. Sus padres no podían tolerar esa vida, la echaron de la casa y se quedaron con él. No había nada de lo que ella pudiera decir que le interesara escuchar. Su historia le resbalaba. No reconocía en esos cuentos a su madre. De alguna manera, prefería las historias de la abuela que haciendo referencia a ella hablaban de una mujer bonita, inteligente y graciosa. Nada de eso podía ver en ella. Sin embargo, le causaba cierta compasión. Veía en aquel ser a un alma desesperada por reencontrarse con sus afectos muy alejados de los suyos. No sabe por qué ni cuándo decidió acompañarla en la etapa final de su enfermedad. No creía sentir aprecio por ella, quizás… sí… culpa… por no poder quererla. De alguna manera, quiso darle la oportunidad que ella misma no se supo dar.

Cuando niño, no pudo llorar su muerte. Ahora, cuando el monitor anunciaba su partida se le humedecieron los ojos. En sus escasas lágrimas se veían todos los juegos no jugados, las idas a la escuela sin su compañía, las meriendas nunca preparadas por sus manos. Su rabia contenida se expresaba pero tímidamente. No vaya a ser que alguien creyera que, en algún lugar dentro de él, la quería.