Nuevas vecinas

Ella estaba fascinada con los cuatro bultos que gemían. Eran dos grises con rayas, uno de tres colores y otro completamente negro.
− ¿Qué es el negro? ¿Macho o hembra? –preguntó.
−Es temprano para ver… Yo no sé mucho de esto, pero parecería que es hembra. Pero no estoy segura.
Sus ojos brillaron.
−Esa guardámela para mí.
Pasó un mes. Venía casi todos los días a verla. La llamó Negra.
A los 40 días ya no pudo esperar y me pidió llevársela.
−Sí. Creo que no hay problema. Ya comen solos y hasta usan la caja de piedras como la madre.
Nunca había visto a nadie tan feliz al adoptar una mascota.
El primer indicio fue un día que ella vino en el momento que le daba a Cati, la madre, de comer.
− ¿Qué es esto? –preguntó.
−El balanceado de Cati. Es uno muy bueno porque está flaca la pobre. Decí que ya logré regalar a todos.
− ¿A ver? –dijo probando un grano del alimento. –Mmmm… está bueno… ¿dónde lo compraste? A la negra y a mí nos va a encantar.
−Pará che… ¡sos loca! ¿Cómo vas a comer balanceado de gatos. ¡Te va a hacer mal!
−Bah… dejá de hinchar… está bueno.
Otro día, fui a la casa y se estaba peinando su larga cabellera negra. Miré su cara horrorizada.
−Che… ¿tenés problemas hormonales? ¡Tenés pelos por todas partes en la cara!
−Sí… bueno… No me molestan. Sólo me pica un poco a veces.
¿Qué le había pasado?
Una noche sentí ruidos en el techo. Salí a ver y encontré allá arriba un bulto grande que se pasaba la mano por la lengua y luego en el pelo abundante.
− ¿Qué hacés ahí arriba? Con el frío que hace…
−Miro…
− ¿Qué mirás?
−Todo…
Entré a mi casa pensando en llamar a alguien que la medicara. Esto se estaba poniendo demasiado extraño. Luego pensé que no tenía por qué meterme en las excentricidades de mi vecina.
Una mañana salía para el trabajo y la encontré en la puerta, agachada junto a Negra. La melena de ambas se había erizado.
− ¿Todo bien? –le pregunté.
Me miraron ambas. Sus ojos brillaron. Se dieron vuelta sin decir nada y entraron a su casa.
Dejé de verla por unos días.
Una noche, sentí unos maullidos fuertes. Salí y las vi… Se alejaban por los techos saltando con gran agilidad. Una era una enorme gata negra, con sus ojos verdes brillantes. Otra más pequeña la seguía.
No vi más a mi vecina. Pero gasto más en alimento balanceado. Ahora tengo tres gatas.

En la soledad del campo

El hombre se sentó en una piedra. Miraba las ovejas pastar. Hacía frío. El viento helado golpeaba y se colaba entre la ropa clavándose en la piel sin piedad.
A pesar de esas inclemencias, él pensaba que no era una mala vida. Allí, en soledad, recordaba cuando de niño iba con su padre. Eran épocas de mejores pastos. Ahora no había tanto. La gente culpaba al patrón de usar mal la tierra.
Hace un tiempo, lo habían visitado los del Lof para que se uniera a la lucha. ¿Para qué? Él no iba a ir en contra del patrón. ¿De qué iba a vivir si no? Ellos no lo entendieron cuando les dijo que iba a seguir trabajando en el puesto. Le decían que traicionaba a su pueblo. ¿Con qué iba a darle de comer a la Alicia y los pibes?
Pensó en la Alicia. Había echado una buena mujer. Aunque a veces la tenía que castigar. Es que… a veces no entendía cómo él quería las cosas. Se mataba por conseguir el peso. Por supuesto que también necesitaba los vicios. Era el hombre.
Los muchachos hablaban sobre esas mujeres que decían que no había que pegarles. Seguramente, no habían encontrado un hombre de verdad.
Se acordó de la fiesta en la escuela de los pibes. Había tomado vino para acompañar al cordero. No sabía qué le había picado a la Alicia que le fue a decir que no tomara más. Y, encima, ¡adelante del maestro!.. Tuvo que darle con el cinto cuando volvieron al rancho.
¿De qué se quejaba? Lo único que tenía que hacer era atender el rancho y alguna cosita más. Y bien que la atendía él cuando estaba. Se la montaba bien montada.
Le vino la imagen de la Alicia de joven. Había dejado la escuela para escaparse con él. Estaba linda en ese tiempo. Además, lo atendía bien. Pero, después, empezó a joder que quería vivir en la ciudad. Más adelante, con que no la trataba como antes. Como si uno pudiera andar como cuando eran novios. Él llegaba cansado. No quería ni oír a los pibes cuando lloraban.
¡Hasta llegó a decirle que lo iba a dejar!. ¡Pa! ¡Cómo ligó ayer! ¿A él? Justo a él lo iba a dejar. ¿Dónde iba a conseguir un macho como él? Sobre todo ahora que estaba fea.
La noche había llegado. Sentado en una piedra miró las estrellas. En ninguna parte se veía ese cielo. En su cabeza, caricias. Los besos dulces de la Alicia. Le gustaba acariciarla, pasar la mano por ese pelo negro, liso, brillante… ¿Qué había pasado? La Alicia estaba pálida, fría… Ya no estaba…
Y se dio cuenta de que estaba llorando, pero no entendía por qué.