La cura del sueño

Esa noche tuve un sueño extraño, seguramente vinculado con las cosas que retumbaban en mi cabeza hace mucho tiempo.
En la mañana, había ido a visitar a mi padre y, como siempre, me había saludado con distancia, mostrando la usual rigidez. No me besó y yo tampoco lo hice. Esto nos sucedía desde hace tiempo. Él cortó el vínculo afectivo cuando me fui de mi casa. Comenzó a tratarme con frialdad y distancia. Desde ese momento, ya no fue lo mismo. Me había ido a vivir con mi compañero. Hacía años que compartíamos la vida de “amigobios”, como se dice, y era el momento de hacerlo. La relación con la señora de mi padre no era buena. Me parecía como si estuviese constantemente compitiendo por el afecto de mi padre o, simplemente, me rechazaba. Nos tratábamos con frialdad. Nos enojábamos por pavadas. No nos hacíamos favores. No nos llevábamos bien. Me daba a entender, o eso me parecía, que era una intrusa en ese lugar. Mi padre no hacía nada.
Tomé la decisión. Lo conversé con mi compañero y lo emprendimos. Él vivía solo. No era difícil concretarlo. Él era mi bastión, mi apoyo, era la oreja que me escuchaba todo y el regazo que me protegía. Nos amábamos profundamente. Nos respetábamos. Éramos distintos. Yo de izquierda; él de derecha. Yo confiada; él desconfiado. Pero nos respetábamos y nos tolerábamos las diferencias. Era un ejercicio que realizábamos de buena gana. La historia en común y su apoyo constante habían sido muy fuertes en épocas en que anduve a los tumbos. Él estaba siempre disponible para frenarme, para impulsarme, para estimularme, para incentivarme
Esta separación afectiva de mi padre me sonaba como desubicada, fuera de contexto. Me generó rechazo inmediato, me enojé y le devolví la misma actitud. Creo que nadie quiso dar el brazo a torcer. Herida y enojada, siempre esperé algún gesto que anunciara el reencuentro. Nada. Nada. Él no daba el paso; yo tampoco. Nos fuimos distanciando paulatinamente.
Me sucedió entonces. Tuve ese sueño. Yo llegaba a la casa de mi padre. Él estaba sentado en el patio tomando mate rodeado de los dos perros y el gato, los tres echados durmiendo a su lado. Yo me acercaba y le tocaba el hombro. Después, me agachaba, lo abrazaba con fuerza, apoyaba mi mejilla en su hombro y le decía:
—Papá, te quiero mucho ¿qué estamos haciendo?
Él, devolviéndome el abrazo, me decía:
—Estamos locos m’hija, perdóneme.
En eso estábamos cuando me desperté. Fue corto. Casi fugaz. Me quedé quieta, pensando en la oscuridad, mi cuerpo sintió el impacto.
A la mañana, me pareció que eso había sido un anuncio y que debía dejarme de joder con mis barreras, mis límites y orgullos heridos. Mi compañero ya me lo había dicho con las mismas palabras, “déjense de joder, no sean estúpidos”. A la tarde fui a su casa. Mi padre estaba sentado en el patio tomando mate, rodeado de los dos perros y el gato, los tres echados durmiendo a su lado. Yo me acerqué, le toqué el hombro. Me agaché, lo abracé con fuerza, apoyé mi mejilla en su hombro. Al instante, él me dijo:
– M’hija, la quiero mucho, perdóneme, estamos locos.
Mi padre falleció esa misma noche.

El portón del fondo

—Ayer soñé que consultaba a un viejo acerca de cómo se hacía el conejo a las brasas. Cualquiera diría que el próximo domingo me hallará haciendo conejo a las brasas.
—Seguramente, si buscas en Internet hallarás la forma de hacerlo de tal manera que no se te seque
—Siempre igual vos
—¿Por qué?
—Ya te estás imaginando que me va a quedar seco
—No seas bobo
Se dio cuenta que si seguía hablando de lo mismo terminarían peleándose como siempre, por pavadas. Cada vez se les hacía más difícil convivir sin chocar. Era un infierno. En chico, pero un infierno.
—Al final del operativo pudieron abatir al delincuente pertrechado en Shangrilá, ¿viste?
—No me enteré
—Siempre en babia vos
—¡Otra vez!
Estaba en el patio trasero. “Iniciada la primavera las plantas se pueblan de flores de coloridos multicolores” pensó pero no dijo nada, supuso que le endilgarían puerilidad o tontera y calló. Caminó por el césped. Se descalzó. Sintió el placer de pisar los pastos. Arrancó una flor marchita, hizo lo mismo con alguna hoja amarronada. Se quedó en silencio. Ella se volvió hacia adentro. Allí, quedó él. Parado. Descansó el cuerpo sobre un pie, luego sobre el otro y se calzó. Se dirigió al portón del fondo, el que daba a la otra calle. El terreno era largo. El frondoso terreno de árboles viejos fueron los cómplices. Se halló barruntando a solas acerca de lo tedioso del vínculo que los unía, el desgaste, el cansancio y la apatía. El amor los había abandonado. Llegó al portón, lo franqueó. Supo que, salir a la vereda, era el último acto. Sería la última vez que traspasaba esa puerta. Se abría a un mundo nuevo. Sin ella. Solo. Supo que jamás volvería.

El secreto revelado

Dejamos de ser pequeños desde el momento en que, por boca de vecinos, llegamos a la conclusión de que habíamos sido objeto de la mentira y de un secreto inexplicable de larga data. Recuerdo que una amiga inocente nos lo dijo. Ella jamás se enteró que nosotros no lo sabíamos y seguimos guardando el secreto entre los dos abrazados en un rincón como cuando nos enteramos que los Reyes Magos no eran los padres.

No nos invadió la rabia inevitable sino que nos embargó la pena de suponer el dolor y la vergüenza de mi pobre madre si se enteraba que lo sabíamos. Nos criamos como pudimos a expensas de sus esfuerzos denodados para que no nos faltara nada, vivíamos en precarias condiciones, solos los tres. Mi hermana, mi madre y yo. Nadie más. Ella nos contaba que nuestro padre había fallecido luchando en la guerrilla contra la despiadada represión militar que había asolado nuestro país. Nos contaba historias de virtudes, de honras, de orgullos consecuentes, del porvenir de tal ascendencia profundamente humanista.

No era raro que nos encontrara la noche a los tres en la cama, preguntando nosotros y respondiéndonos ella, acerca del color de su pelo, de su tipo de trabajo y de su valerosos esfuerzos por hacernos la vida más fácil y justa, del tono de su voz y de los retos que nos pegaba aunque no los recordábamos por las travesuras infantiles.

Reíamos y reíamos con los cuentos de la noche y, cada vez más, se fue enredando en su fantasía con un personaje casi de carne y hueso que creció y cobró vida a nuestros ojos. Hasta lo dibujábamos como lo suponíamos según sus versiones imaginadas  y una borrosa foto color sepia que perduró en la que estaba en un campamento de amigos a orillas de un río.

Convencí fácilmente a mi hermana de guardar el secreto cuando conocimos a nuestro progenitor. Alguien bastante lejos de las peripecias que inventaba mi madre, peripecias que seguramente la ayudaron a crear un compañero imaginario que nunca tuvo pero siempre quiso tener.

Nos pareció que sería una situación demasiado patética y dolorosa para ella el hecho de desentrañar sus ilusiones  y desarmar los andamios armados trabajosamente, de anécdota en anécdota, de versión en versión. Suponíamos del esfuerzo constante por no contradecirse.  Imaginamos el placer y la alegría que sentía frente a nuestro gozo. Imagino cómo, al final de cada noche cuando nos dormíamos, repasaba estoicamente la versión escrita que confirmaba su ruta, sin contramarchas y sin contradicciones  para no romper la ilusión.

Y tuvimos ese padre. Lo tuvimos. Crecimos casi a su imagen y semejanza. Nos guió. Nos contuvo. Jugó con nosotros. Fue a la escuela y al liceo. Estuvo. A esta altura, hay una complicidad colectiva en no desbrozar la verdad por quienes nos conocieron, como si todos hayan sido invadidos por la fuerza de la urdimbre armada por mi madre. Nunca nadie se atrevió a contradecir nuestras historias.

Mi pobre madre no se merecía el dolor de nuestro sufrimiento. Creo que contribuimos a su felicidad. Seguimos siendo los mismos. Nuestros hijos también tuvieron ese abuelo que no conocieron. Con todas sus virtudes. Creamos los mismos andamios y referimos las mismas anécdotas. Ellos tuvieron un abuelo que fue un héroe.