Lo real es invisible a los ojos

¡Booom! El estruendo de la explosión le quema los ojos. Las llamas anaranjadas se comen los edificios y el humo espeso y negro le limita la visión.  Se levanta. Sigue hacia adelante. Corre a máxima velocidad.  Mira para los costados. Nadie.

¡Boom! Otra explosión. Otra vez en el piso. De nada le sirvió esta vez la AK47 que tanto le costó comprar ayer. ¿Para qué si no ve a nadie más? No puede gastar las balas hasta que no tenga un objetivo claro. La ansiedad lo consume. Está cansado. Esta misión parece no terminarse más. Hace rato que siente que le está quedando poca energía. Se levanta otra vez. Corre por la calle vacía. Por encima de los sonidos de alarmas y metralletas del fondo, escucha sus pasos sobre el cemento gris oscuro, como un reloj que le marca los segundos que se le consumen.

Frena. ¿Qué fue eso? Algo se movió al costado del edificio. Enfoca la vista. Ya le arden los ojos. Ahí está de nuevo, una sombra mal dibujada.  Es definitivamente alguien. Se prepara, llegó el momento.  Sabe que no le puede errar. Es el último de su equipo, están todos contando con su destreza.

¡Wow! La mujer que aparece lo despierta de repente. Morocha y con el pelo suelto bailando en el viento, ojos verdes de gato que le ocupan la mitad de la cara y labios gruesos entreabiertos que casi le suplican un beso. Los senos firmes y redondos como dos pelotas de basketball embutidos violentamente en su maya strapless de neopreno. Sus nalgas perfectas y sus piernas imposiblemente largas y musculosas, el cuchillo encanutado en sus botas de taco aguja. No puede dejar de mirarla, de imaginarse tocando ese cuerpo con sus manos, su lengua mojando esos labios. ¿Qué es eso en su mano?

¡Boom! La mujer con la cara tirada para atrás, la carcajada resonando en el cuarto vacío. El humo de la metralleta expandiéndose a los confines de la pantalla.

“¡La concha de la madre!” grita. Las teclas crujiendo bajo el golpe de su puño cerrado. Patea la pantalla que titila con el “you’re dead” rojo vergonzoso.

Hirviendo de rabia decide irse a acostar. Prende la luz del cuarto y ve a su mujer durmiendo. ¿Cuándo llegó?  No la había escuchado. Quizás ya estaba en la casa cuando él volvió y fue directo a la computadora.

Otro día más sin hablarle piensa, pero no se detiene en el análisis.  Tiene una hora antes de levantarse para irse a trabajar.

Sueño de un cordófono de cuerda pulsada

El olor a madera me inunda: húmedo y otoñal, intenso y encerrado. Se mezcla con el frio del metal que me atraviesa. La combinación es deliciosa, dejo que me invada, la disfruto. Este aroma soy yo ahora, lo reconozco de inmediato y no puedo creer mi suerte.
Sus manos se acercan y siento el hormigueo de la excitación antes de que me toque. Reconozco los dedos duros y fuertes de un maestro, unas garras con mi forma, las uñas largas imanes que me añoran, las yemas de los dedos que no necesitan verme para encontrarme porque me sienten desde lejos, como lo hacía yo en mi otra vida, hasta el último respiro que di, con una igual a mí colgada de mi cuello, deleitando a una sala llena.
Me coloca sobre su falda. El calce es perfecto, una horma a medida. Me vuelvo una extensión de él, su voz, su corazón fuera del cuerpo.
Ardo de la expectativa. Mi madera ronronea cuando siento el calor de sus manos sobre mí, estoy a punto de desbordarme, siento que no puedo albergar tanta emoción y cuando sus dedos tocan sutilmente mi metal me derramo en un acorde grave y penetrante. Me esparzo, me multiplico y vibro por el espacio. Viajo en un cuerpo celestial invisible, acaricio las paredes con mi magia y reboto en una nota sostenida. Me convierto en infinito y luego del eco vuelvo a ser uno.
Nunca imaginé que fuera posible este éxtasis. Tantas veces desde el otro lado mis dedos tantearon las cuerdas para expresar una emoción, intuyendo que había algo más que lo audible. Tantas veces soñé que tocaba el corazón de mis oyentes. Ahora se que era cierto.
Las luces se prenden. Oigo aplausos. Me preparo para el estruendo.

Marrón

Personaje gris, quizás le vaya mejor el marrón, o un indefinido entre los dos colores.
Así era la vida de Juan, la casa de Juan, la mujer de Juan, los hijos de Juan, la madre de Juan. Nada tenía color. Tampoco lo buscaba
Entregado a la miseria y a la desidia; conseguía alguna changa de vez en cuando, con lo que iba tirando. Se dejaba llevar así… por la mediocridad y el mal trato que recibía de los que lo rodeaban.
La madre y la mujer con aquel: “No servís para nada” “Hace algo, yo no puedo con todo, friego en casa, friego afuera de casa y vos ahí tirado, fumando, tomando mate, mirando el techo, ¡hace algooo!” o “M ‘ hijo siempre estás esperando que te vengan a buscar para ir a trabajar. Es uno el que tiene que encontrar”, le decía la vieja ya harta de tanta haraganería mientras ella, a pesar de sus años, apechugaba en gran medida ayudando a la familia.
Juan siempre soñaba. Sus pensamientos se iban más lejos cuanto más lo cargaban de responsabilidades. Él quería hacer algo grande.
Ellas hablaban y él soñaba, deliraba, gozaba, imaginaba. No las escuchaba, por suerte.
El martes subió al ómnibus, volvía de una changa a las 9 de la noche desde la Ciudad Vieja. Ya no había tanta gente, diez o quince pasajeros.
Él vio clarito cuando se subió el chorro, conocía bien el elemento.
El tipo a cara descubierta, sin pudor – ¿para qué?-, levantó a una chica en vilo, la sujetó violentamente y le puso una sevillana en el cuello, todo en segundos.
Gritó nervioso, con movimientos bruscos, “se sacan todo, plata celulares, anillos, todoooooo o esta la queda”. Al conductor le avisó que ni se le ocurriera parar porque el final sería sangriento.
“Vos, vos, tarado”, le dijo a Juan, “junta todo, junta todo, rapidito”.
Otro más que ni me conoce y me trata de tarado pensó Juan, ya, como siempre, entregado.
Juan recogió todo lo que la gente le iba dando, con cuidado se dirigió al frente del ómnibus en movimiento y así fue, en una curva, aprovechó a tirarse a los pies de la chica, lo que desestabilizó al chorro, haciéndolo caer.
Juan forcejeó con el tipo hasta que el conductor frenó de golpe y la sevillana se le clavó en la espalda al delincuente y entre más de uno pudieron con él.
Se llevó las palmadas y el reconocimiento como un héroe.
Héroe en su imaginación, en su mundo onírico, en algún lado… por favor.
Estaba tan cansado que se durmió.

No soy gallina

Manuel era un gran amigo. Ávido tomador de whisky, compañero fiel de futbol 5, a pesar de los años y los kilos que le impedían tener un gran desempeño, y, sin dudas, el mejor asador de la barra. Era el infaltable bromista, al que no se le escapa nada, el solterón, el intransigente, el prejuicioso.

Motivado quizás por sus propias inseguridades, Manuel estaba siempre riéndose de los demás, y como siempre hay más de uno dispuesto a reírse de los infortunios de los demás con tal de olvidarse de las propias, solía ser el alma de la fiesta.

Pero el rencor mudo que nace al ser objeto constante de burlas no se muere. Se almacena en algún lugar secreto donde yace esperando pacientemente la venganza. Es por eso que cuando Jorge contó su idea para la broma en ausencia de Manuel, no hubo nadie que objetara.

?Se muere ? había dicho Oscar entre risas imaginándose la cara de Manuel al descubrirlo.

?O ¡lo mata! ? exclamó Alfredo. Las carcajadas de sus amigos llevaban ya el peso de la madrugada y el alcohol. La broma había sido el tema de la noche, sin dudas era perfecta para Manuel.

Al día siguiente, al terminar el partido, Jorge le comentó a Manuel que tenía una chica para presentarle. Entre miradas cómplices de sus compañeros lo apretaron para que la llamara y la invitara a una cita a ciegas. A Manuel lo puso nervioso la situación, pero más miedo le daba que sus amigos lo tildaran de gallina por lo que accedió.

El miércoles en que se concretaría la cita los amigos esperaban ansiosos la llamada enfurecida de Manuel, pero las horas pasaron y no había novedades.

?¿Y? ?le preguntó Jorge con tono demasiado ansioso cuando se vieron al día siguiente en la cancha.

?Pah. No sabés. ¡Una divina! Te iba a llamar para agradecerte. Estuvimos toda la noche charlando como si nos conociéramos de siempre. ¡Tan bien! Como si fuéramos amigos. Estoy copado. ¿Sabías que corría en moto cuando era adolescente?

Las miradas risueñas de sus amigos se convirtieron en desconcierto.

?Pero… ?Jorge no se animó a terminar la frase. Qué raro. Qué incómodo.

?No sé… Nunca me había pasado. Hoy nos vemos de nuevo.

La confusión de sus amigos se convirtió en silencio. No lograban entenderlo. Esa noche luego de que Manuel se retiró lo hablaban con preocupación. ¿Sería un chiste de Manuel? ¿Estaría continuando la broma? Pero su alegría parecía auténtica, ese tipo de emoción es muy difícil de fingir. Y en tal caso ¿Cómo no se había dado cuenta? Lo presionaron a Jorge para que les dijera qué tan evidente era. ¿No tenía fotos? Jorge no sabía que contestar. Él no se había dado cuenta solo, se lo habían tenido que decir, esa era la gracia de la broma. Pero él solo había estado unos minutos, nunca pensó que en una noche entera Manuel no lo iba a notar.

Los días pasaron. El tema estaba en la mente de todos cada vez que lo veían a Manuel, que aparecía con un nuevo cuento de enamorado cada vez que lo veían. Sus amigos estaban horrorizados, no podían escucharlo más hablando así, era una vergüenza, ¡tenían que advertirle! Pero no sabían cómo hacerlo, era un tema perturbador. Decidieron que era mejor no hablar.

La relación semi-platónica de Manuel progresaba. Daba pasos agigantados hacia convertirse en relación carnal y, ante el avance inevitable, al final, fue ella que le tuvo que decir la verdad. Se lo dijo con la esperanza de que lo entendiera, pidiéndole que se concentrara en lo que sentía, que se liberara de los códigos binarios que la sociedad le había impuesto. Salió llorando de la casa de Manuel. Mezcla de dolor, furia y decepción.

A los pocos días, a Manuel lo encontraron muerto.

Era más digno matarse que admitir que había amado otro ser humano.

No soy esa clase de persona

La cocina supura un olor a café quemado que inunda el salón, mezclándose con los vapores de la comida recalentada de ayer, y el olor a segundo tiempo de los parroquianos del lugar. Los mozos no llevan libretas para anotar pedidos, van gritando a la cocina, alzando sus voces por encima de los cubiertos que golpeaban los platos y los cristales de los vasos que se posan bruscamente arriba de las mesas. Por encima de las personas, en cada esquina del bar, dos televisiones viejas con el volumen silenciado transmiten un partido de futbol de segunda división donde un cuadro gana al otro 6 a 0.
Al lado de la cocina, la ventana que da a la calle recibe los azotes de la lluvia y el viento que la van limpiando de afuera. Una esquina de la ventana está rota y, arreglada con cinta y un nylon, se mueve con el viento haciendo un ruido que se asemeja a ir en la parte de atrás de una moto.
Debajo de esa ventana ruidosa se sientan dos hombres en silencio.
-Bien. Espero que me aclares para que me citaste – dice Ernesto, rompiendo el silencio.
-Estuve pensando en tu propuesta- contesta Joel. Su voz es apenas audible con el ruido del nylon de la ventana.
-¿La que rechazaste?
-Sí. Estuve pensando mejor…
-Bueno, dale, – interrumpe Ernesto con impaciencia. ¡Siempre igual! No andés con tantos rodeos. Al final, me hacés perder el tiempo. Las cosas tienen que ser más directas. Te interesa ¿o no? Sos capaz de hacerlo ¿o no? La vida es blanco o negro pibe.
-Discrepo – la voz de Joel va ganando volumen, pero la agudeza de su tono deja visible un dejo de miedo. La vida está plagada de matices de grises, a veces no es tan simple como lo planteas. A veces, incluso, la propia identidad de uno tiene grises. Los límites que uno mismo debe trazarse a veces son confusos, las líneas entre lo que uno quisiera ser y lo se ve obligado a ser.
-No lo intelectualices – fue en tono de orden. Esto no es un ensayo de tu facultad, es la vida real. Te llamé porque necesitamos alguien que hable francés y se haga pasar por Monsieur Buchaud. Si no te dan los huevos no lo hacés y listo. No me des explicaciones de “nene bien”.
-Quiero que me pagues más. El doble. Sino… no lo hago.
-Bueno.
Ernesto saca un sobre amarillo del bolsillo interno de su campera de cuero. Sin ningún disimulo saca un fajo de dólares y empieza a contarlos con rapidez. Se los da a Joel, uno de los billetes cae dentro de su café.
– Quiero que te quede claro que lo hago solo por el dinero – reclama Joel, levantando el billete y secándolo con su servilleta. No estoy de acuerdo con lo que van a hacer. No soy este tipo de persona.
La carcajada de Ernesto llena las paredes del bar – Discrepo – dijo con tono irónico y levantando una ceja – El hecho que repruebes de lo que estás haciendo no te hace menos hijo de puta. Solo te hace más cínico. Mañana te llaman con las instrucciones.
Ernesto se levanta y toma el resto de su café de un sorbo. Se retira saludando al mozo, dejando a Joel sentado solo debajo de la ventana con el nylon zumbando con la cuenta para pagar.

Desde lejos te pienso

María,
¿Cómo estás pasando? Mis hijas me mostraron unas fotos que habías puesto en tu facebook. Sabés que odio esas cosas pero ahora que te fuiste pienso en hacerme uno para poder ver las fotos que pones. Al menos así no te pierdo el rastro. Me pareció que estabas más flaca. ¡¿Te están dando de comer bien ahí?!
Te vi sonriente. Hacía mucho que no te veía así y me gustó. Me gustó pensar que estabas pasando lindo, que la vida te estaba dando esta oportunidad.
Por acá todo igual, no te estás perdiendo nada. Te mando un abrazo, Víctor.

Víctor,
¡Qué lindo recibir tu mail! Entré a chequear pensando que no iba a tener noticias de nadie y me sorprendió gratamente ver tus líneas. Estoy pasando divino. Me están haciendo mucho bien estas vacaciones, me he encontrado con mi prima que se vino de Barcelona a verme y nos estamos recorriendo todo juntas como si fuéramos unas gurisas. ¡Vamos a ver cuánto aguantamos! La verdad es que hacía tiempo que no la pasaba tan bien. Ha sido tan difícil todo desde lo de Pedro. Creo que ya ni me acordaba lo que era estar bien y sonreír y despertarme con ganas de hacer cosas. Como si al irse Pedro se hubiese llevado también mi razón de vivir. En fin… Sé que a vos también te afectó mucho esto, y estoy muy agradecida de la compañía que me has hecho en este tiempo. Te vendría bien unas vacaciones. ¿Cómo estás? ¿No querés venirte? Jaja

María.
No hay nada que agradecer. Ha sido un honor para mí poder acompañarte en estos tiempos. Si bien hace años que nos conocemos siento que pese al dolor terrible que me provoca la ausencia de mi amigo, su falta me dio la bendición de acercarme más a ti: una gran mujer. En este tiempo te convertiste en mi amiga, y la verdad es que en estos días que no estás ¡siento tu falta! Nadie me recibe con tortas humeantes y quemaditas en los bordes, no tengo con quien compartir los mates de los domingos de mañana, y la verdad es que las idas a la feria los domingos se han vuelto mucho más aburridas.
Ayer traté de armarme el facebook. No tuve resultado, así que por el momento seguiré disfrutando de las hermosas fotos que ponés, desde el de mis hijas. Saludos a tu prima y que sigas disfrutando.

Víctor.
¡Qué lindas palabras, me emocionaste! A pesar de que estoy pasando divino, confieso que hoy dejé de ir a un museo y me vine a sentar en este cafecito donde me cobran 10 euros el café así podía chequear el mail y ver si me habías escrito. A veces – no te rías – pienso que es un poco raro que hace tantos años que te conozco y he compartido tantas cosas junto contigo y tu familia, pero en verdad no te conocía hasta ahora. Pedro te quería tanto y, por extensión yo también, pero lo hacía sin saber bien por qué. Ahora entiendo por qué Pedro tenía esa adoración contigo.
Lo que quiero decir es que yo también te extraño. Aunque veo esas palabras escritas y me duele el pecho de la culpa de decirlo. Pero bueno, ya hemos hablado mucho sobre la inutilidad de la culpa, ¿no? Así que no las voy a borrar

María.
No puedo parar de leer tu mail. Peleo diariamente con la culpa que me llena el corazón cada vez que pienso en vos. No me había dado cuenta de la importancia que habías ganado en mi vida. Pensé que te estaba acompañando en este tiempo pero en verdad estoy viendo que me estabas rescatando vos a mí. De mi vejez, de mi soledad y de mi desgano. Volví a sentir que tenía un corazón, que late, que extraña. Que quiere.
Hasta antes de que te fueras de vacaciones, no había pensado en ti más que como una amiga que había ganado en la vida. Pero leo tu mail y me vuelvo a sentir como un chiquilín de 20. Tengo ganas de abrazarte, de besarte, de acariciar esas arrugas de tus ojos de las que tanto te quejas, y que no paro de ver en mis sueños iluminándome el camino.

Víctor.
Me siento como una adolescente. Busco cualquier excusa para venir a ver si tengo unas líneas tuyas. Me vine de viaje en busca de felicidad y resulta que la felicidad más grande la encuentro en mi casilla de correos. No pensé que era posible volver a sentirme así. Pensé que había algunos sentimientos que ya no me corresponderían nunca, como esta sensación en el estómago, y las sonrisas solitarias que se apoderan de mi cara cuando pienso en vos. Siento culpas, pienso en lo que diría Pedro, pero a la vez pienso que se pondría feliz de que no estemos solos y tristes. ¿No? Lo cierto es que ya cada vez me importa menos..
Faltan pocos días para volver. No veo la hora de que se pasen.

María.
No sé por qué te escribo si sé que no lo vas a recibir. Supongo que en algún lugar recóndito albergo aún la esperanza de que no sea verdad lo que me dijeron. Lamento con toda mi alma haberte dejado subir a ese avión. Maldigo mi cobardía por no haberte hablado antes de lo que estaba sintiendo. Quizás así no te hubieras ido. Quizás así otros autos hubieran chocado y serían otros los que estarían llorando sin consuelo.
¿Podrás verme desarmado acá, desconsolado por las ironías de esta vida de perros? ¿Estarás con Pedro? ¿Pensás en mí? ¿O soy yo el único infeliz que tiene la maldición de poder extrañar? Quedé atrapado acá en la tierra, aferrado a la luz que por un momento me iluminó, pero que me arrebataron sin piedad.

La inmortalidad de la duda

Escuchar nunca fue un problema para Carlos, de hecho era su mayor talento, sin dudas. Desde chico le fascinaba escuchar con atención -primero los cuentos que le leía su madre, después los que le contaban sus amigos, y finalmente los de sus pacientes. Escuchaba con aplicación casi obsesiva todo lo que le contaban. Visualizaba cada personaje que le describían, retenía cada detalle.
Analizar tampoco le costaba demasiado. Sacar sus propias conclusiones y contextualizar los cuentos le resultaba un pasatiempo entretenido. Tenía buen olfato para las personas y con facilidad lograba ver entre líneas y llegar al meollo del asunto.
Pero hoy, sentado bajo la tenue luz que entra por la única ventana de su consultorio, jugando con los pelos de su barba blanca, contempla lo pesada que le resulta la carga de ser el que aporta objetividad y trae a la luz la verdad. El que tira abajo las construcciones efímeras de las fantasías y las remplaza por las inamovibles murallas de la realidad.
-Es que estoy muy solo. Si no fuera por Noelia, no tendría con quien hablar estas cosas – desde el diván la voz ronca de Juan lleva el peso audible de la desgracia negada. Continúa hablando con la carga emocional de alguien que hace días espera su turno para hacer su cuento.
¿Y cuán inamovibles son esas murallas de la realidad? se pregunta Carlos, mientras observa los labios de Juan moverse al ritmo de su verborragia. ¿Son realmente inamovibles? Al fin y al cabo ¿no es más feliz alguien que habita en la calidez de su construcción efímera? Mi construcción de la realidad es más inhóspita, sin dudas. ¿Qué aporto con eso?
-Y anoche cuando le pregunté qué pensaba me dijo que estaba de acuerdo conmigo. Y me llamó la atención, entiende doctor. Porque estaba convencido de que me iba a decir que no. Tenía hasta miedo de preguntarle, no sé por qué…
¿Curo con la verdad? O ¿curaría mejor con un abrazo? ¿Cuál es la verdadera sanación? Quizás mi visión de la realidad ni siquiera es realidad. No es más que mi visión. Soy un atrevido que empuja una visión por encima de otra. Hago creer a otros que mi realidad los va a curar. ¡Y me pagan! Dios mío ¡soy una basura! me pagan por eso, porque de eso vivo y de eso me alimento. Pero no los curo, los destruyo.
-Últimamente me siento un poco confundido con ella doctor, cuando le hablo… como que las cosas cambiaron.
Quizás no destruyo pero sí los desarmo, porque alguna vez se vuelven a armar de algún modo ¿o no? ¿Cómo sería contigo Juan: Destrucción o desarmado?
– Como si yo estuviera aferrado a algo que fuimos, pero ahora no hay más que un fantasma del amor que tuvimos, y me siento más solo que nunca.
Desarmado. Te recompondrías en algún momento si te lo dijera… estoy seguro… además ya lo intuís en algún lado de tu ser. Sabés que está muerta Juan. Sabés que hace semanas que hablas solo.
Los labios de Juan dejan de moverse. Se hace un silencio que se empieza a hacer pesado de la expectativa. Llegó el momento que Carlos estaba esperando.
-Terminemos por hoy, Juan – le dice Carlos levantándose con una leve sonrisa. Nos vemos mañana, estamos haciendo muy buen progreso.

Momento de lucidez

Diomedes sacudió su cabeza en desconcierto mientras seguía mirándose los pies. Hacía fuerza para acordarse cómo había llegado ahí, con un zapato puesto y el otro pie con una sola media que, alguna vez había sido blanca, pero no pudo recordar nada. Era como si se hubiera dormido en el viaje y, de repente, se hubiera despertado en su destino sin comprender del todo cómo había arribado. Tenía una leve sensación de incomodidad y angustia. Se sentía agitado y tenía la frente transpirada como si hubiera estado corriendo, pero supo que no podía ser, a su edad ya hacía muchos años que no corría, a no ser que fuera una emergencia.
Observó sus alrededores, era una calle poco transitada, residencial. Tenía amplios jardines y rejas con plantas y flores. Había árboles grandes y troncosos cuyas hojas se movían suavemente al ritmo suave del viento primaveral, encantándolo con su dulce susurro. El ladrido de un perro a lo lejos lo volvió a la realidad.
Se levantó con la ayuda de un árbol. Sintió el lamento silencioso y de su noble cuerpo al hacerlo. Comenzó a caminar, tenía una sensación de urgencia aunque no sabía dónde iba ni en busca de qué.
—Ahí estás!
El grito lo congeló en sus pasos. Su corazón se aceleró de nuevo, y la angustia le cerró el pecho. Estaba asustado. No entendía qué estaba sucediendo. Se dio vuelta y vio una enfermera que corría hacia él.
Diomedes siguió caminando para el otro lado arrastrando el pie sin zapato, pero sus pasos eran muy lentos y en pocos segundos la enfermera lo alcanzó. Lo agarró fuerte del brazo y lo dio vuelta de golpe.
—Siempre lo mismo con vos! No te podés escapar así. Hay que volver a la casa a tomar el remedio —su tono era agresivo y la voz fuerte y poderosa.
— ¡No! —Diomedes se negó enérgicamente con la cabeza. No estaba seguro por qué, pero aún tenía la sensación de que no quería eso. La enfermera le dio una mirada fulminante y el viejo bajó la cabeza. Ya no tenía argumentos. La enfermera lo llevaba del brazo con fuerza, casi arrastrándolo en la otra dirección. Diomedes se encontró siguiéndolo el paso con dificultad. Estaba cansado y con miedo.
—Viejo de mierda —murmuró la enfermera entre dientes.
Diomedes prefirió hacer de cuenta que no la había escuchado. Hicieron el resto del camino en silencio.
Mientras caminaba la brisa le secó la transpiración y los rayos de sol que traspasaban las hojas de los árboles y llegaban a su cara lo transportaron por un instante a su niñez, cuando jugaba con sus primos en el campo, con los primeros soles de la primavera calentando su cuerpo.
Cuando estaban llegando a la casa, vio una bota negra con los cordones desatados que estaba tirada al lado de un árbol como si alguien hubiera salido tan de apuro que no tuvo tiempo de terminar de calzarse. Tuvo la sensación de que estaba conectado a él de alguna manera pero no logró darse cuenta por qué. Siguió caminando rumbo a su cuarto. Iba a dormir un rato. Estaba cansado del paseo que había dado con la enfermera.

Ayni

Suena la alarma. Me inunda de inmediato la sensación de pesar. Aun no he abierto mis ojos y ya siento la urgencia de cerrarlos de nuevo. Siento el olor a café que emana de la cafetera que programé la noche anterior.
Desde mi teléfono suena la voz reconfortante del asistente electrónico que me anuncia que es un día gris, con un índice alto de polución, un porcentaje alto de acidez en el aire y que hay probabilidad de granizo gris en la tarde. Otro día igual que el anterior en la larga hilera de días sin fin.
Pongo un pie sobre el piso y se abre mi placard, saltando al frente la ropa sugerida del día. Pantalón negro, blusa gris, botas de goma, gorro protector, gabardina. Se proyecta una foto de mí con esa combinación de elementos en la pared. Tengo una sonrisa quimérica pegada en mi cara que me resulta hipnotizante. Apruebo la elección de ropa con la esperanza secreta de que, al ponérmela, me voy a sentir como la de la foto. Me meto en la ducha, me entrego al tamborileo del agua caliente sobre mi cabeza adormecida y lloro.
Voy revisando mis correos en el subte, planificando mi mañana en el trabajo y escuchando las noticias en la radio. Un día normal, sin sobresaltos. Un olor distinto me hace levantar la cabeza. Un vapor dulce y espeso con aires primitivos. Identifico inmediatamente la fuente. Un hombre sentado frente a mí. Sus pelos gruesos y negros están alborotados, su piel morena brilla. Su ropa me llama la atención, no está preparado para la lluvia, sus pantalones son de lino y están sucios y raídos. Sus zapatos parecen de otra época. Cuando se da cuenta que lo estoy mirando sus ojos negros se clavan en mi. Tiene una mirada penetrante y envolvente, no puedo dejar de mirarlo, su presencia es como un imán.
Me susurra algo que no comprendo. Es en otro idioma. Siento el aporreo de mi corazón en mi pecho. ¿Por qué me está hablando a mí? Miro alrededor. Nadie más parece haberse percatado de su presencia, todos siguen inmersos en su rutina. Vuelvo al océano oscuro de los ojos del indio. Se me acerca. Sigue susurrando.
—¿Me puedes ver?
No comprendo su pregunta y me invade el miedo. Claro que lo puedo ver. Mis entrañas me dicen que no haga preguntas. Le doy con mi cabeza una respuesta positiva. El indio toma mis manos con las suyas, están sorprendentemente suaves y tibias. Mientras me observa con sus ojos de anciano, coloca en la palma de mi mano húmeda y pálida una llave antigua y tallada que brilla con una energía que me quema la retina. Siento el calor que me transmite corriendo por las venas de mis brazos hasta que llega a mi espalda obligándome a convulsionar. Me ahogo en una ola de paz, de silencio, de sanación.
—Ayni —me susurra al oído. Esa palabra retumba en mi alma nueva. Abro los ojos. El indio no está más.
Suena la alarma. Abro los ojos de inmediato, llena de una sensación de éxtasis inexplicable que me hace temblar los labios. Miro alrededor. Mi cama, la vista de la ciudad hermosa desde la ventana, el exquisito olor a café que me seduce desde la cocina.
El recuerdo de la voz del indio aún resuena en mí, siento aún el calor de sus manos y su olor a puro. Nunca había tenido un sueño tan real. De hecho, no recuerdo la última vez que había tenido sueño alguno. Apago el asistente electrónico que habla desde mi teléfono y googleo la palabra que me dijo el indio. Descubro que es Quechua y que significa solidaridad y cooperación recíproca. Ayuda a otros cómo quisieras que te ayuden. ¿Quizás lo había visto alguna vez en un documental y no lo había registrado? Me sorprendo de las cuevas que tiene el cerebro humano que permite retener este tipo de información sin saberlo.
Me levanto y decido elegir mi propia ropa, algo de colores, aunque no recuerdo si tengo algo así en mi ropero. Tarareando una canción de mi infancia camino al baño y lo que veo de reojo me para en seco. Sobre la mesa de madera una llave antigua con la palabra AYNI tallada en oro me vigila.

Sucumbir

La memoria más clara de mi infancia fue la primera vez que escuché su voz. Me asustó, porque pensé que estaba solo y el tono de su voz por alguna razón me hizo poner la piel de gallina. Tenía 9 años. Un día, estaba en el jardín subido a mi bicicleta nueva tratando de hacer un wheelie, totalmente ajeno a la reunión familiar que había en mi casa. En un momento, sentí algo en mi brazo: un San Antonio. Por unos instantes, disfruté las cosquillas que me hacían sus patitas al caminar por mi brazo desnudo. Miré con fascinación como amagaba desplegar sus alas de colores intensos, pero no se iba. Se había encariñado conmigo. En ese instante, fantaseando con haberme hecho un nuevo amigo, fue cuando sentí su voz con tono de urgencia, desafiándome a que lo aplaste. Lo consideré durante un segundo pero no lo hice. Frente a su segundo desafío, me dio curiosidad saber qué sentiría al apretarlo contra mi propia piel. Lo hice, sin saber muy bien por qué, pero con cierto alivio de que no me podía decir que era un cobarde. Cuando crujió bajo la presión de mis dedos y sus entrañas humedecieron mi piel, la única sensación que me invadió fue la vergüenza. Esa es la única emoción que aún me invade cuando me acuerdo de ese día.
Si bien nunca lo quise mucho, nuestras vidas estaban de alguna manera entrelazadas. En la siguiente década, tuvimos unos cuantos momentos de encuentro. La mayoría de ellos no muy positivos. Su presencia siempre me dejaba nervioso y su influencia sobre mí era mayor a lo que me gustaba admitir.
¿Cómo se sentirá apretar su cuello hasta que deje de respirar?, me preguntó un día en casa. Yo estaba sentado en el sillón mirando algo distraído la televisión mientras mi novia dormía. Su cabeza en mi falda, mis manos acariciando su cuello. Hice de cuenta que no lo había escuchado y seguí mirando la televisión aunque, de repente, fui consciente del potente latido de la yugular sobre mi mano. Me volvió a insistir con la misma pregunta, esta vez con cierto grado de excitación en su voz.
—¡Basta! —le dije entre dientes, con miedo que mi novia escuchara. Te odio —espeté, al borde del llanto. Pero no me levanté. Me quedé sentado donde estaba y no moví mi mano.
Después de eso y en las semanas siguientes, fue creciendo su participación en mi vida. Al principio, me resistí. Tenía miedo. Me aferraba al último hilo de luz que quedaba dentro de mí. Pero, lentamente, comprendí que nuestra fusión era inevitable y me entregué. No tenía sentido defenderme del mal. El mal era yo.