Aritmética

Mi suegro, el coronel Emiliano Almanegra, era un hombre de ojos suspicaces como los de una lechuza. Su lengua era afilada como una víbora, su corazón duro como un crustáceo y su apetito sexual apremiante como el de una liebre. Tuvo diecisiete hijos varones con la misma esposa, incluidos cuatro pares de mellizos. Los diecisiete varones tomaron rumbos parecidos: ocho se inclinaron por el ejército y nueve asumieron los votos eclesiásticos.

Emiliano Almanegra no fue un buen padre. Era como un pozo vacío por la sequía, incapaz de brindar una gota de afecto. Era muy rápido al desenrollar el cinto y descargarlo sin piedad sobre los indefensos tobillos de sus hijos hasta dejarlos al rojo vivo. No soportaba la menor señal de desobediencia y su lengua ponzoñosa destilaba amenazas aquí y allá. Los cinco mayorcitos intentaban hacerle frente mirándolo en silencio enturbiados por la rabia, pero los más pequeños corrían a enroscarse como un gato al amparo de las axilas maternas.

Las penitencias que infligía Emiliano Almanegra eran terribles, podían durar varios meses, hasta años enteros. Cuando niño, mi marido pasó un lustro escribiendo diez veces en una pequeña pizarra: debo respetar a mi padre. Cada noche debía colocar dicha pizarra en la cabecera de la cama. De esa forma, según le decía su padre, el mensaje invadiría sus sueños como la oscuridad de la noche y, a la mañana siguiente, al despertarse, sería un niño más bueno y disciplinado.

La madre, durante las ausencias del marido por sus deberes militares, trataba con halagos y condescendencia a sus hijos, malcriándolos por demás.

Seis dormían con ella, arropados por canciones de cuna que entonaba en dialecto manchego, propio de su tierra natal. Siete podían comer toda la mermelada que quisieran, hasta saciarse o hasta que los retorcijones los hicieran correr hasta los excusados más próximos. Los cuatro restantes podían jugar todo el tiempo, sin obligaciones, aún a costa del sueño.  Lograban pasar varios días sin pegar un ojo, solo jugando a la pelota, a los indios o trepando árboles y cazando pájaros.

Cuando oían las botas del coronel en el pórtico, cada uno retornaba en un silencio sepulcral a aquellas tareas que los volvían invisibles.

Luego de la cena, el coronel encendía un puro Montecristo y, mientras saboreaba el aroma, lo acompañaba con una generosa taza de café con coñac.  Mientras el puro se consumía, Emiliano Almanegra le dirigía una seña a su esposa, con un imperceptible movimiento de cabeza en dirección al dormitorio.

Ella era robusta, de caderas anchas de tanto alumbrar críos. Su sexo, redondo como una nuez, estaba casi pétreo, de tanto hacer el amor bajo órdenes. Sin embargo, el embarazo lo vivía con mucha esperanza. Acariciaba con suavidad su vientre abultado mientras lo perfumaba con agua de rosas.

Él miraba con arrogancia el transcurrir de la gestación, de la misma forma con que se jactaba del éxito de una nueva estrategia bélica. Aseguraba que su simiente tenía la cualidad extraordinaria de engendrar varones. Sus vástagos eran sus trofeos, a la semana de nacidos ya posaban para la foto familiar hecha por el fotógrafo de páginas sociales del periódico de mayor circulación de la ciudad.

Cuando sus hijos salieron del hogar para recibir instrucción militar o estudiar en el seminario fueron despedidos con frialdad por su padre. Nada de buenos deseos, iban a cumplir con un deber: dejar bien parado el apellido Almanegra.

Cuatro, de los ocho que ingresaron a la escuela militar de cadetes, sufrieron las burlas y jugarretas de sus compañeros de pieza, ya que mojaban la cama en las noches y debían dormir de pañales. La otra mitad eran sancionados frecuentemente por sus superiores debidos a las continuas escapadas nocturnas al burdel más cercano. Allí, conocí a mi marido. Era apenas un joven imberbe y me enamoré perdidamente de él, a pesar de que mi oficio me había anulado los sentimientos.

Los nueve hermanos que se convirtieron en curas tampoco pudieron zafar del desdén y cotilleo de la gente. Tres de ellos utilizaron dinero de la Curia para comprarse autos nuevos, cuatro fueron descubiertos con novicios jóvenes en sus alcobas y los dos restantes tenían la fama de ser los únicos confesores de Cosme Trujillo “el Benigno”, renombrado narcotraficante que actuaba en la región.

Cuando mi suegro apareció muerto, caído a un lado de la amplia mesa del comedor, sus diecisiete hijos intercambiaron miradas interrogantes entre sí. En el silencio se oía la letanía de rezos que mi suegra rumiaba a medida que pasaba las cuentas del rosario.

El médico forense apretaba los labios y negaba con la cabeza en señal de incredulidad.

¿Quién habría sido capaz de poner veneno para ratas en la taza de café del coronel?

Ya ha pasado casi un año de su muerte, pero yo no he tenido el valor de sentarme y hacer el cálculo de probabilidades…  por lo tanto, aún no sé qué chance tengo de estar casada con un parricida.

Quick, no more Guilt

Omega recogió el volante tirado debajo de su puerta.

 

LAVADERO QUICK GUILTY: UNA NUEVA SUCURSAL ABIERTA LAS 24HS

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RESULTADOS GARANTIDOS.

 

En un abrir y cerrar de ojos, Omega llenó una bolsa de nylon con unas cuantas culpas que tenía guardadas en el ropero.Las tiró en el asiento trasero del coche y condujo hasta la dirección que aparecía en el volante.

─Hola, mi nombre es Épsilon, ¿en qué puedo ayudarle?

─Buenos días, Omega, mucho gusto. Traigo esta bolsa Aquí la tiene. ¿Cuál es el    costo del lavado?

─Permítame antes explicarle los nuevos tratamientos certificados por la Liga del Consumidor de Culpas Libre de Contraindicaciones. La LICOCUCO, ya la habrá sentido nombrar.

─Ejemm…sí, vayamos al grano Ud.hablaba de tratamientos.

─En efecto, podemos ofrecerle el lavado simple a 250 $o el súper wash a 300$.Para culpas de distintas categorías le recomiendo este último. Nuestra empresa utiliza suavizantes y blanqueadores 100% orgánicos y, si desea que sus culpas luzcan disculpadas por mayor tiempo, por 50$ más le ofrecemos el shock de hipoclorito que saca esos lineamientos normativos que afean la prenda y la deja sin arrugas con la    inocencia original.

─Mmm, bueno, sí quiero el superwash porque tengo varias y algunas muy gordas, ¡con la suciedad ya hecha costra! Ahh y además el plus ese que las deja blanquitas, ¿Ud. me asegura que da resultado?

─Mire amigo, el hipoclorito como efecto potenciado borra además los remordimientos quiere decir que Ud. va a sentirse muy satisfecho ¡Ud. estará libre!, ¡y la culpa será de otros! ¿No es fabuloso? ¡Ja, ja, ja!

─No lleva más de veinte minutos ¿no? según lo que dice acá el volante, porque a mediodía entro a la oficina.

 

─ ¡No se impaciente! Acomódese nomás mientras espera. ¡Gamaaaa! ¿Puede traerle un cafecito al cliente? Así yo le voy explicando nuestros otros servicios.

─¡Ufff! (¡Qué lata!)

─Tome, vaya mirando este folleto: el planchado fast es un excelente complemento del tratamiento con hipoclorito. Si se siente perseguido: planchado fast. Si se siente víctima: planchado fast. Si siente que todos están en su contra: planchado fast. ¡Es excelente! Y le damos un cupón de regalo para el sorteo de un pase libre al spa donde sus culpas recibirán diez sesiones de cama solar.  Y si le interesa un desmanchado en seco ultra speed para ocasiones especiales…

─ ¡Así está bien! Suficiente ¿Ya está pronto mi lavado?

─Aguarde a que atienda al siguiente y ya le entrego su pedido. ¡Número 2!

─Hola, mi nombre es Épsilon, ¿en qué puedo ayudarle?

─Mi nombre es Alfa, ¿no te acordás de mí? ¡Sos un chanta! Vine la semana pasada y te   pagué trescientos mangos por ese lavado trucho que no me sirvió para nada. ¡Ladrón!

─ ¡Tranquilícese, Alfa, por favor! Si bien lo recuerdo, Ud. no dejó que yo le enumerara     todos nuestros servicios porque según dijo tenía prisa. Y bien, no pude contarle del      nuevotratamiento Assuming Blue con luz ultravioleta, ideal para las culpas más    amargas. En 48 hs se logran asumir completamente. Así que… ¡a llorar al cuartito! No puedo tomarle su reclamo.

 

─Y, a propósito, Ud. Omega ¿sigue con la idea de irse rápido o quiere que le cuente? Por tan solo $50 pesos más…

Succión esencial

Cuentan los lugareños que en el fondo de un pozo profundo y húmedo tenía su hábitat una extraña criatura con cabeza de gárgola y cuerpo de araña. Los habitantes del poblado la llamaban Astiabe Soma, la “bestia de los abismos” y trataban de evitar pasar por los alrededores. Esto no era algo tan sencillo ya que la criatura tenía la facultad de cambiar los tonos de voz y hacerse pasar por alguien que pedía ayuda. Podía imitar los lamentos de un albañil que había sufrido la amputación de una mano, de un campesino al que se le había dislocado su carro, de una mujer atacada por los ladrones e innumerables invenciones más que lograban atraer a quien estuviera en las cercanías.

Cuando el incauto, llegado hasta el pozo, comprobaba la falsedad de la alarma, ya era muy tarde. Desde el interior del abismo, subía un potente vórtice de energía densa, asfixiante y fétida que envolvía el cuerpo de la persona. Esto duraba unos quince, veinte segundos y la ola se retiraba llevándose toda la humanidad que hubiese podido consumir. El hombre, la mujer o el niño habían quedado reducidos a una simple cáscara volvían a sus ocupaciones habituales pero ya no eran los mismos de antes, habían perdido su antigua personalidad.

La gente los comenzó a llamar los “SINSER” en alusión a dicha ausencia. Los sinseres se mezclaban entre sus congéneres y hasta podían pasar desapercibidos, pero tenían que resolver problemas más acuciantes de su vida cotidiana. Sin ser ellos mismos ¿cómo lograban hacerlo? A través de la imitación. Se convirtieron en grandes simuladores de otros, hasta tal punto que terminaron convenciéndose que, en realidad, eran el personaje que encarnaban. Se olvidaron de su verdadera esencia tragada por la bestia. Esta, cuanta más energía succionaba, más aumentaba su apetito. Ya había duplicado el número de presas que necesitaba para satisfacer su glotonería. Y, en consecuencia, la cantidad de sinseres había crecido en forma alarmante. La gente común y corriente fue tornándose cada vez más egoísta al no acudir a ningún pedido de ayuda, por temor a convertirse en un sinser. Llegó un momento en que solo los que tenían dicha condición volvían a caer en la trampa y se reanudaba el ciclo.

Al cabo de un tiempo, un científico que había estudiado el fenómeno de la bestia en otras regiones, se radicó en el poblado para ser testigo de los hechos de primera mano. A pesar de las pesquisas realizadas en distintos lugares y épocas, no se había logrado determinar el origen de la misteriosa criatura. Y quizás nunca se lograra saber. Existían muchas hipótesis. La última de ellas, proveniente del Instituto de Astrobiofísica de la NASA planteaba que, al oeste de Australia, donde se encuentran los primeros minerales formados hace 4.400 millones de años, pudieron haber sufrido transmutaciones moleculares de fuentes desconocidas, convirtiendo  lo inanimado en viviente dando lugar a estrafalarias criaturas. Estas, con el transcurrir del tiempo, fueron evolucionando y desplazándose a todo lo largo de la superficie terrestre.

Adam Robledo, luego de alquilar una económica casita, acondicionó una de sus piezas como escritorio. Observó con orgullo su título colgado en la pared: Maestría en Biología Evolutiva y Filogenia. Se acomodó los lentes, retiró la silla de la mesa repleta de papeles y se sentó a leer. Muchos informes, fotos, datos estadísticos.  Todas palabras, puras referencias intelectuales. A él lo impulsaba un desafío: enfrentarse cara a cara con la bestia. Debía tomar ciertas precauciones si quería salir ileso y no terminar como tantos.

Adam sabía que el espacio de tiempo que tenía frente al pozo antes que lo tomara la nauseabunda vaporización eran unos pocos segundos. Y, además, corría con una ventaja: conocía la argucia de las falsas alarmas.

Sus investigaciones lo habían llevado a preparar una pasta de metales raros: erbio, europio y olmio, muy usados en fibra óptica y procesos nucleares. Nunca la había probado, esta vez, se iba a arriesgar. Su ayudante, un sinser que le había pedido trabajo como escribiente, decidió acompañarlo ya que imitaba fielmente cada una de sus acciones. Ambos se untaron el cuerpo con la pasta cubriendo cada milímetro de piel. Adam le insistió varias veces al ayudante que al llegar al lugar desoyera las súplicas y se quitara la ropa inmediatamente para potenciar el efecto.

Unas cuantas cuadras antes, oyeron los gritos de la novia del escribiente pidiendo auxilio.

─ ¡Socorro! ¡Ayúdenme por favor! ¡Me robaron!

─ ¡No hagas caso, Rufino! ¡Son todas mentiras!─le amonestó el científico.

Ni bien llegaron al pozo, Adam se desvistió completamente mientras Rufino buscaba desesperadamente a su amada. La ola no tardó en llegar. Cubrió completamente a este último dejando intacto al otro.  Adam observó totalmente impotente como su empleado quedaba vacío de su sustancia.

La impotencia dio lugar a la rabia más explosiva y se tiró dentro del pozo dispuesto a matar a la alimaña. Se arrastró metros y metros por un estrecho túnel impulsándose con los antebrazos. La barriga se deslizaba por el piso resbaladizo de musgo y humedad. En el fondo, la bestia estaba agazapada observándolo con ojos encendidos y sus cuatro pares de peludas patas, prontas para atacar.

Afuera del pozo, Rufino miraba desconcertado en todas las direcciones sin saber lo que hacía allí.Al anochecer, aún continuaba en esa postura. A medianoche, Adam emergió del pozo guiándose por la luz de la luna llena que iluminaba las paredes. Desnudo, sin nada en sus manos.

Se vistió y acompañó de vuelta al pueblo al pobre infeliz que observaba la luna.  Este ni siquiera le supo decir su nombre.

Ya en su cama, a Adam le daban vueltas en su cabeza los últimos acontecimientos vividos. Antes de caer en un profundo sueño, sintió renacer en él un nuevo reto científico: indagaría sobre los extraños estados que puede adoptar la conciencia.

El chip

La operación había sido exitosa. El implante en el cerebro de la mujer comenzaría a funcionar ni bien recobrara la conciencia al despertar de la anestesia.
Los estudios acerca de los beneficios del chip realizados en una amplia muestra de hembras humanas arrojaban resultados alentadores. El sistema de alarma colocado en sus cerebros funcionaba a la perfección.
La neurocirujana, mientras se sacaba los guantes, pensaba en cómo su labor había contribuido al avance de la denominada Ciencia Fémina. Desde los comienzos de la investigación en este campo, diez años atrás, la doctora había formado parte del equipo de científicas que habían diseñado el microprocesador intra-cerebral.
La directora del hospital, la ministra de Salud y hasta la Intendenta de la ciudad habían elogiado sus hábiles manos, responsables de la colocación del dispositivo que ellas mismas portaban en sus cabezas. Gracias a él, habían alcanzado las posiciones que hoy ocupaban.
Terminadas las rutinas post-operatorias, la doctora se sumió en un breve sueño en la estrecha cama de la pieza que usaba como dormitorio. Precisaba ese breve descanso reparador antes de la próxima operación de implante de chip. Unos suaves golpes la despertaron súbitamente y, adormilada, se dirigió hasta la puerta para ver quién llamaba. La enfermera le avisaba que su paciente había despertado. Era momento de comprobar los efectos de la cirugía
Al acercarse a la cama donde yacía la mujer, ésta se incorporó y le dijo:
─Gracias doctora. Me siento mucho mejor. Durante el sueño, vi pasar mi propia vida como en una pantalla. El pitido de una alarma sonaba cada vez que yo tomaba decisiones contrarias a mi verdadera naturaleza, cada vez que desconocía mi sabiduría interior. Ahora tengo mucho para hacer conmigo misma. Quisiera empezar ahora. Ojalá usted me dé pronto el alta.
La doctora se despidió amablemente de la mujer y se retiró sumida en sentimientos contradictorios.

¡Qué paradoja! Yo no necesito el chip, mi intuición, mi determinación y mi empuje me han ayudado a salir adelante en la vida… pero no puedo dejar de pensar en tantas mujeres que se auto boicotean, que no ven sus propias cualidades, que piensan por último en ellas mismas…
Habrá que seguir estudiando e investigando…
La ciencia aún no ha descubierto el dispositivo que bloquee el miedo a confiar en una misma.

La chica de la revista

Francisca vivía en un pueblo pequeño contorneado por suntuosos cerros. Todas las mañanas, mientras tomaba mate, descansaba la vista en uno de esos gigantes verdes. Le aguardaban varios quehaceres a lo largo del día. Francisca era una mujer fuerte, como el ombú que presidía el sendero hacia a su vivienda, como la nalgada que daba a uno de sus hijos por desobediente, como el aguardiente que bebía su marido al regresar del trabajo. No desperdiciaba lágrimas ante los problemas. Su almohada, en la noche, era testigo de sus quejas por lidiar con cinco hijos revoltosos y con un hombre que solo se ocupaba de traer el pan a la mesa.
No podía ser otra. No sabía hacer algo diferente. Simplemente, copiaba la vida que había observado en su madre y que, según contaba esta, llevaba también su abuela, viuda al terminar la guerra y a cargo de una abultada descendencia.
Francisca solía hacer compras en un almacén luego que sus hijos partían para la escuela. Se anudaba un pañuelo a la cabeza, tomaba una bolsa y salía a transitar los caminos de tierra rumbo al centro del pueblo. No tenía tiempo para alisarse el vestido o poner un vistoso broche en sus cabellos, apenas se miraba al espejo. Debía apurarse, al mediodía, la olla de guiso tendría que estar colocada en medio de la mesa para calmar el apetito de su familia. Siempre que podía se detenía un rato en el quiosco de la plaza a hojear alguna revista, luego de visitar la imagen de San Martín de Porres que dominaba la nave central de la iglesia. Parada se obligaba a rezar por el bienestar de su familia. Una mañana, a comienzo del mes, pudo darse el lujo de comprar una de las revistas que tanto deseaba. La enrolló cuidadosamente y la colocó en el bolso junto a los comestibles. Durante la ineludible siesta de la primera hora de la tarde, se recostó a leerla con mucho interés. A su lado, los aparatosos ronquidos que profería su marido no lograban distraerla de la fascinación que sentía al dar vuelta una a una las lustrosas páginas. Vidas tan ajenas a ella se desplegaban ante sus ojos a través de fotografías de lugares exóticos que nunca hubiera imaginado, mesas servidas con gran elegancia, automóviles fastuosos que nunca había visto rondar por el pueblo.
Una página entera mostraba la imagen de una chica vestida con un ajustado vestido rojo con tajo y sandalias al tono. Un moño bajo y elegante dejaba al descubierto unos pendientes de rubí y plata esterlina. Miraba sonriente a la cámara y en su mano derecha sostenía triunfante una estatuilla, como premio a su actuación en una película. Francisca quedó impactada por la sonrisa de la chica: amplia, radiante, transmitiendo alegría. ¿Podría alguien estar tan feliz por algo que había hecho? Instintivamente, se llevó las manos al rostro y acarició su boca. Era recta y con las comisuras un tanto decaídas, sin esos graciosos hoyuelos que se formaban en la cara de la chica. Cayó en la cuenta que ella difícilmente sonreía. ¿Alguna vez se había reído por puro placer? ¿Alguna vez había sonreído satisfecha al terminar de planchar una montaña de ropa? ¿Alguna vez había sentido felicidad cuándo sus hijos traían buenas notas? ¿Alguna vez le habían brillado los ojos las pocas veces en que su marido elogiaba sus comidas? ¡Con qué gracia llevaba su atuendo esa chica!
De repente, sintió un gran hastío ante la visión de la pollera verde de algodón, de la blusa campesina y de su pañuelo floreado doblados cuidadosamente en el ropero. Los halló viejos, deslucidos. Se miró las manos curtidas de sol y detergente, sus piernas rollizas cubiertas de fina vellosidad, sus cabellos atados en una coleta. Las uñas de sus pies, cansadas de tanto trajín, pedían a gritos una delicada mano de pintura. ¿Cuándo había sido la última vez que se había esmaltado las uñas? Quizás… ese día que estrenó las sandalias para el bautismo de su hija menor. ¿Cuándo había sido la última vez que se había perfumado? Quizás… ese día que su hijo mayor le había traído un perfumito de contrabando. Aún tenía el frasco casi lleno.
El sueño terminó por vencerla, la revista cayó a un lado de la cama. Al despertarse, sintió nostalgia por el tiempo perdido y por la mujer que podría haber sido. Se dirigió al fogón a calentar agua para el mate, buscó la grasa y la harina. Prepararía unas tortas fritas. Tenían que estar prontas para cuando su marido y sus hijos se levantaran de la siesta.

En memoria de mi bisabuela materna

Chocante quietud

En una ruidosa barriada del centro de la ciudad, una casa, con refinada fachada de estilo anglosajón, llamaba la atención de los vecinos. Un desmesurado silencio se respiraba en su entorno.
Nadie había visto persona alguna entrar o salir de aquella casa. Acicateados por la curiosidad, algunos habían llamado a la puerta, pero nadie se había asomado. Otros procuraron recabar datos en el padrón municipal o hacer una denuncia en la comisaría, pero todo era inútil. No podían dar con el dueño.
Una nochecita, los vecinos vieron a Todd, el joven mandadero de la pizzería, tocar insistentemente el timbre. Después de varios intentos, la escasa paciencia del chico se iba agotando. Ellos observaron que este se dirigía a la moto. Dejaba su casco, tomaba la caja de pizza y aporreaba con ímpetu la puerta. El silencio, más duro que nunca, no se dejaba aturdir por los golpes.
El chico tomó entonces con fuerza el picaporte. Este cedió con total delicadeza, dejándolo entrar sin ningún reparo. Todd se preguntó quién sería el dueño tan desaprensivo que dejaba sin cerrojo la puerta.
– ¡Holaaaaa! ¡Traigo su pedidooo!- gritó potentemente.
Su voz se perdió en la inmensa calma.
Tanteó la llave de la luz; esta se encendió. Ante sus ojos, un majestuoso living deshabitado pareció darle la bienvenida. Un piano de cola amortajado con un paño color borra de vino, un cristalero cubierto en su totalidad por una sábana blanca y un juego de sillones tapados por un lienzo polvoriento fueron los objetos que le provocaron una corriente de temor a lo largo de su espalda. Giró la cabeza hacia atrás pero nada. Nadie había. La caja de pizza cayó de sus manos y se abrió volcando parte de su contenido en la alfombra. El pepperoni y la muzzarella esparcidos sobre la seda persa comenzaban a dejar manchas grotescas que Todd procuró limpiar con la manga de su campera mientras intentaba colocar todo nuevamente en la caja. Se dirigió a la cocina y logró apoyarla sobre la lustrosa mesada de mármol, inmaculada, sin una miga ni mota de polvo. Sobre la cabeza de Todd colgaban los pequeños estantes vacíos sin platos, sin tazas, sin cubiertos con las puertecitas abiertas. Parecían reducidos sepulcros que testificaban la vida que, alguna vez, había pulsado entre fuegos, ollas y sartenes pero, más tarde, había quedado embalsamada por el olvido.
El chico sacó su móvil del bolsillo dispuesto a llamar a su jefe. Avisaría que el pedido había sido obra de algún chistoso pero el dispositivo no captaba ninguna señal. ¡Mierda! pensó para sus adentros, me van a culpar a mí.
Tomó nuevamente la caja y corrió hacia la salida. Manoteó el pestillo pero este no se abrió. Tiró, tiró y tiró de él pero la puerta permaneció hermética. A su derecha, reparó en la cerradura electrónica que no había visto al llegar y, con su dedo tembloroso, tecleó varias combinaciones.
Todo fue inútil. Con la angustia comprimiéndole la garganta levantó la tela que cubría el cristalero y sacó una estatuilla de piedra con la que golpeó frenéticamente los vidrios de las ventanas. Estaban blindados con una inusual impenetrabilidad.
Sintió que sus tripas se revolvían y salió apurado para el cuarto de baño. Sentado en el water observaba su propio rostro en el espejo de la pared de enfrente. Sus ojos aterrados y el pelo revuelto bajo la gorra con el logo de PIZZAS BURGUER LO DE MARVIN le conferían un aspecto patético. Tenía miedo de morir allí encerrado. Pensaba en su madre viuda, en su novia y en sus amigos del rugby. Tenía que hacer lo posible por salir de allí.
Mientras enjabonaba sus manos en la pileta intentaba ordenar sus ideas. Mientras tanto su vista recorría el toallero de donde pendía una única toalla de microfibra que junto con el dispensador de jabón líquido y el papel higiénico eran los únicos elementos en el baño que sugerían presencia humana. Mientras se secaba las manos tuvo la misma extraña sensación que al arribar a la casa, pero detrás suyo no había nadie. El espejo le devolvía solo su rostro. Hizo ademán de peinarse con las manos y se encasquetó el gorro. Salió del baño dispuesto a probar otras combinaciones en la cerradura pero ninguna funcionó. Recorrió la casa para encontrar una ventana que pudiera romper y halló la del dormitorio, la golpeó con un buda de granito del cristalero. Se armó de paciencia con el móvil para rastrear señal. Gritó fuerte, muy fuerte, pidiendo auxilio hasta enronquecer, nada lograba liberarlo.
Los vecinos atentos a la salida de Todd comenzaron a impacientarse con el correr de las horas.
Supieron que algo andaba muy mal cuando ellos, infructuosamente, intentaron romper la cerradura. Ya era noche cerrada cuando llegó la policía. Ellos tampoco pudieron franquear la puerta. Un agente iluminó con la linterna el living a través del cristal de la ventana.
Solo pudieron divisar la caja de pizza abierta en la alfombra y, a su lado, el móvil sonando insistentemente.

Loretta

Loretta deambula por el patio con su característico andar muy trabajoso.
Un sorpresivo ACV le dejó como huella un curioso movimiento de caderas que le imprime a su cadencia un porte de saltimbanqui.
— ¡Loretta! ¿Todavía en pantuflas?
Oye una voz en el aire y se mira los pies apoyados en un par de zapatillas de tela esponja.
Está vestida con un batón cuadrillé mal abrochado. Un mechón de pelo plateado se escapa por debajo de la vincha que adorna su frente.
Ya ni se acuerda de los años que lleva en ese lugar. Tiempo atrás…hacía la cuenta. Hasta que no fue necesario. Supo que a su casa ya no volvería.
Frente al ropero, con sus escasas prendas, suele recordar el abultado guardarropa que tenía cuando era joven. Ropa de fiesta, de “todo andar”, media estación, hasta pantalones y chaquetas deportivas. ¡Cuánto rato pasaba frente al espejo cuando la invitaba a salir aquel chico que bailaba como Elvis!
Cuando se despierta de malhumor, descuelga bruscamente el batón y se lo pone sin mirar siquiera cómo está abotonado.
— ¡Loretta! ¡Mira cómo estás vestida!
Detesta a esas cuidadoras, se creen con derecho a decidir cómo debe vestirse.
Pasados varios meses, aquejada por una enfermedad de cuidado que la mantendrá en su cama, recordará su diaria rebeldía a la hora de comer, como si fuera una niña.
Frente al plato de aséptico puré o al tazón donde un saludable flan nadaba en almíbar, evocaba las grandes comilonas que se hacían en su casa los domingos.
Una caterva de hijos y nietos rondaban desde la mañana. El silencio se rompía con sus voces y gritos. Sin embargo, al mediodía, compartían mudos la mesa. Seducidos por las fuentes de tallarines a la boloñesa aguardaban expectantes que la Mamma volcara un cucharón en cada plato. El pan esponjoso pasaba de mano en mano, se hundía en la salsa y luego se deshacía en la boca. Los niños se teñían las comisuras de un naranja intenso. Y abrían la boca sorprendidos cuando oían descorchar la botella de tinto. Sabían que apenas una gota de tan preciada bebida teñiría de rosado el agua de sus vasos. La hora del postre era muy esperada. El manjar del cielo, broche final del banquete, era aplaudido por todos los comensales.
El estómago se le cerraba con desazón al ver el vaso de hojalata, el plato de melamina blanca y la comida “de enfermos” que servían en aquel lugar. Aborrecía ese nauseabundo almuerzo.
— ¡Loretta! ¡Estás revolviendo el puré! ¡No te hagas la viva! Comé, ¿me hacés el favor? El flan, mejor, te lo doy yo. ¡No cierres la boca! pero… ¡qué caprichosa!
Loretta detesta a esas cuidadoras, se creen con derecho a decidir lo que debe comer.
Se revuelve en su cama, intenta desprenderse la aguja que inmoviliza su brazo. El esfuerzo desencadena un acceso de tos. La enfermera lo vuelve a acomodar y la rezonga por querer sacarse el suero con el antibiótico. Le avisa que le traerá la bandeja con el almuerzo y se retira.
Loretta se exaspera. Hace varios intentos más con la aguja hasta que lo logra. Se para con esfuerzo. Se pone las pantuflas y el batón. Atraviesa el pasillo con dificultad, con su clásico andar discontinuo. Nadie la ve. Están ocupados sirviendo el almuerzo. Inhibe otro acceso de tos para no ser descubierta. Con los ojos llorosos por el empeño, sale al amplio jardín y se sienta en un banco en el lugar más apartado bajo el frío severo del invierno. Siente arder el pecho con cada respiración. Inhala cada vez con más fuerza. El aire helado desata un torbellino de tos. Siente el ulular asmático de su pecho. Al cabo de un tiempo, la encuentran.
— ¡Loretta! ¡No vuelvas a hacer esto! ¿Te querés matar?
Ya están otra vez esas cuidadoras. Loretta las detesta. Se creen con derecho a decidir cómo debe morir.

Como la vida misma

En mi familia se contaba la anécdota de que la tía abuela Etelvina había muerto dentro de un radioteatro, tal como siempre había vivido.
Todas las tardes, a las 15 horas, sintonizaba Radio La Voz Latina para escuchar el nuevo episodio de la novela: “Mentiras entre rosas”.
¡Qué hubiera sido de mi tía si no hubiera existido el invento de la radio! Ella parecía no tener vida propia. Se había criado cumpliendo con devoción las expectativas de los demás. Desde niña había aprendido a obedecer y a enfrentar las dificultades con buena cara. Buena hija, buena alumna, buena modista muy atenta con todas sus clientas, buena vecina. No había tenido amores que le movieran los cimientos más profundos de su ser, tampoco había tenido hijos.
Era como un vacío cascarón que se llenaba con las vidas prestadas de los otros.
Los personajes del radioteatro eran quienes le devolvían los sentimientos que ella conservaba empantanados en la hondura de su corazón. A través de ellos, vivía el odio por la traición, el amor apasionado, los celos irracionales, la alegría del encuentro y la pena por los adioses.
Luego de levantar la mesa del almuerzo, se preparaba un té de manzanilla y prendía la radio.
Sentada en el sofá, seguía las peripecias de la novela mezclando la dulce tisana con las lágrimas derramadas por las desventuras de Aurora, la protagonista.
Esperaba con renovado entusiasmo la hora del radioteatro, único oasis de ilusión en su rutinaria existencia.
Como era un tanto sorda, levantaba el volumen para escuchar mejor. Eso alertaba a los vecinos del edificio que “doña Etelvina se encontraba enchufada a la radio”.
Una tarde, en mitad de la emisión, los timbrazos insistentes y golpes en la puerta, la hicieron saltar de su sillón. ¿Quién es? preguntó Etelvina.
Las voces continuaban sonando en la radio entretejiendo un diálogo como telón de fondo a la escena que se desarrollaba en el apartamento.

Aurora- ¡Cabrón! ¡Cómo pudiste hacerme eso! (Llanto)
Armando- Son puras habladurías de la gente Aurora, mi amor, sabes que siempre te he querido. No haría nada que pudiera herirte.
Aurora- ¡Sal de mi vista, malparido! (Recobrando la compostura) ¡No quiero verte más en mi vida! ¡Bazofia! Pimpampum (ruido de zapatos tirados al aire)
Armando- ¡Ayyy! ¡Por poco me dejas ciego con el taco de tu zapato!
Aurora- ¡Quizás sea lo mejor! ¡Hijoeputa! Así no tienes ojos para la atorranta que atiende la florería que bien sé cómo te mira y se deshace en halagos. Varios han visto cómo te coquetea

– ¿Quién es?- preguntó Etelvina.
La voz inconfundible de su sobrino, Juan Hilario, sonó con un tono de apremio.
-¡Abrame ahora! ¡Preciso hablar con usted!
Con la presencia de Juan Hilario se sintió intimidada. Hablaba bruscamente, muy alterado y exhalaba un leve vapor alcohólico.
– ¡Preciso plata, ya ahora! ¡Apúrese! ¡No tengo todo el tiempo! ¡Muévase! ¡Ya!
– Aquí tengo muy poco, tengo trabajos pendientes… ¿Sabes? las clientas me pagan cuando el vestido está terminado.
-¡Déjese de excusas, vieja ridícula! Ya veo que voy a tener que levantar el colchón para sacarle algún billete.
– ¡Es cierto! ¿No me creés?- dijo Etelvina con un amago de voz.
Juan Hilario emprendió una recorrida frenética por la vivienda, dando vuelta la cama, abriendo cajones, poniendo patas para arriba todos los muebles que encontraba a su paso.
– ¡Llévate lo que hay en el cajón de la cocina, es lo único que tengo! ¡Por favor! ¡No te estoy mintiendo! ¡Te lo suplico!¡Dejá todo como está! ¡Puedo prestarte algo el mes entrante! ¡Te lo prometo!

Armando- Son tonteras sin importancia, mi querida Aurora. Tú eres y serás mi único amor. Ven aquí, déjame abrazarte. Pareces una fierecilla.
Aurora- ¿Por quién me tomás? ¿Por una ilusa, por una mujer tonta? Estos mismos ojos que arden de desprecio te han visto salir una noche del hotel Los Olmos con esa mina… ¡A ver, cagón! Ahora ¿me lo desmientes? Los vi subir a un taxi… ¡dime algo, idiota! no me mires con esa cara de pasmado. Tengo anotada la matrícula… precisamente en la servilleta del bar La Cafeta que queda frente al hotel. (Risa histérica)
Armando- … (silencio) Y tú ¿qué hacías allí?… a esas horas, sola en el bar

– ¡Cállese, basta, vieja tacaña! Si no me trae plata en este instante juro que le cortó la garganta.
Y con la cuchilla que encontró en la cocina apuntó al palpitante cuello de Etelvina que temblaba de pavor. Su cuerpo delgado se hacía cada vez más pequeño bajo la punta fina de metal que tocaba la piel amenazando horadarla.
-Te he he dicho que no tengo nada -Etelvina le suplicaba casi sin voz

Aurora- Ja, ja, ja. Y tú ¿qué piensas? Me enteré por… (Se dice el pecado pero no el pecador) que esa noche a las ocho, iban a estar en Los Olmos. Y me instalé en una mesa del bar hasta que los vi salir.
Armando- ¡Mi cielo! Es probable que la oscuridad de la calle haya entorpecido tu visión. Creo que me has confundido con otro. Bien sabes que en las noches, a la salida del trabajo, me paso un rato por el bar del Petiso a tomar una copita y conversar con él. ¿No me crees? ¿Por qué me miras así? ¡Me asustas!

Juan Hilario deslizó la cuchilla dos veces, zas zas, por el cuello de Etelvina.
“Usted se lo buscó vieja roñosa” dijo antes de limpiar la cuchilla y guardarla en su morral para luego hacerla desaparecer. Revisó algún cajón más en busca de alhajas y solo encontró un reloj de dama con malla de cuero, dos pulseras doradas y un anillo. Guardó el menguado botín en el morral y salió por la puerta con el mayor sigilo. Mientras se dirigía al ascensor, escuchaba las voces del radioteatro que seguían sus pasos. Se rió con satisfacción, el volumen de la radio posiblemente hubiera opacado los ruidos del asalto.

Aurora- (apuntándolo con un pequeño revolver que sacó de la mesa de luz) ¡Pum! ¡Pum! ¡Cobarde! ¡No te mereces mi amor!
Voz en off del locutor explicando a los oyentes los detalles de la escena y los interrogantes del próximo episodio.

El radioteatro continuaría emitiéndose todos los días a las tres de la tarde pero para mi tía abuela, Etelvina, exánime en el piso de la ante-cocina, ése había sido el último.

Enhebrada

“No pretendas que las cosas ocurran como tú quieres. Desea, más bien, que se produzcan tal como se producen, y serás feliz…” Epicteto

Darse cuenta del pequeño enganche que hay en el borde del vestido que una ha elegido especialmente para una cita, después de dos años de estar divorciada, no es una experiencia que desee para nadie. Especialmente, si una está maquillada, perfumada, vestida con la ropa interior cuidadosamente seleccionada para la ocasión y si solo restan apenas unos minutos para salir.
Taconeando con las sandalias Stiletto a punto de estrenar, te diriges haciendo equilibrio hacia el cajón del tocador. Buscas el pequeño costurero y extraes la aguja. Entre quejas y protestas, revisas los carretes de hilo para hallar aquel de color parecido al salmón del vestido.
“Si te desesperas porque no encuentras una salida, recuerda aquellas ocasiones en que fuiste iluminada por la solución” rememoras las palabras que te decía tu abuela cuando de pequeña te enojabas. Como por arte de magia, vislumbras en el fondo del costurero el hilo color melón intenso que usaste para coser el pareo en el verano pasado. De noche, todos los gatos son pardos, éste servirá, te consuelas.
No encuentras el enhebrador y como no quieres perder tiempo, te empeñas atentamente en pasar el hilo a través de la aguja. Tarea difícil. A pesar de que no tienes problemas visuales, entrecierras los ojos para enfocar a la escurridiza punta que se niega terminantemente a pasar por la ranura.
“Cuanto más paciencia pierdas, menos habilidad tendrás” te resuena el dicho de la maestra de primer año que se paraba a tu lado para corregirte, mientras tú llenabas planas con tu letra de principiante.
Respiras hondo y cuentas mentalmente hasta diez mientras mojas con saliva la maldita punta para tensarla; tampoco da resultado. ¡La pucha! ¡No voy a llegar!
Suena tu celular y contestas acalorada por la bronca. Es tu amiga, que llama para desearte la mejor de la suerte en tu cita.
-Holaaa, Y.. ¿ya estás pronta? ¿A qué hora quedaste en encontrarte?
– ¡No puedo atenderte! ¡Se me enganchó el vestido y hace horasque estoy intentando enhebrar una porquería de aguja!
– ¡No seas boluda! ¡Llevá otro vestido! ¿No ves que llegás tarde?
Todos quieren opinar, pero nadie se pone en los zapatos del otro murmuras con resentimiento y dejas el móvil en la cómoda para continuar con la tarea.
Vuelves a mojar la punta del hilo y lo torneas para que pase mejor por el ojo de la aguja. Nada.
Apenas asoma del otro lado. Mínimamente. Intentas tironear del diminuto pedazo de hilo como lo haces con un pelito de la ceja. ¡Catástrofe! Cae la aguja al suelo, el hilo queda adherido a la lycra de tu sostén. Lo tomas con un movimiento de pinza para no perderlo, te agachas y tanteas en el piso hasta dar con la aguja. Te pinchas. Lanzas al aire otro insulto y chupas el puntito de sangre que asoma en la yema de tu dedo. Tu mente se niega a reconocer que una simple aguja y un hilo superen su pericia, entonces divaga. Visualizasen el dormitorio de tu hijo, el enorme poster de Mike Jordan que luce la frase: “puedo aceptar el fracaso, pero no puedo aceptar no tratar”. Inspirada por el espíritu del deportista, decides hacer un último intento y prendes la lámpara que está sobre la mesa de noche. Bajo su luz, observas como el hilo se doblega ante el ojo intimidante de la aguja. No te acobardas y corres a buscar la tijera para cortar la punta. Luego intentas tensar el hilo haciendo un torniquete. Nada resulta. Pinchas con furia la aguja en la almohadilla, arrojas el hilo al suelo. Abatida te sientas sobre la cama. Lloras. Te compadeces. Te lo imaginas a él sentado a la mesa del restaurante mirando con insistencia la hora. Decides llamarlo. Mientras buscas su número en la agenda, Einstein, tu gato, al verte triste, ronronea entre tus pies. Se te antoja una frase del afamado físico: “una vez aceptemos nuestras limitaciones, iremos más allá de ellas.” “Bichito lindo” le dices al minino mientras lo mimas con una mano y con la otrasostienes el celular entre tu hombro y la oreja. “Tuve un contratiempo, después te explico. En quince minutos estoy ahí…” le prometes a él y corres al espejo a retocarte el maquillaje. Tomas el vestido salmón de la percha y te lo ciñes a tu cuerpo. El enganche no salta a la vista. Mientras conduces hasta el restaurante te sientes feliz, como una chiquilina enamorada. Evocas la época de tus primeros amores, los años de estudiante en que devorabas las novelas de Françoise Sagan para luego discutir con tus amigas feministas. Te ríes para tus adentros. Si la escritora viviera, se reiría también de tu empeño por coser el vestido y te aconsejaría como una buena amiga: “Un vestido carece totalmente de sentido, salvo el de inspirar a los hombres el deseo de quitártelo.”

Secuestro

Trabajé como maestra muchos años, pero me jubilé en forma anticipada, por enfermedad Actualmente, me desempeño como niñera.

Me gustaron siempre los niños.  Su frescura, su inocencia, esa capacidad que tienen para confiar en los demás incondicionalmente me emociona.

Trabajé en diferentes casas de varias familias y todas dieron de mí las mejores referencias. Hasta que llegué a la casa de los Pérez.  Juliana Pérez, con sus risueños cinco años, despreocupada y traviesa, me hechizó desde el primer momento en que la vi.

Cuando estuve de novia a los veinte años, quedé embarazada pero sufrí un aborto a las pocas semanas.  Me deprimí mucho, estaba convencida que iba a tener una niña; debido a algunas complicaciones, quedé imposibilitada de procrear nuevamente. Había soñado toda mi vida con tener una hija, pero el destino me lo había truncado. Cuando conocí a Juliana en aquella casa, creí que la vida me estaba dando una nueva oportunidad.

Desde el comienzo, noté una complicidad especial entre nosotras. Llegué a pensar que el espíritu de aquella niña no nacida había vuelto a encarnar en ella.

Compartíamos muchos momentos de juego, interrumpidos solo por los berridos de su hermano menor cada vez que precisaba un cambio de pañales o cuando tenía sueño o hambre.

Juliana elogiaba mi sopa de verduras, mi forma de narrarle cuentos, de trenzarle el pelo, de vestirla y hasta la manera en que entibiaba el agua de la ducha.  Luego, comenzó a hacer comparaciones en temas más trascendentes:

“Telma nunca me grita, siempre tiene ganas de jugar, mamá no me deja hacer nada, papá no me escucha, mamá no quiere que yo elija mi ropa, papá no me compra lo que yo quiero, mi hermano siempre molesta cada vez que Tema está conmigo…” y muchos reproches más.

Yo comencé a ver a mis empleadores con otros ojos, como una pareja de ineptos que descuidaban a una niña tan encantadora.  Y así, sin ninguna mala intención, se me dio por expresarlo diariamente frente a ella:

“Tu mami ¡pobre! no entiende nada de modas de niñas, no sabe combinar tu ropa, a tu papi no le interesa llevarte al parque. Está tan cansado que solo se sienta a ver el futbol, tus padres no tienen paciencia contigo ¿viste cómo gritan? , no dejes que te griten, pediles  que te expliquen, a tu hermano no le prestes tus cosas te las va a romper, dale cualquier chiche de porquería que si se rompe no pasa nada, dejémoslo entretenido en el dormitorio, así no nos interrumpe la lectura. Era mi forma de demostrarle que ella era una niña especial, condición de la cual nadie se había percatado.

Juliana, cada día, se iba apegando más a mí y oponiéndose a sus padres. Frente a ellos se comportaba como una niña irreverente y contestataria.

La madre comenzó a advertirme que debía modificar mi actitud y respetar las pautas que ella y su marido establecían con sus hijos. No me sentía capaz de hacerlo, algo “más fuerte que yo” me impedía romper con la fascinación que sentía por la niña. Me había “apropiado” de ella y pensaba que yo era la más adecuada para educarla como se merecía.

Con el correr de los días, la paciencia de la pareja se iba agotando. Abundaban las penitencias hacia la niña, las recriminaciones y salidas de tono cuando se dirigían a mí. Hasta sacaron a relucir mi condición de empleada bajo un contrato.  Dijeron que si yo no cumplía correctamente con mi trabajo, iban a verse obligados a despedirme.

¡Qué patéticos!  Parados frente a mí, Ja, ja, ja   ¡amenazándome con mi destitución! pero… ¿qué se han creído que son? Un par de inútiles.  Ella solo tiene tiempo para pasarse la planchita en el pelo y él ¡qué desagradable! despatarrado en el sillón viendo las Eliminatorias…y levantándose la musculosa para rascarse la panza ¡Dios le da pan a quién no tiene dientes!  Por qué diablos una niña, que es como un sol, viene a caer en una familia de incompetentes.

Una mañana en que llegué a la casa, el padre me hizo pasar directamente a su escritorio. Me extendió un sobre con el dinero de la liquidación. Y a continuación me pidió que le firmara un recibo. Firmé el recibo e, inmediatamente, en silencio, recogí mis cosas de mi habitación. Escuché a Juliana que jugaba en el cuarto de al lado. Nadie podrá separarme de ella pensé.

Le dije: “Trae tu campera y tu juguete preferido, nos vamos a dar un paseo”. Tomé toda la documentación de la niña y la guardé en mi bolso. Salimos por la puerta de la cocina. Nadie nos vio.

Ya han pasado quince años.  Mi enfermedad crónica se ha agravado. Temo dejar sola a Juliana. Ella me llama mamá.  No recuerda nada de lo sucedido.  Yo escribo este relato sentada en mi cama, en el dormitorio de la casa que alquilo desde el momento en que llegamos a este país extraño que nunca pude adoptar como propio.  Cuando pase mis últimos días en el hospital, entre mis pertenencias, encontrarán un sobre con esta confesión.